viernes, 10 de julio de 2015

Intercambiables

Fotograma de la película 'Casablanca'
A mí la expresión "fácilmente intercambiable" me produce pavor. Creo que es lo peor que se puede ser en la vida: fácilmente intercambiable. Sin matices ni aristas distintas. Sin algo, en fin, que te defina. Que te haga diferente. Y al otro, tener que empujar -o afinar- algo más para sustituirte sin que se le desmonte el puzzle. Fácilmente intercambiable. Dios. Qué horror. Y es una expresión que sin embargo escucho mucho. Sobre mucha gente que continúa en su puesto de trabajo o sale de la vida de los demás sin que se note. Sin un minuto de silencio. Una lágrima. O una cara, al menos, de asombro. Algo que resalte. Que diga: esto es lo que fuimos. Ahora, supéralo. Pues no. Creo, vaya, que hay un afán por encajar. Supongo que por comodidad. Para no echar de menos lo anterior. Sucede en la música, por ejemplo. Cuando un cantante deserta. Y buscan a otro u otra con la misma tonalidad. ¿Se dice tonalidad? Bueno, ya me entienden. Esa manera de no querer reconocer que aquí ha pasado algo.

Yo no soy celoso. Lo fui una vez solamente. Y fue por esto mismo. Cuando mi ex me presentó a su novio, pensé: "Es un gilipollas. Y además está pasado de kilos". Pero no lo era. Es más. Tenía mis mismos gustos. Mi mismo humor. Fumaba mi mismo tabaco. Era, joder, un tío de puta madre. Y además cenaba fuerte. Como yo. Nada de ligerezas. El caso es que aquella noche les pagué la cena. Por supuesto. Y luego él hizo lo propio con las copas. Bebimos y brindamos. Mientras ella nos miraba y sonreía. "Es increíble lo bien que os lleváis", nos dijo desde la puerta del garito. Hacía un frío de mil demonios. Y no tardó en entrar de nuevo. Su chico, al percatarse, me ofreció el último cigarrillo. 


- No, para ti. Que yo además lo había dejado

- Insisto.

Me dio fuego. Esperó, muy educado, a que expulsara el humo. Y entonces me confesó al oído: "Cuando te vi, pensé que eras un gilipollas. Pero no es así". Sonreí. Y fumamos los dos en silencio; tenía una pitillera entera en el abrigo. Podíamos habernos ido caminando entre la espesa niebla perfectamente. Como en el final de Casablanca. Pero quienes se fueron juntos fueron ellos dos, naturalmente. No sabría cómo explicarlo. Tuve celos, ya les digo. Celos de no ser yo quien caminara cuesta arriba aquella madrugada. Después de todo éramos fácilmente intercambiables. No se hubiera notado. 

viernes, 3 de julio de 2015

Derecho al olvido

Fotograma de '¡Olvídate de mí!'
Hace unas semanas, escuché tu risa en YouTube. Han pasado algunos años. Pero la reconocería aunque hubiesen pasado siglos. Era un vídeo casero de un concierto al que fuimos. Me dio por buscar la canción y apareciste, ya ves, por la puerta de mi cuarto. Otra vez. Riendo por alguna ocurrencia mía. Viéndolo ahora, el chiste del cantante no era tan bueno. Pero tú te reíste con el mismo entusiasmo que ponías para todo. Te busqué luego en Google para ver si además encontraba tu boca. Puse tu nombre entrecomillado. Como sosteniendo ese pasado en común. Encontré tus notas de la facultad. Y un enlace a LinkedIn sin foto. Cuando rompimos, ninguno de los dos quiso hacerse responsable. Ahora leo que lo eres. Es curioso. Esto de las rupturas en la era digital. Borramos cualquier tipo de rastro biológico. Saliva. Sudor. Vello. O también de celulosa. Y de tejidos industriales. Todo aquello, vaya, que nos pueda hacer dudar. Pero tu nombre me devolvió más de 500.000 resultados. 500.000 maneras de que pudieras ser tú. De saber de ti. Durante este tiempo, no he olvidado jamás ni tu risa ni los últimos tres dígitos de tu móvil. Esto último por seguridad emocional, se entiende. Por si la nostalgia se ponía a tiro. Creía, en fin, que la situación estaba controlada. Hasta que te escuché reír. Nueve años después. Lo peor es que ahora el algoritmo de Facebook me sugiere a veces tu nombre y me quedo un rato mirándote.