martes, 22 de marzo de 2011

Un buen momento

El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos. A saber: vuelan los cazas sobre Libia. La comunidad internacional quiere evitar una masacre. Dicen. Ahora. Aunque no se ponen de acuerdo en quién debe liderar el expolio. En Japón, mientras, encuentran niveles altos de radiación en la leche y diversos productos agrícolas. Algunos residentes españoles informan de que además no hay agua mineral en los supermercados. De otros países nada se sabe. Ay de ti, que ni siquiera estás en el mapa. No es el caso español. Por desgracia. Aquí, en la España de toda la vida, se ha conocido que Torrente 4 ha batido todos los récord. No sorprende. Un país donde Belén Esteban sería la tercera fuerza política más votada, se merece lo que tiene. El cine que tiene e ir a 110. Un ejemplo: la periodista Ana Pastor hace la entrevista de su vida y los titulares señalan el dedo y no la luna. Míster, un negro guasón que vino del África y vende el ¿periódico? La Farola, lo explica divínamente: "Espanha es así", resume. Y la gesta no es moco de pavo: 21 siglos de historia -que se dice pronto- masticados en un sólo adverbio. 21 siglos de embustes. Reyes peleles. Obispos corruptos. 21 siglos de envidias. Cuernos. Cainismo. 21 siglos así, en bruto. No abunda ni añade nada más. ¿Para qué? Nos tiene calados y no lleva aquí ni seis meses. Podría ser peor, claro. Podrías no estar en mi vida, pienso. Te pienso. Y en un despacho no muy lejano, alguien firma el despido de 2500 trabajadores. ¿Dormirá bien por las noches? Lo dudo. La conciencia tiene las patas muy cortas y el colmillo retorcido. Se defiende como gato panza arriba. El caso, retomo, es que pongo la radio y no cabe duda: el mundo se derrumba y tú y yo nos enamoramos. No sé si está bien. Quizás es puro egoísmo. Pero creo que es un buen momento para decir: te quiero.

Dibujo de Moisés Yagües

lunes, 14 de marzo de 2011

Ajuste de cuentas

Supongo que a ustedes también les tocó. Hallar el punto exacto donde el tren de Zuera, provincia de Zaragoza, se cruza con el de Sevilla; saliendo, en ambos casos, a la misma hora y manteniendo, a lo largo de todo el recorrido, una velocidad constante y similar. Terrorífico, ¿verdad? De todos los malditos problemas de matématicas que tuve la desgracia de padecer, éste se lleva la palma. De hecho, jamás logré resolverlo. Ni supe entonces ni lo sé ahora. Para colmo, el conductor del convoy, es decir, nuestro profesor, solía introducir, en tan típico problema, elementos de carácter sensacionalista a fin de que la trama resultase más creíble y, por qué no, más melodramática: "Imaginaros", decía el muy cabrón, "que vuestra novia o novio va en el segundo tren y vosotros en el primero. Así que de vosotros depende que os veáis o no".  Y la clase resoplaba. Cómo no. Aquel año, les aseguro, fueron varias, decenas, las parejas que rompieron por culpa de los números. Como sucede a veces en la vida real, cuando uno más uno suman más de dos.

Aunque con esa edad, les aclaro, no entendía el por qué de resolver conflictos de ese tipo. Tendría once o doce años, por el amor de dios. El problema era a todas luces inverosímil. En primer lugar, un niño con esa edad -al menos mi generación- no va por ahí cogiendo trenes para ir a ver a la parienta. Y si los coge, que ya es mucho suponer, le escribe antes en su muro o le manda un sms para que ésta no haga planes y decida por su cuenta y riesgo ir a darle una sorpresa cogiendo, qué puta casualidad, el tren que sale a la misma hora y mantiene, joder, la misma velocidad de trayecto.

Hasta que una noche, digo, lo entendí todo perfectamente. Y cuando digo "perfectamente" es per-fec-ta-men-te. Fue de este modo: estaba durmiendo con mi ex, espalda con espalda, cuando me vino a la cabeza ese mismo problema. En ese instante, muchos años después de aquel primer suspenso en matemáticas, les juro que comprendí el ejemplo de mi profesor como nunca antes. De súbito supe lo que era la distancia física pero sobre todo la emocional, que es la que acerca o aleja personas. En este caso, estábamos en el mismo punto geográfico -pongamos la provincia de Madrid-, pero emocionalmente hacía tiempo que nos habíamos cruzado sin vernos además. 

¿En qué punto del trayecto coincidieron su desidia y la mía? Todavía hoy lo desconozco. Como les cuento, nunca supe resolver problemas de ese tipo. Sin embargo, una cosa sí que aprendí: que dos trenes salgan a la misma hora manteniendo, en cualquier caso, una velocidad constante, no garantiza ni mucho menos que estos lleguen si quiera a acercarse. Rozarse.

Dormir juntos no implica abrazar a la misma persona.

Ahora, por ejemplo, sabría qué poner en ese ejercicio: esos dos trenes avanzan en direcciones completamente opuestas, profesor. Si coinciden es fortuita y momentáneamente. Y nunca por verdadera vocación de encontrarse. Uno va cuando el otro vuelve. ¿Qué clase de amor es ese? Convertir un hecho aislado en dogma de fe me parece un error de base, sinceramente. Yo si quiere le hallo el punto exacto donde convergen. ¿Pero para qué? Está claro que lejos de reunirse, lo que se traduce del enunciado es que esa pareja está escapando de si misma. ¿Que los trenes pasarán al lado? Obviamente. Aún tienen cosas en común. Aunque será tan sólo un instante; acaso una ráfaga. Dirán, fue bonito. Y el cristal les devolverá su reflejo y quizás otros paisajes más recientes. Ambos trenes no se detendrán. Ya no. Por lo tanto, calcular ese momento carece de todo sentido. Es constatar lo que ya se sabe: que la vida sigue sin ti. Otra cosa, si me permite la innovación, sería encontrar el punto justo en que su tren descarriló y tomaron caminos distintos. Sabiéndolo o no. Pero eso ni los poetas. En lo que a mí respecta, sólo soy un niño de once años. Póngame, pues, la nota que estime oportuna.

Imagen sacada de http://realidadonirica.wordpress.com

viernes, 11 de marzo de 2011

Es imposible masturbarse y escribir correctamente

Uno.

Entonces el psicólogo me dijo: "Tener metas que sean realizables. Esa es la clave. La gente que no se pone metas alcanzables lo pasa mal. Luego llegan a los 30 y están muy perdidos". Y usted se forra, claro. ¿Cómo? Sí, que a usted, digo, le viene de maravilla que la gente, sus pacientes al fin y al cabo, no alcancen sus metas. Son treinta y cinco euros la hora, ¿me equivoco?

Era la primera vez que visitaba a un especialista. Por aquella época me había dado por no comer como me podía haber dado por beber absenta o pincharme heroína. Quiero decir que mi problema no era la comida, sino la desgana vital. La falta, en fin, de una meta (i)realizable.

Todos los trabajos, de hecho, se basan en la desgracia ajena, recuerdo que maticé después por aquello de minimizar su culpa. No era un mal tipo. Todo lo contrario. Pero era mi primer día, como les cuento, y estaba a la defensiva. No hay que fiarse de los extraños, me decían a mí de pequeño. Y eso hacía. No fiarme: sin estafas, robos o asesinatos no habría abogados; como tampoco existirían psiquiatras si Freud no hubiese pontificado sobre el pene y el ego. Así están todos de acomplejados. Y hay todavía más ejemplos, doctor: los médicos, sin paradas cardiorespiratorias, no serían médicos. Y cómo no, los periodistas, ah, los periodistas. Aunque éstos se conforman simplemente con vivir. Con estar.

No digo, válgame, que todas estas profesiones -y también muchas otras- no sean necesarias. A veces hasta encomiables. No. A lo que me refiero es a que la miseria es la madre de todas las especialidades. Y eso es un hecho objetivo. Los técnicos trabajan porque se rompen cosas, a veces de forma programada. Y usted, como ellos, cobra por arreglarlas.

No apuntó nada de lo que le dije. Yo esperaba que, sagaz, encontrara en mis planteamientos algún atisbo de delirio o tal vez de psicopatía. Acaso algo grave que relatarles a ustedes años más tarde. Hoy, sin ir más lejos. Pero al final ni lo uno ni lo otro, caray. "A ti lo que te pasa", me diagnosticó en plan tabernero, "es que le das muchas vueltas al coco y encima tienes mucho tiempo libre". Y añadió, profesional, que estaba bien que pensara y todo eso, pero que debía llevarlo hacia un terreno más productivo. De nuevo, la meta. Carl Lewis.

"A ti, qué te gusta hacer en la vida", me preguntó sin interrogantes. Afirmando. ¿A mí? Masturbarme. ¿Y algo más? Escribir. ¿Has probado a masturbarte mientras escribes? No tengo tantas manos, doctor, pero la verdad que estaría muy bien. Ya tienes una meta, zanjó. Ahora sólo tienes que alcanzarla.

Y aquí me tienen, alcanzándome.

Dos.

A veces cuando me despierto no encuentro mis gafas. En ese momento, comienza una absurda búsqueda por toda la casa donde escudriño cada rincón -a un milímetro de distancia y sospechando de cualquier objeto- sin dar, coño, con las putas lentes. Me ocurre tantas veces. Lo peor es que antes de acostarme planifico un lugar seguro y fijo donde poner mis gafas. Aunque luego, maldita sea, sí que es verdad que las acabo dejando donde me pilla Morfeo. Así me va.

Les cuento esto porque la sensación que tengo estos días se parece mucho a la impotencia que siento al buscar ciego mis anteojos. Tercer sinónimo, tendrán queja.

Me despierto, digo, y no sé dónde he puesto mis ganas. Llevo varios días así: con la nariz pegada al espejo. Y eso que ayer mismo, las llevaba puestas.

Tres.

Soy un tipo generoso que no comunista. Lo mío es mío, que para eso lo he sudado y trabajado. Y de eso, yo decido lo que dejo, presto, regalo o financio. Más o menos como los catalanes con el tema de los impuestos. Cada cual elige dar o recibir. Aunque no me cuesta, eso sí, aflojar por otros. Llámense amigos u organismos varios. Lo que no acepto de ninguna de las maneras es que una pija disfrazada de altermundista me llame egoísta, oiga. 

Me sucedió el otro día. Una rubia estupenda con perlas y botas de terciopelo me abordó por la calle y me solicitó liquidez para financiar los polvos del oso pardo -o alguna otra especie por el estilo-, con su parienta u otras osas, a fin de perpetuarse. Y echarse, ya puestos, el cigarrito de después. Tengo prisa, me excusé. Y era verdad. Sólo que entonces ella lo dijo. Me dijo: "Será egoísta". Y el tiempo, como la primera vez que te besé, se detuvo en ese instante para mí: "A ti te suda el coño los osos pardos, el océano pacífico y las ballenas. No estás aquí de forma altruista, te pagan por captar socios. Así que no me vengas con mierdas. Que colaboro con tu oenegé desde mucho antes de que tú jugaras a ser hippie". 

Y ahí se quedó la cosa. Tenía prisa, ya les digo.

Cuatro.

Eds iomposiñble mawsturbharse y rescribir corredctamdsdSA.


Lámina de Federico Taboada

miércoles, 2 de marzo de 2011

En eso consistía vivir


Uno de los finales más tristes de la literatura universal es el final de Peter Pan. La frase no es mía. Es de Ismael Serrano. Pero es vox populi que J. M. Barrie, el autor de la fábula, se pasó tres pueblos con el desenlace. De hecho, se podía haber ahorrado la bofetada generacional.  ¿A cuento de qué tanta crueldad? ¿Tanta dosis de realidad? ¿No se supone que es una lectura para niños? ¿Cómo qué al final Wendy se hace mayor y se olvida de volar? La verdad, cuánto cabrón suelto. Normal que éstos, los más pequeños, acaben luego con complejo. Yo, por ejemplo. Que ando estos días viendo a ver qué giro argumental le doy a mi trama. 

Quizás por eso he releído el cuento. Por ver si le encontraba algún fallo de raccord al que agarrarme. Alguna inexactitud que certificara, acaso, la ineficacia de los polvos de hada para levantar siquiera un palmo del suelo y, así, echar por tierra el falaz e inverosímil argumento de que Wendy olvida volar cuando nunca antes pudo ni supo cómo hacerlo. Combatir, en fin, con datos reales-lo que se hace en el periodismo-un burdo rumor. Ella nunca voló. Es materialmente imposible. Meteorológicamente dudoso. Un carajo para ti, Barrie.

Se trataba, ya les digo, de quitarle hierro al asunto. Y de paso desdramatizar el ya de por si dramático paso de la infancia a la madurez. Alquiler. Facturas. Paro. Uf. Sin embargo, justo cuando más convencido estaba, recordé de súbito que Wendy sí que emprendió el vuelo. Y no una, si no varias veces. Yo mismo, de hecho, me encargué de auparla. Lo recordé después, como les cuento, entre rachas de viento y cálculos fríos. Y no una, si no tantas veces como quise yo acompañarla. Porque hubo un tiempo, es verdad, en que volar era posible. Entonces bastaba con cerrar los ojos y desearlo. Se lo prometo. En eso consistía vivir. En soñarlo y no decir nunca (jamás).

No obstante, el tiempo pasa y la primavera se acumula. Y uno, aunque poco, crece. Se hace mayor, vaya. El autor, en ese sentido, tenía razón. Aunque discrepo en algo: no es Wendy quien pega el estirón sino Peter Pan, que es quien descubre todo el pastel y crece de golpe; sin duda mucho más dramático.

"Encenderé la luz para que comprendas", le sugiere ésta cuando él viene a buscarla por enésima vez. Como siempre. Como antaño. Pero en esta ocasión las cosas son bien distintas, que dijo mi ex. Wendy ahora es una mujer y quiere que Peter juzgue el resultado con sus propios ojos. Y continúa el relato de Barrie insinuando que "por primera vez que nosotros sepamos, Peter Pan tiene miedo". Miedo, supongo, a entender muchas cosas.

En eso consiste vivir, me temo. En que alguien encienda la luz contra tu voluntad y la realidad te golpee a la vista. Y veas, de este modo, lo que había detrás; lo que siempre estuvo ahí, por otro lado.  Es curioso. Yo quería cambiar el mundo y es el mundo quien, al final, me ha hecho a mí. El otro día no les quise responder. O no quise encender la luz del todo, mejor dicho. Les confesaré que sólo me sincero ante el espejo. Ayer le pregunté cómo veía el asunto. Me sentí un poco como la malvada madrastra de Blancanieves. No en vano, su respuesta no me satisfizo en absoluto: "Me recuerdas tanto a mí cuando era yo...", me espetó a la cara.

Y es que, como el señor Pan, yo tampoco quería entender nada o casi nada. Los ingenuos viven más años, está comprobado. Saberlo es ya otra cosa. Por ejemplo que todo es mentira. Partiendo de eso, hay cosas que son más verdad que otras: uno muere cuando no vive. Aunque vivir, lástima, no te exime de morir. Tal es el sinsentido. El grado de estupidez que la vida misma genera. Tanto nadar para acabar muriendo sobre la orilla. Para terminar arrojándose desde la ventana habiendo olvidado volar.

El hijoputa de Barrie tenía razón.