lunes, 31 de octubre de 2011

Esquina, mi vida

Uno puede deshacerse de muchas cosas pero no puede dinamitar la ciudad en la que vive. No por falta de ganas o escasez de recursos, ojo; todo es proponérselo y pedir presupuesto. Pero es demasiado engorroso, opino. Un coñazo, vamos. Y además no compensa. Tarde o temprano, alguien volverá a edificarla. A recalificar, en fin, los escombros y trincar encima una pasta. Es el caso de Madrid -ciudad ésta donde sobrevivo- donde llevamos con obras desde el fin de la guerra de independencia; año arriba, año abajo. Desde entonces, ha habido siempre alguna excusa para levantar el suelo y exhumar nuestros restos. Si no son las malditas corazonadas del alcalde -que amenaza, por cierto, con otra nueva cabezonada- es un garaje con solera o las obras de mejora de la calle don Pepito y su vecina, don José. Y total, ¿para qué? Si para cuando se terminen las obras -si es que acaban de deconstruir alguna vez la ciudad- estaremos todos soterrados. Así vivimos los madrileños. Buscando un tesoro que, parece, se nos resiste, como clavó el actor Danny de Vito.

No obstante, hubo un tiempo -les confieso- en que, más radical, quise y busqué la manera de volar por los aires esta ciudad. En concreto, todos los lugares que recorrí y viví con ella. Porque la arquitectura a veces no prevee ciertos derrumbes. Uno puede, ya digo, volver a edificarse. Buscar quien era entre los escombros. Y planearse, otra vez. Pero es muy difícil derruir, sin dinamita o con ella, el cine donde, por ejemplo, Jack Nicholson le dijo a Helent Hunt que por ella era mejor persona, muy cerca de la Plaza de España. O el hostal donde te recordé por primera vez, esquina Gran Vía. O la glorieta donde fuimos a parar al mismo sitio, perpendicular a la calle Fuencarral. O la avenida donde me arranqué el hígado por no poder quitarme el corazón y brindárselo a Pablo Neruda. O la estación, maldita sea, donde Cupido se arrojó a las vías sin haber hecho testamento. Creo que era marzo. O tantos otros sitios y lugares que años después siguen gravando mi paso con recuerdos más o menos graves. Porque no se puede dinamitarlo todo. Sólo recalificarlo. Y pensar, ahora, que debimos volarnos mucho antes.

Imagen sacada de http://www.coloribus.com

11 comentarios:

perroandaluz dijo...

http://www.youtube.com/watch?v=2vLqWbiLJCk

El creador dijo...

¡Bonito! Por que las paredes dejan de ser solo cemento, cuando las empezamos a relacionar con nuestra propia vida, con nuestros recuerdos.¿Qué sería de las Ciudades sin la gente? A pesar de todos sus edificios, serían lugares sin alma.

una más... dijo...

Quizás " el suelo ", esté sobrevalorado...
Si no se me entiende, me puedo explicar mejor.. jaja
Besos.

R. dijo...

Grandérrimo tema, perraco! Una de las bandas sonoras de la capital.

Un abrazo!

R. dijo...

Sería un cementerio, y ni eso, creador.

Gracias!

Un abrazo, con acento madrileño ;)

R. dijo...

El amor, dices?

No te falta razón, Una. Está sobreazucarado. Ya sabes: la culpa de todo la tiene Meg Ryan :D

Mónica dijo...

qué te pasa con Neruda?

Marta dijo...

Hace mucho que no sabemos el uno del otro¿ no crees?jejeje.
Visito Madrugario a menudo y es que siempre reconforta, saber que estas ahi y sigues despertando y transmitiendo muchas cosas.
Espero que todo bien ( o mejor que bien).Petonets :-)

R. dijo...

¿Con Neruda, Merche? Absolutamente nada. Como él, pienso que sería delicioso asustar a un notario con un lirio cortado.

Un beso!

R. dijo...

Hay que poner remedio a eso, Bitxa. A ver si de una vez visito el Valle de las Polillas. A menos que te hayas mudado a Argentina, ;)

Gracias!

Un besazo, pequeña!

Mónica dijo...

quién ese de la foto? tu no eres.
No he entendido tu comentario