sábado, 8 de enero de 2011

Breve cuento de Navidad (y 1)

Se acabó la Navidad. Momento más que oportuno para contarles un cuento navideño:

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María tiene un micropene que hace las delicias de los heteros. Me lo cuenta mientras compartimos un par de vinos. Nuestra charla habitual de los viernes. Desde hace algunos años, María hace siempre un descanso en su apretada agenda para recibirme, tal día como hoy, en el bar de debajo de su casa; un avispero de yonquis, putas y chulos.

Lo mejor de cada esquina para por aquí, me explica sobre la barra un camarero que no reconozco de antes. Es joven, de mi edad. Pero quiere aparentar una solvencia que, por otro lado, le hace parecer torpe. Cutre. Está peinado hacia atrás. Con gomina. Caracolillos salpicando su nuca. Colonia viril y barata. Ése tipo de aspecto. Además, lleva la camisa abierta con cuatro pelos diáfanos que abrazan un cristo de oro mugriento. 


El camarero nuevo me habla como un chico de 50 años: "Aquí hay de todo", abunda la versión barata de Pedja Mijatovic, "putas, chulos, mariconas...".  ¿Incluyes en el elenco a Ramón, tu jefe?, tercio irritado. La forma que tiene de referirse a la clientela no me parece la más adecuada. ¿Ah, que ya has estado antes?, me responde él avergonzado -y un pelo se le escapa de su aprensada y pringosa cabellera-; parece un yupi casposo y derrotado. "Por eso vengo", zanjo, "porque reúne a lo mejor de cada casa, ¿no?". El camarero musita algo y se pone a limpiar vasos. Durará poco. Al rato entra el mismo Ramón, que me saluda amistoso: ¿Qué, otra vez de putas? Bueno, de algo hay que escribir, ¿no? Nene ponle un vino, que este es un "señor". 

Y dice señor, así: como se lo llama a todo el mundo. Ramón es de derechas-panza, habano y toro de osborne- y siempre que me ve hace lo mismo. Pide que barran la alfombra de cabezas de gambas que están a mis pies. Y después me invita a vino y a jamón. Quiere quedar bien, que no hable mal de él ni de su local. Aunque luego se refiera a mí como ese periolisto de mierda. En realidad, lo hace con todos los clientes y parroquianos que visitan y frecuentan su bar. Ramón es un cínico oficioso y oficial. Menos con los yonquis, eso sí, que le atestan y apestan el baño de papelas. Con ellos, mantiene el mismo discurso dentro que fuera: "Un día de estos, les echo matarratas en la copa, fíjate lo que te digo".

Mientras espero a María, hablamos de lo actual, habitual. Ley antitabaco. Crisis. Y, cómo no, las putas: "A mí sólo me incomodan los munipas", me confiesa Ramón, "ellas, las putas, son la alegría de este bar". Al oírle, una de las prostitutas que está sentada al fondo-desde mi sitio distingo que le falta un par de dientes, quizás más- se arranca en olés. Su chulo -tiene toda la pinta de serlo- la agarra entonces del brazo-definitivamente lo es- y con malos modos le exige que se calle y no alborote. "Suéltala o te arranco la cabeza". Como en la canción de Estopa, el gordo salta la barra; sólo que sin cuchillo jamonero. A Ramón le sobra y le basta su mala leche. El chulo, mientras, ni se inmuta; saca una automática y dice: "O si no, ¿qué?". El camarero nuevo mira la escena acongojado. Tanta pose para nada, pienso.


Finalmente, Ramón los echa a barrigazos. Al día siguiente, Mercedes, que así se llama la interfecta, volverá al local magullada.  Con menos dientes si cabe. Y Ramón, al verla, jurará por "Dios y por Franco" que cuando se eche a la cara a "ese cabrón", le matará. Dirá: "Pienso aplastarle la puta cabeza contra puta la taza del wáter". Lo sé. Lo ha dicho otras veces. Ha pasado otros días. Y nunca ha llegado a tal extremo. ¿Por qué? Porque Ramón va a comisión. 


Imagen de Malia León

2 comentarios:

Shigella dijo...

Una vez asistí a una charla de un grupo que trabajaba con mujeres maltratadas. Hablaron algunas y entre ellas una exprostituta. Empezó diciendo "Antes de venderme en la calle, cuando yo era persona...". No pude escuchar más. Me salí. Aquello me llegó hondo.

Un beso

R. dijo...

Quedarse a escuchar según qué cosas es difícil, pero a veces es necesario hacer un esfuerzo y escuchar para luego contar.

Besos, guapetona!