martes, 24 de febrero de 2015

Lecciones

Acostumbrarse


Djukic, tras el partido / Víctor Echave
La mayor lección de vida -o como quieran ustedes llamarlo- me la dio mi abuelo el 14 de mayo de 1994. Me acuerdo de la fecha porque ese día, el Dépor, mi equipo, se jugaba la Liga. Íbamos primeros. Pero teníamos al Barcelona a un solo punto. Había que ganar o que ellos no ganasen. La historia supongo que la conocen; lo del penalti que falló Djukic en el último minuto y todo eso. El caso es que perdimos la Liga de forma estrepitosa. Y yo lloré. Y lloré. Y lloré. Y lloré. Y lloré. Y aún seguía llorando cuando mi abuelo, ya digo, se levantó del sofá y me dijo: "Vete acostumbrando. La vida se parece mucho a esto".


Siete de 10 asignaturas

 

Hace muchos años, en un atasco lluvioso e infernal, mi padre rompió el silencio y dijo: "Sabina componía mejor antes”. En la radio sonaba 19 días y 500 noches. Me di cuenta entonces. Hasta ese momento, venía pensando en lo que mi tutor le había escupido media hora antes: “Su hijo no vale para estudiar. Es mejor que lo saque del colegio y lo meta en la obra”. Había suspendido siete de 10 asignaturas. Pero mi padre me echó un capote: “Mi hijo simplemente es un vago. Pero es capaz de aprobar esas siete y las que vengan”. En aquella época, mi padre y yo no teníamos buena relación. O teníamos, vaya, la típica relación de disputa generacional. “No tienes ni idea. Lo que hace Sabina ahora es mucho mejor. Más reposado”, me recompuse. “Qué no. Que sus primeros discos eran mejor”. “¡Pero qué dices!”. Y empezamos, así, una lucha dialéctica que nos llevó casi todo el atasco. Un año más tarde, estaba desayunando en la Facultad de Derecho. Aunque tardé algo más en pedirle sus viejos discos de Sabina. Aún no se los he devuelto.