miércoles, 15 de diciembre de 2010

Lo contaré una vez sólo


Lo contaré una vez sólo.

Entonces no tuve derecho a réplica. Matizo: no es que no lo tuviera; renegué de él, que es lo peor, acaso, que puede hacerse. Perderse a uno mismo. O dejarse hacer, que es lo mismo pero dado la vuelta.

Ella me trataba como un perro y yo era, a su vez, su perro fiel. Esa sombra que se tumbaba a su lado en la alfombra, según Sabina, aunque sin más fin, eso sí, que el de ser pisoteado. A don Joaquín le debo, por cierto, la gesta de haberla mandado a paseo. "Búscate otro perro que te ladre, princesa", que "este pez ya no muere por tu boca".

Zorra. Puta. Ramera. 

En fin. 

Perdí el derecho a réplica, decía, el mismo día en que se acostó con su ex y yo le pagué el aborto. 

Sabina, como pueden imaginar, llegó más tarde. Antes, me hice devoto de la virgen de los dependientes emocionales; tan inocentes como culpables de su mísera situación. Y es que sin fieles, una Iglesia no se levanta. A los fieles hay que evangelizarlos primero y después, ya sí, sacarles los cuartos o tocarles el pito. Joderles, vaya. Pero lo primero es lo primero. Por eso, hoy en día, el credo del dolor-"sin ti no soy nada", ¿les suena?-está tan arraigado como el islam o el catolicismo. Así, las canciones que más calan en el inconsciente colectivo nos remiten a relaciones imposibles o autodestructivas, como ésa de Amaral que les mento. O las películas. El cine. Vean si no el último paradigma: Contracorriente, de temática gay, que nos presenta a Miguel, un pescador de Cabo Blanco, casado y a punto de tener un hijo, y que mantiene un romance secreto con Santiago, homosexual declarado. ¿Típico, no? Pues servidor se hartó de llorar, siendo como soy hetero perdido. ¿Y por qué? Porque creo en el dolor.

Ya lo dicen los ingleses: Spain is pain. Nos va sufrir, es cierto. Quizás porque encontramos en ello cierta belleza. La épica del perdedor, y todo eso. La misma y particular belleza que llevó a Verlaine a disparar a Rimbaud, harto de sus humillaciones amorosas; o a Larra a escribir en Madrid como lloraba; o la bella estampa, pienso ahora, que compuso Virginia Woof, con los bolsillos de su abrigo llenos, hundiéndose para siempre en la historia de la literatura; o el cañón reluciente de la escopeta de Hemingway a punto de ser tronado.

Esa belleza que, excepto los mediocres, todos, todos buscan.

Ese afán de trascendencia que casi siempre se paga con la vida. 

Nos complicamos la existencia porque deseamos trascender a nosotros mismos y transgredir lo que hemos sido. En ese sentido, preferimos, digo, alargar la agonía y rozar si quiera el parnaso del malditismo antes que vivir por vivir y ser un muerto en vida.

Vivir heridos antes que morir ilesos. 

Sólo así se explica y me explico lo que sucedió con ella; con esa zorra a la que quise tanto.

El mundo no ha cambiado en veintiún siglos. Antes la gente se suicidaba por amor y ahora hay relaciones que son un auténtico suicidio.

Esa fascinación por el dolor la entiendo y no la entiendo.  

En realidad, no es culpa del género humano. Dicen que los hombres y mujeres llevamos en guerra toda la vida pero más bien creo que se trata de una guerra de desgaste, de ver quién aguanta más y sobrevive al desastre-orgullo lo llaman-; y no quién acaba con el otro antes. 

Morir o matar, sí, pero con matices. Apúntate esa.

Es, por tanto, un problema de educación: "Los amores reñidos son los más queridos", me enseñaron a mí de niño. Y así me fue luego.

Le pagué el aborto, prosigo, y escuché, además, el relato de malos tratos que había sufrido durante y posterior a dejarlo con él. Quise matarlo.Y cuando digo matarlo es matarlo. Quise quitarle la vida a ese pedazo de hijo de la grandísima puta. A ese pedazo de mierda.  

No lo hice. Y, como Felipe González, no sé si hice lo correcto. Considero -y hablo hoy con las vísceras de aquello-, que el derecho a la vida, en algunos casos, no debiera ser obligado. Por ejemplo, cuando uno desea morir dignamente o con los hijos de perra que lapidan y dan latigazos a las mujeres por ponerse pantalones y ante los que, estimo, no cabe ningún titubeo. 

Un tiro en el estómago y que se desangre. 

Volviendo a. No le maté y a ella, por su parte, la perdoné sin mucho artificio. Hecho lo cual, volvió a engañarme y de nuevo la volví a aceptar en mi seno. Esa belleza que les digo. Les ahorro, no obstante, los detalles escabrosos, que los hubo. Vaya que sí. Pero hay cosas que ni ficcionándolas puedo ni sé contar. 

Sí que les relataré el final:

sucedió, después, que unos meses más tarde andábamos follando- y no haciendo el amor-, cuando me derramé de súbito sobre ella. Y con la última gota de semen, se escurrió también la última gota de amor puro y verdadero que le tenía. Ese tipo de amor que embaraza de penalti, saben, y que por lo general suele acabar en cesárea.

Le dije: "Mi amor por ti se ha quedado tan flácido como mi polla". Ella se río. Tal vez cruel. Sin embargo, esta vez era cierto. 

Y ahora, no sé si justo o no, es ella la que está flácida en una cama y yo erecto, aunque a diferencia de entonces ya no me derramo por ti.

Fin.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé si es cierto esto que cuentas pero la forma en que lo relatas y divagas me parece brutal. Hijo de puta, cómo escribes.

Guti dijo...

Es complicado esto del amor. Al menos, con el relato de los hechos, hemos salido ganando tus lectores.
Un abrazo.

Toño dijo...

Hay que joderse. Menuda bicha... Y menudo escrito.

Hablamos.

Shigella dijo...

Qué fuerte, cuándo me he vuelto a meter había desaparecido el post y pensé que lo habías borrado otra vez! me alegro de que no sea así ;D

Me temo que compartimos mucho más de lo que nos gustaría. Vaya par de patas pa un banco, que diría mi abuela.

Un besazo

Maik Pimienta dijo...

Eso de ser tu perro fiel...la historia del que putea y el puteado, y el que se regodea en su puteo, y que no quiere ver que está puteando, o no renuncia, y el otro que bla bla bla bla. La misma mierda. Me pasó, ¿Se nota? Piensa que te arrancó un buen trozo de ingenuidad. Ahora irás hasta más liviano por la calle. Saludos.

Me llaman octubre... dijo...

"El mundo no ha cambiado en veintiún siglos. Antes la gente se suicidaba por amor y ahora hay relaciones que son un auténtico suicidio."

me cago en la puta, R, eres un crack. no entiendo por qué no has pegado ya un pelotazo en el mundo de lo literario.

en cuanto a zorras, putas e hijas de puta... en fin... en todos lados las hay.

a mí en una ocasión me dijeron: "eres de ese tipo de chicas que no me convienen. eres una zorra de cuidado. pero la zorra que más he querido en mi vida". pero te aseguro que los motivos de esta afirmación eran muy diferentes a los que nos cuentas aquí.

ella, permíteme que lo diga, era una hija de la grandísima puta. yo era (y supongo que lo sigo siendo) una zorra de cuidado. ella una experta. yo una amateur.

sublime, R.

R. dijo...

Muchas gracias anónimo. Respecto a lo otro, lo dejo a tu elección. Este blog se base en realidad ficcionada. Partiendo de ahí habrá cosas que sean más realidad que ficción y otras más ficción que realidad.

Una pista sí te doy: como javier marías, recurro a la ficción para
contar aquello que me duele o me ha dolido, y que de otra manera no sabría relatar.

Así que algo de real hay.

Un saludo!

R. dijo...

Sí, guti, es verdad. Todos hemos salido ganando. Y es que a veces gana quien pierde a una mujer, como dice sabina en aquella letra.

Un abrazo, fenómeno

R. dijo...

Y menudo todo.


Un abrazo, socio!

R. dijo...

Dios los cría, y el amor los junta.


Un besito, babosilla

R. dijo...

Se nota, maik. Pero por otro lado, quién puede decir que nunca ha sido puteado o que no ha puteaod nunca a alguien?

Me arrancó muchas cosas, sí, que me ha ido costando recuperar. Pero a día de hoy todo está en su sitio.

Gracias y un abrazo de liviano a liviano!

R. dijo...

jeje muchas gracias oct.

Sí, la realidad es que hay tanto hijos como hijas de puta. Cabrones en suma. Y a cada uno nos toca participar de su fiesta, y ser en otras ocasiones el anfitrión.

Sólo que hay diferentes puteos.

Y diferentes tipos de hijos de la gran puta. Más amateur, y más profesionales.

Ella, como pazos, era toda una profesional en el asunto.

Besos, guapetona!

Caparina dijo...

Menudo escrito más duro. Me ha fascinado.
Realmente el amor es muy chungo, siempre hay un puteado y uno que putea.... bueno siempre no, te puedo asegurar que hay relaciones en que estan puteados los dos... aunque en ese momento sean incapaces de verlo.

Un besazo!

R. dijo...

Muchas gracias, caparina. Sí, es verdad. A veces son los dos, los puteados; aunque ninguno se de cuenta, como bien dices.

Ya te digo, hay relaciones que son un auténtico suicidio.

un besote!