viernes, 15 de agosto de 2014

Lentejas

No hay nada más coñazo que una reunión -informal- de periodistas. Se lo digo como enviado especial. Cada gremio tendrá lo suyo. Los arquitectos, por ejemplo. Pero a nosotros, los juntaletras, nos encanta mirarnos el ombligo y lamernos las heridas. Y hablar, por supuesto, en plural mayestático. Creernos, en fin, la puta vanguardia de la sociedad. 

El lector nos debe sumisión. Tiene el deber de pensar y reflexionar -y hasta cambiar su voto- porque nosotros combinamos el negro sobre el blanco mejor que nadie. La patochada del cuarto poder y todo eso. En mi última reunión, sin ir más lejos, una de las tertulianas se lamentó, tras la segunda o quinta cerveza, no recuerdo, de esto mismo: "No entiendo por qué la gente no se interesa por estas cosas. ¡Si se las estamos contando!". Contando, tú. Como si a un tendero de Villaverde Bajo, en Madrid, o a un carnicero de Mataró, en la provincia de Barcelona, les preocupara más el proceso de primarias abiertas del PSOE que la desafeccion de su matrimonio. O la amenaza independentista de sus clientes.

Ya que hablamos de periodismo digamos también que la crisis publicitaria -ésa que ha dejado sin habla a 10.824 periodistas desde 2008- es solo una pata. La otra es que nos hemos vuelto aburridos. Previsibles. Coñazo. Creamos debates que solo nos interesan a nosotros mismos. ¿Cuántas veces ha dicho Rajoy que no va a ceder al plan soberanista de Mas? ¿Y cuántas veces más se lo hemos vuelto a preguntar? ¿Por qué? ¿A quién coño le interesa? Seguimos sin saber a qué huelen las nubes, pero nos hemos olvidado, tal vez, de cómo olían el resto de las cosas. No hay dinero para husmear, dicen. Pero tampoco, parece, las ganas suficientes. 

Y entonces el otro contertulio tercia: "Tal vez porque los sueldos son indecentes; se trabajan muchas horas; rara vez se reconoce nuestro trabajo; nos meten a todos en el mismo saco; Inda; Marhuenda. Y su putísima madre". Basta. Esto son lentejas. Nadie te puso una libreta en la mano. Sabías, por tanto, a lo que venías. Si no te gusta lo que hay, vete. Deja tu silla a otros con más páginas en blanco. Hazte community manager. Afíliate a un partido político y medra. Yo qué sé. Pero sálvate tú. Lejos. 

Lo siento, pero todo esto me aburre. El oficio es el que es. Y puede que no haya salvación alguna. Pero mientras gastamos saliva hablando de periodismo no hay nadie que lo ejerza. 

Imagen sacada de http://revistareplicante.com 

sábado, 2 de agosto de 2014

El piano de 'Casablanca'

Rick Blaine se deshace de su piano. Lo subasta. Tal vez para no recordar a Ilsa Lund; la mujer que dejó escapar -volar- junto a su marido. Se entienden, por tanto, sus razones. Es fácil imaginárselo ahora, de hecho, más calvo y con barriga balbuceando beodo: "Debí haber subido yo a ese avión, Sam". Y estrellando después con estrépito su vaso de ginebra en la pared. 

Cualquier imbécil se daría de cabezazos por haber dejado escapar al amor de su vida. No hace falta ser Humphrey Bogart. Pero su fama de tipo duro, de castigador quedó, sin embargo, en entredicho en Casablanca. Le faltaron cojones. Arrojo. El mismo que tuvo para cargarse al mayor Strasser. No pongo "ojo, spoiler" porque se supone que todos ustedes han visto la película. Si no es así, deje de leer. Y pónganse al día, caray. Y discúlpeme. El detalle, en cualquier caso, es intrascendente: el nazi habría perecido igualmente en la contraofensiva soviética.

Volviendo al asunto. Creo que Rick debió coger a Ilsa del brazo y haber subido los dos a ese avión. La compañía de un amigo -con o sin porra- no suple, ni de lejos, la sensación de saber lo que pudo haber sido -porque se sabe, vaya qué sí se sabe- y tener que conformarse con el comienzo de una bonita amistad. Y todo ello a pesar de que la señora Lund (Ingrid Bergman) fuese una pérfida de mucho cuidado; uno, en fin, no elige de quién se enamora ni por quién se juega el tipo y los visados. Rick no lo hizo y nos quedó, así, un final de película: el mundo se enamoraba y él se derrumbaba. La épica del derrotado y todo eso. Pero 72 años después de aquella grandísima cagada, el bueno de Blaine se ha visto en la necesidad, ya lo ven, de poner a la venta parte de sus recuerdos para no caer en la tentación, precisamente, de pedir un último bis a su pobre y sufrido pianista. 

De su amor poco o nada se sabe. ¿Qué fue de Ilsa Lund? ¿Tuvo hijos? ¿Siguió con Victor? ¿Se divorció al cabo? ¿Se fue con otro camarero? Quién lo sabe. 

De ti, en cambio, sé algo más. Sé que debí haberte cogido del brazo y haber salido los dos corriendo. Cualquier imbécil se habría dado cuenta. No lo hice. Y aquel final se proyecta aún en mi vida. Como en una subasta desierta, sigo sin desprenderme de tu ausencia.

Fotograma de 'Casablanca'