jueves, 30 de junio de 2011

El año que bajó el Dépor (y final)

El niño se puso chulito: "Un partido a cinco goles"-nos dijo-; "si ganáis, os dejamos ir. Si perdéis, os partimos las piernas. ¿Qué decís?". La duda ofende, ¿dónde está el balón? Porque para chulos, nosotros. Los cinco magníficos. Que además de habernos ligado a las chicas de su pueblo, les íbamos a sobar el morro en su propio campo. Delante de todos. 


Media hora después estábamos corriendo hacia el autobús. Creo -y hablo hoy con la enjundia que dan los años-que no he corrido nunca tanto como aquel día. Nos habían goleado y aún nos habrían de meter la del pulpo. "Correr que nos matan", exhaló Víctor. Y era verdad: teníamos, de hecho, a todo el pueblo tras nosotros. Deseosos de cobrarse la deuda con los forasteros. A Valeriano, más gordo, casi le atrapan. Pero al final, no sé cómo, logramos llegar justos.

Una vez dentro -y a salvo-, ya sí, nos pusimos gallitos. "Qué os jodan, putos aldeanos", les gritamos protegidos por la ventana del autobús. Dudosamente valientes. Aunque felices, todo hay que decirlo. Y eso, a pesar de haber sido derrotados y humillados. Porque aquel día perdimos en todos los sentidos. En lo futbolístico, claro, pero también en lo sentimental. Aquel partido no sólo fue una disputa entre dos pueblos rivales. Fue además -y sobre todo- una prueba de amor tácita: había que demostrarles a ellas, espectadoras de excepción, que no se habían equivocado eligiéndonos. Que éramos, en fin, tipos duros. Y que de escarnio público, nada de nada. No sé cómo estarán las cosas hoy en día, pero en ese momento que una lugareña estuviera saliendo con alguien de fuera era poco menos que una declaración manifiesta de guerra. Y ella, por su parte, una perra del infierno.


Entenderán ustedes que el hecho de haber huído cuando íbamos perdiendo sólo por tres a cero, empañara nuestra imagen hasta el punto de borrarnos de sus vidas.

¡Pues yo no me acuerdo de eso!, gritó Carlos visiblemente borracho. Que sí, coño, que perdimos y esas putas todavía les animaban para que nos zurrasen, especificó Javier, también con una cogorza considerable. Ambos estaban de vacaciones. Quince días embarcados, quince libres. Vivimos como queremos, me relataron. Y pidieron otra ronda de cervezas. Para entonces había perdido ya la cuenta. Tenía razón Valeriano: estos dos no habían cambiado. 

Ninguno lo habíamos hecho. Siete años después -y en torno a la misma mesa- éramos, acaso, los mismos magníficos. Más hombres pero igual de niños. Incluso había venido Pepe -el primer amigo que tuve aquí- superando, de este modo, su fobia social. Horas más tarde me lo explicaría así: "No sé cómo empezó pero me fui quedando en casa: primero una semana, luego un mes y cuando me quise dar cuenta, llevaba medio año sin salir ni querer ver a nadie. Gracias por venir, me ha animado. Por cierto, no le digas nada a mi parienta pero tomé las pastillas de la depresión y llevo un pedo de cojones: me he fumado dos porros y me he bebido tres copas". Y rió como hacía tiempo que no lo hacía. Como yo le recordaba.


Miré a la pista y vi a Carlos bailando con una sesentona que tenía las tetas de rodilleras. De fondo sonaba Juan Luis Guerra. Eran las cinco de la mañana, un seminarista, un obrero. Javier se acercó por detrás: "Éste es capaz de follársela". Conociéndole, no lo dudes, asentí. Peores cosas ha hecho, me recordó, aunque tú tampoco te quedas atrás. ¿Te acuerdas de cuando...? STOP. Eso, lo siento estimados lectores, pero no es susceptible de ser contado aquí. Ni siquiera ficcionándolo. "Que te sacaste la chorra y"...Calla, joder.

En ésas fui a pedir y alguien me tocó el hombro familiar: ya tardabas en venir, cabrón. El curro, la vida, ya sabes, me excusé. Ya, bueno, ¿qué, no me presentas? Ah, sí, perdona. Manolo, Mau para los amigos. El tipo que pegaba los saltos más grandes del muelle cuando éramos niños. Te veo bien, ¿cómo te va? Bueno, me voy a Inglaterra a jugar el campeonato paraolímpico en unos meses. 3000 pavos, he triunfado. ¿Parao qué?, le miré ojiplático. Límpico, atiende. Y se subió, así, la camiseta para enseñarme los clavos, y luego sus tobillos de acero. Ya te lo dije, tardaste mucho en venir. Me caí del andamio y a poco no lo cuento. Camino desde hace poco. Pero, eh: 3000 euros. He triunfado. Me alegro de verte. 

¡Mau!, le grité. Dime. ¿Ganarás, no? La duda ofende, ¿cuándo hemos perdido los de este pueblo? 

Salí a la calle a tomar el aire. Carlos se abalanzó sobre mí: bajóff elll Dépofff, quég mierrrrdahz mash gordha. No, le corregí, el Dépor nunca ha bajado. El Dépor sigue siendo un grande. Como nosotros. ¡Eso, coño!, aulló Javier mientras meaba entre dos coches. Y como muestra, se puso a cantar el himno botando. Los dos le seguimos. Cada uno a su manera. Después se sacudió la polla delante de todos. Fuiste tú, hijoputa. La mujer de Pepe me separó: ¿sabes si tomó algo? ¿Pepe? ¡Qué va a beber, mujer! 

Al ver cómo ésta le arrastraba hasta casa, pensé en ese tipo de matrimonios que quizás no sean modélicos, pero que están cuando deben estar, que es, a fin de cuentas, cuando uno más necesita que le quieran: cuando menos se lo merece. El amor, quizás, era eso mismo que se tambaleaba calle arriba: una forma de mantenerse en pie. La amistad, por supuesto, mentirle a la parienta de tu colega. Eso no se pregunta, caray.

Al día siguiente apenas podía levantarme de la cama. No en vano, me desplacé a duras penas hacia el aeropuerto. Completamente ido. A punto de despegar, no resistí la sacudida y vomité toda la nostalgia. ¿Estás llorando?, recuerdo que me preguntaste.

7 comentarios:

Sr.zepa dijo...

recuerdos... a veces desearía recordarlos tan fuertemente que pareciera que los estoy viviendo otra vez. En cambio otras veces desearía que no pulularan más por mi mente.
Me alegro, no obstante, de que fueras en busca de tus recuerdos galaicos y volvieras con nuevas anécdotas que contar.

PD: a ver qué día cuentas la época dorada de la mafia, ya sabes, cuando nos tacharon de mafiosos a la cara y tu, portavoz del grupo, tachaste de borracho a quien nos lo dijo.

R. dijo...

Coño, señor zepa! Usted por estos lares! Celebro su vuelta.

Qué tarde aquella! Aunque debo decirte, mi querido brazo derecho mafioso, que no taché de borracho a quien nos lo dijo, sino de lunático. Lo de borracho fue un símil con otro profesor...

A ver si nos tomamos unas cañas y recordamos los viejos, viejísimos, tiempos.

Un abrazo!

Shigella dijo...

Estas más guapo en tu "nueva" foto de hombre delgado y alto, jaja.

Fue un viaje precioso. Gracias por compartirlo conmigo.

Un beso mafias, que eres un mafias. :P

R. dijo...

Estaba cansado de verme siempre con la misma cara. La foto, de hecho, tiene dos años. Pero, qué quieres, le tengo cariño. Pasarán más años y ahí seguirá. Como símbolo de la eterna juventud.

Gracias a ti.

Un beso, shige!

Guti dijo...

Joer!! Te ha censurado la SGAE? Ha desaparecido tu post!!

Shigella dijo...

jajajaja

muy bueno Guti!!!

R. dijo...

Estaba retocándolo. Ahí, lo tienes Guti.

Un abrazo!