sábado, 18 de junio de 2016

De esa forma

Mi abuela se casó dos veces. Pero solo se enamoró una: la segunda. De un señor que además se estaba separando de su respectiva. Un follón, vaya. Pero aquel hombre, que luego fue mi abuelo en usufructo, le llevó el desayuno a la cama a mi abuela hasta el último día de su vida. Quizás esto explica la diferencia. 

Yo solía ver la escena por encima de mis libros de Wally. Con una mezcla de fascinación y de vergüenza. “Pero no te acostumbres”, le decía muy serio. Y ella sonreía. Porque al día siguiente, mi abuelo volvía a hacer lo mismo. Y también al otro. Y pasado un mes. De modo que al final quien se terminó acostumbrando, ya lo ven, fue él. 

Mis padres solían dejarme con ellos algunos fines de semana. Pero entre semana, mi abuelo entraba sigiloso en la cocina. Y hacía lo siguiente: se llevaba el dedo a la boca, para que no dijera nada, y sorprendía a mi abuela por detrás con alguna canción que le tarareaba, sin letra casi, al oído. Normalmente, La flaca o algo de Juan Luis Guerra. A ella, naturalmente, se le quemaban las croquetas o las patatas o se le pasaba el guiso. O todo a la vez. Les confieso que no he visto a nadie quererse de esa forma.


[Tres años sin ti].

No hay comentarios: