miércoles, 20 de julio de 2011

Sé lo que valgo; conseguiré lo que merezco

Se lo dije a una amiga, ayer mismo: a mí no me tumba ni dios. He besado tantas veces la lona que conozco, de sobra, la manera de levantarme. Lo he hecho antes. Lo haré esta vez. Hay días peores, por supuesto. Mañanas en las que te despiertas y apuntas a la vida a los ojos. Y noches, éstas más habituales, en las que te acuestas con tu semen pegado a la palma de la mano y la vaga sensación de ser un espermatozoide persiguiendo un útero inalcanzable. Luego piensas: mañana, en fin, será otro día. Y al día siguiente es el mismo repetido sólo que con resaca y mal sabor de boca. Ese tipo de días, ya saben, en los que uno pone lavadoras y mira cómo su vida se centrifuga repetitiva. Y otra vuelta; y otra vuelta; y otra vuelta. Aunque para todo, que decía mi abuelo, existe un remedio. Yo tengo el mío, claro. Como soy de natural generoso, se lo presto. Regalo:




Sé lo que valgo; conseguiré lo que merezco.

Fotograma de la película Rocky Balboa

jueves, 14 de julio de 2011

300

El otro día me ofrecieron 300 euros por trabajar de lunes a domingo, siete horas diarias, en un suplemento cultural de un medio más o menos conocido. "Aunque habrá semanas que trabajes cinco días", me especificó la empleada de recursos humanos que me llamó por teléfono. Estas cosas, claro, no se dicen a la cara. No hay valor. No pregunté, eso sí, si eran 300 brutos o 300 netos. Lástima. La cosa me pilló recién levantado. No lo digerí, en fin, hasta más tarde. Antes le había contestado muy educadamente a esta misma señorita sugiriéndole que no estaba interesado. Que siendo licenciado y con casi dos años de experiencia, alguna que otra publicación, algún que otro curso, conocimiento del medio y de las tecnologías de la información (o TIC en el idioma pijo) etc, aspiraba, qué sé yo, a 350, 400...

Luego, con un café en el cuerpo y un par de magdalenas, ya sí, me subió el azúcar. Aunque lo peor no fue eso. Espérense que todavía hay más: me llamó mi contacto, el que me había hablado de la oferta sin saber, cierto, sus condiciones, y me dijo que su jefa -la persona que me entrevistó- no entendía, caray, por qué la había rechazado. "Dice que te lo pienses", me transmitió. Y eso hice: pensármelo. Pensar en la manera de no ir hasta allí y exponerle de forma bruta -o neta- mis 300 motivos para desecharles.


No obstante, señalar es útil. Pienso que hay que señalar más. No se señala lo suficiente y así nos va. Sabemos quiénes son los malos pero no les ponemos cara. Los malvados mercados, por ejemplo, ¿qué apellido tienen? En mi caso, les daré una pista: conmigo, éstos, no se han llevado el gato al agua.  

Fotograma de la película 300

martes, 12 de julio de 2011

Caducos

He vuelto a ver el reportaje de La 2 sobre la obsolescencia programada. Y otra vez me he indignado. Y de nuevo he llegado a la misma conclusión: todo -aparatos y personas- está programado para romperse en algún momento de la vida y tener, así, que cambiarlo por otro/a. Lavadoras. Microondas. Y el amor de tu vida. Esto puede durar años. Meses. O días. Dependiendo del fabricante; de quién te mire y cómo lo haga. Pero terminarse, se termina. Vaya qué sí. Y también aquí, cómo no, hay quien saca provecho: floristerías-"perdóname", dice la tarjeta-; pastelerías y/o heladerías -éstas camellos de bulímicos emocionales; gimnasios-ahora quema tú las tardes de sofá abrazados-; agencias de contactos, claro; supermercados-eres uno pero comes por dos-; Philip Morris-si no follo, fumo-; sectas -dicen que se folla-; y un sinfín más de hijos de la gran puta que viven del dolor ajeno. De que la gente, lástima, deje de quererse. Abrazarse en el sofá. 


Porque todo se acaba. No hay vuelta de hoja. Como en una buena o mala novela, da igual el argumento; el desenlace está bien a la vista: fin. Kaputt. Sayonara, baby. O, en cristiano, recoge tus cosas y márchate de aquí. Es un hecho. A mí, por ejemplo, me han dejado de varias maneras. Ahí van algunas: "Te quiero tanto que no me veo contigo en un futuro" <==WTF!!??; "Me he follado a otro y supongo que querrás dejarme. ¡¿Como qué no?! ¡Sí, quieres dejarme!"; "Me he dado cuenta, después de cinco meses, que te quiero como amigo. ¿Follar como amigos? Está bien"; "Lo siento, he intentado quererte pero eres inquerible (sic)". Ésta última lo dijo convencidísima. Por algo, se comenta, las mujeres improvisan mejor que los hombres. Aunque yo tampoco me quedo corto, ojo. No pretendo. Sin embargo, les diré en mi defensa que jamás le he sugerido a una chica que la amo con locura y por eso quiero romper. 


El caso, retomo, es que es tan jodidamente triste pensar en lo caduco de todo. ¿Saben? Cuando ella se fue de mi casa dejó un surco en el sofá. Un puto surco de mierda por casi dos años de relación. Eso fue todo lo que conservé. Lo que me quedó de la liquidación. Un pliegue en el mismo sofá donde tan sólo días antes nuestra piel, arrugada, había formado una suerte de meandro eterno. Y luego, en otra ruptura, me quedé con el poso de nuestra última charla frente a un café, antes de que ella zanjara el asunto con un "tenemos que hablar". Porque nada bueno ocurre tras un preámbulo de este calibre. No en vano, creo que es, de largo, la peor forma posible de concluir algo. Quizás es que soy un poco brusco pero nunca entendí -y hasta me cabrea- esa pretendida y errónea gratitud de aquel o aquella que te anticipa el desastre para que ¿te apartes? Tenemos que hablar: creo que necesitamos un tiempo. Tenemos que hablar: no tenemos ya nada que decirnos. ¿Ven lo que les digo? No hay margen alguno de maniobra. La otra persona ya ha decidido por ti. Entonces, ¿para qué tanta solemnidad? 

Hay casos peores, por supuesto. Una vez, al hilo de lo que les cuento, conocí a un tipo que no había vuelto a hacer la cama desde que murió su mujer. Quería conservar su cuerpo. El surco que tantas noches había abrazado. No sé en qué quedó la cosa. Supongo que, más tarde o más temprano, estiró su vida y se resignó a aceptar la insoportable levedad del ser. Me recordó a cuando era niño y no entendía esto mismo. En la playa, me esforzaba por labrar mensajes imperecederos. Los escribía con palos, con piedras. Hundiendo cada letra hasta el fondo para que las olas, joder, borrasen mis huellas al cabo de las horas. Qué coño: ni media hora aguantaban. Y yo no lo entendía. Y aquello era la vida misma. Recientemente, de hecho, un colega periodista me lo advertía. Advertía: "Da igual que consigas la exclusiva de tu vida, al mes siguiente nadie se acordará". 


Vivimos -y obramos-sobre la fina arena de la vida. Da igual el peso; da igual la fuerza. Al final, todo se perderá en un mar de circunstancias. Y sólo quedará la memoria. El recuerdo de haber sido. La sensación, en fin, de haberte besado como si fuéramos a caducar mañana mismo.

Fotografía de Eneko Larrazabal

sábado, 9 de julio de 2011

Primeras veces

Primeras veces. La primera vez que nos miramos no fue la primera vez que hablamos pero sí la primera vez que quise arrancarte la ropa. Luego, ya sí, me acerqué por primera vez a ti. ¿Vienes mucho por aquí?, te dije inicialmente tópico. Como un gilipollas. Y tú, claro, contestaste lo típico: es mi primera vez. Era lo primero que había pensado. La primera frase que saldría de mi boca. Por eso, hechas las presentaciones, me quedé sin palabras; la primera de tantas. Al irte al baño, poco después, me fijé en tu culo. Fue la primera vez aunque no la última. Antes nos habíamos rozado. Me levanté para dejarte paso, y tu mano erizó mi piel. Intencionadamente o no. Es igual; el caso es que aquella vez fue la primera que mi corazón tuvo una erección contigo. Más tarde vendría nuestro primer café, justo el primer día después de aquella primera tarde. El primer mojito. La primera película subtitulada. Creo que cayó en domingo: el primero que pasamos juntos. O no: tu primera confesión fue que ibas sola muchas veces al cine. Lo mismo, en una de ésas, coincidimos sin saberlo y este post, en lugar de llamarse primeras veces, debería titularse la segunda vez juntos. Quizás nos buscábamos antes de encontrarnos. Quién sabe. Hubo, en fin, tantas primeras ocasiones. Aquella noche, por ejemplo, cuando te desnudé por primera vez, me parecería, paradójicamente, la última de mi vida. Pero al día siguiente, cuando amanecimos juntos por vez primera, lo primero que pensé es que habría, sin duda, una segunda oportunidad para decirte te quiero como si nunca antes lo hubiese hecho.

Fotograma de la película Modigliani

viernes, 8 de julio de 2011

La doble vida de la SGAE y otras

Cambiando de tema. Me ha llamado la atención una declaración del cantante Ramoncín en la que asegura que le cuesta creer que su amigo y ex consejero de la SGAE, José Luis Rodríguez Neri, sea el cerebro de la trama parasitaria que estos días ha salpicado a la Sociedad General de Autores y Editores. Dice el autor de "Marica de Terciopelo" que le resulta increíble, vaya, que su amigo esté metido en el ajo porque, comenta, "va siempre sin chaqueta ni corbata", y es "muy llano". Toma a-te-nuan-te. Como si el hábito hiciese al presunto delincuente. Y la seda al capullo.

Aunque su sagaz raciocinio me lleva a hablarles hoy del maravilloso mundo de las dobles vidas. Porque Ramoncín, a fin de cuentas, no es más que esa vecina que se entera un día al volver de la compra que su vecino es un presunto parricida. "Jamás me lo hubiera imaginado", comenta a las cámaras sugestionada, "es un chico muy cordial, a mí me ayudaba siempre a subir la compra", añade sudorosa. Televisiva. Y una cosa no quita la otra, oiga. Se puede, en fin, vestir casual y al mismo tiempo llevárselo muerto.

Es un tema que me apasiona, digo. Durante aquel reportaje de prostitución que hice y mencioné aquí, conocí, de hecho, a varios hombres y mujeres que llevaban a cuestas el peso muerto de varias vidas. Por la mañana perfectos trabajores; a media tarde, excelentes padres de familia. Por la noche, excéntricos puteros con toda una amalgama de filias que se la pondrían dura al mismísimo Freud. Como sé que son morbosos, les cuento algunas: los había que se traían de casa el camisón de su abuela para que la puta en cuestión se vistiera de nonagenaria. Otros pedían que les mearan encima. ¿Y si ella no tenía ganas de orinar? Pues pagaban otra hora. Aunque el caso más surrealista fue el de un hombre que se iba de lumis cuando acompañaba a su mujer a la compra. Le decía algo así como te espero en el coche, cariño. Y mientras su mujer metía en el carro medio supermercado, él vaciaba el suyo propio en brazos de doña Carmen-cincuenta años de experiencia demostrable-, apenas unos pisos más arriba.

Las dobles y triples vidas, ya ven. No obstante, ¿hasta qué punto uno es responsable de la vida o vidas que cargan a su nombre? Quiero decir, ¿quién crea a los álter egos? ¿Uno mismo, los otros? Muchos de mis conocidos, sin ir más lejos, me toman por algo que no soy. Es decir, me atribuyen una vida que no tengo. De tal modo que ¿uno se proyecta o es proyectado? ¿Somos algo por nosotros mismos o, por el contrario, sólo representamos lo que otros ven en nosotros? En ese sentido, quizás el famoso Neri no sea un hombre llano. Quizá sólo es considerado como tal. Lo mismo hasta tiene un armario lleno de corbatas ordenadas por colores. De elefantitos y mierdas así.

Y si finge a sabiendas, qué demonios. La vida, muchas veces, es demasiado real como para no cortarla con algo. Bicarbonato de esperanza o una solución de ficción en polvo. Lo que sea con tal de no morir por una sobredosis de hechos probados y consumados. La escritura -se lo recomiendo- suele ayudar. No en vano, ésta es también una forma parasitaria de relacionarse con los demás, y, por ende, enriquecerse: los parroquianos del bar; el mismo camarero;  amigos; conocidos; amantes. Todos forman parte del mismo entramado. La misma mentira blanqueada tantas veces hasta hacerse real como un billete de lotería premiado. En mi caso, como ya reconocí, escribo para cambiar el final del cuento. Soy, en fin, el principal imputado de una gran trama de tráfico de influencias. Y ustedes, mis colaboradores necesarios. Gracias, por cierto. 


Viñeta del ilustrador Kuroi Tsuki