miércoles, 17 de julio de 2013

Aprender a prender

Suelo descubrir la pólvora cuando ya me ha explotado en las manos. Siempre (a) prendo más tarde. Justo cuando ella se ha marchado. O mis piernas no responden. Eso por un lado. Por otro, creo que todo hombre de bien debe tener un bar donde le conozcan por su nombre. Un sitio donde machacarse el hígado y el corazón sin nadie que te pregunte a cuento de qué tanto paté. Hacerse puré. Y pasar lo nuestro por el exprimidor sin un gilipollas sabelotodo al lado que te diga aquello de que el tiempo tiene carácter retroactivo. Y que otro clavo no la encalla. Maldita, pues, la falta que te hace destrozarte. A esos también habría que hacerles picadillo, opino. Sobre todo porque cuando se torturan a ellos mismos usan las mismas herramientas.

Un camarero de bien, aquel que ha tenido que fiarte -y fiarse de ti- alguna vez, no hace preguntas. Incómodas. Asiente. Te ofrece otros insultos. Repite lo que dices. Lo glosa. Te la chupa. Y también te avisa de cuando ella está en el bar por aquello, vaya, de no coincidir. 

El problema viene cuando crees que no pasa nada y te das cuenta -¡boooom!- de que está preciosa y el whisky te hace verla doble: contigo a su lado. Ella está con sus compañeros de trabajo. Riendo. Y en ese momento, créeme, no hay camarero que te asista. Ni bueno. Ni malo. Simplemente, no existe forma en el mundo de aliviar esa resaca martilleante que te susurra: es la última vez que me enamoro de ti.



Cuando quieres darte cuenta ella ya se ha ido. Y en lugar de aquellos muslos abiertos hay una caña de cerveza a la mitad. Y un amor flojo y sin espuma. Y entonces, claro, piensas: no se puede ver a una ex y verla como una ex. Siempre queda un poso. Un reducto. Una canción que te recuerda el olor de su corazón acompasado. Esos putos abrazos antes de caer dormidos.