sábado, 29 de enero de 2011

El niño del semáforo

No sé con qué extraño método conseguían sus padres acojonarles y/o engañarles de pequeños para que hicieran esto o aquello. Rubalcaba. El hombre del saco. Michael Jackson. Ustedes dirán. En mi caso, se trataba del niño inexistente del semáforo: un pobre diablo, contaban mis padres, vestido con harapos, que vendía pañuelos a la altura del paso de peatones. El mismo sitio donde yo acabaría -y esta era su velada amenaza- en caso de no aprobar todo ese año. Como pueden imaginarse, suspendía. Aunque más que por no estudiar, por mis ganas de conocer a ese crío, coétaneo mío, que a esas alturas más que miedo, me procuraba intriga. Todas las tardes, al volver del colegio, de hecho, pasábamos por el mismo semáforo donde me aseguraban mis padres que se ponía. Pero ni ellos ni yo conseguimos nunca nuestro propósito.


No recordaba esta anécdota. Me acordé hoy mientras volvía del dentista. En el paso de peatones había un malabarista, más o menos de mi edad, y pensé que tal vez el niño con el que me amenazaban y/o sugerían mis padres, existía realmente; y no solamente eso, sino que, además, era todo un espectáculo verlo. Tanto tiempo en el semáforo...de lo que sirve estudiar, me sorprendí diciendo en alto.

Pasaron varios turnos de peatones hasta que me decidí a abordarle. Hola, dijo mi yo de niño. Hola, se giró él. ¿Puedo hacerte una pregunta? Asintió. ¿Llevas mucho aquí? ¿En el semáforo? ¡Toda la vida!, me  reconoció. No cabía duda, era él. Pensé que no te conocería nunca. ¿Quién eres? Es una larga historia, cuánto llevas recaudado. Apenas cinco euros. Toma-le di un billete de 10 euros, lo que tenía-te lo debo. ¿Me lo debes? Te lo debo: yo tenía que haber ocupado tu puesto en el semáforo, me libré.

Y el tipo, que no era para nada un desarrapado, me miró con la misma cara con la que yo mismo miraba a mis padres al oír hablar de él, y guardó extrañado el billete. 


Gracias, me contestó tímido. Y eso fue todo.


Cuadro de Jabbar Al Ali

miércoles, 26 de enero de 2011

Sobre olores personales

¿Se han dado cuenta? Ahora los bares huelen. A sobaco, fritanga, colonia barata, crema de manos, ginebra, leche materna, orín, lejía. Pero también se aprecian verdades a medias, variadas cobardías o ese olor tan característico que desprende la soledad cuando lleva días sin dormir con alguien. Y yo pienso: esto es lo que somos, caray. Lo que había tras la nebulosa de falsas apariencias; lo que se amotinaba detrás del olor a tabaco. A lo que siempre olimos. Y es que con la nueva normativa, hemos recuperado, además del olfato, nuestra evidente condición humana. Ahora ya no podemos disimularnos. Es un gran paso para irnos conociendo. A muchos, me temo, se les ha caído la careta. La posibilidad de tapar su olor, con otro, opino.


Imagen sacada de http://www.genciencia.com

lunes, 24 de enero de 2011

Obsoletos

Noto mucho debate en torno a la llamada obsolescencia programada. De nuevo, otro eufemismo para referirse a la práctica habitual de muchas empresas de construir productos terminales, artefactos finitos. Como la cuenta atrás de las misivas que le enviaban al inspector Gadget, muchos útiles se autodestruyen pasado un tiempo. ¿Por qué? Según dicen los expertos, es algo programado por las grandes empresas para ganar más dinero. No se trata sólo de consumir sino de consumir cada vez más. Por eso no es extraño que de pronto se le caiga la estantería de Ikea encima o se le joda la lavadora en mitad de una colada cuando nunca antes le había dado problemas. Y como sin lavadora no se puede estar-¿de verdad no se puede?-, pues tiene usted que cambiarla o bien comprar una nueva: "Por lo que te sale arreglarla, te compras otra y además nueva", dice el imaginario colectivo. Esto es, el dependiente. Y muy cucos y pensándonos economistas, aflojamos la pasta, más pasta, y damos por supuesto que sin lavadora no podemos estar y que sale más a cuenta comprar una nueva que pagar a un técnico para que nos explique por qué demonios ya no rula la cosa; y de esta guisa, volvemos a casa, pongamos, repitiendo mentalmente el famoso eslogan del anuncio. Yo no soy tonto. 

Y es verdad. No somos tontos. Somos gilipollas. Porque si no de qué iba a retroalimentarse tanto hijo de puta. Yo consumo. Tú consumes. Él consume. ¿Y quién no lo hace, caray? Todos pasamos por caja. Y hacemos din-din. Aquí y en la China popular. Quiero decir que el capitalismo ya no es una forma ideológica de estar en el mundo; es el mundo. Con la diferencia de que unos productos son más vistosos que otros. Mas monos, vaya. Pero pagar, paga el rico y paga mucho más el pobre.

Así, llega un punto en que la culpa de que se nos rompa la tostadora ya no es de ellos-hábiles y zafios empresarios- sino nuestra por contribuir de esa pija definición de terrorismo doméstico. Por saberlo y, aún así, enchufarla. Y es que estamos en manos, como digo, de auténticos hijos de perra, que nos tienen completamente estudiados y medidos. Estatura, peso y hábitos de consumo. El eje del mal. Algunos, a la hora de buscar culpables, cargan las tintas contra los publicistas; yo prefiero ir más allá. Aunque, por otro lado, esta práctica de vender productos sin terminar no es más, opino, que el trasunto de la vida real, pues qué son las relaciones personales sino la crónica de una obsolescencia programada.


Mis amigos. Los adquirí pensando que serían para siempre y me duraron apenas unos años. Aún conservo a algunos pero al resto tuve que cambiarlos porque me daban problemas. O mis ex. O mis jefes. O mi vida actual y pasada. Nada dura para siempre, demonios. Todo está programado para romperse, para hacer catacroker. Para tener, en fin, que aflojar el ánimo. Y darle alpiste a la vida. 


Si no de qué íbamos a aguantarnos tanto tiempo.

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Phant ha colgado en su blog un interesante documental sobre esto de la obsolescencia programada. Se lo recomiendo. El documental y su blog.


Imagen sacada de http://meteoro92.blog.com.es

jueves, 20 de enero de 2011

Lo que sé de los eufemismos

Nos estamos volviendo un poquito gilipollitas. Un poquito meapilitas. Les sitúo. Vengo de la librería de mi barrio. Normalmente, suelo ir cada semana por nuevo material pero, en este caso, la cosa iba ya para dos meses. El motivo es que soy un maniático gilipollas y me gusta acabar los libros que empiezo; sean o no un coñazo. En el Camino, de Jack Kerouac, pertenece, por ejemplo, a este segundo subgrupo: libros que ni siquiera deberían haber sido escritos. Autores a los que habría que amputarles las falanges de los dedos y hasta la lengua. O bien, de llevar años muertos, desenterrar su cadáver y pasearlo por las calles al grito de: ¡Ni un libro más. Ni una historia. Ni siquiera un suelto-glosa. Nada que puedas volver a componer, hijo de perra!


Lo pienso y me excito. Hay ciertos escritores que merecerían un juicio literarísimo. Coelho. Bucay. Moccia. O esa otra fulana, ¿cómo se llama? Ah sí, Lucía Etxebarría. Eso. Y de todos he leído libros. Y a todos les he respetado hasta el final. Porque soy un absurdo y estimo que no acabarse una novela que comienzas es poco menos que faltarle al respeto a quien la escribió-sí, gilipollas profundo-; a mí me gustaría, pienso cuando la historia que leo es un tostón, que se leyeran mi obra de cabo a rabo y que después la dejaran en algún burdel -crossfucking- para que putas y clientes la leyeran entre polvo y polvo. Eso ya como fantasía. Pero que al menos se me criticara o alabara con enjundia. Con motivo. Después de haberse acabado mi libro, pongamos.


Lo malo de esto es que pierdes tiempo. Lo bueno es que ya estás prevenido para futuras lecturas del mismo fulano. Y dirán ustedes-y dirán, por cierto, muy bien-que de esta forma corro el riesgo de desdeñar a autores con libros muy buenos y dos o tres malillos, que han tenido la mala fortuna de caer en mis manos antes que los otros. Además, todos los libros no pueden ser buenos, les oigo decir. Hay novelas y novelas. Que no te haya gustado éste, no significa que no te puedan gustar otros del mismo tipo/a, que sí merecen "muy mucho" la pena. No puedes opinar de un escritor sin haberte leído las tres cuartas partes de su obra-esto los gafapastas-; es injusto que Verónika decide morir pague por El Peregrino de Compostela, añade mi amiga la mística.    


Y no les falta razón. La tienen. Aunque déjenme decirles algo: no soy tan cafre. Siempre concedo una segunda oportunidad-la novela de gracia, me gusta llamarlo a mí- a autores y autoras que de primeras no me convencen. Me pasó con Murakami y a punto estuve de liarla parda. Pero con Tokio Blues le perdoné la vida. Antes había leído After Dark. Insulsa. Otras veces, lástima, la llamada del gobernador no llega a tiempo. O bien el autor/a, que un principio te deleitaba, termina por cansarte. Con la señorita Etxebarría, por citar algunos de mis desechos, me sucedió esto mismo que les cuento. Me enamoré de ella en Beatriz y los cuerpos celestes o Amor, curiosidad, prozac y dudas; pero luego he terminado aborreciéndola en posteriores visitas.


De modo que ahórrense los comentarios recomendativos que, como en el caso de Meg Ryan, no me van a convencer. Mi suegra, sin ir más lejos, trató el otro día de venderme las grandezas de El Código Da Vinci y tururú. 


Volviendo al tema, que me lían. Les decía que había ido a la librería por mi dosis. Por fin había terminado de leer ese coñazo de novela que es On the road -"la obra de referencia de la generación beat", reza su contraportada (qué hijos de puta)-, y ansiaba mi chute. Mi pico. En concreto, lo último de Juanjo Millás. Y en ésas estaba, digo, buscando míope por toda la tienda el librecito de marras, cuando se me ocurrió preguntar dónde andaba Lo que sé de los enanos. Hombrecillos, me corrigió la dependienta. Eso, hombrecillos. Sí, que decir enanos está muy feo. Y ahí se lió la pajarraca. Dos señoras, gordas y viejas, que hacían tiempo dentro, me recriminaron mi actitud desdeñosa y tuve-no me quedó otra, lo juro- que mentarles a los clásicos. Éste fue el diálogo más o menos:


Señora gorda 1.- Qué falta de respeto llamar a una persona enana.


Señora gorda 2.- Y tú tan tranquilo, claro. Te parecerá bonito.


Yo.- Señoras, yo mismo soy un enano y no pasa nada. No me crea un trauma ser bajito.


Dependienta.- Pero es que el libro no se llama lo que sé de los enanos; sino, lo que sé de los hombrecillos. Hom-bre-ci-llos. No enanos, hombre por dios.


Yo.- Enanos, hombrecillos. Muy altos no son, vaya.


Dependienta, Señora Gorda 1, Señora Gorda 2.- Oy, oy, oy, oy, oy...pero ¡qué sinvergüenza!


Señora gorda 2.- Y a la gente de color, ¿cómo les llamas?


Yo.- Negros. O dependiendo: muy negros.


Dependienta.- ¡Será racista!


Señora gorda 1.- ¡Eres un chenófobo!


Lo dijo así, se lo crean o no, con ché.


Yo.- Vamos a ver, señoras, ellos no son gente de color. Tienen un único color: el negro. Nosotros, en cambio, nos ponemos azules, amarillos o verdes según el día. ¿Quiénes son, entonces, las personas de color, eh?


Dependienta.- Me es igual hay que tener un respeto al hablar.


Señora gorda 1 y 2.- ¡Eso!


Yo.- Y un cojón de pato viudo.


Las tres otra vez.- Oy, oy, oy, oy, oy...


Yo.- Verán, lo que a mí me parece una falta de respeto es no llamar a las cosas por su nombre y utilizar eufemismos.


Señora gorda 2.- ¿Eufemio?


Yo.- Eufemismos, señora. Los mismos que ocultan o tratan de ocultar asesinatos, violaciones y despidos en masa. 


Las tres, again.- o_0


Yo.- Los eufemismos no son ningún eufemismo. 


Dependienta.- Sé a lo que te refieres. Pero hay formas y formas de llamar a las cosas. Y hay que tener un decoro y un respeto. Pobres enanos, ay.


Yo.- ¿Les puedo preguntar algo?


Señora gorda 1.- A ver...


Yo.- ¿Tienen algún familiar en paro?


Señora gorda 1 y 2 (atropelladas).- Yo, yo, yo, yo. Mi nieto Pedro, el pobre, que hizo una ingeniería; y a mi nuera la van a echar del trabajo, está fatal la cosa...


Yo.- No diga echar del trabajo, señora, que está feo. Diga mejor que le van a flexibilizar el horario. Y ahora con su permiso me voy a leer el puto libro de los enanos de los cojones.


Lo que les decía: gilipollitas perdidos. 




Imagen de actualidadliteratura.com

martes, 18 de enero de 2011

Breve cuento navideño (y 5)

Bien. Les debía un final para este cuento. Aunque tarde, aquí lo tienen:


Jacobo siempre quiso parecerse a María. Lo supo desde que tenía 10 años. Cuando se vestía de niña a escondidas. Casi Avergonzada, María me cuenta cómo con esa edad, le robaba determinada ropa a su madre-"bragas y sujetadores, sobre todo"-para probársela en su cuarto por la noche. Fue así, de hecho, cómo eyaculó por primera vez: recreándose delante del espejo de su habitación. Un cristal enorme donde el pequeño Jacobo vislumbró su futuro: "Me encantaba desnudarme para mí, María era preciosa". ¿Y por qué elegiste ese nombre? Por una niña de mi clase, que era la más popular. Quería ser como ella. Más que ella, cuenta. Aquellos fueron sus pinitos en el travestismo. Los mejores años, recalca. El juego como tal. Después vendría la calle y los insultos. Las palizas de su padre. Y por último, el pecho. Las tetas. La culminación de una vida siempre a medio construir. A medio pagar. No en vano, antes de operarse, María se consideraba un hetero atrapado en el cuerpo equivocado. Fue lo que me dijo cuando nos conocimos en aquel bar excéntrico y grotesco.


¿Y nunca has pensado en dejarlo? ¡Tú estás loco, este cuerpazo no vale para fregar escaleras! Es verdad. María tiene un cuerpazo; de aquel maromo que me eché a la cara hace tres años queda ya tan sólo el nombre. Y la memoria. Aunque María se resista a dar detalles de su pasado. Como Machado, prefiere no mirar atrás. Caminar en presente y hacerse presente al andar. Lo ha superado. Se ha superado. Ahora tiene tetas y un micropene que hace las delicias de los heteros. ¿Qué más quieres, periolisto?


Hoy, por ejemplo, ha estado con nueve chulazos, como a ella le gusta decir, y dos eyaculadores precoces. ¿Y no te cansas nunca de ellos, de los clientes? A ti también te cuento, me sugiere María con una sonrisa lasciva. Tú y yo sólo hablamos. Y ellos también conmigo, qué te crees; te puedo asegurar que muchos ni siquiera quieren tocarme. Y señala a un par de tipos que negocian un completo con una de las prostitutas del bar. 70 con anal, escucho que le dicen.


Pagan más para estar más tiempo acompañados, me explica María. Muchos sólo quieren eso. Por eso las putas somos tan necesarias. La gente se siente sola, cada vez más. Muchos de mis clientes, te sorprenderías, no pagan por follar, como te digo, sino por sentirse acompañados; se les nota. El sexo es como el café de la charla. Ayuda, lubrica, pero es sólo la excusa para juntarse. Para no estar solo. Yo vivo gracias a la soledad de otros: la soledad es quien me paga la luz, el teléfono, quien me hace la compra y quien me ha dado la vida que quiero. 


Habla muy segura. Feliz, diría. Quizás soy yo el que está atrapado dentro de una vida para la que no he nacido. ¿Y en estas fechas, donde la gente se siente mas sola o directamente está más harta de su familia, notas un mayor reclamo?, le pregunto más por mí que por ella. La sola idea de pensar que lo mío pudiera no estar acotado a un periodo determinado, me turba. De pronto, quisiera tener su vida. Disponer de tetas y pene. Dos vidas, en suma. Una como entrevistador y otra como entrevistado. Ojalá. Y por pensar esto, casi me pierdo su respuesta: Cariño, siempre, y escúchame bien, SIEMPRE, hay reclamo. Sin putas nos habríamos matado hace siglos. Nuestro trabajo es una navidad prolongada.

Anoto esto último en mi libreta. María me mira y me recuerda que aún tengo un reportaje pendiente. Ya no trabajo de periodista, quién tuviera dos vidas. Pues hazte puto. Para eso hay que valer. Tienes razón. Esa sí que se lo ha montado bien. ¿Cómo? Sigo en las nubes, fantaseando. Hormonar el pasado, siliconar el presente, aumentar una talla de futuro. Sería fantást...Esa, me repite María. Y veo Belén Esteban, al fondo; está gritando algo en la tele del bar. Ramón, el dueño, comenta alguna barbaridad; no presto mucha atención. Estoy pensando en la cantidad de vidas distintas que podría probarme a escondidas. Abogado. Boxeador. Ladrón de bancos. Traficante. ¿Sabes cuál es vuestro problema?, me interrumpe de pronto María. ¿Qué?, respondo otra vez sin saber muy bien qué coño me está preguntando. Y otra vez estoy a punto de perdérmelo: Que los periodistas no os podéis cambiar la cara como esa furcia.

María pide otro vino y se lo bebe de un trago. Me voy. Ramón, invita el periolisto. Hala, ahora ya eres cliente mío. Su respuesta me remueve por dentro. Será puta. Los periodistas no somos como nos pintan. 


Nos despedimos. Suena su móvil. Es del hospital. Lo sé porque comienza a llorar. En ese momento, comprendo muchas cosas: se puede cambiar de vida; pero nunca se abandona del todo la anterior. Y ahora sé, también, que no hay nada más triste que una navidad eterna. Como esos arbolitos de plástico que continúan en el salón porque nadie se molesta en guardarlos. Y ahí siguen, ellas, navideñas, llueva o haga sol. Sea o no navidad. 


María se seca las lágrimas en el hombro de un cliente. Aún quedan algunos días para Reyes.

Fin.



Imagen del fotógrafo Alberto García-Alix

lunes, 10 de enero de 2011

Breve cuento navideño (y 4)

Entonces quería hacer un reportaje sobre prostitución visto desde todos los ángulos. Hablar con proxenetas, con asociaciones abolicionistas, a favor, con putas, ex putas, con clientes, etecé. Y exponer todas las aristas posibles para que cada lector se agarrase a sus propias concluiones. En ningún caso se trataba de tomar partido por una causa u otra, le expuse a mi jefa pero el director de nuestro insigne diario desestimó mi propósito. Cosas de la empresa periodística. Échenle la culpa al boogie, que diría aquél.

De modo que no me quedó más remedio que sacar cien euros del banco-cobraba 300- y echarme a la calle por cuenta propia y ajena. Sin embargo, ocurrió que al doblar la primera esquina me tembló el ánimo y las piernas. Vamos que me acojoné. Todavía lo recuerdo nítido. Me había lanzado a la aventura y no había previsto lo más importante: yo nunca me había ido de lumis. No sabía, por tanto, cómo entrarlas, tratarlas y, sobre todo, cómo entrevistarlas. Cómo llevar a cabo mi idea, en resumen. Tendría que pagarlas, sí, pero, ¿y si entraba alguien en la habitación y descubría que estábamos vestidos? O peor aún: con una grabadora encendida y, en mi caso, exprimiendo, además, el semen de un bolígrafo con intención de fecundar un reportaje que hablara, entre otras cosas, de la insalubridad de los hostales donde tienen lugar este tipo de encuentros, más o menos periodísticos.

Miles de macabras escenas pasaron en ese momento por mi mente. Destornilladores. Alicates. Rodillas. Uñas. Si me pillaban era hombre muerto. 

Y en esas estaba, digo, fantaseando con la posibilidad de convertirme en fiambre y que el mismo matón enviara mis trocitos a la redacción, cuando el tipo más grande que había visto hasta la fecha, se me acercó y con voz eslava me susuró en el tímpano: "Yo de ti no lo haría". "No, no lo haría". "Vaya que no". "Hazme caso, ahmigho, que luego vienen los moratones, el dolor". "Vaya que sí". Y como vino se marchó, aunque esta vez tarareando una canción de Julio Iglesias, que me puso los cojones de corbata.  Aquel soviético enorme. Aquel cantautor nefasto.

Durante el mismo reportaje me haría cargo de la opinión de extintos proxenetas, que me dirían, en confianza, que con la llegada de las mafias se habían visto abocados al paro. Si es que puede llamarse paro al hecho de no tener a nadie a quién explotar. "Ahora mandan los búlgaros", me revelaría, por ejemplo, Paco. No hace falta que lo jure, le respondería apenas un mes más tarde. Pero entonces, cuando ese eslavo enorme me abordó, desconocía la nueva toma de posesión.


Con Paco no me hubiese acojonado tanto. Era de mi altura y pesaba 20 kilos menos. Ya jubilado, se había pasado al robo de cobre para subsistir. No obstante, ese no es el tema que nos ocupa.


Continúo. Recuerdo que después de la charla con Lenin, entré en un bar, el primero que vi, y me apreté un lingotazo de algo que sabía a matarratas y que no supe determinar qué era-"ponme un chupito de lo que tengas más fuerte"-, pero que templó mis nervios casi al instante. Vamos, erre, son personas, cómo tú y como yo, me dije. Es fácil: llegas, te presentas, subes y las entrevistas. Y si viene algún chulo o el mismo Stalin, le haces ver que no quieres problemas. Que estás aquí por cuenta propia y ajena. Y si no, siempre te queda la opción de salir por patas, que de valientes está el cementerio lleno. 



"Te la chupo por 15 euros", escuché que le ofrecía de pronto una voz ronca a mi nuca. ¿Cómo?, contesté girándome. Y, les aseguro, que fue peor el remedio que la enfermedad: frente a mí, el maromo más grande que habían visto mis ojos en 23 años de existencia. Más aterrador, incluso, que aquél búlgaro chungo. Mucho más grotesco. Dantesco. Y con unas tetas, además, más grandes que su propia cabeza, enorme también.


Así que un reportaje, ¿eh?, me repitió María cuando le expliqué mi contraoferta, más traquilo. Al menos con ella estaba protegido. "Sí, eso es", volví a decirle. Está bien, aceptó. Y empezó a desnudarse en mitad del bar. Eh, eh, eh, qué haces. 

No pude parar aquello. Cuando quise darme cuenta, María tenía ya las bragas por los tobillos y agitaba en su mano un micropene, que más que una polla parecía un clítoris enorme. No hace falta ser tan explícita, mujer. "Sólo estoy quedándome contigo, vaya cara que has puesto". Y se río de mí alrededor de cinco minutos. Mejor eso que los alicates y el destornillador, pensé resignado ante el aplauso generalizado de todo el bar. En ese momento, me arrepentí de haber dejado Derecho. Ahora estaría en mi casa, entre tomos, imaginé, y no aquí viviendo la noche más absurda de mi vida.

"Ahora en serio", paró de reírse, "tú quieres hacer un reportaje de putas y contar lo que pasa en la calle. Y yo me trago todo lo que pasa por esta calle. Soy tu chica, pero yo cobro hasta por mirarme". Fueron sus palabras exactas. Su carta de presentación. Su apretón de manos. ¿Dije eso?, me interrumpe María.  Calla, y déjame contárselo a esta gente. Y yo accedí, sigo; cómo no. Ya puestos, que volviera a casa con algo que contar, ¿no creen?. 

Así, María y yo hablamos largo y tendido. De su infancia en un colegio de curas. De cómo empezó en el mundillo. De lo que costaba una vagina y hoy de wikileaks, ya ven.



Me acuerdo que te pregunté si alguna vez habías sido cliente tú de alguien. Tu respuesta bien valió los 10 euros que te di en compensación por perder varios clientes conmigo: "Cada vez que me masturbo", contesta María. "Todavía sigo siendo mi mejor cliente", añade hoy con la perspectiva que dan los años.

Después, ella se puso triste porque su padre, ese día, le había llamado por el nombre de pila. "Es un cabrón, lo hace para joderme; ojalá pille algún día algo chungo".

Aquella noche era viernes, como hoy. Y antes de encender la grabadora, María me pidió unos minutos para retocarse. "No siempre fui así de guapa, te vayas a creer".

Para serlo, empezó con una peluca y vistiéndose de mujer. Pero eso se lo cuento mañana junto con el desenlace de este cuento navideño, ¿les parece?



Imagen sacada de http://pleine.blogspot.com/

Breve cuento de Navidad (y 3)

Vuelvo a María. Está mirando la portada de un periódico que descansa en la mesa de al lado; veo que frunce el ceño al leer de refilón el titular. ¿Quieres que hablemos de Wikileaks?, le propongo al ver el interés que muestra por la noticia que abre el diario. ¿Se folló a esas dos putas?, me pregunta ella. Parece que sí. Pero, ¿las violó? No, no le acusan de eso. Sino de no haber usado protección. ¿Proteccion? ¡Por el amor de Dios!, protesta María, ¡si yo tuviera que denunciar a todos los tipejos que han intentado metérmela sin condón la cola daría la vuelta a la manzana!


Río. Es absurdo, prosigue. Simplemente son dos perras heridas. Es el tipo del momento y se pensaron que podían tener algo con él. Una relación seria y todo eso. Ser la señora de Assange; imagínate el relumbrón. Pero las cosas no funcionan así. Nunca te folles a un famoso, me aconseja María. Son lo puto peor, añade.


¿Y de wikileaks, por si mismo, qué opinas?, le digo señalando el mismo diario. Realmente me interesa su opinión. La noto lúcida: "Estamos en manos de hijos de la gran puta, nada nuevo por otro lado", expone María. "Nos lo suponíamos, sí, y ahora tenemos la certeza de que es así. ¿Qué cambia?", se pregunta. Hay cosas que no sabíamos, le respondo ingenuo. ¿Qué cosas? Couso. Espías en la On..."Es Estados Unidos", me corta, "la voladura del Maine, ¿te suena de algo?" ¿Quieres decir que Wikileaks ha sido provocado? Claaaaro, periolisto. "Ahora pueden ir a por Irán con todas las de la ley". Tiene su lógica. Soy puta sé de lo que me hablo.


No encuentro la relación entre ambas cosas. Ella, mientras, sigue tejiendo la realidad o, mejor dicho, enrevesándola: Nosotras, me comenta María trayendo de nuevo el tema a su terreno, no engañamos a nadie. Soy puta, quiero tu dinero. Así de sencillo, resume. "¿Te imaginas si las putas fuéramos diplómaticas?". Y ríe a carcajadas. Veo que tiene un par de muelas picadas. 

Sigues igual de pardillo que cuando te conocí, evoca de repente María. Otro arranque de los suyos. Maldita sea. Hago lo que puedo, me defiendo. Y da un trago largo-odio cuando se pone reinona- recreándose-la muy puta- para apurar mi vida en, acaso, dos sorbos: "Sigues queriéndote comer el mundo pero te falta estómago para tanto".   


Es verdad. Zorra.  



Imagen sacada de http://paula-la-lagartija.blogspot.com/

Breve cuento de Navidad (y 2)

María llega por fin subida en unos tacones imposibles, bajo una minifalda aún más precaria y enseñando parte de la partida de nacimiento. Viene de hacer un completo. "Mi micropene les vuelve locos", me comenta cuando nos sentamos a la mesa. Me importa un pito tu micropolla; llegas tarde, respondo enfadado. Una, que está muy solicitada. Me da igual, podías haberme avisad...El mismo camarero de antes nos interrumpe con un plato de jamón "cortería de Don Ramón". María le lanza un beso. Ramón arrastra un "guuuuapa" desde la barra y el camarero nuevo vuelve a ruborizarse. No está hecho para este sitio, pienso. Ni siquiera yo lo estoy. Nadie lo está.

Saco mi libreta. María agarra un espejito de su bolso y se empolva la cara. Toso. Se pinta los labios. Compruebo que la grabadora tenga pilas. Se perfila. Y solamente cuando cree estar perfecta, me deja grabarla.  "Nunca entenderé esta manía tuya de retocarte antes de hablar, nadie te va a ver el careto", le sugiero como todas las veces que hablamos. No obstante, conozco de sobra la respuesta: "Una es y habla como una diva. Y si estoy fea, también hablo feo".

¿Preparada? No, espera. ¿Ya? No, me falta este lado. Qué cruz contigo, joder. Ahora, dispara.

Perfectamente maquillada y perfectamente retocada, le pregunto, ya sí, por lo de siempre: cómo estás, qué tal va el pago del piso y me intereso también por su familia. ¿Qué tal va el inicio del año? Con mi padre en el hospital, que está malito. Vaya. Sí, amor, el viejo se nos va. Tiene cáncer, me concreta. Pero de inmediato, María cambia de tema. No se lleva bien con él: para su padre, ella sigue siendo Jacobo, su hijo mayor. "Por mí que se muera", comenta cruel y al decir esto último se atraganta con el vino. Hombre, tampoco es eso...¡Qué sí, que mucho decir que soy un tío pero bien que me toca las tetas!, exclama indignada. Para lo que le queda, déjalo estar, ¿no? Uno debería poder elegir a su familia, ¿no te parece? María tiene uno de sus arranques existencialistas. Sucede a menudo cuando hablamos. Puede frivolizar con algo o no querer hablar de un tema y de inmediato ponerse seria y pontificar sobre ése asunto u otro cualquiera.


"Estaría bien", me dice ahora, "que uno naciera solo y fuese incorporando personas a su vida para más adelante determinar quién fue su padre, quién su madre y quiénes sus hermanos". Ya lo hacemos. No. Sí. ¡Nooo! Sí, incorporamos diariamente personas a nuestra vida. Y con los años descubrimos qué lugar ocuparon u ocupan actualmente en nosotros. Tú no incorporaste a tus padres. ¿Tan mal te llevas con los tuyos? De mi vida familiar no hablo, ya lo sabes. Y de qué te apetece hablar hoy, le pregunto irritado. Entre la espera y lo reinona que se muestra, está a punto de acabar con mi poca paciencia. Pasamos un par de minutos en silencio. Miro hacia la barra. Ramón saluda a un nuevo cliente: "Nene, un plato de jamón para un señor de los pies a la cabeza". Sonrío. Qué hijoputa. 



Fotografía: María Arango y Neferthy Delgado

sábado, 8 de enero de 2011

Breve cuento de Navidad (y 1)

Se acabó la Navidad. Momento más que oportuno para contarles un cuento navideño:

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María tiene un micropene que hace las delicias de los heteros. Me lo cuenta mientras compartimos un par de vinos. Nuestra charla habitual de los viernes. Desde hace algunos años, María hace siempre un descanso en su apretada agenda para recibirme, tal día como hoy, en el bar de debajo de su casa; un avispero de yonquis, putas y chulos.

Lo mejor de cada esquina para por aquí, me explica sobre la barra un camarero que no reconozco de antes. Es joven, de mi edad. Pero quiere aparentar una solvencia que, por otro lado, le hace parecer torpe. Cutre. Está peinado hacia atrás. Con gomina. Caracolillos salpicando su nuca. Colonia viril y barata. Ése tipo de aspecto. Además, lleva la camisa abierta con cuatro pelos diáfanos que abrazan un cristo de oro mugriento. 


El camarero nuevo me habla como un chico de 50 años: "Aquí hay de todo", abunda la versión barata de Pedja Mijatovic, "putas, chulos, mariconas...".  ¿Incluyes en el elenco a Ramón, tu jefe?, tercio irritado. La forma que tiene de referirse a la clientela no me parece la más adecuada. ¿Ah, que ya has estado antes?, me responde él avergonzado -y un pelo se le escapa de su aprensada y pringosa cabellera-; parece un yupi casposo y derrotado. "Por eso vengo", zanjo, "porque reúne a lo mejor de cada casa, ¿no?". El camarero musita algo y se pone a limpiar vasos. Durará poco. Al rato entra el mismo Ramón, que me saluda amistoso: ¿Qué, otra vez de putas? Bueno, de algo hay que escribir, ¿no? Nene ponle un vino, que este es un "señor". 

Y dice señor, así: como se lo llama a todo el mundo. Ramón es de derechas-panza, habano y toro de osborne- y siempre que me ve hace lo mismo. Pide que barran la alfombra de cabezas de gambas que están a mis pies. Y después me invita a vino y a jamón. Quiere quedar bien, que no hable mal de él ni de su local. Aunque luego se refiera a mí como ese periolisto de mierda. En realidad, lo hace con todos los clientes y parroquianos que visitan y frecuentan su bar. Ramón es un cínico oficioso y oficial. Menos con los yonquis, eso sí, que le atestan y apestan el baño de papelas. Con ellos, mantiene el mismo discurso dentro que fuera: "Un día de estos, les echo matarratas en la copa, fíjate lo que te digo".

Mientras espero a María, hablamos de lo actual, habitual. Ley antitabaco. Crisis. Y, cómo no, las putas: "A mí sólo me incomodan los munipas", me confiesa Ramón, "ellas, las putas, son la alegría de este bar". Al oírle, una de las prostitutas que está sentada al fondo-desde mi sitio distingo que le falta un par de dientes, quizás más- se arranca en olés. Su chulo -tiene toda la pinta de serlo- la agarra entonces del brazo-definitivamente lo es- y con malos modos le exige que se calle y no alborote. "Suéltala o te arranco la cabeza". Como en la canción de Estopa, el gordo salta la barra; sólo que sin cuchillo jamonero. A Ramón le sobra y le basta su mala leche. El chulo, mientras, ni se inmuta; saca una automática y dice: "O si no, ¿qué?". El camarero nuevo mira la escena acongojado. Tanta pose para nada, pienso.


Finalmente, Ramón los echa a barrigazos. Al día siguiente, Mercedes, que así se llama la interfecta, volverá al local magullada.  Con menos dientes si cabe. Y Ramón, al verla, jurará por "Dios y por Franco" que cuando se eche a la cara a "ese cabrón", le matará. Dirá: "Pienso aplastarle la puta cabeza contra puta la taza del wáter". Lo sé. Lo ha dicho otras veces. Ha pasado otros días. Y nunca ha llegado a tal extremo. ¿Por qué? Porque Ramón va a comisión. 


Imagen de Malia León

lunes, 3 de enero de 2011

Melchor, Gaspar y la madre de Jorgito

Odio la Navidad. Aunque me gusta darme largos paseos entre el bullicio-más si cabe-que esta desprende. Manías de uno. El caso es que estaba ayer dando una vuelta por una de las avenidas principales y más iluminadas de la capital, digo, cuando de pronto escuché lo siguiente: "Este año a los Reyes Magos les han reducido el sueldo por lo que tienen menos presupuesto para regalos". Se lo decía una madre a su hijo. La típica escena navideña. Él apoyado sobre el cristal de un escaparate, con la babilla colgando. Y ella detrás, agarrando bien el bolso. "Pues que se gasten el dinero en mí sólo", concluyó el hijo. Su respuesta me puso el vello de punta. Este cabrón será quien me pague las pensiones el día de mañana o, peor aún, quien me gobierne, pensé yo aterrado. Su madre, mientras, rió la ocurrencia-"cómo eres Pablito, ay"-; tras lo cual, le confesó que, aunque más precarios, los reyes le traerían a él más regalos que al resto de los niños dado que "tu padre les ha pagado un sobresueldo". 

La mujer tenía prisa y les perdí el hilo. Una pena. La conversación prometía, ¡qué familia! ¿Putas, drogas, algún terrenito? ¿Con qué habría sobornado el padre de Pablito a Melchor, Gaspar y Baltasar? ¿Y por qué mis padres no hicieron lo mismo?

En mis tiempos, había lo que había. Pedías 10 cosas y te traían una ó dos. Menos a Jorgito que, como Pablito, disponía de unos padres con posibles. Todas las navidades, de hecho, se repetía la misma escenografía: él en la plaza estrenando bici y zapatillas nuevas ante nuestra atenta y envidiosa mirada. "Es que mis padres son millonarios y los vuestros, no", solía decirnos el muy desgraciado. Tiempo después me enteré en qué trabajaban: él de comercial-sueldo medio-y ella de secretaria de dirección. Entonces, ¿de dónde salían los videojuegos, las consolas, los balones oficiales de la Liga o las tres indumentarias completas del Real Madrid? Del sobresueldo, por supuesto. En concreto, del de su madre. Puta de tres de la tarde a 10 de la noche.

Así cualquiera.

 
A todas las mujeres que se dejan el coño por sus hijos.



Imagen sacada de http://alejo-ab-intra.blogspot.com/

domingo, 2 de enero de 2011

Héroes


En un post anterior les hablé de la fascinación por el dolor. Del afán de trascendencia y todo eso. Casualidad o no, todos mis héroes murieron en combate. Quizás por eso son mis héroes. Enrique Urquijo. Larra. Janis Joplin. O este que suena: Jeff Buckley, del que dicen que se ahogó repentinamente. Yo no lo creo. Yo más bien opino que se cansó de vivir, que es distinto.

Para mí hay dos formas de quitarse de en medio: con premeditación -voladura de sesos, asfixia, muerte dulce, etecé-; y sin ella. A veces uno decide suicidarse y otras se cansa de estar vivo. Quiero decir que hay quien busca la forma y quien directamente se formula. Quien tiene hambre y quien come. Como el protagonista de la entrada de hoy, que no esperó siquiera a que le sonaran las tripas. Todo lo contrario. Se sumergió en el río Wolf, y adiós al chico triste y solitario de California.

Es lo que pienso. ¿Por qué? Porque es algo que sucede a diario. La gente se cansa de vivir. Bien porque tocan techo; bien porque no terminan de salir del fango. El pretexto, no obstante, es lo de menos. A lo que me refiero es al hecho mismo de matarse. 

Los hay que escogen un método; estos, en realidad, no quieren suicidarse. Reclaman atención. Y si no la obtienen en un plazo de tiempo determinado-pongamos por caso lo que tarda uno en dejar de respirar-, se aseguran de que, al menos, hablen de ellos después de muertos, donde todo son alabanzas y panegíricos.

Los otros, los suicidas auténticos, son más prácticos. Como su propio nombre indica, éstos están cansados de la vida, de la suya propia, y quieren descansar. De manera que no pierden el tiempo en idear un plan indoloro o insípido, sino que escogen el método más rápido y eficaz: se lanzan, se hunden o se estrellan. Y al carajo todo lo demás. La atención, las notas de despedida, la solemnidad, las extrañas circunstancias...

Fue el caso de Jeff Buckley, mucho me temo. Son conjeturas pero imagínense tenerlo todo. Haber alcanzado todos sus sueños. Metas. Imposibles. Bien, ¿y ahora, qué?, dirían. Diríamos. 

Dijo él, aquella tarde de mayo mientras sonaba whole lotta love, de Led Zeppelin. Su réquiem particular. Buckley y los suyos habían llegado a Memphis para grabar el que iba a ser su segundo disco. Y entonces sucedió. Su amigo se giró un momento para subir el volumen y cuando volvió la vista hacia el río donde él estaba nadando, ya no le vio. No en vano, su cuerpo apareció cinco días después, completamente desnudo. Dicen que se mató porque había perdido el anonimato. Otra forma de estar cansado, supongo. De ahí la necesidad de fracasar como una manera de evitar este tipo de colapsos, se me ocurre. Y es que sin fracaso, estimo, no hay esperanza de vida. Esperanza, quizás, de lograrlo. Porque mientras se fracasa también se vive, oiga. Así salvó la vida, por ejemplo, la princesa Sherezade. Alargando la cosa. Por intentarlo que no quede. A la última va la vencida. Los últimos serán los primeros. Y toda esa retahíla de mantras manidos y tópicos que sirven, acaso, para evitar que la bala entre por donde no debe.

Esto no siempre se consigue. A veces el agotamiento vital sobrepasa a la expectativa de estar vivos. Supongo que por eso mismo: por vivir; por cansarse de intentarlo. Porque al final uno se suicida porque vive. Porque sus ganas se colman y estas se derraman vidrio abajo. O porque, previsor, se ve al borde de. Y opta por abandonar la empresa, la suya propia, antes de que sea la vida quien le despida.

Hasta aquí hemos llegado. Esto es todo, amigos. O lo que sea que uno o una dice cuando salta al vacío de su propia existencia.

Hay personas que se cansan de estar vivos y otras que no tienen fuerzas para seguir viviendo. Hete aquí la diferencia.

En mi caso, fue la falta de proteínas lo que me llevó a poner un pie sobre la misma ventana que tantos amaneceres me traería luego. Me reclamaron a tiempo, ya ven. Y aquí sigo. Vivo. 

Feliz año nuevo, por cierto.