martes, 12 de julio de 2011

Caducos

He vuelto a ver el reportaje de La 2 sobre la obsolescencia programada. Y otra vez me he indignado. Y de nuevo he llegado a la misma conclusión: todo -aparatos y personas- está programado para romperse en algún momento de la vida y tener, así, que cambiarlo por otro/a. Lavadoras. Microondas. Y el amor de tu vida. Esto puede durar años. Meses. O días. Dependiendo del fabricante; de quién te mire y cómo lo haga. Pero terminarse, se termina. Vaya qué sí. Y también aquí, cómo no, hay quien saca provecho: floristerías-"perdóname", dice la tarjeta-; pastelerías y/o heladerías -éstas camellos de bulímicos emocionales; gimnasios-ahora quema tú las tardes de sofá abrazados-; agencias de contactos, claro; supermercados-eres uno pero comes por dos-; Philip Morris-si no follo, fumo-; sectas -dicen que se folla-; y un sinfín más de hijos de la gran puta que viven del dolor ajeno. De que la gente, lástima, deje de quererse. Abrazarse en el sofá. 


Porque todo se acaba. No hay vuelta de hoja. Como en una buena o mala novela, da igual el argumento; el desenlace está bien a la vista: fin. Kaputt. Sayonara, baby. O, en cristiano, recoge tus cosas y márchate de aquí. Es un hecho. A mí, por ejemplo, me han dejado de varias maneras. Ahí van algunas: "Te quiero tanto que no me veo contigo en un futuro" <==WTF!!??; "Me he follado a otro y supongo que querrás dejarme. ¡¿Como qué no?! ¡Sí, quieres dejarme!"; "Me he dado cuenta, después de cinco meses, que te quiero como amigo. ¿Follar como amigos? Está bien"; "Lo siento, he intentado quererte pero eres inquerible (sic)". Ésta última lo dijo convencidísima. Por algo, se comenta, las mujeres improvisan mejor que los hombres. Aunque yo tampoco me quedo corto, ojo. No pretendo. Sin embargo, les diré en mi defensa que jamás le he sugerido a una chica que la amo con locura y por eso quiero romper. 


El caso, retomo, es que es tan jodidamente triste pensar en lo caduco de todo. ¿Saben? Cuando ella se fue de mi casa dejó un surco en el sofá. Un puto surco de mierda por casi dos años de relación. Eso fue todo lo que conservé. Lo que me quedó de la liquidación. Un pliegue en el mismo sofá donde tan sólo días antes nuestra piel, arrugada, había formado una suerte de meandro eterno. Y luego, en otra ruptura, me quedé con el poso de nuestra última charla frente a un café, antes de que ella zanjara el asunto con un "tenemos que hablar". Porque nada bueno ocurre tras un preámbulo de este calibre. No en vano, creo que es, de largo, la peor forma posible de concluir algo. Quizás es que soy un poco brusco pero nunca entendí -y hasta me cabrea- esa pretendida y errónea gratitud de aquel o aquella que te anticipa el desastre para que ¿te apartes? Tenemos que hablar: creo que necesitamos un tiempo. Tenemos que hablar: no tenemos ya nada que decirnos. ¿Ven lo que les digo? No hay margen alguno de maniobra. La otra persona ya ha decidido por ti. Entonces, ¿para qué tanta solemnidad? 

Hay casos peores, por supuesto. Una vez, al hilo de lo que les cuento, conocí a un tipo que no había vuelto a hacer la cama desde que murió su mujer. Quería conservar su cuerpo. El surco que tantas noches había abrazado. No sé en qué quedó la cosa. Supongo que, más tarde o más temprano, estiró su vida y se resignó a aceptar la insoportable levedad del ser. Me recordó a cuando era niño y no entendía esto mismo. En la playa, me esforzaba por labrar mensajes imperecederos. Los escribía con palos, con piedras. Hundiendo cada letra hasta el fondo para que las olas, joder, borrasen mis huellas al cabo de las horas. Qué coño: ni media hora aguantaban. Y yo no lo entendía. Y aquello era la vida misma. Recientemente, de hecho, un colega periodista me lo advertía. Advertía: "Da igual que consigas la exclusiva de tu vida, al mes siguiente nadie se acordará". 


Vivimos -y obramos-sobre la fina arena de la vida. Da igual el peso; da igual la fuerza. Al final, todo se perderá en un mar de circunstancias. Y sólo quedará la memoria. El recuerdo de haber sido. La sensación, en fin, de haberte besado como si fuéramos a caducar mañana mismo.

Fotografía de Eneko Larrazabal

7 comentarios:

Phant79 dijo...

Estoy totalmente de acuerdo contigo, todo nace y muere por inapelable ley de vida. Al fin y al cabo quizás todo se reduzca a disfrutar del camino, sin hacer demasiados planes y saboreando viejos recuerdos (sin abusar).

Princesa Ono dijo...

Yo una vez intenté vivir una relación sin hacer demasiados planes, viviendo el día a día, pero resultó que sí que había que hacer planes. O sea, que no funcionó. Yo ya sabía que la fecha de caducidad se acercaba, cuando recibí un "te quiero" en el móvil. Casi como tu surco en el sofá, pero en el móvil. Y dos días después, la ruptura. Ya no sabe uno qué hacer para que las cosas vayan bien.

Mónica dijo...

"El tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos

Mónica dijo...

Qué bonitas las curvas cuando se saben mover por ellas, el equilibrio idóneo, bailable...
por lo de una suerte de meandro eterno(qué bonitas palabras)

R. dijo...

Tal vez sea eso mismo, phant. Vivir sin hacer muchos planes de vida y sin cebarse recordando. Aunque cueste.

Un abrazo!

R. dijo...

Vaya por dios, princesa ono. La verdad que dar con la fórmula es complicado. A mí no me gusta hacer planes; prefiero improvisar. Aunque es verdad que otras veces hay que planificarlo medianamente. No sé. Es un cristo importante esto de las relaciones. O te pasas, o no llegas. Pero todo, siempre, llega. Aunque sea para formar pliegues puntuales. Algo es algo.

Besos, guapa!

R. dijo...

Gracias Mónica, tú siempre tan atenta.

Un beso!