domingo, 10 de noviembre de 2013

Volver a fumar (tras siete años)

Siete años después vuelvo a tener un cigarrillo entre los dedos. Y los pulmones llenos de humo. He vuelto a fumar. ¿Por qué? Qué sé yo. Supongo que el exfumador siempre es un fumador en la sombra. Como las exparejas o los expresidentes, siempre existe un atisbo de duda. De nostalgia. Algo que está ahí esperando a ser resucitado al menor estímulo: ¿y si volvemos? ¿Y si me vuelvo a presentar a las próximas elecciones? Vean, si no, a Aznar; gobernando su partido desde 2004. Pontificando sobre esto o aquello con ínfulas de gobernador supremo. Él, el hombre. El de las 600 abdominales diarias.

Algunas personas son más nocivas que la propia nicotina. Hace poco les contaba la experiencia de volver a ver a mi última exnovia. Ella y yo también nos planteamos volver a ser candidatos a ocupar esa plaza vacante que nosotros mismos habíamos dejado libre. Nos faltó, tal vez, un beso fugaz o una canción de fondo para resucitar nuestras ganas. Para engancharnos de nuevo. Frank Sinatra dijo una vez de Ava Gardner que la llevaba en la sangre. Habían roto hacía unos meses, pero el cantante no había podido olvidarla. Ya lo ven. Uno nunca se deshace del todo de una adicción. De ahí las recaídas: el verla de nuevo y sentir esa opresión en el pecho. Y querer, así, echártela a la boca. Y encender la llama.

Les decía, retomando el asunto, que he vuelto a fumar. Dejé de hacerlo en 2006. Unos meses antes, el gobierno socialista del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero había aprobado una ley que prohibía fumar en determinados lugares públicos. Yo me paseaba por aquel entonces libre de humos y con la superioridad moral -por qué no decirlo- de haber conseguido dejar el hábito de meterme entre pulmones y espalda dos cajetillas diarias.