jueves, 13 de septiembre de 2012

Bienes y tristezas

La mujer que ahora mismo camina sobre sus pasos y vuelve a sentarse en uno de los bancos del andén de Metro es la misma chica -concluyo- que tan solo una hora antes me ha ofrecido un completo por 25 euros. Al principio dudo de que esto sea así. Naturalmente. Soy míope y periodista: tengo siempre que comprobar las cosas fijándome dos o más veces. Pero en un momento dado nuestras miradas se posan y ambos descruzamos la vista como dos exnovios que se encuentran en un paso de peatones. Y al bordearse se preguntan por qué la vida les pone otra vez de frente cuando ya no están al lado. Esas putas casualidades, ya saben.

El caso es que nos reconocemos de antes, ya les digo, y ella, al percatarse, corre a esconderse bajo la capucha de una sudadera que antes no llevaba y que ahora saca de su bolso a toda prisa. Y que le queda, por cierto, dos tallas más grandes. Como la vida, tantas veces.


De todas las putas, con perdón, paradas de Metro que hay en Madrid y hemos tenido que encontrarnos precisamente en ésta, pensará ella. Yo, que tomé la precaucación de caminar cinco o seis calles antes de subirme, cavila; y me mira, ya sí, con vergüenza. Como si ser puta fuese peor que ser político o testaferro.


Al verla camuflada pienso en todo esto de la herencia recibida: en los testamentos que vamos imprimiendo sin saberlo. En cómo nos involucran e involucramos a los demás en el reparto general de bienes y tristezas. En mi caso, aún lato con déficit. Y estoy a varios puntos básicos de ser el que era. Aunque ya no duele imaginar que su cama se llena de tipos de interés distintos. Escuece, sin embargo, reconocernos felices en el balance general. Ver que meses después nada cuadra. O peor: que cuadra todo. Y no hay, así, ninguna posibilidad de falsearnos; de decirnos: "Fue un error dejarlo". Porque no fue un error. Fue un fracaso. Lo peor del amor, opino, no es el después sino el durante. Los días felices que ahora nos recortan. Porque después de ella, vendrán otras. O tú, simplemente. Que serás, no obstante, la suma de todas esas bocas. De todos mis errores propios y ajenos. La herencia, en fin, que nos corresponde. O como dice Manuel Jabois: la misma discusión pero con distinto rostro.

Pienso en todo esto, como les cuento, cuando la mujer se sube al vagón de Metro y se pierde, una vez más, por el túnel de mi vida. Recuerdo que el día que lo dejamos llovía y ella llevaba una sudadera parecida.

Imagen extraída de http://andresmirandaec.blogspot.com.es

No hay comentarios: