miércoles, 24 de diciembre de 2014

Banda sonora de un año

Diciembre. Toca resumen (musical) de mi año. Como en 2013, 2012, 2011 y 2010. Ya saben. Para qué entrar en valoraciones pudiendo escuchar, sin más, el paso del tiempo. Otra vez:

Enero

"Hoy la vi,
la tristeza y la nostalgia
suelen coincidir".

Febrero

"Y ahora ya me empiezo a preguntar
cuál de estos chistes es el mejor:
el del día en que te hablé de amor
sabiendo que daban temporal
o el del día de la gran broma final".


Marzo

"Saint Anger 'round my neck,
Saint Anger 'round my neck.
He never gets respect,
Saint Anger 'round my neck".


Abril

"Where have you been?
And what have you done?". 


Mayo

"Cracked eggs, dead birds.
Scream as they fight for life.
I can feel death, can see its beady eyes.
All these things into position,
all these things we'll one day swallow whole
and fade out again and fade out again".


jueves, 9 de octubre de 2014

El piloto, el maquinista y la enfermera

En 2003, el avión Yak-42 se estrelló contra una montaña. En él viajaban 62 militares que regresaban de Afganistán. No quedó ni uno vivo. Y eso que la aeronave no tenía ni que haber despegado: ni el indicador de combustible ni el sistema de grabación de conversaciones en cabina funcionaba. Pero despegó y 62 familias se quedaron, de pronto, huérfanas, viudas o sin hermano. Esto, sin embargo, no fue todo: 30 de esas familias recibieron, además, un cuerpo que no era el suyo. Hubo, incluso, tres cadáveres en un solo féretro. ¿Se imaginan a quién culparon, no? Efectivamente, al piloto.

El accidente del tren de Santiago seguro que les suena más. Ocurrió en julio de 2013 y ocasionó 79 muertos y 140 heridos. Naturalmente culpabilizaron de todo al maquinista. Por no frenar a tiempo. A pesar de que en el tramo donde ocurrió el fatal siniestro no había lo que luego se supo que se llamaban eurobalizas y que impiden al conductor exceder la velocidad máxima de la zona, resumiendo mucho el asunto. Las pusieron un año después de la tragedia. Y mucho tiempo después del accidente del Metro de Valencia. Éste último dejó en 2006 a 43 familias rotas. Y a un conductor señalado, de nuevo, aún después de muerto.

El enésimo eslabón de esta cadena de infortunios lo ha protagonizado el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, Javier Rodríguez. Este señor ha acusado, sin pruebas y “de su cosecha”, a la enfermera española contagiada de ébola. Por mentirosa, dice, y por no informar. El problema es que sí informó; sí dijo que se encontraba mal. De los trajes, de la improvisación, de la falta de protocolos y seguimiento, en cambio, chitón. Como ven, esta ruindad de apuntar -y criminalizar- al más débil no es nueva. Siempre pagan los mismos: el piloto, el maquinista, la enfermera, el que pasaba por ahí. “Si tengo que dimitir, dimitiría. Soy médico y tengo la vida resuelta”, dice el miserable.

El consejero de Sanidad de Madrid, Javier Rodríguez, junto a su antecesor, Javier Fernández-Lasquetty. EFE 

viernes, 15 de agosto de 2014

Lentejas

No hay nada más coñazo que una reunión -informal- de periodistas. Se lo digo como enviado especial. Cada gremio tendrá lo suyo. Los arquitectos, por ejemplo. Pero a nosotros, los juntaletras, nos encanta mirarnos el ombligo y lamernos las heridas. Y hablar, por supuesto, en plural mayestático. Creernos, en fin, la puta vanguardia de la sociedad. 

El lector nos debe sumisión. Tiene el deber de pensar y reflexionar -y hasta cambiar su voto- porque nosotros combinamos el negro sobre el blanco mejor que nadie. La patochada del cuarto poder y todo eso. En mi última reunión, sin ir más lejos, una de las tertulianas se lamentó, tras la segunda o quinta cerveza, no recuerdo, de esto mismo: "No entiendo por qué la gente no se interesa por estas cosas. ¡Si se las estamos contando!". Contando, tú. Como si a un tendero de Villaverde Bajo, en Madrid, o a un carnicero de Mataró, en la provincia de Barcelona, les preocupara más el proceso de primarias abiertas del PSOE que la desafeccion de su matrimonio. O la amenaza independentista de sus clientes.

Ya que hablamos de periodismo digamos también que la crisis publicitaria -ésa que ha dejado sin habla a 10.824 periodistas desde 2008- es solo una pata. La otra es que nos hemos vuelto aburridos. Previsibles. Coñazo. Creamos debates que solo nos interesan a nosotros mismos. ¿Cuántas veces ha dicho Rajoy que no va a ceder al plan soberanista de Mas? ¿Y cuántas veces más se lo hemos vuelto a preguntar? ¿Por qué? ¿A quién coño le interesa? Seguimos sin saber a qué huelen las nubes, pero nos hemos olvidado, tal vez, de cómo olían el resto de las cosas. No hay dinero para husmear, dicen. Pero tampoco, parece, las ganas suficientes. 

Y entonces el otro contertulio tercia: "Tal vez porque los sueldos son indecentes; se trabajan muchas horas; rara vez se reconoce nuestro trabajo; nos meten a todos en el mismo saco; Inda; Marhuenda. Y su putísima madre". Basta. Esto son lentejas. Nadie te puso una libreta en la mano. Sabías, por tanto, a lo que venías. Si no te gusta lo que hay, vete. Deja tu silla a otros con más páginas en blanco. Hazte community manager. Afíliate a un partido político y medra. Yo qué sé. Pero sálvate tú. Lejos. 

Lo siento, pero todo esto me aburre. El oficio es el que es. Y puede que no haya salvación alguna. Pero mientras gastamos saliva hablando de periodismo no hay nadie que lo ejerza. 

Imagen sacada de http://revistareplicante.com 

sábado, 2 de agosto de 2014

El piano de 'Casablanca'

Rick Blaine se deshace de su piano. Lo subasta. Tal vez para no recordar a Ilsa Lund; la mujer que dejó escapar -volar- junto a su marido. Se entienden, por tanto, sus razones. Es fácil imaginárselo ahora, de hecho, más calvo y con barriga balbuceando beodo: "Debí haber subido yo a ese avión, Sam". Y estrellando después con estrépito su vaso de ginebra en la pared. 

Cualquier imbécil se daría de cabezazos por haber dejado escapar al amor de su vida. No hace falta ser Humphrey Bogart. Pero su fama de tipo duro, de castigador quedó, sin embargo, en entredicho en Casablanca. Le faltaron cojones. Arrojo. El mismo que tuvo para cargarse al mayor Strasser. No pongo "ojo, spoiler" porque se supone que todos ustedes han visto la película. Si no es así, deje de leer. Y pónganse al día, caray. Y discúlpeme. El detalle, en cualquier caso, es intrascendente: el nazi habría perecido igualmente en la contraofensiva soviética.

Volviendo al asunto. Creo que Rick debió coger a Ilsa del brazo y haber subido los dos a ese avión. La compañía de un amigo -con o sin porra- no suple, ni de lejos, la sensación de saber lo que pudo haber sido -porque se sabe, vaya qué sí se sabe- y tener que conformarse con el comienzo de una bonita amistad. Y todo ello a pesar de que la señora Lund (Ingrid Bergman) fuese una pérfida de mucho cuidado; uno, en fin, no elige de quién se enamora ni por quién se juega el tipo y los visados. Rick no lo hizo y nos quedó, así, un final de película: el mundo se enamoraba y él se derrumbaba. La épica del derrotado y todo eso. Pero 72 años después de aquella grandísima cagada, el bueno de Blaine se ha visto en la necesidad, ya lo ven, de poner a la venta parte de sus recuerdos para no caer en la tentación, precisamente, de pedir un último bis a su pobre y sufrido pianista. 

De su amor poco o nada se sabe. ¿Qué fue de Ilsa Lund? ¿Tuvo hijos? ¿Siguió con Victor? ¿Se divorció al cabo? ¿Se fue con otro camarero? Quién lo sabe. 

De ti, en cambio, sé algo más. Sé que debí haberte cogido del brazo y haber salido los dos corriendo. Cualquier imbécil se habría dado cuenta. No lo hice. Y aquel final se proyecta aún en mi vida. Como en una subasta desierta, sigo sin desprenderme de tu ausencia.

Fotograma de 'Casablanca'

lunes, 21 de julio de 2014

No hay dolor

En esta casa somos mucho de Rocky. Tal vez se hayan dado cuenta. Por ejemplo, aquí. O aquí. Me gusta, vaya, las pesadas enseñanzas que se extraen de esta millonaria saga. Pero mucho más la historia de cómo se gestó la primera película de Rocky Balboa, escrita y protagonizada en 1976 por Sylvester Stallone. Si quieren, se la cuento. Verán. 

El futuro actor de Hollywood acababa de vender a su perro Butkus, un precioso mastín inglés, en la puerta de una licorería. Stallone estaba en la ruina y no tenía dinero ni para alimentarlo ni para comer él mismo; así que ató al can a la entrada con un cartel que decía: 100 dólares. Lo vendió por 50. Eran los primeros años de la década de los 70 y las cosas no pintaban nada bien para Michael Sylvester.
Fotograma de The party at Kitty and Stud's

Tras haber trabajado en una pseudo película porno para costearse las clases de arte dramático, ninguna agencia lo contrataba como actor. Hay quien dice que fue rechazado unas 1.500 veces. Aunque más que por su pasado, por sus formas. Su parálisis facial tenía, acaso, mucho que ver. Sly nació con un nervio dañado a raíz de una negligencia médica: su madre sufrió complicaciones en el parto y las enfermeras que la atendieron usaron un par de pinzas para sacarlo. Al hacerlo, le cortaron un nervio y se le paralizó parte de la cara. De ahí esa mueca torcida y ese habla tantas veces parodiada y que echaba para atrás, parece, a los directores.

Sylvester consiguió, eso sí, un par de papeles secundarios: en Bananas, de Woody Allen, donde hacía de delincuente. Y un papel episódico como detective en la serie Kojak. Nada que hiciese presagiar su futuro más inmediato.

viernes, 18 de julio de 2014

La épica del derrotado

La vida es una lucha constante. Por algo o contra algo. Recapitulemos: hay días que luchas por levantarte de la cama y no mandarlo todo al carajo; y otros, en cambio, te da miedo acostarte y que todo acabe. Y te incorporas hasta caer rendido, por supuesto. Luego, en realidad, no pasa nada. O pasa todo. Y tienes, así, que volver a luchar. Una y otra vez. Y de nuevo dices: al carajo. Paso. Qué le den a todo y a todos. Y otra vez, claro, el mismo miedo. La misma entrega.

Se lucha contra el despertador y el espejo. Pero también contra la subida del IVA, la corrupción, el cáncer o los aviones no tripulados. Por la libertad y por todos mis compañeros. Contra la política de contratación de las empresas y por la meritocracia. Y todo eso. 

Y todo eso.

Se batalla contra los recuerdos; la puta memoria. Y el tabaco; el jodido tabaco. Por ella y contra nosotros mismos. ¿Han intentado recuperar alguna vez a un/a ex? "Te quiero, pero no quiero volver a pasar por lo mismo". ¿Les suena? Pues eso. Que, al final, uno se parte el alma a tiempo completo y por múltiples causas. Y naturalmente cansa. Mucho.

Sobre todo porque luchar no garantiza nada. Si acaso un bonito -y grandilocuente- reportaje en páginas interiores donde hacia la mitad del texto el autor habrá puesto la sempiterna frase: tanto nadar para morir en la orilla. La épica del derrotado y todo eso. 

Y todo eso.

La misma gesta que dos días después, vaya, servirá para envolver el pescado o no manchar el suelo de pisadas.

Por una vez, me gustaría leer una entrevista en la que el encumbrado espete: "¿Que de dónde saco las ganas y las fuerzas para luchar cuando estoy derrotado? Pues mira, hay días en los que prefiero guardármelas para más adelante. Y besar la lona, que es muy sano cojones". Que diga, en fin, que no sobra el amor.

Luchar -obvio- cansa. Más por algo que contra algo. El odio resta fuerzas mientras que la ingenuidad de creer -y golpear con la misma fe- desgasta hasta casi abandonar. Lo peor de todo es que no se puede sobornar a la vida y chantajearla para que caiga en el quinto asalto. Qué quieren, al final uno cede. Se adapta al contexto para sobrevivir. Y no volver a fumar; peor que el mono es la mala hostia que se te pone. Se trata, en fin, de ahorrarse la úlcera. Aunque de ser así se me ocurre que volverían a ganar los mismos: los cínicos, corruptos, pelotas y trepas. Ésos que no han luchado en su vida por algo ni contra nada. Hay quien suda y hay quien se abanica mientras. 

Y naturalmente cansa. Mucho.

Fotograma de la película 'Rocky'

domingo, 13 de abril de 2014

Para no olvidarlo

No supe hasta más tarde lo que estaba haciendo en ese momento: había vuelto a coger un cigarrillo. Me lo había llevado a la boca. Había mordido la boquilla. Lo había encendido. Y había inhalado el humo acumulado de más de tres meses. Joder. Joder. Joder. ¿Qué he hecho?, pensé al día siguiente. Cuando caí en la cuenta de que había vuelto a fumar por pura inercia. Como quien se acuesta con su ex. Y se levanta solo y atormentado. 

Estaba borracho. Pero al despertarme, con resaca y dolor de pecho -además de exfumador, soy bastante hipocondríaco-, supe que no tenía excusa. Y que era, por extensión, bastante gilipollas. Tres meses tirados a la basura. Tanto esfuerzo para nada, seguí torturándome. Así que salí a correr cansado y desesperado, pero con la firme intención de expulsar de mi cuerpo hasta la última gota de corrupta nicotina.

Como supondrán, aquello no me sentó nada bien: vomité en la segunda o tercera esquina. Y de nuevo, una vez más, me acordé de nosotros.

Aquella madrugada, ella buscaba desesperadamente sus bragas por toda la habitación. No estaban en la cama. No estaban debajo. No estaban en el suelo. No estaban en ningún sitio. Pero a pesar de eso seguía tanteando el cuarto como si, en realidad, se hubiese dejado allí su vida anterior. Ésa en la que combatíamos el mono con ego y asco.

Y, sin embargo, ahí estábamos los dos, ya les digo. Después de un puñado de meses evitándonos una recaída, habíamos vuelto a las andadas por pura inercia. Borrachos y sin excusa. "Esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando", vomitaba ella. Y yo desde la cama recuerdo que añadí: "Ya ha pasado, pero no hay que darle más importancia de la que tiene. Joder, no hemos matado a nadie".

"No he matado a nadie", repetí con el estómago en las cuerdas vocales. "Ya ha pasado; he fumado. ¿Y qué? Con no probarlo otra vez, arreglado". 

Curiosamente, sus bragas aparecieron al día siguiente debajo de la cama. Aunque me consta que recuperó, eso sí, su vida de antaño: no volvimos a vernos. Supongo que ahora incumple otras promesas. Como yo o usted mismo. La vida es menos grave de lo que aparenta. Y las recaídas son solo eso: un alto en el camino. 

Junto a su ropa interior, hay un paquete de Lucky Strike que me produce, acaso, el mismo dolor de pecho. Lo guardo para no olvidarlo.

Fotograma de la película 'Tener o no tener', con Humphrey Bogart y Lauren Bacall.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Supernova

En realidad, nos estábamos apagando a años luz de aquel instante en que nuestros ojos brillaban como hacía tiempo que no nos mirábamos. Esto, claro, no lo sabríamos hasta más tarde. Pero entonces, ya les digo, un solo pestañeo podía haber provocado la segunda venida del Universo. No sé en qué momento dejamos de mirarnos de esa forma, la verdad. Cierro los ojos y solo veo discusiones. Y esa explosión; ese último brillo antes de apagarnos del todo y ser, tan solo, el reflejo de un tiempo mejor. Ésa, y no otra, fue la primera lección de astronomía que recibí en mi vida: el amor no es más que el destello de una supernova. 

Imagen sacada de http://techyracy.com

lunes, 10 de febrero de 2014

Recaídas

Llevo un mes tratando de escribirles, pero cada vez que lo intento me entra el mono y tengo que salir a la calle a convencerme de que estoy mejor sin tabaco que con él. La primera vez que dejé de fumar -hace ocho años ya- no fue tan difícil, caray. Y eso que me metía entre pecho y espalda dos cajetillas diarias. No entiendo entonces a cuento de qué tanta angustia. Tanta ansiedad ahora. Si las segundas partes suelen acabar antes que las primeras, ¿no? 

Le pregunté esto mismo a un especialista y resulta que no; que las segundas recaídas tardan más en cicatrizar. Pero si solo he fumado durante tres meses y media cajetilla diaria, lloriqueé. Es igual, me contestó. Esta vez te va a costar más.

Pensé en nosotros. La primera vez que rompimos. Los ojos vidriosos. El café frío. El ego. Los reproches. Y ese nunca jamás que tiempo después se convirtió en para siempre. La recaída duró eso mismo: tres meses y algo. El tiempo justo para volver a engancharse de forma mucho más honda. Y sentir después su ausencia retorciéndome el pecho.

La segunda vez que rompimos supimos, eso sí, que no habría una tercera ocasión. A diferencia de la primera, nos habíamos cogido asco. Mientras que aquella tarde lluviosa de domingo -sí, tuvimos todos los tópicos de una ruptura- lo dejamos porque nos estábamos haciendo daño. 

Dicen que el mono físico se va en dos o tres meses. El psíquico, ya lo ven, tarda algo más.