miércoles, 13 de enero de 2016

Un cocido estupendo

Refugiados españoles en Francia
Los exabruptos llegan desde la mesa de atrás. Escucho: “Los españoles no fuimos a Alemania a violar mujeres y a poner bombas; fuimos a trabajar”. Hago el amago de girarme para ver quién ha dicho eso, pero tengo delante un cocido estupendo y no me apetece que nadie me lo joda. Por el tono distingo a un hombre mayor; de unos 60 años. Continúa: “No, no, déjame terminar. Porque es la VERDAD”. Lo dice así, en mayúsculas. “Entre los refugiados no hay más que gentuza”. Pienso en los 220.000 españoles que, en efecto, se marcharon de España para buscarse la vida. Algún navajero habría, por pura casuística. Pero, ¿significa eso que todos los hombres, mujeres y niños que huyeron de la Guerra Civil se daban a la chirla y al tirón de bolsos? La pregunta se responde sola. En fin, concluyo. Es la opinión de un carca. Y por suerte cada vez son menos. Sigo a mi cocido, estupendo, pero entonces ocurre lo siguiente: el hombre viejo se levanta para pagar y resulta ser un treintañero. Carca. Pero treintañero. Y con maneras además de tener algo de poder. Quizás jefe de algún departamento comercial o financiero. Alguien que manda o dirige y que, presumiblemente, llegará aún más lejos. Y entonces, mecagoensuputamadre, el cocido se me atraganta. Estamos en manos de miserables.

viernes, 8 de enero de 2016

Memoria urbanística

Fotograma de Annie Hall
Son malos tiempos para conservarse. El páramo donde me di mi primer beso, por ejemplo. Es un chalé. Algún hijo de puta edificó sobre nosotros y cercó sus labios. Y hoy, tantos años después, me impide el paso a mi propio pasado en una suerte de alzheimer urbanístico. O el cine donde ella me dejó sin ni siquiera entrar a ver la película. Leí que el Ayuntamiento de Madrid planea convertir la cara de bobo que se me quedó en un supermercado. Para filetear, acaso, mi extrañeza. Esa que siempre que paso por ahí me susurra: "Dos entradas, no. Solo una". Podría ser peor. Podrían haber montado un Primark. Y rebajar nuestra historia. Convertirla en una franquicia. Algo estándar. Como si lo nuestro se hubiera parecido a algo. Son malos tiempos, ya les digo. Aunque, en realidad, ¿cuándo han sido buenos?

Hay más casos. Declaraciones de intenciones que hoy son tiendas de alimentación, dársenas o, peor aún, sucursales. Todo el amor que nos tuvimos en manos de buitres sin fondo. Hay que joderse. Habría que vengar nuestra memoria a pedradas, ¿no te parece? Todas las memorias de esta ciudad. Recuperarnos de algún modo. Una placa que diga: en esta esquina empezó todo. Aquí nos fuimos a pique. En esta parada te dije no te marches. Yo qué sé. Algo. La otra opción que se me ocurre es recalificarnos. Entrar en ese mercado, muy decidido, y ver la cara que se le queda al pescadero al pedir cuarto y mitad de olvido.