sábado, 20 de abril de 2013

Please, do not disturb

Fotograma de la película El club de la lucha
En realidad, las relaciones se parecen mucho a los hoteles: tienen un tiempo máximo de estancia y al final se te suele olvidar siempre alguna cosa debajo de la cama. A mí por lo menos. Como la ropa interior. Determinadas promesas. O el amor. 

El problema viene cuando pasas de vestirte a toda prisa para salir de la habitación antes del mediodía, a hacerlo para irte en mitad de la noche.

Como tantos otros, nosotros quisimos hacer también nuestra revolución. Cambiar nuestro mundo y atender al desastre generalizado cogidos de la mano. Como Edward Norton y Helena Bonham Carter en ese final absolutamente maravilloso de El club de la lucha (ojo spoiler). O como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman solo que sin marido cornudo -o sí, qué coño- y sin dejarte escapar en el último momento. La compañía de un amigo -con o sin porra- no suple ni de lejos la sensación de saber lo que pudo haber sido -porque se sabe, vaya qué sí se sabe- y tener que conformarse con el comienzo de una bonita amistad. Seguramente, Rick Blaine todavía se lamenta de no haber cogido a Ilsa Lund del brazo y haber salido los dos corriendo entre el fuego enemigo. Lo sé porque cualquier imbécil se daría de cabezazos por haber dejado escapar al amor de su vida. Y encima con su marido.

Hablábamos de revoluciones. Y en concreto de sus cenizas. Cada relación, entiendo, supone un plan quinquenal. Una autarquía emocional: autoabastecerse mutuamente sin necesidad de ayuda exterior. Y en el transcurso, ver su rostro en cada fachada después de haber expulsado hasta el último zar de su cama. Que es el parlamento, si me apuran, donde se prorrogan -o no- los mandatos. El problema es cómo derivan luego la cosas. Nosotros, por ejemplo, fuimos felices hasta que cayó el telón. Y nos vimos en la más absoluta de las pobrezas sentimentales.   

Ahora, en lo que era nuestra habitación hay un cartel de no molestar. Y las sábanas tienen otra silueta. Tal vez otra pareja intentando cambiar su suerte. O tú y yo derrumbándonos mientras el mundo se enamora. Los hoteles, ya les digo, tienen ese aroma de tránsito, que uno no percibe hasta que se marcha con menos pertenencias de las que tenía al entrar.