martes, 31 de diciembre de 2013

Banda sonora de un año

Como todos los años, este es mi resumen (musical) de 2013. Atrás quedaron 2012, 2011 y 2010; la sinopsis de estos doce meses está dentro de estas canciones. Para qué entrar en valoraciones pudiendo, simplemente, escuchar el paso del tiempo. Una vez más:

Enero

"Si tu magia ya no me hace efecto,
¿cómo voy a continuar?
Si me sueltas entre tanto viento,
¿cómo voy a continuar?,
¿cómo voy a continuar?".


Febrero

"Sigue recto, hay un desvío.
Tómalo hasta el final;
si hemos hecho algo mal,
amor, verás una señal".

Marzo 

"Got no time for the corner boys,
down in the street makin’ all that noise,
don’t want no whores on eighth avenue,
cause tonight i’m gonna be with you".


Abril

Now it's closing time, the music's fading out.
Last call for drinks, i'll have another stout.
Turn around to look at you,

you're nowhere to be found.
I search the place for your lost face,
guess i'll have another round
and i think that I just fell in love with you.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Volver a fumar (tras siete años)

Siete años después vuelvo a tener un cigarrillo entre los dedos. Y los pulmones llenos de humo. He vuelto a fumar. ¿Por qué? Qué sé yo. Supongo que el exfumador siempre es un fumador en la sombra. Como las exparejas o los expresidentes, siempre existe un atisbo de duda. De nostalgia. Algo que está ahí esperando a ser resucitado al menor estímulo: ¿y si volvemos? ¿Y si me vuelvo a presentar a las próximas elecciones? Vean, si no, a Aznar; gobernando su partido desde 2004. Pontificando sobre esto o aquello con ínfulas de gobernador supremo. Él, el hombre. El de las 600 abdominales diarias.

Algunas personas son más nocivas que la propia nicotina. Hace poco les contaba la experiencia de volver a ver a mi última exnovia. Ella y yo también nos planteamos volver a ser candidatos a ocupar esa plaza vacante que nosotros mismos habíamos dejado libre. Nos faltó, tal vez, un beso fugaz o una canción de fondo para resucitar nuestras ganas. Para engancharnos de nuevo. Frank Sinatra dijo una vez de Ava Gardner que la llevaba en la sangre. Habían roto hacía unos meses, pero el cantante no había podido olvidarla. Ya lo ven. Uno nunca se deshace del todo de una adicción. De ahí las recaídas: el verla de nuevo y sentir esa opresión en el pecho. Y querer, así, echártela a la boca. Y encender la llama.

Les decía, retomando el asunto, que he vuelto a fumar. Dejé de hacerlo en 2006. Unos meses antes, el gobierno socialista del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero había aprobado una ley que prohibía fumar en determinados lugares públicos. Yo me paseaba por aquel entonces libre de humos y con la superioridad moral -por qué no decirlo- de haber conseguido dejar el hábito de meterme entre pulmones y espalda dos cajetillas diarias. 

viernes, 18 de octubre de 2013

Local, dígame

Trabajo en la sección de local de un periódico de tirada nacional. Es un diario de cierta relevancia. Cada día llaman, de hecho, una media de unos 10 lectores para contarnos su caso. Y pedirnos ayuda. Algunas veces son asuntos inverosímiles. Como aquel señor que contactó un día para informarnos de que había inventado una máquina para tapar el sol. ¿Como el señor Burns?, le pregunté. "No sé quién es ése, pero le aseguro, caballero, que yo tengo la patente", me contestó. Nos pedía que fuéramos a entrevistarle: "También he avisado a Chuck Norris, al Papa y a mi vecino; y ustedes, ¿qué? ¿Vendrán?".

Este tipo de llamadas le alegran a uno el día. Otras, no. De esa media de 10 lectores, ocho suelen estar totalmente desesperados. Llaman indignados. Llorando. O nerviosos porque les van a echar del piso; les han dejado sin trabajo; van a entrar en la cárcel injustamente; les han robado el niño; o todo a la vez. A veces puedes hacer algo; otras, no. No somos superhéroes aunque algunos, en sus ratos libres -pocos, eso sí-, se suban por las paredes o se partan la camisa como Clark Kent.

Esas historias que nunca acaban saliendo aparecen, sin embargo, cuando intentas conciliar el sueño. Y recuerdas por ejemplo su última frase: "Tengo 60 años y no sé cómo hacer para que mi hijo no cometa la locura de matarse". Más que insomnio es desazón. Supongo que a los médicos, enfermeros, taxistas, psicólogos o a cualquiera que tenga oídos le sucederá lo mismo. Aunque luego están los que ni siquiera llaman ni dejan notas en el frigorífico. De estos no hay una media ponderada. Y eso es, precisamente, lo más aterrador.

Imagen sacada de http://justbebeth.wordpress.com/

miércoles, 17 de julio de 2013

Aprender a prender

Suelo descubrir la pólvora cuando ya me ha explotado en las manos. Siempre (a) prendo más tarde. Justo cuando ella se ha marchado. O mis piernas no responden. Eso por un lado. Por otro, creo que todo hombre de bien debe tener un bar donde le conozcan por su nombre. Un sitio donde machacarse el hígado y el corazón sin nadie que te pregunte a cuento de qué tanto paté. Hacerse puré. Y pasar lo nuestro por el exprimidor sin un gilipollas sabelotodo al lado que te diga aquello de que el tiempo tiene carácter retroactivo. Y que otro clavo no la encalla. Maldita, pues, la falta que te hace destrozarte. A esos también habría que hacerles picadillo, opino. Sobre todo porque cuando se torturan a ellos mismos usan las mismas herramientas.

Un camarero de bien, aquel que ha tenido que fiarte -y fiarse de ti- alguna vez, no hace preguntas. Incómodas. Asiente. Te ofrece otros insultos. Repite lo que dices. Lo glosa. Te la chupa. Y también te avisa de cuando ella está en el bar por aquello, vaya, de no coincidir. 

El problema viene cuando crees que no pasa nada y te das cuenta -¡boooom!- de que está preciosa y el whisky te hace verla doble: contigo a su lado. Ella está con sus compañeros de trabajo. Riendo. Y en ese momento, créeme, no hay camarero que te asista. Ni bueno. Ni malo. Simplemente, no existe forma en el mundo de aliviar esa resaca martilleante que te susurra: es la última vez que me enamoro de ti.



Cuando quieres darte cuenta ella ya se ha ido. Y en lugar de aquellos muslos abiertos hay una caña de cerveza a la mitad. Y un amor flojo y sin espuma. Y entonces, claro, piensas: no se puede ver a una ex y verla como una ex. Siempre queda un poso. Un reducto. Una canción que te recuerda el olor de su corazón acompasado. Esos putos abrazos antes de caer dormidos.

sábado, 20 de abril de 2013

Please, do not disturb

Fotograma de la película El club de la lucha
En realidad, las relaciones se parecen mucho a los hoteles: tienen un tiempo máximo de estancia y al final se te suele olvidar siempre alguna cosa debajo de la cama. A mí por lo menos. Como la ropa interior. Determinadas promesas. O el amor. 

El problema viene cuando pasas de vestirte a toda prisa para salir de la habitación antes del mediodía, a hacerlo para irte en mitad de la noche.

Como tantos otros, nosotros quisimos hacer también nuestra revolución. Cambiar nuestro mundo y atender al desastre generalizado cogidos de la mano. Como Edward Norton y Helena Bonham Carter en ese final absolutamente maravilloso de El club de la lucha (ojo spoiler). O como Humphrey Bogart e Ingrid Bergman solo que sin marido cornudo -o sí, qué coño- y sin dejarte escapar en el último momento. La compañía de un amigo -con o sin porra- no suple ni de lejos la sensación de saber lo que pudo haber sido -porque se sabe, vaya qué sí se sabe- y tener que conformarse con el comienzo de una bonita amistad. Seguramente, Rick Blaine todavía se lamenta de no haber cogido a Ilsa Lund del brazo y haber salido los dos corriendo entre el fuego enemigo. Lo sé porque cualquier imbécil se daría de cabezazos por haber dejado escapar al amor de su vida. Y encima con su marido.

Hablábamos de revoluciones. Y en concreto de sus cenizas. Cada relación, entiendo, supone un plan quinquenal. Una autarquía emocional: autoabastecerse mutuamente sin necesidad de ayuda exterior. Y en el transcurso, ver su rostro en cada fachada después de haber expulsado hasta el último zar de su cama. Que es el parlamento, si me apuran, donde se prorrogan -o no- los mandatos. El problema es cómo derivan luego la cosas. Nosotros, por ejemplo, fuimos felices hasta que cayó el telón. Y nos vimos en la más absoluta de las pobrezas sentimentales.   

Ahora, en lo que era nuestra habitación hay un cartel de no molestar. Y las sábanas tienen otra silueta. Tal vez otra pareja intentando cambiar su suerte. O tú y yo derrumbándonos mientras el mundo se enamora. Los hoteles, ya les digo, tienen ese aroma de tránsito, que uno no percibe hasta que se marcha con menos pertenencias de las que tenía al entrar.

sábado, 23 de febrero de 2013

Bida

Nuestro amor era un quinto piso sin ascensor: nos costó más llegar a entendernos que despedirnos. Y sin embargo tantas veces pudimos coger el ascensor; hacérnoslo más fácil: en lugar de agotarnos, darle al stop. Qué sé yo. Pero no lo hicimos y aquí estoy -estamos- hablando otra vez de la mismo. De un nuevo desalojo. Ya me cansa. Ya basta. Sobre todo porque uno arrastra el pago de sus hipotecas y no puede, en ningún caso, entregar su pasado a cambio de saldar su deuda.

Ya ven. Te despistas un momento y, a la vuelta, resulta que han metido todos tus derechos en un sobre a franquear en destino o que el Papa -ésta es buena- se ha cansado de tratar de justificar el libre albedrío de Dios y del propio Vaticano.


Te despistas, ya digo, y te enteras que en este tiempo, en el que no les he escrito y han pasado más cosas, ella no era feliz del todo. La vida tiene también una contabilidad B. Ya ven. O ben.

Quizás el probema fueron los botones del ascensor; quizás compartíamos viaje pero íbamos a pisos distintos. Qué sé yo. Coincidir no implica necesariamente llegar al mismo destino, ¿no? Aunque tal vez debimos parar el ascensor y arrancarnos todos los botones. Del primero al último piso. Y vivir, acaso, esa otra existencia paralela hasta que alguien filtrase nuestro amor a la prensa. Entonces habría dicho: "A mí sí me consta que nos queríamos, querida".

Imagen de http://elnombredelarosa.blogia.com/

domingo, 6 de enero de 2013

Realidad espaciotemporal

Hoy es día de mentiras. De contarles a los hijos, primos, sobrinos y a todo aquel que aún quiera creer lo contrario, que los Reyes, vaya, han venido y sus camellos se han desayunado ese musgo asqueroso. Aunque yo de pequeño les ponía cereales machacados. Y a sus majestades, una mezcla de todo lo que estuviera a mi corto alcance. Si realmente eran magos -pensaba- les gustaría aunque oliese y supiese peor.

Es día, les decía, de creer en lo inverosímil y derrumbar las leyes físicas. Quién pudiera ahora, ay, obviar la realidad espaciotemporal. De niño era otra cosa, caramba. Uno veía a Melchor, Gaspar y Baltasar en Madrid, Cartagena o Alicante al mismo tiempo, y no se hacía preguntas. Disfrutaba. Ansiaba.

Ahora es diferente. Ahora lo que duele no es descubrir el engaño -o a mi madre colocando los regalos- sino la verdad: saber que ella se fue por tu culpa o que la magia tiene truco.

La mentira, en cambio, te permite creer de adulto que quizás sea verdad que esta vez todo va a salir bien. Quiero creerlo, ya les digo. Es día, al menos, de pensarlo. Pensarte. Ansiarte. 

Yo aquí y tú, allá.