viernes, 30 de diciembre de 2011

Inventario



Enrique Urquijo quiso incluir esta canción que suena en su segundo y definitivo disco. No le dejaron. Para la compañía era "demasiado deprimente". Y lo es, por supuesto. Y más aún cantada por su autor original, Pablo Milanés. Pero es que el amor-antes, durante y después de muerto- es deprimente. Y genera, así, letras deprimentes por bellas y bellas por deprimentes.

Cuando una relación se acaba, toca hacer inventario. Ayer contabilicé las cosas que ella se dejó por aquí. Cito por orden de llegada: su acento sureño, que chapurreo a veces sin darme cuenta; un libro de Eduardo Mendoza, que ya he leído y pienso devolverle; varias pinzas del pelo; un cepillo de dientes que me mira y no sé qué decirle; una camiseta que era más suya ya que mía; unas zapatillas, éstas que llevo, de andar por casa y con las que me sorprendí el otro día haciendo la compra; distintos fluídos: en este caso, no sé si suyos, míos o de ambos. Supongo que esto último; el olor de su piel, prosigo, que empieza ya a rasparme; un bote de champú, marca blanca, que parece no acabarse nunca; una crema de manos, que tal vez empiece a usar; una caja de cereales, sus favoritos, que a mí me sientan mal; una copia de las llaves de su casa, ahora totalmente innecesarias. Pensé detenidamente sobre esto último: si acaso podrían usarse como prueba pericial en un hipotético juicio contra el amor por omisión del deber de socorro. Aunque lo dudo. De sucederse, éste alegaría enajenación mental transitoria. También, les digo, encontré fotos, muchas; tickets, entradas y demás sinónimos y anglicismos; recuerdos, en suma; nuestra imagen en el espejo. Y así, a simple vista, nada más que yo vea o me acuerde. ¿Tendría ella algo mío?, reparé más tarde. Y al cabo concluí afirmativamente. Antes de despedirnos, me devolvió casi todo salvo una cosa: lo que más he querido aún no sabiéndolo querer. En cualquier caso, corresponde a otros y otras hacer liquidación de cuentas. Lo que en política se conoce como herencia recibida. O el lastre de enamorarse de una persona y todos sus anteriores. Porque como escribió el poeta: "De otro. Será de otro. Como antes de mis besos". Si así no hubiera sido, saben que yo habría seguido jugando a hacerla feliz. 

El amor, ya les cuento, es deprimente. Demasiado.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Sobre la formación del nuevo Gobierno

Unas breves líneas.

El nuevo ministro de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, Miguel Arias Cañete, tiene más de 325.000 euros en participaciones de petroleras. Por su parte, el actual titular de Defensa y sucesor de Carme Chacón, Pedro Morenés, fue consejero y representante de Instalaza SA, una empresa privada que vendía bombas de racimo a países como Libia. Posteriormente, y tras la entrada en vigor de un tratado que prohibía el uso, desarrollo, fabricación, adquisición y almacenamiento de este tipo de armamento, la firma quebró no sin antes reclamarle al anterior Gobierno 40 millones en concepto de daño emergente y lucro cesante

Luis De Guindos, que hereda la cartera de Economía, fue el último presidente de Lehman Brothers España. La entidad se desplomó en 2008 después del escándalo de las hipotecas subprime o de alto riesgo, que dieron origen a la actual crisis financiera. En junio de 2008, tres meses antes de que el cuarto mayor banco de inversiones del mundo quebrase, De Guindos afirmaba que la reestructuración de la matriz por sus errores con las hipotecas no tendría repercusión aquí. Como encargado de la rama financiera dentro del nuevo ejecutivo, una de sus misiones será la de deshacerse de los llamados activos tóxicos; es decir, hipotecas que nadie paga y casas devaluadas. En ese sentido, el nuevo ministro es partidario de la creación de un banco malo que compre estos activos con dinero público.

Nunca antes fue todo tan perverso. Ni estuvo todo tan claro. Íbamos a refundar el capitalismo -¿recuerdan?- y, al final, el capitalismo nos ha refundado a nosotros.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Algo así

Es algo así como levantarse de la cama con 38 grados de fiebre y recorrer la casa a oscuras. No sabes muy bien si es auténtico o estás delirando. Los objetos; los muebles; las paredes, incluso. Todo adquiere una realidad impropia. Irreal. Por su verosimilitud, acaso. O más concreto. Por su tacto. Su vista. Y en mitad de ese espejismo que parece ser el pasillo: tú. Acurrucado. Llorando. Sin saber tampoco si tus lágrimas son producto de la misma fiebre que ahora te ubica. O, por el contrario, la consecuencia lógica de estar muerto de frío.

Es algo así; no sé muy bien cómo explicarlo. Cuando rompes con alguien. Y enfermas de repente. Y todo a tu alrededor parece tan enorme. Tan -tan- desorbitado. Y piensas, iluso, que refrescándote en los bares, volverás a tu temperamento habitual. Y amaneces y el termómetro, claro, se ha encarecido: 39 grados a la sombra de su recuerdo. Y subiendo. Y es que resulta que el día de vuestra ruptura -te enteras luego- es el número más vendido en todas las administraciones de Lotería, que gestionan tu suerte.

Es algo así como levantarse de la cama al día siguiente, digo, y ver un surco donde solía haber un cuerpo flotando en el mismo sueño. Y que tu miedo a lavar las sabanas haga, por tanto, que éstas amarilleen. Como las hojas de los árboles, ya ven. Que según tengo entendido se ponen así porque ya no pueden producir la clorofila necesaria. Y hacer la fotosíntesis. No encuentro, de hecho, mejor metáfora que ésta para explicarnos.

Por eso, más que el cómo o el qué -que es, por cierto, lo que me pregunta todo el mundo y ya me cansa-, me interesa más el quién: quién me va a ayudar ahora a convertir la materia inorgánica, en orgánica. El amor, en fin, en realidad.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Banda sonora de un año

El año pasado les resumí mi 2010 en 12 canciones. Esta es la sinopsis de 2011:

Enero

"Little darling, i feel that ice is slowly melting.
Little darling, it seems like years since it's been clear.
Here comes the sun,
here comes the sun, and i say
it's all right".


Febrero

"Quand tu es tellement près de moi,
c'est comme si ce plafond-là, il n'existait plus".

Marzo

"¿Cuántas paradas hay que hacer
para regresar a mí? Me perdí
cuando me hallaste tú".

Abril

"I want to know, have you ever seen the rain
comin' down on a sunny day?". 

Mayo 

"Hay que creer en ciertos seres humanos
en estos tiempos que pasan, faltos
de domingos soledados".

"You have never been in love until
you've seen the stars reflect in the reservoirs".

"It's the eye of the tiger.
It's the thrill of the fight.
Rising up to the challenge of our rival  
and the last known survivor".

"Si me sacas de este túnel
y abres todas las ventanas,
saldré para siempre".

"As Anthony said to Cleopatra  
as he opened a crate of ale, oh, I say:  
some girls are bigger than others".
  
Octubre

"Casi todas las personas
buenas que me rodeaban
eran la peor basura que puedas tirar;
cerdos, ignorantes: sois unos hijos
de puta. Lo siento no puedo evitarlo,
de verdad que no puedo evitarlo".
 
Noviembre 

"No te preocupes por mí:
soy como los gatos y caigo de pie.
Y no me duele cuando 
me hacen daño". 

Diciembre

"Ya viví, sufrí y amé;
vale, ¿y ahora, qué?".

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Mi 2011 en Spotify

viernes, 2 de diciembre de 2011

Pensando en ti

¿Saben? He incumplido muchas promesas a lo largo de mi vida. No voy a enumerarlas todas ahora; créanme, son muchas. Más de las que puedo recordar. Lo pienso y me pongo en la piel del poeta José Agustín Goytisolo, antes de suicidarse. Me refiero a esos segundos previos en el alféizar. Se me ocurre que en ese momento le vendría a la mente, claro, el poema que le escribió a su hija Julia y también a su madre. Y que Pablo Ibáñez inmortalizó después. Ése que decía-y esto sí que lo recuerdo-: "Nunca te entregues ni te apartes, junto al camino nunca digas: no puedo más y aquí me quedo". Cómo se puede escribir algo así y luego suicidarse, joder. Qué clase de referente moral es ése, me he preguntado tantas veces. Aunque luego, más calmado, recapacito: uno también tiene sus propios suicidios. La coherencia suele ser bastante incoherente consiga misma. No en vano, cada vez que me miro al espejo, les confieso, salto al fondo de mi mismo y el golpe, créanlo, suele ser bastante sonoro. Todas las veces que escribí te quiero antes de matarme y estampar, ya digo, mis promesas contra el suelo. Porque lo peor de que acabe el amor no es que acabe. Sino que continúe. En los planes de futuro truncados. En las sábanas usadas. En ese idioma que crean los amantes para entenderse. Y que es imposible conjugar con otra persona. En fin. Que el amor termina y no termina.

Sólo dos veces intenté volver con una ex. Como no se fiaba a de mí, me pidió un interés altísimo por colocarle la deuda que había contraído con ella. Duramos apenas unos meses. Con la otra, algo más. En ambos casos, la causa de la ruptura fue la misma: hacía tiempo ya que habíamos roto.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Nadie besa al perdedor

La otra noche volví a ver a mi compadre Miguel Ángel. Ya hablé de él en este post; este otro; y también en éste de aquí. Sobran, pues, las presentaciones. El caso, ya digo, es que volvimos a vernos. Y a emborracharnos juntos, como de costumbre: él con su gin tonic; servidor con un bourbon. Y en ésas estábamos, les cuento, cuando se me enamoró. De una mujer, no de mí. Antes le había preguntado por su vida privada en los siguientes términos. El bar estaba abarrotado de mujeres más o menos atractivas -resten a esto último, las copas que yo pudiera llevar-; viendo que no se decidía por ninguna, le sugerí sagaz: "Hoy hay excedente. Por qué no te lanzas". Su respuesta: "Excedente, no. Hay faltante. Faltante de amor. Por eso parece que hay excedente. Pero, en realidad, falta amor. La gente sale para encontrarse. Y cuantos más hay, menos se encuentran".

Horas más tarde, Miguel Ángel se declararía a una de mis acompañantes, que le correspondió con un piquito ya en el tiempo de descuento. Suficiente, eso sí, para hacerle el roquero más feliz sobre la faz de las calles. Porque no siempre el rock tuvo la razón en todo. Como las encuestas o los analistas financieros, la vida ni es total ni se rige por criterios absolutos. Existe un margen de error donde uno -si quiere o le dejan- puede alterar la curva de su recorrido. Y amanecer un día al borde del rescate. Sucede.

El asunto tiene que ver con el principio de indeterminación que formuló el físico alemán, William Heisenberg. Y que viene a decir que el observador, por el mero hecho de observar, modifica lo observado. Es decir, que nada se puede predecir con absoluta certeza. Los besos tampoco.


Volví a ver a Miguel Ángel y le encontré mejor; más animado. Y por supuesto que cantamos. Como un coro de gatos crispados, ya saben: 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Nuestro amor nunca será trending topic

Nuestro amor 
nunca será 
trending topic. 

Eso está claro. 

Si lo piensas, 
todo está inventado;
nos conocimos tarde. 
Y aunque hubiera
sido antes; da igual: 
no hay nada 
que no hagamos 
que no hayan 
descrito otros. 

Los usos amorosos
son de titularidad
pública:

cualquiera 
puede acceder
a conocerse.

Conocerse.
Difundirse. 
Compartirse.

El amor, en fin,
tiene licencia copyleft. 

Y sin embargo
te digo que cada vez
que te beso
o te arranco los muslos,
me parece estar
inagurando el universo. 
Mordiendo la manzana. 
Sosteniendo a pulso 
el peso de lo que
aún no he sido. 
Aullándole a la luna llena 
amamantado por una loba.


Siento, vaya, como 
si el resto
nos hubiera plagiado.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Un matrimonio de conveniencia

Los españoles hemos demostrado ser a lo largo de la historia un pueblo raro y enconado. Cada cual con sus hechos diferenciales. Que se lo pregunten, si no, a los romanos, que tardaron 200 años en entendernos. O a Napoleón, que se fue de aquí echando pestes tras palmar la Guerra de Independencia contra un atajo de navajeros. Que a ver cómo explicas tú eso en tu brillante currículum bélico. Porque una cosa es no conquistar el mundo-o Rusia-; y otra, perder contra una banda de desgraciados sin más apoyo y táctica que su mala baba. Nosotros popularizamos la guerrilla. Con eso está todo dicho.

Antes, eso sí, habíamos fracasado a lo grande en la batalla de Trafalgar. Y es que nuestros actos son decididamente inmortales: o arrasamos sin paliativos o la cagamos como Dios manda. Pero nunca mediocres. 

sábado, 19 de noviembre de 2011

Mañana hay elecciones

Mañana hay elecciones en España. Las más tristes de la democracia. Por el tiempo-otoñal y lánguido en lugar de la primavera habitual-, y las circunstancias. El grisáceo panorama. Con todo decidido, atado y empaquetado, ya me dirán ustedes qué queda por dilucidar. Si acaso cuándo empezarán los recortes. Y quiénes los llevarán a cabo. En algunas comunidades, de hecho, ya están en avanzada fase beta. Ayer leía -y esto es gravísimo, joder- que en mi tierra, Galicia, les han desactivado la tarjeta sanitaria a los usuarios del Servicio Gallego de Salud (Sergas) que están en paro desde hace más de un año y han agotado el subsidio. Y qué decir de los recortes en Educación. De las aulas masificadas. De los barracones. Del descrédito de los profesores; tildados, estos, de vagos, rojos y maleantes.



Y antes o después la prima de riesgo. Qué curioso. Todas las mañanas amanecemos al borde del desastre -cuando no lo sobrepasamos- y tras colocar nuestra deuda a un interés desorbitado, la hija de la hermana de la madre que nos parió, se relaja. Y nos da 24 horas más de vida. 


Yo no soy economista pero, como dicen por ahí-y dicen muy bien-, soy un pedazo de borde. ¿Por qué cojones -pregunto- el Banco Central Europeo no ejerce como tal y compra deuda a mansalva, como hace, por otro lado, el Banco de Inglaterra o La Reserva Federal, y acaba de una puta vez con los especuladores y Rastanis de turno? ¿Por qué coño tenemos que soportar día tras día el chantaje de estas sanguijuelas?


Se lo pregunté a un economista, éste de verdad, y su respuesta, simple: "Alemania no quiere". ¿Por qué?, insistí. Porque así coloca su deuda a un interés bajísimo. De modo que el verdadero problema de Europa -y esto lo añado yo- no es Grecia ni Portugal ni Zapatero. Sino Merkel, el auténtico tapón. Porque unos nacen cigarras y otros, hormigas. Pero, descuiden, que Rajoy le va a bajar los humos a la pérfida teutona cuando gane las elecciones. Porque "somos una gran nación" y ganamos la Eurocopa y el Mundial. Y viva el vino, claro que sí.

En fin. Que se avecinan tiempos tristes y lánguidos, ya digo. Con derechos deshojados. Y medidas de granizo. Menos mal que la música no se acaba tras el 20-N. Y más que nunca Deluxe:


Imagen de eleconomista.es

jueves, 17 de noviembre de 2011

Photoshop político

Esta semana ha sido noticia el desnudo de Terelu Campos en la revista Interviú. La colaboradora de Sálvame se convirtió el pasado lunes en tema del momento en Twitter, hasta el punto que colapsó la famosa red de información. El debate, en cualquier caso, se centró en si ésta seguía teniendo un polvo o si, por el contrario, había seguido los pasos de su santa madre, María Teresa. 


Así, algún indeseable dejó caer la idea de que el magacín había utilizado fotochop. Sugiriendo de este modo que lo que se ve en la portada no es sino el reflejo de tiempos, ay, mejores. Décadas, éstas, sin cartucheras ni patas de gallo. Y como prueba de tamaña acusación, se adjuntaban varias imágenes sin bisturí que me niego a reproducir aquí.


Qué quieren que les diga: no conozco a ninguna mujer que se sienta a gusto con su cuerpo. Ninguna. Y yo mismo, si pudiera, me degradaría según qué zonas. De modo que, retocada o no, opino que Terelu tiene derecho a salir como le plazca y sentirse guapa y deseada con 50 ó 70 años. Faltaría más. Y sí: da para paja. Aunque no siempre los retoques consiguen el efecto deseado. 

Como en el caso de la presente portada, los políticos se insinúan en campaña sin llegar a mostrarse del todo. Recurren a esta técnica para adelgazar hechos de más o pixelar iniciativas a fin, ya ven, de estilizar la realidad. Y sin embargo, esto no les disimula las cartucheras de recortes que les salen a ambos lados. 

Francamente, puestos a que me engañen prefiero que sea una mujer.

Imagen de estrelladigital.com

martes, 15 de noviembre de 2011

Fracasos y otros aciertos

Ahora que se aproxima el invierno les diré que apenas uso mantras. Vale, como chiste es pésimo pero me sirve para introducir el tema de hoy. Cómo y de qué manera abrigo mi ánimo. Porque ahora que la vida me ha rebajado el tipo de interés, creo que es conveniente reforzar el mensaje. La idea fuerza. 


Como saben, soy aficionado al boxeo. Y si no lo sabían pues eso que ya conocen. Me gusta, vaya, este deporte bárbaro y violento del que siempre extraigo ligeras y pesadas enseñanzas. Así, Rocky Balboa es uno de mis gurús personales junto con el capitán Haddock, del que ya les he hablado, y Jaime Urrutia -también citado en este blog- cuyo himno, La sangre de tu tristeza, he hecho mío tantas veces: "Querida tristeza: de ti me he enamorao y ya he dejado de ser un pobre desgraciao, a tu lao". 

martes, 8 de noviembre de 2011

Tintín y la crisis del periodismo

El otro día vi Tintín. ¿Un poco larga, no creen? En su conjunto me agradó aunque siendo fan de la saga, qué les voy a contar. Iba, en fin, predispuesto a ello. En ese sentido, distingo dos clases de películas: las que acompaño con palomitas -éste fue el caso-.Y las que veo en mi casa con una gran taza de café. Las primeras me las trago encantado. Las segundas espero a que se enfríen.

Así, aunque Spielberg hubiese destrozado el clásico de Georges Remi -o Hergé para los amigos-, le habría perdonado con la boca llena. El mero hecho de materializarlo es más que suficiente para mí, que ansiaba este momento desde que cayó en mis manos El loto azul. Habrá, claro está, quien sea más purista o tocapelotas. Allá ellos. Por mi parte, le agradezco la deferencia al director y a su productor, Peter Jackson, quien además ha confirmado que dirigirá la segunda entrega. Una vez más: gracias. Sobre todo - y aquí me arrodillo- por utilizar esa maravillosa técnica cinematográfica que es la captura por movimiento. Porque cuando les digo que el otro día fui al cine a ver Tintín, me refiero exactamente a eso: al personaje de cómic y no a un actor con gabardina y flequillo; aunque tras los movimientos del famoso periodista se halle Jamie Bell.

lunes, 31 de octubre de 2011

Esquina, mi vida

Uno puede deshacerse de muchas cosas pero no puede dinamitar la ciudad en la que vive. No por falta de ganas o escasez de recursos, ojo; todo es proponérselo y pedir presupuesto. Pero es demasiado engorroso, opino. Un coñazo, vamos. Y además no compensa. Tarde o temprano, alguien volverá a edificarla. A recalificar, en fin, los escombros y trincar encima una pasta. Es el caso de Madrid -ciudad ésta donde sobrevivo- donde llevamos con obras desde el fin de la guerra de independencia; año arriba, año abajo. Desde entonces, ha habido siempre alguna excusa para levantar el suelo y exhumar nuestros restos. Si no son las malditas corazonadas del alcalde -que amenaza, por cierto, con otra nueva cabezonada- es un garaje con solera o las obras de mejora de la calle don Pepito y su vecina, don José. Y total, ¿para qué? Si para cuando se terminen las obras -si es que acaban de deconstruir alguna vez la ciudad- estaremos todos soterrados. Así vivimos los madrileños. Buscando un tesoro que, parece, se nos resiste, como clavó el actor Danny de Vito.

No obstante, hubo un tiempo -les confieso- en que, más radical, quise y busqué la manera de volar por los aires esta ciudad. En concreto, todos los lugares que recorrí y viví con ella. Porque la arquitectura a veces no prevee ciertos derrumbes. Uno puede, ya digo, volver a edificarse. Buscar quien era entre los escombros. Y planearse, otra vez. Pero es muy difícil derruir, sin dinamita o con ella, el cine donde, por ejemplo, Jack Nicholson le dijo a Helent Hunt que por ella era mejor persona, muy cerca de la Plaza de España. O el hostal donde te recordé por primera vez, esquina Gran Vía. O la glorieta donde fuimos a parar al mismo sitio, perpendicular a la calle Fuencarral. O la avenida donde me arranqué el hígado por no poder quitarme el corazón y brindárselo a Pablo Neruda. O la estación, maldita sea, donde Cupido se arrojó a las vías sin haber hecho testamento. Creo que era marzo. O tantos otros sitios y lugares que años después siguen gravando mi paso con recuerdos más o menos graves. Porque no se puede dinamitarlo todo. Sólo recalificarlo. Y pensar, ahora, que debimos volarnos mucho antes.

Imagen sacada de http://www.coloribus.com

miércoles, 19 de octubre de 2011

Mi epitafio

El viejo me dijo algo más: ¿Has pensado en tu epitafio?, disparó a bocajarro. Es algo importante. Como hacer testamento, es adecuado dejar por escrito cómo quieres que se refieran a ti después de muerto, sentenció. Y luego, ya sí, se apeó del tren y me dejó a mí en mitad del túnel. El muy cabrón.

¿Mi epitafio? Joder, tiene razón, pensé. No hay nada más triste que una lápida sin frase lapidaria, concluí. Y me acordé, casi al instante, de la tumba de Groucho y su: "Perdonen que no me levante". Aunque esto último es un bulo, como leyenda no tiene precio. Al igual que aquella historia de la niña, la mermelada y el bueno de Toby, que conmocionó a España, en general, y a Isabel Gemio, en lo particular, y que se convirtió en viral cuando la única red social que existía era la que compartían marineros y estibadores.

De modo que, a mi vuelta y en mi trono -la misma silla desde la que les escribo- me devané los sesos buscando posibles finales para mi novela. Y uno de estos -les aventuro- será el que definitivamente me lleve a la tumba. La muerte, en este caso, no me va a dejar con la palabra en la boca. Gracias, viejo anónimo y un poquito claustrofóbico:


- Hice todo lo que pude.

- Viví para contarlo.


- ¿Qué se debe?

- A ésta invito yo.

- Gracias por seguir ahí, a pesar de.


- Todo vuestro.


- Nos vemos a mi vuelta.


- Cariño, me he tirado a la vecina.


- Sálvate tú.

- Hay amores que matan. Otros te resucitan.

- Bruce Willis está muerto en El Sexto Sentido.

- Erre Punto (1984 - ?). Esposo, padre e hijo de puta.

- "No te fíes de la pinta de buen chico".

- Me muero por ti.

- Podéis comeros mis yogures de coco.  

- Hice del Señor Lobo en un remake de 'Pulp Fiction'.

- Dios no existe. 

- Conservar en lugar fresco y seco.

- Insert coin.


Imagen sacada de http://www.subdivx.com

domingo, 16 de octubre de 2011

Un hombre en mitad del túnel

El viejo trata de abrir la puerta tirando de la manivela pero ésta no se abre. Extrañado vuelve a la carga. Y tira y tira y tira. Y de nuevo obtiene el mismo resultado. Qué raro, musita para sí. Al otro lado, la oscuridad del tren parado en mitad del túnel. Esa oscuridad. Y la certeza -clara, diáfana- de no entender absolutamente nada. De haberse quedado anclado-¿cuándo, cómo?- en el túnel de su propia existencia. Derrotado, se me acerca al cabo y me pregunta por el mecanismo que abre la puerta, "el que antes servía y ahora no", aclara. Y al decir esto último, se echa a llorar como lloran los viejos: por dentro. Tenía todas las respuestas, parece, y hoy la EMT le ha cambiado las preguntas. Es el mismo mecanismo de apertura, de eso no cabe duda. La misma manivela de la que ha tirado tantas otras veces. El mismo vagón. El mismo trayecto. La misma vida...pero hoy se ve incapaz. Encerrado en sí mismo contra su propia voluntad. Ese tipo de claustrofobia. Antes se podía, vuelve a la carga. Antes...podía, zanja. Y es inútil tratar de explicarle al viejo que ahora mismo me mira con ojos vidriosos que el tren se ha parado y que es imposible salir hasta que éste no arranque. Es inútil y además no se trata de eso. ¿Sabes?-me comenta al sentarse a mi lado-hay dos tipos de luces: la que te ilumina durante el camino y la que alumbra tu llegada. Yo estoy más cerca de lo segundo. Por eso me estresa estar aquí encerrado: me queda poco y no quiero pasármelo en este túnel, ¿comprendes? Y en mi cabeza suena "Colillas en el suelo", de Deluxe.

Imagen sacada de http://alcielounbarrilete.blogspot.com/

viernes, 7 de octubre de 2011

El bello error de mi vida

El mundo al revés: quien pierde, gana, rezaba o reza-¿se sigue vendiendo?-el eslogan del Mad. Uno de los primeros juegos de mesa que tuve. Sin contar, claro está, el parchís o la oca. Después vendrían El Rescate del Tesoro, el Atmosphere, el Trivial, el infernal Scrabble, y, por último, el mejor de todos. El Messi de este tipo de tableros, capaz de dejarte clavado en el sitio. La combinación perfecta de intriga, sagacidad y ansia viva. El pasatiempo, vaya, por el que vendería a toda mi familia, amigos y pareja, hoy todavía: el Monopoly. Porque, ¿quién no lleva a un Pocero dentro? En mi caso, tengo a los dos metidos: al bueno, que se solidariza con el precio de la vivienda; y al malo. Al chungo, que se hace con toda la avenida y luego escapa con la pasta. Porque Hacienda somos todos menos los que se libran.

Pero descuiden, que no entraré en materia. He soltado ya demasiada bilis hablándoles de política y sinvergüenzas. Hoy toca otra cosa. Hoy toca hablarles de amor, como prometí. Porque la máxima o 'madima' del Mad también es aplicable con Cupido. Sabina lo cuenta mucho mejor en su canción, "Como un explorador"; ésta que suena. Y, sobre todo, en ese verso lapidario -y universal- que asevera que a veces gana, el que pierde a una mujer. Cambien si no el género del o la canalla, según sea lo que se les levante al paso de éste o aquella. Y díganme si el flaco de Úbeda no tiene razón. En lo sustancial, estarán conmigo, viene a significar lo mismo tanto si se ha perdido, como mujer, lo que no se supo defender-o querer-como un hombre; como si, por el contrario, era ella el hombre de la relación. Quien pierde, a veces gana. Casi siempre, sugiero yo.

De los errores se aprende, qué duda cabe. Y más aún: gracias a éstos, avanzamos. Filtramos nuestra búsqueda. Nos ceñimos, en fin, a ese cuerpo que mejor se entalla a nuestra vida. Podría explicarlo parafraseando al poeta, Ángel González: para yo me llame erre, para que mi ser pese sobre tu suelo fue necesario un ancho espacio y un largo tiempo: muchas camas, algunos cuerpos. Zorras de todo el mar y toda tierra, en el sentido astuto de la palabra. Solsticios y equinoccios de tiempos mejores: cuando todo en mi vida coincidía con aquello que quería ser. Luego fue una huida hacia delante. Algunos se tropezaron conmigo; otros me hicieron tropezar. Fue un pasaje lento y doloroso. Yo no soy más que el resultado, el fruto, lo que queda, podrido, entre los restos; esto que ves aquí, tan sólo esto: un hombre cansado y repleto de fuerzas. La enloquecida fuerza del desaliento, que explica González. Y tu, amor mío, el éxito de todos mis fracasos. El bello error de mi vida.

Gracias, por cierto, por confundirte conmigo.

El poema completo, aquí.

martes, 4 de octubre de 2011

España o ese tablero del Mad

Me había prometido no volver a insultar a nadie en éste, mi blog, y hablarles del amor. Cumplo un año con mi pareja y, en mi caso, como sucede con los perros, esto equivale a una década de feliz convivencia. Me lo había prometido...pero otra vez será. Actualidad obliga. Les resumiré la noticia para no entrar en detalles y que en lugar de un insulto, sean varios. La cosa es simple: nos están chuleando. Supongo que estarán al tanto. De esto y de ESTO; es decir, que quien rompe, no paga sino que se le indemniza por una cuantía similar o superior a su mala gestión. El dinero público está para estas cosas. Y si no hay o hay menos pues se recorta de frivolidades tales como la educación y la sanidad. Que qué es eso de que podamos okupar las camas de los hospitales o estudiar los afluentes del Ebro con un profesor ad hoc. Si total, por mucho que estudien -pensarán- van a votar a los mismos. Mejor mantener el status quo o incrementárselo a estos sinvergüenzas, que son quienes, por cierto, quitan y ponen presidentes.


Lo que en otro país sería considerado un delito -robo con ensañamiento y chulería, se me ocurre-, aquí es perfectamente legal. Como en el tablero del Mad, los hay que ganan cuando pierden. Y éste-y no la desaceleración del mercado, que dijo nuestro ilustre ministro de Economía en tres tardes, J.R. Zapatero- es el verdadero problema de este país de pandereta: la picaresca. A nivel macroeconómico -los vacíos legales; las cuentas en paraísos fiscales- como micro: ese taxista que te toma por japonés en una ciudad que no es la tuya; el albañil o el mecánico de turno que te hace la rosca para aflojarte toda la pasta. O este trío de fontaneros que se ha embolsado, caray, más de 23 millones por su chapuza.


No me cabe duda que saldremos de la crisis financiera. Con un despido más barato y flexible; teniendo que cotizar mas años para cobrar una pensión peor tras haber encadenado varios contratos basura; o con 30 años y siendo todavía becarios. No obstante, saldremos de ésta, ya les digo. La economía, mascullan los expertos, son ciclos. Y cada uno tiene una duración estimada de 10 años. Llevamos tres; ya queda menos, caramba, no se me pongan así. Ahora bien: de ser españoles-y esto es lo jodido- no nos libra ni Dios ni Rajoy.


Imagen sacada de http://www.pbase.com

sábado, 1 de octubre de 2011

Gracias, Rastani

Todo el mundo debería ser trending topic alguna vez en su vida. Al menos durante quince minutos: el tiempo que preconizaba Andy Warhol salvando las distancias y la propia tecnología. Esta semana se ha dado el caso con un presunto 'trader' -o inversor por cuenta propia- llamado Alessio Rastani. El fulano, que resultó después ser un charlatán, trolleó la BBC hace unos días y se convirtió en tema del momento en la red social, Twitter. ¿El motivo? Sus descarnadas e hijoputescas declaraciones a la cadena, que le entrevistó, sin saberlo, en calidad de experto en inversión cuando lo cierto es que ni lo uno ni lo otro: el hombre del momento ni era experto ni se le conoce inversión segura. No en vano, la empresa de la que es propietario lleva palmando pasta cuatro años. Pero vayamos al meollo del asunto: Rastani-pelo engominado, corbata de seda rosa-salió en antena y afirmó sin despeinarse y con una sonrisilla que la crisis se la traía al pairo. Que él estaba ahí para ganar dinero. Mucho si sabes qué hacer cuando el mercado quiebra, especificó ducho en la materia. Y que llevaba, en fin, varias noches soñando con otra recesión como quien especula con la suerte de volver a ver al amor de su vida en el mismo andén y a la misma hora estimada.

El menda, ya les digo, resultó ser, además de un cabrón con pintas, un estafador. El diario The Telegraph desveló tras el revuelo inicial que se trataba, vaya, de un "charlatán", como él mismo se define. Un mero aficionado a la Bolsa, ni un pez gordo si quiera, que opera desde su casa; propiedad, eso sí, de su pareja. Acaso un anzuelo para emisoras con ánimo de pescar grandes y espinados titulares. ¿Cómo se dejó engañar la BBC? Lo desconozco. Por su parte, el ente niega que la entrevista fuera un montaje o que Rastani forme parte de los Yes, men, conocido grupo de activistas que se hacen pasar por representantes o portavoces de grandes corporaciones con el fin de ponerlas en evidencia o simplemente ridiculizarlas.

Con todo, Alessio Rastani-o su alter ego-dijo algo en la (no) entrevista que no por sabido es menos revelador: cuestionado por sus declaraciones, afirmó sin ningún titubeo que "los gobernantes no dirigen el mundo, Goldman Sachs es quien dirige el mundo". Esto es: Wall Street. Los mismos que generaron la crisis financiera y que, tres años más tarde, siguen engominados y encorbatados en lugar de engrilletados.

Y es que gracias al bueno de Rastani, hemos podido ponerle por fin cara a los dichosos mercados y a los especuladores; los mismos que juegan a los dados con el universo de millones de personas. Algo parecido a lo que hizo el FBI con el rostro de Llamazares y el retrato robot de Bin Laden. Es de agradecérselo, por tanto, que nos haya hecho de molde. Ahora, ya sí, podemos mirarles a la cara y llamarles hijos de puta. Hijos de la grandísima puta.

Imagen sacada de dailymail.co.uk 

martes, 27 de septiembre de 2011

Olé

Ayer terminaron para siempre las corridas de toros en Cataluña. De los 'correbous' nada se sabe. O nada se quiere tocar. Será que el sufrimiento animal está transferido y cada comunidad lo gestiona o excusa como gusta y le apetece. Hace unas semanas, sin ir más lejos, un energúmeno mataba a otro astado con un destornillador en Tordesillas (Valladolid), en uno de esos baños de sangre considerados por el ministerio de Cultura como fiesta de interés turístico. No en vano, al acabar la faena, el fulano de marras, habitual de este tipo de celebraciones, aseguraba sentirse "como Cristiano Ronaldo, como un Dios". Esto es: guapo, rico y un poquito gilipollas. Luego nos extrañamos de que Belén Esteban nos gobierne. Es éste un país de brutos. No cabe duda. Pensándolo el otro día me acordé de cuando Ortega Cano, siguiendo con el símil taurino, salió a hombros del hospital donde estuvo ingresado tras haber invadido el carril contrario a una velocidad de 123 kilómetros por hora-cuando el límite establecía 90- y casi triplicando la tasa de alcohol en sangre permitida -producto de lo cual se produjo la colisión frontal con el otro conductor, Carlos Parra, que murió en el acto, y el posterior estado comatoso del diestro, ya recuperado-. Y ahí, digo, se encontraban los soplapollas vitoreando al matador, en el sentido estricto del término. ¿Se imaginan que hubiera sido al revés? Es decir, vecino de la localidad, que conducía a más velocidad de la permitida y casi triplicando la tasa de alcohol, mata o asesina-según quién lo publique- al legendario diestro, Ortega Cano. Y en el subtítulo: la multitud se agolpa a las puertas del hospital y pide las dos orejas y el rabo.

Por aquellos días yo estaba en negociaciones con un periódico. Serían las cinco de la tarde cuando el subdirector me dijo: "También hacemos información del corazón, pero de calidad. Nada de Belén Esteban ni la Campanario. Hoy, por ejemplo, abrimos con Ortega Cano, que ha sufrido un auténtico calvario". Y dijo calvario como suena. Como si le hubieran rematado en el suelo clavándole un destornillador entre los gritos de la multitud. Le miré tan incrédulo como el último toro de la Monumental.

Fotografía de EFE

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Nota a pie de página: he estado desconectado unos días a petición propia. Vuelvo con energías renovadas. A ver lo que dura. Como siempre, gracias por seguir ahí, a pesar de.

viernes, 2 de septiembre de 2011

La utopía de mi vida

La mayor parte de nuestras discusiones venían referidas al innegable hecho de que ella, cuando había que echar el resto, ponía la mitad. O iba de farol y me dejaba a mí con cara de póker. Les explico. Lo mismo hasta se reconocen o conocen a alguien similar. Es muy posible: a esta clase de personas -como sucede con los lagartos de la serie V- se les caza fácilmente. No comen ratones pero se tragan las palabras con la misma voracidad. Cosa que, ya les digo, acostumbraba a hacer ella; una de tantas chicas utópicas, como yo las llamo. Las chicas utópicas, para ser exactos. Y que nunca-pobrecito de ti-llegas a atrapar (del todo) aunque sí lo suficiente como para creer que esto último es posible "con el tiempo". Y mucha -pero mucha- paciencia.

Sin embargo, el tiempo, por mucho que digan, no te alivia el calentón sentimental. Todo lo contrario. Las cosas son o no son. O se es en presente o se fue en pasado. Pero, ¿en futuro? Anda y cuéntame otra. Eso y lo de darse un tiempo es la trama más a la vista que conozco. En futuro nadie es porque el futuro, Roberto, no existe. Es presente que está por llegar. Y ni eso; es pasado inminente. El futuro es pensar que dentro de diez años seguirás con ella y verte un día, de pronto, descongelando tu pasado para comértelo recalentado. Solo. El tiempo, digo, lo jode todo. Lo agrieta. Lo apolilla. Lo reblandece; como una galleta mojada en leche. El tiempo, qué ironía, sólo sirve para darse cuenta de que se ha perdido precisamente el tiempo esperando a que pasara algo. Algo que nunca pasa y nunca llega. Y menos aún con esta clase de féminas.

viernes, 26 de agosto de 2011

Continuará

 
Siento la tardanza en escribirles. Verán. Hace dos semanas cumplí 27 años. La edad maldita. Janis Joplin. Jim Morrison. Kurt  Cobain. O más reciente, Amy Winehouse. Todos ellos selectos suicidas con algo menos de 28 razones para seguir matándose. Aunque con matices, eso sí: ni yo he compuesto Cry ni tengo intención alguna de irme de este mundo sin haber arrugado antes todas mis posibilidades y gastado hasta la última erección. Véase Keith Richards. Todo un ejemplo de longevidad bien aprovechada o mal entendida. Pero ahí sigue el tío. La prueba fehaciente de que hay vida después de la muerte. Otros, ya les digo, se matan antes de comprobarlo. No será mi caso, toquemos madera; y eso que a veces abuso de las balas de fogueo. Nada serio, en fin. 


Cumplí 27 tacos y me dio por hacer recuento, es eso; de ahí el retraso. En estas casi tres décadas -pensé estos días- he perdido peso, pelo, ¿amigos?, la inocencia, el respeto, las ganas, la vergüenza, el hígado. A ti. Sobre todo y más que nada. Aunque he ganado, por otro lado, espacio, vello, perspectiva. La miopía es lo que tiene: te obliga a mirar de cerca recuerdos lejanos. Y eso hice, ya les digo. Invitar a la nostalgia a una ronda de mi vida. Se emborrachó al instante, claro. Demasiado amor de garrafa; demasiada y absurda mezcla. No en vano, podría contar mi vida uniendo resacas. Bocas pastosas.

martes, 2 de agosto de 2011

Un placer


Verán: yo estaba enganchado a ella. Ella era mi musa. Mi heroína. ¿El problema? Que no era recíproco. Aunque lo había sido, eso sí, durante algún tiempo. Unos dos o tres meses, a lo sumo. No obstante, lo que importa aquí no es lo que fuimos, sino lo que éramos. Y no éramos nada. Tan sólo dos cuerpos cargados de metralla; a punto de volar por las aires. Nuestros orgasmos, les confieso, eran ondas expansivas. Si no me creen, pregúntenle al vecino. ¿El problema, otra vez? Que ella nunca se quedaba a recoger los pedazos. Al final, cuando explotábamos, me tocaba a mí siempre despegar de las sábanas los trozos viscosos de corazón y extraer, además, cada palabra puntiaguda que se había clavado en él: ésas que cuando se proyectan, te atraviesan. Ella solía decirme "te quiero", por ejemplo, cuando estaba a punto de correrse. Lo recuerdo hoy nítido: era un gemido largo. Sostenido. Convulso. Pero, sobre todo, era un gemido efímero. El único momento en que lo hacía. Me cogía de las nalgas y arrastraba cada sílaba de aquella maldita confesión con sus afiladas y largas uñas. Teeequiiierrrroooo. Les juro que escuchar aquello me desgarraba. Después se vestía y encendía un cigarro. Buscaba sus bragas, cubría su ego. Volvíamos, en fin, a ser la nada. Y yo, que por aquel entonces había dejado de fumar, soñaba en ese momento que besaba su boca de humo. Que moríamos los dos de cáncer. Juntos. Ella era una terrorista y su coño, el más húmedo señuelo.

Así, cada vez me masturbaba con más fuerza y frecuencia intentando, de esto modo, caer rendido antes de tiempo. En abstracto la cosa funcionaba: si no se me ponía dura, no tendría motivos para volver a verla. Nuestro relación era meramente sexual, les digo. Así que muerto el pene, se acabó la rabia. Pero, en teoría, mi corazón seguía bombeando por y para ella. Como supondrán, caí varias veces más. Y otras tantas salí de aquella casa hecho pedazos. Como un suicida que se inmola y al morir descubre que no hay ningún cielo esperándole. Sabía, vaya, que jamás sería fijo en aquella empresa. Siempre follando por obra y servicio. Y, aún así, les juro que no podía evitar necesitarla. Creo que lo llaman impotencia. Desconocía, ya les digo, la manera de quitarme. Cómo superarla. Y por supuesto no lo conseguí. Ni entonces ni ahora, que tampoco fumo. Aunque, por otro lado, ¿por qué habría de hacerlo? Qué manía, joder, con parecer felices. Con poner remedio al drama. El drama existe y existirá siempre. Haya o no psiquiatras. Esté uno o no curado. Somos lo que arrastramos. Y borrar o transgredir esto, me parece un crimen de lesa emocionalidad. En mi caso, saber que no iba a poder olvidarla nunca, me tranquilizó. Y más aún: hizo que perdiera el interés por sus caderas. Las más salvajes que había cabalgado hasta esa fecha. 

Un día ella me propuso dar una vuelta-¡una vuelta!- y me sorprendí rechazándola. No me apetece, zanjé. Pues vamos a mi casa. Tampoco. Pues. Pues nada, un placer. Y así terminamos. Y así me curé. Sin quererlo a pesar de lo mucho que la quería. Y quiero. Eso, al menos, dice mi caja negra. ¿Y la suya?

miércoles, 20 de julio de 2011

Sé lo que valgo; conseguiré lo que merezco

Se lo dije a una amiga, ayer mismo: a mí no me tumba ni dios. He besado tantas veces la lona que conozco, de sobra, la manera de levantarme. Lo he hecho antes. Lo haré esta vez. Hay días peores, por supuesto. Mañanas en las que te despiertas y apuntas a la vida a los ojos. Y noches, éstas más habituales, en las que te acuestas con tu semen pegado a la palma de la mano y la vaga sensación de ser un espermatozoide persiguiendo un útero inalcanzable. Luego piensas: mañana, en fin, será otro día. Y al día siguiente es el mismo repetido sólo que con resaca y mal sabor de boca. Ese tipo de días, ya saben, en los que uno pone lavadoras y mira cómo su vida se centrifuga repetitiva. Y otra vuelta; y otra vuelta; y otra vuelta. Aunque para todo, que decía mi abuelo, existe un remedio. Yo tengo el mío, claro. Como soy de natural generoso, se lo presto. Regalo:




Sé lo que valgo; conseguiré lo que merezco.

Fotograma de la película Rocky Balboa

jueves, 14 de julio de 2011

300

El otro día me ofrecieron 300 euros por trabajar de lunes a domingo, siete horas diarias, en un suplemento cultural de un medio más o menos conocido. "Aunque habrá semanas que trabajes cinco días", me especificó la empleada de recursos humanos que me llamó por teléfono. Estas cosas, claro, no se dicen a la cara. No hay valor. No pregunté, eso sí, si eran 300 brutos o 300 netos. Lástima. La cosa me pilló recién levantado. No lo digerí, en fin, hasta más tarde. Antes le había contestado muy educadamente a esta misma señorita sugiriéndole que no estaba interesado. Que siendo licenciado y con casi dos años de experiencia, alguna que otra publicación, algún que otro curso, conocimiento del medio y de las tecnologías de la información (o TIC en el idioma pijo) etc, aspiraba, qué sé yo, a 350, 400...

Luego, con un café en el cuerpo y un par de magdalenas, ya sí, me subió el azúcar. Aunque lo peor no fue eso. Espérense que todavía hay más: me llamó mi contacto, el que me había hablado de la oferta sin saber, cierto, sus condiciones, y me dijo que su jefa -la persona que me entrevistó- no entendía, caray, por qué la había rechazado. "Dice que te lo pienses", me transmitió. Y eso hice: pensármelo. Pensar en la manera de no ir hasta allí y exponerle de forma bruta -o neta- mis 300 motivos para desecharles.


No obstante, señalar es útil. Pienso que hay que señalar más. No se señala lo suficiente y así nos va. Sabemos quiénes son los malos pero no les ponemos cara. Los malvados mercados, por ejemplo, ¿qué apellido tienen? En mi caso, les daré una pista: conmigo, éstos, no se han llevado el gato al agua.  

Fotograma de la película 300

martes, 12 de julio de 2011

Caducos

He vuelto a ver el reportaje de La 2 sobre la obsolescencia programada. Y otra vez me he indignado. Y de nuevo he llegado a la misma conclusión: todo -aparatos y personas- está programado para romperse en algún momento de la vida y tener, así, que cambiarlo por otro/a. Lavadoras. Microondas. Y el amor de tu vida. Esto puede durar años. Meses. O días. Dependiendo del fabricante; de quién te mire y cómo lo haga. Pero terminarse, se termina. Vaya qué sí. Y también aquí, cómo no, hay quien saca provecho: floristerías-"perdóname", dice la tarjeta-; pastelerías y/o heladerías -éstas camellos de bulímicos emocionales; gimnasios-ahora quema tú las tardes de sofá abrazados-; agencias de contactos, claro; supermercados-eres uno pero comes por dos-; Philip Morris-si no follo, fumo-; sectas -dicen que se folla-; y un sinfín más de hijos de la gran puta que viven del dolor ajeno. De que la gente, lástima, deje de quererse. Abrazarse en el sofá. 


Porque todo se acaba. No hay vuelta de hoja. Como en una buena o mala novela, da igual el argumento; el desenlace está bien a la vista: fin. Kaputt. Sayonara, baby. O, en cristiano, recoge tus cosas y márchate de aquí. Es un hecho. A mí, por ejemplo, me han dejado de varias maneras. Ahí van algunas: "Te quiero tanto que no me veo contigo en un futuro" <==WTF!!??; "Me he follado a otro y supongo que querrás dejarme. ¡¿Como qué no?! ¡Sí, quieres dejarme!"; "Me he dado cuenta, después de cinco meses, que te quiero como amigo. ¿Follar como amigos? Está bien"; "Lo siento, he intentado quererte pero eres inquerible (sic)". Ésta última lo dijo convencidísima. Por algo, se comenta, las mujeres improvisan mejor que los hombres. Aunque yo tampoco me quedo corto, ojo. No pretendo. Sin embargo, les diré en mi defensa que jamás le he sugerido a una chica que la amo con locura y por eso quiero romper. 


El caso, retomo, es que es tan jodidamente triste pensar en lo caduco de todo. ¿Saben? Cuando ella se fue de mi casa dejó un surco en el sofá. Un puto surco de mierda por casi dos años de relación. Eso fue todo lo que conservé. Lo que me quedó de la liquidación. Un pliegue en el mismo sofá donde tan sólo días antes nuestra piel, arrugada, había formado una suerte de meandro eterno. Y luego, en otra ruptura, me quedé con el poso de nuestra última charla frente a un café, antes de que ella zanjara el asunto con un "tenemos que hablar". Porque nada bueno ocurre tras un preámbulo de este calibre. No en vano, creo que es, de largo, la peor forma posible de concluir algo. Quizás es que soy un poco brusco pero nunca entendí -y hasta me cabrea- esa pretendida y errónea gratitud de aquel o aquella que te anticipa el desastre para que ¿te apartes? Tenemos que hablar: creo que necesitamos un tiempo. Tenemos que hablar: no tenemos ya nada que decirnos. ¿Ven lo que les digo? No hay margen alguno de maniobra. La otra persona ya ha decidido por ti. Entonces, ¿para qué tanta solemnidad? 

Hay casos peores, por supuesto. Una vez, al hilo de lo que les cuento, conocí a un tipo que no había vuelto a hacer la cama desde que murió su mujer. Quería conservar su cuerpo. El surco que tantas noches había abrazado. No sé en qué quedó la cosa. Supongo que, más tarde o más temprano, estiró su vida y se resignó a aceptar la insoportable levedad del ser. Me recordó a cuando era niño y no entendía esto mismo. En la playa, me esforzaba por labrar mensajes imperecederos. Los escribía con palos, con piedras. Hundiendo cada letra hasta el fondo para que las olas, joder, borrasen mis huellas al cabo de las horas. Qué coño: ni media hora aguantaban. Y yo no lo entendía. Y aquello era la vida misma. Recientemente, de hecho, un colega periodista me lo advertía. Advertía: "Da igual que consigas la exclusiva de tu vida, al mes siguiente nadie se acordará". 


Vivimos -y obramos-sobre la fina arena de la vida. Da igual el peso; da igual la fuerza. Al final, todo se perderá en un mar de circunstancias. Y sólo quedará la memoria. El recuerdo de haber sido. La sensación, en fin, de haberte besado como si fuéramos a caducar mañana mismo.

Fotografía de Eneko Larrazabal

sábado, 9 de julio de 2011

Primeras veces

Primeras veces. La primera vez que nos miramos no fue la primera vez que hablamos pero sí la primera vez que quise arrancarte la ropa. Luego, ya sí, me acerqué por primera vez a ti. ¿Vienes mucho por aquí?, te dije inicialmente tópico. Como un gilipollas. Y tú, claro, contestaste lo típico: es mi primera vez. Era lo primero que había pensado. La primera frase que saldría de mi boca. Por eso, hechas las presentaciones, me quedé sin palabras; la primera de tantas. Al irte al baño, poco después, me fijé en tu culo. Fue la primera vez aunque no la última. Antes nos habíamos rozado. Me levanté para dejarte paso, y tu mano erizó mi piel. Intencionadamente o no. Es igual; el caso es que aquella vez fue la primera que mi corazón tuvo una erección contigo. Más tarde vendría nuestro primer café, justo el primer día después de aquella primera tarde. El primer mojito. La primera película subtitulada. Creo que cayó en domingo: el primero que pasamos juntos. O no: tu primera confesión fue que ibas sola muchas veces al cine. Lo mismo, en una de ésas, coincidimos sin saberlo y este post, en lugar de llamarse primeras veces, debería titularse la segunda vez juntos. Quizás nos buscábamos antes de encontrarnos. Quién sabe. Hubo, en fin, tantas primeras ocasiones. Aquella noche, por ejemplo, cuando te desnudé por primera vez, me parecería, paradójicamente, la última de mi vida. Pero al día siguiente, cuando amanecimos juntos por vez primera, lo primero que pensé es que habría, sin duda, una segunda oportunidad para decirte te quiero como si nunca antes lo hubiese hecho.

Fotograma de la película Modigliani

viernes, 8 de julio de 2011

La doble vida de la SGAE y otras

Cambiando de tema. Me ha llamado la atención una declaración del cantante Ramoncín en la que asegura que le cuesta creer que su amigo y ex consejero de la SGAE, José Luis Rodríguez Neri, sea el cerebro de la trama parasitaria que estos días ha salpicado a la Sociedad General de Autores y Editores. Dice el autor de "Marica de Terciopelo" que le resulta increíble, vaya, que su amigo esté metido en el ajo porque, comenta, "va siempre sin chaqueta ni corbata", y es "muy llano". Toma a-te-nuan-te. Como si el hábito hiciese al presunto delincuente. Y la seda al capullo.

Aunque su sagaz raciocinio me lleva a hablarles hoy del maravilloso mundo de las dobles vidas. Porque Ramoncín, a fin de cuentas, no es más que esa vecina que se entera un día al volver de la compra que su vecino es un presunto parricida. "Jamás me lo hubiera imaginado", comenta a las cámaras sugestionada, "es un chico muy cordial, a mí me ayudaba siempre a subir la compra", añade sudorosa. Televisiva. Y una cosa no quita la otra, oiga. Se puede, en fin, vestir casual y al mismo tiempo llevárselo muerto.

Es un tema que me apasiona, digo. Durante aquel reportaje de prostitución que hice y mencioné aquí, conocí, de hecho, a varios hombres y mujeres que llevaban a cuestas el peso muerto de varias vidas. Por la mañana perfectos trabajores; a media tarde, excelentes padres de familia. Por la noche, excéntricos puteros con toda una amalgama de filias que se la pondrían dura al mismísimo Freud. Como sé que son morbosos, les cuento algunas: los había que se traían de casa el camisón de su abuela para que la puta en cuestión se vistiera de nonagenaria. Otros pedían que les mearan encima. ¿Y si ella no tenía ganas de orinar? Pues pagaban otra hora. Aunque el caso más surrealista fue el de un hombre que se iba de lumis cuando acompañaba a su mujer a la compra. Le decía algo así como te espero en el coche, cariño. Y mientras su mujer metía en el carro medio supermercado, él vaciaba el suyo propio en brazos de doña Carmen-cincuenta años de experiencia demostrable-, apenas unos pisos más arriba.

Las dobles y triples vidas, ya ven. No obstante, ¿hasta qué punto uno es responsable de la vida o vidas que cargan a su nombre? Quiero decir, ¿quién crea a los álter egos? ¿Uno mismo, los otros? Muchos de mis conocidos, sin ir más lejos, me toman por algo que no soy. Es decir, me atribuyen una vida que no tengo. De tal modo que ¿uno se proyecta o es proyectado? ¿Somos algo por nosotros mismos o, por el contrario, sólo representamos lo que otros ven en nosotros? En ese sentido, quizás el famoso Neri no sea un hombre llano. Quizá sólo es considerado como tal. Lo mismo hasta tiene un armario lleno de corbatas ordenadas por colores. De elefantitos y mierdas así.

Y si finge a sabiendas, qué demonios. La vida, muchas veces, es demasiado real como para no cortarla con algo. Bicarbonato de esperanza o una solución de ficción en polvo. Lo que sea con tal de no morir por una sobredosis de hechos probados y consumados. La escritura -se lo recomiendo- suele ayudar. No en vano, ésta es también una forma parasitaria de relacionarse con los demás, y, por ende, enriquecerse: los parroquianos del bar; el mismo camarero;  amigos; conocidos; amantes. Todos forman parte del mismo entramado. La misma mentira blanqueada tantas veces hasta hacerse real como un billete de lotería premiado. En mi caso, como ya reconocí, escribo para cambiar el final del cuento. Soy, en fin, el principal imputado de una gran trama de tráfico de influencias. Y ustedes, mis colaboradores necesarios. Gracias, por cierto. 


Viñeta del ilustrador Kuroi Tsuki

jueves, 30 de junio de 2011

El año que bajó el Dépor (y final)

El niño se puso chulito: "Un partido a cinco goles"-nos dijo-; "si ganáis, os dejamos ir. Si perdéis, os partimos las piernas. ¿Qué decís?". La duda ofende, ¿dónde está el balón? Porque para chulos, nosotros. Los cinco magníficos. Que además de habernos ligado a las chicas de su pueblo, les íbamos a sobar el morro en su propio campo. Delante de todos. 


Media hora después estábamos corriendo hacia el autobús. Creo -y hablo hoy con la enjundia que dan los años-que no he corrido nunca tanto como aquel día. Nos habían goleado y aún nos habrían de meter la del pulpo. "Correr que nos matan", exhaló Víctor. Y era verdad: teníamos, de hecho, a todo el pueblo tras nosotros. Deseosos de cobrarse la deuda con los forasteros. A Valeriano, más gordo, casi le atrapan. Pero al final, no sé cómo, logramos llegar justos.

Una vez dentro -y a salvo-, ya sí, nos pusimos gallitos. "Qué os jodan, putos aldeanos", les gritamos protegidos por la ventana del autobús. Dudosamente valientes. Aunque felices, todo hay que decirlo. Y eso, a pesar de haber sido derrotados y humillados. Porque aquel día perdimos en todos los sentidos. En lo futbolístico, claro, pero también en lo sentimental. Aquel partido no sólo fue una disputa entre dos pueblos rivales. Fue además -y sobre todo- una prueba de amor tácita: había que demostrarles a ellas, espectadoras de excepción, que no se habían equivocado eligiéndonos. Que éramos, en fin, tipos duros. Y que de escarnio público, nada de nada. No sé cómo estarán las cosas hoy en día, pero en ese momento que una lugareña estuviera saliendo con alguien de fuera era poco menos que una declaración manifiesta de guerra. Y ella, por su parte, una perra del infierno.


Entenderán ustedes que el hecho de haber huído cuando íbamos perdiendo sólo por tres a cero, empañara nuestra imagen hasta el punto de borrarnos de sus vidas.

¡Pues yo no me acuerdo de eso!, gritó Carlos visiblemente borracho. Que sí, coño, que perdimos y esas putas todavía les animaban para que nos zurrasen, especificó Javier, también con una cogorza considerable. Ambos estaban de vacaciones. Quince días embarcados, quince libres. Vivimos como queremos, me relataron. Y pidieron otra ronda de cervezas. Para entonces había perdido ya la cuenta. Tenía razón Valeriano: estos dos no habían cambiado. 

Ninguno lo habíamos hecho. Siete años después -y en torno a la misma mesa- éramos, acaso, los mismos magníficos. Más hombres pero igual de niños. Incluso había venido Pepe -el primer amigo que tuve aquí- superando, de este modo, su fobia social. Horas más tarde me lo explicaría así: "No sé cómo empezó pero me fui quedando en casa: primero una semana, luego un mes y cuando me quise dar cuenta, llevaba medio año sin salir ni querer ver a nadie. Gracias por venir, me ha animado. Por cierto, no le digas nada a mi parienta pero tomé las pastillas de la depresión y llevo un pedo de cojones: me he fumado dos porros y me he bebido tres copas". Y rió como hacía tiempo que no lo hacía. Como yo le recordaba.


Miré a la pista y vi a Carlos bailando con una sesentona que tenía las tetas de rodilleras. De fondo sonaba Juan Luis Guerra. Eran las cinco de la mañana, un seminarista, un obrero. Javier se acercó por detrás: "Éste es capaz de follársela". Conociéndole, no lo dudes, asentí. Peores cosas ha hecho, me recordó, aunque tú tampoco te quedas atrás. ¿Te acuerdas de cuando...? STOP. Eso, lo siento estimados lectores, pero no es susceptible de ser contado aquí. Ni siquiera ficcionándolo. "Que te sacaste la chorra y"...Calla, joder.

En ésas fui a pedir y alguien me tocó el hombro familiar: ya tardabas en venir, cabrón. El curro, la vida, ya sabes, me excusé. Ya, bueno, ¿qué, no me presentas? Ah, sí, perdona. Manolo, Mau para los amigos. El tipo que pegaba los saltos más grandes del muelle cuando éramos niños. Te veo bien, ¿cómo te va? Bueno, me voy a Inglaterra a jugar el campeonato paraolímpico en unos meses. 3000 pavos, he triunfado. ¿Parao qué?, le miré ojiplático. Límpico, atiende. Y se subió, así, la camiseta para enseñarme los clavos, y luego sus tobillos de acero. Ya te lo dije, tardaste mucho en venir. Me caí del andamio y a poco no lo cuento. Camino desde hace poco. Pero, eh: 3000 euros. He triunfado. Me alegro de verte. 

¡Mau!, le grité. Dime. ¿Ganarás, no? La duda ofende, ¿cuándo hemos perdido los de este pueblo? 

Salí a la calle a tomar el aire. Carlos se abalanzó sobre mí: bajóff elll Dépofff, quég mierrrrdahz mash gordha. No, le corregí, el Dépor nunca ha bajado. El Dépor sigue siendo un grande. Como nosotros. ¡Eso, coño!, aulló Javier mientras meaba entre dos coches. Y como muestra, se puso a cantar el himno botando. Los dos le seguimos. Cada uno a su manera. Después se sacudió la polla delante de todos. Fuiste tú, hijoputa. La mujer de Pepe me separó: ¿sabes si tomó algo? ¿Pepe? ¡Qué va a beber, mujer! 

Al ver cómo ésta le arrastraba hasta casa, pensé en ese tipo de matrimonios que quizás no sean modélicos, pero que están cuando deben estar, que es, a fin de cuentas, cuando uno más necesita que le quieran: cuando menos se lo merece. El amor, quizás, era eso mismo que se tambaleaba calle arriba: una forma de mantenerse en pie. La amistad, por supuesto, mentirle a la parienta de tu colega. Eso no se pregunta, caray.

Al día siguiente apenas podía levantarme de la cama. No en vano, me desplacé a duras penas hacia el aeropuerto. Completamente ido. A punto de despegar, no resistí la sacudida y vomité toda la nostalgia. ¿Estás llorando?, recuerdo que me preguntaste.