domingo, 30 de diciembre de 2012

Banda sonora de un año

El año pasado les resumí mi 2011 en 12 canciones, tal y como hiciese en 2010. Esta es la sinopsis de 2012: un año tremendamente intenso. Pero descuiden que no entraré a valorarlo. Como dije una vez, hay canciones que hablan por si solas:

Enero

"Por mi parte esperaba
que un día el tiempo se hiciera cargo del fin,
si así no hubiera sido
yo habría seguido jugando a hacerte feliz".


Febrero

"I look at you all
see the love there that´s sleeping
while my guitar gently weeps".

Marzo

"Last night I dreamt
that somebody loved me.
No hope, no harm

just another false alarm".

Abril

"Me quedé dormido un momento
y los valles se cambiaron por desiertos
por obra y gracia de El que controla el firmamento:
el que decide que ande perdido en corrientes circulares en el tiempo,
el que transforma los diamantes en quejidos y lamentos,
el que se encarga de que salgas y que yo me quede dentro".


jueves, 6 de diciembre de 2012

Un último homenaje


Superar una ruptura no es fácil. No en vano, a lo máximo que llega uno es a ser ex-algo: exnovios; examantes; excómplices. Y eso en el mejor de los casos. Porque también puedes quedarte detenido en el tiempo; suspendido en eso que llaman presente. Como una foto que te mira pero no te toca. Así he vivido yo en estos doces meses: intentando conjugar su recuerdo con su ausencia en primera persona del singular. Porque el amor, cuando acaba, nunca es plural.

Durante este año, he querido llamarla; verla; desnudarla; follarla hasta volver a empezar de nuevo. En fin. Todas esas cosas que se supone hacen los ex. Darse un último homenaje; creer que esta vez va a ser distinto. 

Es imposible eliminar a alguien por completo de tu sangre. Sobre todo si has estado perdidamente infectado. Si me hicieran cualquier tipo de análisis, ella aparecería en mi vida. Y yo, supongo, en la suya.

Lo único que cambia es que ahora puedo escribirlo. Contarlo. 

Verla.

jueves, 13 de septiembre de 2012

Bienes y tristezas

La mujer que ahora mismo camina sobre sus pasos y vuelve a sentarse en uno de los bancos del andén de Metro es la misma chica -concluyo- que tan solo una hora antes me ha ofrecido un completo por 25 euros. Al principio dudo de que esto sea así. Naturalmente. Soy míope y periodista: tengo siempre que comprobar las cosas fijándome dos o más veces. Pero en un momento dado nuestras miradas se posan y ambos descruzamos la vista como dos exnovios que se encuentran en un paso de peatones. Y al bordearse se preguntan por qué la vida les pone otra vez de frente cuando ya no están al lado. Esas putas casualidades, ya saben.

El caso es que nos reconocemos de antes, ya les digo, y ella, al percatarse, corre a esconderse bajo la capucha de una sudadera que antes no llevaba y que ahora saca de su bolso a toda prisa. Y que le queda, por cierto, dos tallas más grandes. Como la vida, tantas veces.


De todas las putas, con perdón, paradas de Metro que hay en Madrid y hemos tenido que encontrarnos precisamente en ésta, pensará ella. Yo, que tomé la precaucación de caminar cinco o seis calles antes de subirme, cavila; y me mira, ya sí, con vergüenza. Como si ser puta fuese peor que ser político o testaferro.

lunes, 2 de julio de 2012

De boquilla

Verán. Todo iba bien hasta que ella entró por la puerta. Y mis usos y maneras saltaron por la ventana. El sueño de muchas mujeres: encasquillar a un bala perdida. Convertir al feroz león, en gatito. Y así sucedió; yo solía, ya les digo, abandonar el lugar del crimen sin recrearme en demasía. Matar y guardar la ropa, que se dice. Con mis antecedentes, lo último que quería era volver a verme preso de nadie. Hasta que vi su boquilla apuntarme. Y el calibre de sus caderas. Sobre todo eso. El retroceso de su cuerpo, la manera que tenía ella de encañonar mis zonas vitales. Después, huelga decirlo, entrábamos los dos en coma profundo. Como dos gatos salvajes y agotados. Pero ésa es otra historia. Nuestro amor fue siempre un disparo a quemarropa: la única forma de sobrevivir era muriendo a su lado. Luego uno de los dos le dijo al otro: toma, apúntame y dispara. Acaba tú con esto. No, hazlo tú. No, tú. No...

Tardamos mucho en comprender que la única forma de conservarnos era quitándonos de en medio. El tiempo, en fin, fue nuestro sicario. Nuestros besos pasaron a ser de fogueo. Y la vida, un testigo incómodo que declararía, finalmente, contra nosotros: "Yo les vi quererse, señoría".

El caso es que ahora, cuando voy a disparar a alguien, me tiembla el pulso y yerro el tiro. Aunque digo, de boquilla, que no estaba apuntando al corazón.

Imagen extraída de http://lacomunidad.elpais.com/blackdragon/posts

domingo, 6 de mayo de 2012

Sinónimo de encallar

¿Saben? He tardado casi 28 años en darme cuenta de que los sinónimos no existen. En ese sentido, mi antigua profesora de Lengua tendría mucho que explicar. Porque no es del todo cierto que una palabra, vaya, pueda rellenar el hueco de otra sin que le falte o sobre algo. Como ocurre con el tallaje de la ropa, cada término se ciñe a un significado concreto. Preciso. Así, afirmar no es lo mismo que asegurar o decir. Ni tú y yo somos nosotros. Pretender lo contrario es creer que un clavo saca a otro clavo, en lugar de encallarlo o confundir su significado. Las palabras -ahora lo sé-  no son reemplazables. Ése ha sido mi error, por ejemplo, en estos últimos meses: pensar que había un sinónimo para lo nuestro. Y nada más antónimo que eso.

Tu recuerdo no cabe en otros cuerpos.

sábado, 7 de abril de 2012

Pretérito presente

Cuatro meses después siguen apareciendo pinzas suyas en el baño. Y cenizas de lo nuestro por toda la casa. Huelo a pólvora mojada y sin embargo vivo con el miedo constante de arder a lo bonzo al menor contacto físico. Mi corazón, ahora mismo, es una bomba lapa adherida al pecho y su recuerdo, un temporizador en marcha. Por eso, entenderán ustedes que, en la medida de lo posible, evite dormir abrazado: "No es que no quiera", le dije a la última chica, "es que si lo hago, saltamos por los aires". 

Mi vida, en este momento, es un hostal en temporada baja: nadie se queda más alla de dos noches; si llegan. Y el resto del día, silencio. Lluvia. Granizo. Una puerta que se abate. Un mostrador vacío. Un calendario que no pasa de 2011. Aunque el servicio de habitaciones funciona correctamente: en mis sábanas ya no queda ni rastro suyo. Pero en su lado de la cama, eso sí, hay todavía hojas secas que crepitan cuando me acuesto y me recuerdan, joder, que también nosotros tuvimos nuestra primavera. Porque lo peor de que pase el tiempo es que te sitúa, de nuevo, en el lugar de los hechos atado de pies y manos. Malditos aniversarios. Malditas efemérides, ¿no les parece?

sábado, 25 de febrero de 2012

Intento de suicidio en la plaza de Tirso de Molina

Ayer un hombre intentó suidarse en la plaza de Tirso de Molina. Estaba tumbado en el cruce que hace esquina con la calle del Doctor Cortezo y, según balbuceaba, no pensaba moverse hasta que le atropellasen vivo. O muerto. Me sorprendió su peso: apenas 50 kilos mal repartidos. Mientras lo alzábamos entre dos, los coches no paraban de pitar: "Puto loco"; "maltido borracho"; "dejarle ahí que ya veréis como se aparta el cabrón cuando arranque". Fueron algunos de los improperios que le dedicaron los enervados conductores al peso semimuerto que transportábamos en el aire. La policía y el Samur llegó más tarde. Atienden casos como éste todos los días. A todas horas. "Pero si alguien se tumba en el suelo, no puedes obligarle a que se vaya. Está en vía pública". Le di al médico del Samur, un volante que había recogido del suelo: hígado machacado; una operación de tibia; otra de rodilla. El pulmón hecho miga. Entre los papeles rescatados había también una carta del juzgado -el hombre llevaba unas zapatillas sin cordones- y un sobre con un papel dentro. Mustafá, dije mirando el destinatario, ¿tú crees en Alá? Zhi, me contestó. Tengo entendido que el Islam prohibe el suidicio, ¿por qué quieres matarte?, le pregunté. Su respuesta, con la mano tendida: "Nadie me da nada; un negro me ha robado el móvil; no me dejan entrar en el albergue; y hoy, además, se ha muerto mi madre". Apretó los labios, centelleó y después se echó a llorar.

Eran cerca de las dos de la mañana cuando el Samur se llevó a un hombre de 53 años, natural de Marruecos pero con 30 años de residencia en España -repartidos entre Ceuta y Madrid-, de estatura media, pelo y barba enmarañados, la nariz rota, pocos dientes en regla, y constando entre sus objetos de valor, un certificado de defunción.

Hoy Iñaki Urdangarin declara ante el juez por un presunto delito de desvío de fondos, resumiendo mucho el asunto. Es la noticia del día. O tal vez no.

Fotografía de Jorge París

sábado, 4 de febrero de 2012

Anarquía sentimental

Algunos piensan que es estrictamente necesario. Yo creo que no es del todo vinculante. Lo de salir, en fin, a desparramar cuando rompes con alguien. Y estás que no estás. Como cuando el presidente del Gobierno disuelve las cortes y convoca elecciones. En mi vida, ahora, no sé sabe muy bien quién manda: si el pasado o el futuro. Si el recuerdo de haberla tenido. O el deseo de poseer a otras y no quedarme con ninguna, como hacía antes. Antes de masturbarme pensando en ella. Y es que en una gota de semen caben hasta cinco millones de sensaciones distintas. Lo pensaba el otro día cuando, tras dejarme convencer y desfasar-quien esté libre de incoherencia que escriba el primer comentario-, vi mi ansia encapuchada. Y mi corazón, tan flácido que me fue imposible darle el gusto de dormir abrazados.

Comencé a escribir este post -o la idea general- en el baño mientras ella, una absoluta desconocida, dormía sola en su cama. Usé un trozo de papel higiénico que arranqué, primero, para secarme el ánimo. Y un bolígrafo que encontré después al lado de una caja de ibuprofeno vacía y un pintalabios gastado. "A veces el amor se limpia el culo contigo", empecé a escribir.

Cuando volví con ella, se giró y me dio la espalda.

domingo, 22 de enero de 2012

Madrid ya no nos quiere

Escribe Ray Loriga en Tokio ya no nos quiere que la memoria es el perro más absurdo: le lanzas un palo y te trae cualquier cosa. No encuentro, de hecho, mejor metáfora que ésta para explicar el sinsentido de algunos recuerdos. Anteayer, sin ir más lejos, me acordé de algo que tenía completamente soterrado bajo el derrumbe general de mi vida. Y es que hay menciones que se parecen mucho a las catástrofes naturales: quedan sepultadas en lo más hondo y para llegar a ellas hay que levantar, primero, muchas pérdidas. El peso, en fin, de varias vidas apiladas. Porque uno nunca es uno sino varios. Sin embargo, ya les digo, la memoria suele sobresalir con el tiempo y elevar el número de víctimas mortales.

Recordé, ya ven, la primera vez que me hicieron daño. Era san valentín y tenía, si no recuerdo mal, ocho años. Había hecho una figurita en clase de plástica y quise, así, regalársela a una compañera que me gustaba y que me provocaba mariposas o lo que mierda fueran. Como no me atrevía, mandé a un emisario político-sentimental. Y cuál fue mi sorpresa al ver que la interfecta cogía el regalo -horroroso, sí, pero todo un detalle- y lo lanzaba con absoluta crueldad a la pared. Crash. Boom. Bang. Puta.

domingo, 8 de enero de 2012

La ley del deseo

Anoche me contaron el triángulo amoroso que formaron, en su día, George Harrison, Eric Clapton y la musa de ambos, Patty Boyd; conocida, musicalmente, como Layla. Desconocía la historia. Me la relató una amigo, músico para más señas. Y me gustó tanto que se la traslado. Puede que ya les suene. Tal vez no. En cualquier caso, la anécdota me sirve para ilustrar el post de hoy.

Verán. Resulta que Clapton y Harrison amaban a la misma mujer, que era, a la sazón, la esposa del más místico de los beatles. Modelo de profesión, ambos se habían conocido durante la grabación de la película, Qué noche la de aquél día; casándose poco después. Paralelamente, Clapton estaba empezando a colaborar con Harrison, componiendo temas tan brillantes como éste que suena.