sábado, 23 de febrero de 2013

Bida

Nuestro amor era un quinto piso sin ascensor: nos costó más llegar a entendernos que despedirnos. Y sin embargo tantas veces pudimos coger el ascensor; hacérnoslo más fácil: en lugar de agotarnos, darle al stop. Qué sé yo. Pero no lo hicimos y aquí estoy -estamos- hablando otra vez de la mismo. De un nuevo desalojo. Ya me cansa. Ya basta. Sobre todo porque uno arrastra el pago de sus hipotecas y no puede, en ningún caso, entregar su pasado a cambio de saldar su deuda.

Ya ven. Te despistas un momento y, a la vuelta, resulta que han metido todos tus derechos en un sobre a franquear en destino o que el Papa -ésta es buena- se ha cansado de tratar de justificar el libre albedrío de Dios y del propio Vaticano.


Te despistas, ya digo, y te enteras que en este tiempo, en el que no les he escrito y han pasado más cosas, ella no era feliz del todo. La vida tiene también una contabilidad B. Ya ven. O ben.

Quizás el probema fueron los botones del ascensor; quizás compartíamos viaje pero íbamos a pisos distintos. Qué sé yo. Coincidir no implica necesariamente llegar al mismo destino, ¿no? Aunque tal vez debimos parar el ascensor y arrancarnos todos los botones. Del primero al último piso. Y vivir, acaso, esa otra existencia paralela hasta que alguien filtrase nuestro amor a la prensa. Entonces habría dicho: "A mí sí me consta que nos queríamos, querida".

Imagen de http://elnombredelarosa.blogia.com/