viernes, 21 de agosto de 2015

Buenismo sentimental


La persona que más he querido en mi vida, que más daño me hizo y a la que más temía encontrarme, se sentó el otro día a mi lado en el Metro. Como si tal cosa. Con esa naturalidad aterradora que a veces desprende la vida. Al principio no me di cuenta. Iba leyendo el periódico por el final. Con mi torpeza habitual para pasar de página -deberían ver los chochos que formo-, pero ella me hizo así en el hombro. Y me giré. Y la vi. Tantos años después. Imagínense. Me quedé sonado. Escuchaba al árbitro decir aquello de: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Y a punto estuvo de sonar la campana. Pero entonces me incorporé. Agité la cabeza como queriendo colocarme la vista. Y exclamé en mitad de un vagón abarrotado: "Pero tú, pedazo de cabrona". Fue lo que me salió. Digamos que también estaba leyendo nuestra relación por el final. Si hubiera empezado por el principio habría visto la bandera norteamericana ondeando en Cuba. Como símbolo del deshielo. O a ella y a mí compartiendo una litrona. Tirados en el césped. Como dos comunistas -¿quién no lo es a los 20 años?- en celo. Pero no fue el caso. A veces la realidad va mas lenta que el periodismo.

Ella se quedó más sorprendida que yo, les digo. Me miró con esa cara que solía poner a veces. Y se levantó. Aunque esta vez no la seguí con la vista; fue todo más fácil de lo que pensaba salvo por el temblor de piernas. Volví a mi lectura. Y ya no me despegué de ella hasta mi parada. Frente a mí había una señora que no desfrunció el ceño hasta que llegó a su casa, imagino. Pero todo esto tiene su explicación. Verán. No creo en los indultos sentimentales. O al menos no en todos los casos. Yo mismo la he cagado con alguna que otra ex. Y no me habla. Y lo entiendo. No siempre se acierta. Y otras se falla -o se folla- a conciencia. Quiero decir que asumo mi parte de culpa; mi granito de arena en la historia universal del desamor. Con otras, en cambio, fue diferente. Y ahí están. De vez en cuando quedamos y más que dos ex parecemos dos antepasados. Cuesta, de hecho, recordar que debajo de toda esa ropa hubo una vez un tesoro. Fragmentos de nosotros; piezas que conformaron algo en común. Como esas iglesias antiquísimas que aparecen de pronto en mitad de la Puerta del Sol. ¿Y esto ha estado siempre aquí? Hay personas, en fin, que duelen menos que otras. Y ella, la del Metro, me hizo papilla. Y además no creo tampoco en todo este buenismo que permite que los malhechores sigan desenamorándose a sus anchas. ¿Pero esto qué es? 


Me van a disculpar. Pero eso de olvidarse del daño me parece una pamplina. Lo de enterrar ciertos recuerdos. ¿Pero qué me estás contando? Lo que hay que hacer, me temo, es acomodar el golpe. Cicatrizar. Aprender. Seguir, en definitiva. ¿Pero obviar que fuiste la peor persona que he conocido en mi vida? Ni por asomo. No pienso darte el gusto de saberte prescrita. Y naturalmente te deseo lo peor. Todavía hoy. La duda ofende. No caerá el muro de Berlín entre tú y yo. No es rencor. Es perspectiva. Y además las canciones que se escriben para ajustar cuentas son siempre las mejores. Y tú, desde luego, te pareces bastante a Satán.