sábado, 11 de abril de 2015

Una estafa piramidal

Fotograma de Los puentes de Madison
No entiendo a esas parejas que se enamoran con el tiempo. Que se besan como hacen la declaración de la renta: porque toca. No las entiendo ni me las creo. Qué quieren que les diga. Por muchos años que lleven. Por mucha serenidad que desprendan. Me niego a pensar que eso sea amor. Es alguien que te calienta la cama. Que te despide desde la cocina. Que lava tu ropa -o tú la suya- y antes de hacer jirones lo vuestro, te pregunta. Pero ni rastro de pasión. De desgarro. De vaivenes. De vida, en definitiva. Son funcionarios emocionales, si me disculpan. Con plaza fija en un sofá y el amor, congelado. Tú y yo, al menos, tuvimos nuestros picos. Nuestro principio. Con el corazón siempre en hora punta. Esa felicidad -aquella felicidad- que conocimos. Aquellos polvos sin desnudarnos. Tus bailes. Mis tropiezos. Todos esos fotomatones. Nuestra despedida. En fin. Qué te voy a contar. Esas cosas pasan poco. Pero cuando pasan, te acuerdas. Quizás por eso no les entiendo. A los que declaran más felicidad de la que tienen, te digo. Aunque puede que yo esté equivocado; no sería la primera vez. Y el amor sea eso. Algo que con el tiempo se convierte en eso. Que el fin último sea acomodarse. Encontrar la postura. Responder que sí, que puedes tirar esa camiseta que ya no me pongo. Ver a la otra persona como un cuerpo extraño que, sin embargo, te explica. Puede que el amor sea, después de todo, una gran estafa piramidal. Una huida hacia delante. Convencerse de que a estas alturas -y con 32 años- es lo mejor que puedes encontrar. La seguridad de abrirse un plan de pensiones y una cuenta ahorro. Opositar en lugar de ser autónomo. Darse tiempo. Engañarse. Perderte. ¿Recuerdas?