viernes, 1 de julio de 2016

La épica del derrotado (y 2)

Foto de Dasha Petrenko
Siempre que me cuentan una historia de superación personal, pregunto lo mismo: "¿Y usted nunca quiso tirar la toalla, nunca se hartó?". Da igual que sean escritores, políticos o amas de casa. A casi ninguno le gusta profundizar en este asunto. Me suelen decir que síperorápidamenteseguíluchando. Como si no quisieran detenerse en ese aspecto de la historia. Como si ser -o haber sido- vulnerable le restara épica a su proeza cuando, opino, es al contrario. A la mayoría no les gusta reconocer, en fin, la realidad: que sí, que pasaron por momentos no ya de querer tirar la toalla, si no de querer arrojarse ellos mismos. De decir basta, aquí me quedo. Lo sé porque, al final, suelen confesarse fuera de entrevista: "Pero esto es algo muy personal, no lo pongas".

Hay políticos que tienen menos dinero en la cuenta del que se les presupone porque su ascenso en el partido fue en paralelo a su divorcio. Y las preguntas sobre transparencia, le duelen. O escritores que tuvieron miedo -pavor- a verse publicados y no gustar. Pero lo que trasciende son sus méritos, a secas. Estarán conmigo en que lo uno, sin lo otro, no se sostiene. Qué quieren que les diga: todo ese relumbrón de película de sobremesa, sin un contexto ni una explicación, me aburre y hasta me crispa. Sobre todo porque se traslada -trasladamos, los periodistas- el mensaje equivocado: que el éxito está ahí. Esperándote con el motor en marcha y dos billetes a Punta Cana en la guantera. Y no.

Creo que deberíamos dignificar un poco más el fracaso. A fin de cuentas, es lo único que nos iguala.

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La primera parte, por si no han pinchado en el enlace del texto, es ésta