sábado, 7 de abril de 2012

Pretérito presente

Cuatro meses después siguen apareciendo pinzas suyas en el baño. Y cenizas de lo nuestro por toda la casa. Huelo a pólvora mojada y sin embargo vivo con el miedo constante de arder a lo bonzo al menor contacto físico. Mi corazón, ahora mismo, es una bomba lapa adherida al pecho y su recuerdo, un temporizador en marcha. Por eso, entenderán ustedes que, en la medida de lo posible, evite dormir abrazado: "No es que no quiera", le dije a la última chica, "es que si lo hago, saltamos por los aires". 

Mi vida, en este momento, es un hostal en temporada baja: nadie se queda más alla de dos noches; si llegan. Y el resto del día, silencio. Lluvia. Granizo. Una puerta que se abate. Un mostrador vacío. Un calendario que no pasa de 2011. Aunque el servicio de habitaciones funciona correctamente: en mis sábanas ya no queda ni rastro suyo. Pero en su lado de la cama, eso sí, hay todavía hojas secas que crepitan cuando me acuesto y me recuerdan, joder, que también nosotros tuvimos nuestra primavera. Porque lo peor de que pase el tiempo es que te sitúa, de nuevo, en el lugar de los hechos atado de pies y manos. Malditos aniversarios. Malditas efemérides, ¿no les parece?