sábado, 4 de diciembre de 2010

A corazón abierto


Les hablaba de Lapido. De José Ignacio Lapido. Y de cómo Miguel Ángel y yo nos sinceramos aquella extraña noche en que nos conocimos.

Les dije también que le había hablado de ella. De mi fracaso más sonoro. ¿Saben? Yo intenté quererla. Mucho, además. Y la quise. Vaya que sí. Ella era de ese tipo de personas que es imposible no quererlas. Amarlas. Imposible, se lo aseguro. Lo que pasa que aunque la quise, sí, no llegué a quererla como ella necesitaba que lo hicieran.

Todos necesitamos que nos quieran, partiendo de ahí. Llámenlo egoísmo o miedo a lavar las sábanas. Es igual. El caso es que después de masturbarse, uno necesita que lo abracen. Sin embargo, y aquí viene la letra pequeña, no todo el mundo late de la misma manera. A mí, por ejemplo, me bastaba entonces con que ella estuviera ahí. Mientras que ella, por su parte, lo que pedía a gritos -pero en silencio- era tenerme ahí, consigo.

Dos formas de amar completamente homónimas. Aunque sonábamos parecido, en la práctica significábamos cosas distintas. El uno para el otro. Y el otro para el uno. Una versión modesta y triste de los Mosqueteros. A pesar de que lo intentamos varias veces. A pesar de que yo la quería, como les digo. No obstante, el corazón es un músculo que no puede agrandarse. Ojalá. Pero uno late como late. Y bombea según va llegando la sangre.

Así, tras intentar, por último, querernos a corazón abierto, nuestro amor dejó de latir como se apaga, a veces, la vida.

Por causas naturales, habría dicho el parte médico.

Recuerdo aún hoy la forma en que rompimos. Fue en silencio, mientras sonaba esta canción de José Ignacio Lapido en un concierto de Quique González. En aquel momento, nos soltamos de la mano y asumimos, en fin, la evidencia. Algo nos alejaba y nos alejó siempre desde el principio: su sístole y mi diástole.

"¿Y por qué lo intentaste tantas veces si sabías que no latíais acompasados?", me preguntó Miguel Ángel aquella noche cuando ya amanecía. Porque no quería lavar las sábanas y que oliesen a detergente, no sé si me entiendes. "Las mías huelen a semen pero a mí me gusta así", zanjó él cambiando, también, de disco:

Alarma. Para ti,



"Es bueno para ti, es bueno para mí. Es malo para ti, es malo para mí".

Creo que el amor va por ahí.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta Miguel Ángel.

un beso,

la fan.

Enterada de todo dijo...

Triste historia pero yo conozco el final. Ella está con otro chico. Es feliz y te ha olvidado. Y tú, por fin, lates acompasado.

Bien está lo que bien acaba, no?


¿Por qué esta morriña de repente, R.?

R. dijo...

Me alegra que te guste. Yo de hecho soy fan suyo.

Un saludo, anónimo/a

R. dijo...

Sí, bien está lo que bien acaba. Y en este caso, todos hemos salido ganando.

Morriña ninguna. Simplemente era una prolongación del post anterior.

Un saludo, enterada!

Atina AlGa dijo...

Prefiero esta:
http://www.youtube.com/watch?v=K_unsaKnsOI

R. dijo...

Gran tema, atina. Contraataco con este:

http://www.youtube.com/watch?v=ZW2w15rVhU8

besos!

Nefertiti dijo...

Pues nada, veo que todos felices y comieron perdices, eso sí, a tiempo pasado.....
Es mejor así R.
Besosssssssssss

R. dijo...

Sí, mucho mejor así, faraona.

El tiempo pone a cada uno en su sitio. Y con quien se merece estar.

Un beso, guapa!

Mónica dijo...

Suena bien los dos nombres. Eres bueno R.

R. dijo...

Gracias, Mónica. Tú también eres grande.

besos gigantes!