viernes, 18 de octubre de 2013

Local, dígame

Trabajo en la sección de local de un periódico de tirada nacional. Es un diario de cierta relevancia. Cada día llaman, de hecho, una media de unos 10 lectores para contarnos su caso. Y pedirnos ayuda. Algunas veces son asuntos inverosímiles. Como aquel señor que contactó un día para informarnos de que había inventado una máquina para tapar el sol. ¿Como el señor Burns?, le pregunté. "No sé quién es ése, pero le aseguro, caballero, que yo tengo la patente", me contestó. Nos pedía que fuéramos a entrevistarle: "También he avisado a Chuck Norris, al Papa y a mi vecino; y ustedes, ¿qué? ¿Vendrán?".

Este tipo de llamadas le alegran a uno el día. Otras, no. De esa media de 10 lectores, ocho suelen estar totalmente desesperados. Llaman indignados. Llorando. O nerviosos porque les van a echar del piso; les han dejado sin trabajo; van a entrar en la cárcel injustamente; les han robado el niño; o todo a la vez. A veces puedes hacer algo; otras, no. No somos superhéroes aunque algunos, en sus ratos libres -pocos, eso sí-, se suban por las paredes o se partan la camisa como Clark Kent.

Esas historias que nunca acaban saliendo aparecen, sin embargo, cuando intentas conciliar el sueño. Y recuerdas por ejemplo su última frase: "Tengo 60 años y no sé cómo hacer para que mi hijo no cometa la locura de matarse". Más que insomnio es desazón. Supongo que a los médicos, enfermeros, taxistas, psicólogos o a cualquiera que tenga oídos le sucederá lo mismo. Aunque luego están los que ni siquiera llaman ni dejan notas en el frigorífico. De estos no hay una media ponderada. Y eso es, precisamente, lo más aterrador.

Imagen sacada de http://justbebeth.wordpress.com/

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