lunes, 2 de julio de 2012

De boquilla

Verán. Todo iba bien hasta que ella entró por la puerta. Y mis usos y maneras saltaron por la ventana. El sueño de muchas mujeres: encasquillar a un bala perdida. Convertir al feroz león, en gatito. Y así sucedió; yo solía, ya les digo, abandonar el lugar del crimen sin recrearme en demasía. Matar y guardar la ropa, que se dice. Con mis antecedentes, lo último que quería era volver a verme preso de nadie. Hasta que vi su boquilla apuntarme. Y el calibre de sus caderas. Sobre todo eso. El retroceso de su cuerpo, la manera que tenía ella de encañonar mis zonas vitales. Después, huelga decirlo, entrábamos los dos en coma profundo. Como dos gatos salvajes y agotados. Pero ésa es otra historia. Nuestro amor fue siempre un disparo a quemarropa: la única forma de sobrevivir era muriendo a su lado. Luego uno de los dos le dijo al otro: toma, apúntame y dispara. Acaba tú con esto. No, hazlo tú. No, tú. No...

Tardamos mucho en comprender que la única forma de conservarnos era quitándonos de en medio. El tiempo, en fin, fue nuestro sicario. Nuestros besos pasaron a ser de fogueo. Y la vida, un testigo incómodo que declararía, finalmente, contra nosotros: "Yo les vi quererse, señoría".

El caso es que ahora, cuando voy a disparar a alguien, me tiembla el pulso y yerro el tiro. Aunque digo, de boquilla, que no estaba apuntando al corazón.

Imagen extraída de http://lacomunidad.elpais.com/blackdragon/posts