lunes, 21 de julio de 2014

No hay dolor

En esta casa somos mucho de Rocky. Tal vez se hayan dado cuenta. Por ejemplo, aquí. O aquí. Me gusta, vaya, las pesadas enseñanzas que se extraen de esta millonaria saga. Pero mucho más la historia de cómo se gestó la primera película de Rocky Balboa, escrita y protagonizada en 1976 por Sylvester Stallone. Si quieren, se la cuento. Verán. 

El futuro actor de Hollywood acababa de vender a su perro Butkus, un precioso mastín inglés, en la puerta de una licorería. Stallone estaba en la ruina y no tenía dinero ni para alimentarlo ni para comer él mismo; así que ató al can a la entrada con un cartel que decía: 100 dólares. Lo vendió por 50. Eran los primeros años de la década de los 70 y las cosas no pintaban nada bien para Michael Sylvester.
Fotograma de The party at Kitty and Stud's

Tras haber trabajado en una pseudo película porno para costearse las clases de arte dramático, ninguna agencia lo contrataba como actor. Hay quien dice que fue rechazado unas 1.500 veces. Aunque más que por su pasado, por sus formas. Su parálisis facial tenía, acaso, mucho que ver. Sly nació con un nervio dañado a raíz de una negligencia médica: su madre sufrió complicaciones en el parto y las enfermeras que la atendieron usaron un par de pinzas para sacarlo. Al hacerlo, le cortaron un nervio y se le paralizó parte de la cara. De ahí esa mueca torcida y ese habla tantas veces parodiada y que echaba para atrás, parece, a los directores.

Sylvester consiguió, eso sí, un par de papeles secundarios: en Bananas, de Woody Allen, donde hacía de delincuente. Y un papel episódico como detective en la serie Kojak. Nada que hiciese presagiar su futuro más inmediato.

viernes, 18 de julio de 2014

La épica del derrotado

La vida es una lucha constante. Por algo o contra algo. Recapitulemos: hay días que luchas por levantarte de la cama y no mandarlo todo al carajo; y otros, en cambio, te da miedo acostarte y que todo acabe. Y te incorporas hasta caer rendido, por supuesto. Luego, en realidad, no pasa nada. O pasa todo. Y tienes, así, que volver a luchar. Una y otra vez. Y de nuevo dices: al carajo. Paso. Qué le den a todo y a todos. Y otra vez, claro, el mismo miedo. La misma entrega.

Se lucha contra el despertador y el espejo. Pero también contra la subida del IVA, la corrupción, el cáncer o los aviones no tripulados. Por la libertad y por todos mis compañeros. Contra la política de contratación de las empresas y por la meritocracia. Y todo eso. 

Y todo eso.

Se batalla contra los recuerdos; la puta memoria. Y el tabaco; el jodido tabaco. Por ella y contra nosotros mismos. ¿Han intentado recuperar alguna vez a un/a ex? "Te quiero, pero no quiero volver a pasar por lo mismo". ¿Les suena? Pues eso. Que, al final, uno se parte el alma a tiempo completo y por múltiples causas. Y naturalmente cansa. Mucho.

Sobre todo porque luchar no garantiza nada. Si acaso un bonito -y grandilocuente- reportaje en páginas interiores donde hacia la mitad del texto el autor habrá puesto la sempiterna frase: tanto nadar para morir en la orilla. La épica del derrotado y todo eso. 

Y todo eso.

La misma gesta que dos días después, vaya, servirá para envolver el pescado o no manchar el suelo de pisadas.

Por una vez, me gustaría leer una entrevista en la que el encumbrado espete: "¿Que de dónde saco las ganas y las fuerzas para luchar cuando estoy derrotado? Pues mira, hay días en los que prefiero guardármelas para más adelante. Y besar la lona, que es muy sano cojones". Que diga, en fin, que no sobra el amor.

Luchar -obvio- cansa. Más por algo que contra algo. El odio resta fuerzas mientras que la ingenuidad de creer -y golpear con la misma fe- desgasta hasta casi abandonar. Lo peor de todo es que no se puede sobornar a la vida y chantajearla para que caiga en el quinto asalto. Qué quieren, al final uno cede. Se adapta al contexto para sobrevivir. Y no volver a fumar; peor que el mono es la mala hostia que se te pone. Se trata, en fin, de ahorrarse la úlcera. Aunque de ser así se me ocurre que volverían a ganar los mismos: los cínicos, corruptos, pelotas y trepas. Ésos que no han luchado en su vida por algo ni contra nada. Hay quien suda y hay quien se abanica mientras. 

Y naturalmente cansa. Mucho.

Fotograma de la película 'Rocky'