miércoles, 1 de marzo de 2017

La mejor defensa que tuvimos nunca

Fotografía de la Real Sociedad Fotográfica
En mi barrio, los partidos importantes se jugaban los domingos a las doce del mediodía. Que era cuando todos los niños -y Gema, la mema- podíamos reunirnos en la plaza. Y conjurarnos. A Gema la admitíamos porque era una grandísima defensa. De las más rudas. O pasabas tú o pasaba el balón. Pero nunca las dos cosas. No es que fuéramos machistas, que también, es que con ella en tu equipo no había quien te ganara. Si hacía falta se tiraba al suelo. Te mordía. O te soltaba algún codazo aprovechando el barullo. Era, ya les digo, nuestro mariscal del área. La mejor defensa que tuvimos nunca. Con el 4 de Hierro a la espalda -heredado de su hermano mayor- y las medias, siempre, hasta arriba. Y esa voz: "Quien me llame mema, le rompo los dientes".

Pero Gema nunca cumplía sus amenazas. Y eso que podía haberlo hecho perfectamente: nos sacaba a todos dos cabezas y tres cuerpos, háganse cargo. Luego creció; aún más. Se desarrolló; todavía más. Y se echó un novio motero. Uno de esos macarras de Vespino trucada que se llevó nuestros domingos. Porque aquellos partidos, huelga decirlo, jamás volvieron a ser lo mismo sin ella. Jugábamos, sí. Pero como transcurre la vida muchas veces. Años más tarde, en una de esas visitas al barrio, ya como adulto, me vi envuelto en uno de esos partidos trascendentales. Me rodeaban 20 chiquillos y el encuentro, por lo que se oía, iba empate a uno. Discutían sobre si el balón había salido fuera o no. Y así llevaban un buen rato hasta que emergió del barullo una niña grandota con dotes de mando y los calcetines, eso sí, por los tobillos: "Ha sido fuera y punto en boca".

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