lunes, 27 de diciembre de 2010

Dispuestos a encontrarnos


Hay dos tipos de mujeres: las que buscan que las salven y las que te salvan a ti. Porque amar no es más que pagar el rescate de alguien. Directa o indirectamente. ¿Quién paga a quién? Como en todo, depende. Aunque casi siempre quienes suelen pagar un alto precio por ser amadas o amarse son las mujeres. Los hombres, por su parte, suelen aflojar para que alguien-mujer o no- les afloje el cinturón. Pero ése es otro follar. Con excepciones, ya les digo. En lo sustancial, el mundo continúa plagado de espíritus libres que acaban casándose por lo civil o por lo criminal. Porque podrá no haber amor pero siempre habrá personas dispuestas a encontrarse. Facilitarse. Incluso sin estar secuestradas. 


Pocas veces la soledad te maniata y te mete en un maletero. Somos nosotros, por el contrario, quienes fingimos nuestra propia captura. Quienes llamamos a altas horas de la madrugada-esas llamadas que estallan como bombas de racimo- y pedimos que nos liberen. Yo lo he hecho. Usted lo ha hecho. ¿Quién no lo ha hecho?


Porque también hay dos tipos de hombres: los que necesitan ser rescatados y los que no saben que están secuestrados. 


Yo era de los segundos, ¿se dan cuenta?. Y hoy, precisamente, se cumplen tres meses desde que me liberaron. Como le dijo Marco Antonio a Cleopatra, "algunas mujeres son más grandes que otras". 

sábado, 25 de diciembre de 2010

La noche en que la luna salió tarde


Aquella noche la luna salió tarde. Aunque yo ni siquiera pude verla. Sentado a la barra de aquél bar apestoso-tu favorito-te esperé, acaso, media madrugada. No apareciste. Al cabo de tres horas, me llegó un sms que decía: "Al final no salgo, al final me quedo en casa". Para entonces estaba ya muy borracho. Cuatro copas de ausencia en vaso bajo y con mucho hielo y tres chupitos de orgullo. Lo suficiente como para amortiguar el golpe. Y erigirme excitado. Sin ti.

Fue así cómo me acerqué a ella y le pregunté si sabía a qué hora iba a salir la luna. Yo también soy fan de los 091, contestó. Y de inmediato se puso a hablarme de los 80. Almodovar. Kaka de Luxe. Parálisis Permanente. Valoré la situación: era fea. Nariz afilada. Cejas pobladas. Y un corte de pelo desigual que buscaba un estilo propio y le confería, no obstante, aspecto de retrasada. Y a pesar de todo eso, la encontraba ciertamente especial. Guapa a su manera. Muy menuda, pocas tetas. Me dio ternura. Quizás necesitaba que alguien la salvara de aquél bar apestoso; quizás lo necesitaba yo, que tampoco era, por otro lado, gran cosa. Ojeras. Barba rala. Diez quilos menos. La extraña pareja, dirían.

Pensé en follarla contra cualquier pared helada. Me excité. Se lo sugerí. "Me encantaría follarte esta noche", dijo mi borrachera. Y al oírme, sus enormes cejas se preguntaron lo mismo que yo: "¿Y por qué a mí y no a otra?". Es verdad. Por qué a ti. En realidad, pensándolo ahora, me hubiese dado igual ella que cualquier otra. Tenía su morbo, sí. Pero en aquél momento mi corazón aullaba en dirección contraria. A lo que me refiero es a que podría haberme estrellado perfectamente contra otra. Borracho y triste. Porque detrás de aquella erección se escondía un corazón flácido. Jodidamente flácido. Eso lo sé ahora. Pero entonces fue cuestión de suerte, de destino-de tino- que maniobrara ante ella y no ante ninguna otra.

"Estás aquí, a mi lado, a la hora justa, en el momento apropiado; a veces la vida se explica por este tipo de motivos". Bajamos al baño. Aunque yo lo estropeé antes si quiera de haber empezado a arrancarnos el pasado a tiras. Mientras se ponía un tiro, le confesé: "Te he mentido, en realidad no conozco a los 091; es lo primero que se me ha ocurrido". Fue ipso facto: se subió las bragas y sus caderas se borraron con ella. El váter tembló. También mi vida.

De inmediato supe lo que ocurría. Te tenía en mi estómago bailando, como antaño. Los dos juntos. Tus botas con mis zapatillas. Y de fondo esa canción que nunca supiste de quién era y que tanto te gustaba. Llévame a la pista, me decías. Y eras tú la que me arrancaba de la barra. Y de fondo esa canción. Y de fondo esa canción. Y de fondo...

Vomité de súbito. Y aún quise vomitarte más. Sacarte de mi memoria a bocajarro. Tropezón a tropezón, paso a paso. Hasta llegar a la bilis, al origen de todo. Y reducirte, ya sí, a un simple mal sabor de boca. A un mero recuerdo. Tirarte de la cadena. Perderte de vista. Éso era todo. Y por eso me apreté el estómago tan fuerte como pude. Como si la vida estuviera al final de mi esófago. Como si el mundo empezara al final de tus mentiras.

Sin embargo, justo cuando estaba a punto de ahogarme y, por ende, conseguirlo, ella entró de golpe. No sabía estar de otro modo: "Me es igual que no los conozcas; yo nací en el 83, no viví esa época".

Cuando salimos a la calle no vimos tampoco la luna. Se había hecho de día.




A M.J, por aguardar a que la luna volviera a salir.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Meg Ryan es un peligro público

Odio a Meg Ryan. No por quién es sino por lo que representa en sus películas: el amor que todo lo puede y que todo lo salva. El amor humillante y humillado. Y del que ella, además, hace acopio en su extensa filmografía. ¿El problema? Que la rubia, aunque inexplicable, tiene tirón. Así, son muchas-y muchos también, gais o no-los que se tragan la idea -tantas veces plasmada en sus cintas- de que el amor es dar sin esperar recibir nada a cambio. Es decir: poner el culo y morder la almohada.

Después, claro, vienen los desgarros. El príncipe azul destiñe y la princesa resulta que tiene bigote y croa. ¿Por qué? Por el alto nivel de expectativas volcadas, uno. Y dos: porque, quizás, el príncipe ya tenía ese color de antes y la princesa ya pinchaba en la primera cita. Pero uno o una prefirió no darse cuenta. Y pensar, cómo no, que el amor todo lo puede y todo lo afeita.

Mejor estar acompañado, por supuesto, que solo y a la buena de uno mismo. Ah, la soledad. Causa y razón de tantos suicidios sentimentales.

Preferible estar con alguien a quien no quieres y forzarse a verlo-y sufrirlo-con otros ojos, que estar a dos velas. Y consumirte en las llamas de los domingos; día, este, donde curiosamente suelen poner sus putas películas. Tienes un e-mail; City of angels; French Kiss...Y todas para elevar una queja al defensor del espectador.

Y es que esta hija de puta, bueno, el personaje que interpreta, prefiere ser apaleada y escupida antes que estar sola. Y aquí ya me pongo serio: el megryanismo debería estar penado por ley. ¿Por qué? Porque induce a pensar que uno necesita de otra persona-alma gemela en el idioma de Meg- para estar completo y sentirse realizado. ¿Se imaginan esta teoría en manos equivocadas? Bingo: "Sin mí no eres nadie". "Con quién vas a estar mejor que conmigo". Etecé. Etecé.

Lo malos tratos empiezan por ahí: por pensar que el amor todo lo puede y todo lo salva. Incluso tras una paliza. Ah, el amor. Causa y razón de tantas humillaciones y denuncias retiradas.

Qué quieren que les diga. A mí también me va sufrir: escucho a una amalgama de perdedores-Enrique Urquijo, Janis Joplin o Manolo Tena, entre otros-, que particularmente me tienen ganado. Asimismo, me gustan películas como Casablanca donde él, al final, acaba con el policía y no con la jamelga. Sin embargo, se trata, creo yo, de un caldo diferente. Sabes que el amor termina con el telón. Que no es eterno, vaya. Y que en primer lugar -y sobre todo- ha de ser recíproco. Mutuo. Y en ningún caso, dependiente. Al margen de que el ser humano es capaz de latir, pensar y follar por si y consigo mismo.

Así que no me cuentes historias, Meg Ryan, que a mí no me la das.



Imagen sacada de http://es.toonpool.com

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Lo contaré una vez sólo


Lo contaré una vez sólo.

Entonces no tuve derecho a réplica. Matizo: no es que no lo tuviera; renegué de él, que es lo peor, acaso, que puede hacerse. Perderse a uno mismo. O dejarse hacer, que es lo mismo pero dado la vuelta.

Ella me trataba como un perro y yo era, a su vez, su perro fiel. Esa sombra que se tumbaba a su lado en la alfombra, según Sabina, aunque sin más fin, eso sí, que el de ser pisoteado. A don Joaquín le debo, por cierto, la gesta de haberla mandado a paseo. "Búscate otro perro que te ladre, princesa", que "este pez ya no muere por tu boca".

Zorra. Puta. Ramera. 

En fin. 

Perdí el derecho a réplica, decía, el mismo día en que se acostó con su ex y yo le pagué el aborto. 

Sabina, como pueden imaginar, llegó más tarde. Antes, me hice devoto de la virgen de los dependientes emocionales; tan inocentes como culpables de su mísera situación. Y es que sin fieles, una Iglesia no se levanta. A los fieles hay que evangelizarlos primero y después, ya sí, sacarles los cuartos o tocarles el pito. Joderles, vaya. Pero lo primero es lo primero. Por eso, hoy en día, el credo del dolor-"sin ti no soy nada", ¿les suena?-está tan arraigado como el islam o el catolicismo. Así, las canciones que más calan en el inconsciente colectivo nos remiten a relaciones imposibles o autodestructivas, como ésa de Amaral que les mento. O las películas. El cine. Vean si no el último paradigma: Contracorriente, de temática gay, que nos presenta a Miguel, un pescador de Cabo Blanco, casado y a punto de tener un hijo, y que mantiene un romance secreto con Santiago, homosexual declarado. ¿Típico, no? Pues servidor se hartó de llorar, siendo como soy hetero perdido. ¿Y por qué? Porque creo en el dolor.

Ya lo dicen los ingleses: Spain is pain. Nos va sufrir, es cierto. Quizás porque encontramos en ello cierta belleza. La épica del perdedor, y todo eso. La misma y particular belleza que llevó a Verlaine a disparar a Rimbaud, harto de sus humillaciones amorosas; o a Larra a escribir en Madrid como lloraba; o la bella estampa, pienso ahora, que compuso Virginia Woof, con los bolsillos de su abrigo llenos, hundiéndose para siempre en la historia de la literatura; o el cañón reluciente de la escopeta de Hemingway a punto de ser tronado.

Esa belleza que, excepto los mediocres, todos, todos buscan.

Ese afán de trascendencia que casi siempre se paga con la vida. 

Nos complicamos la existencia porque deseamos trascender a nosotros mismos y transgredir lo que hemos sido. En ese sentido, preferimos, digo, alargar la agonía y rozar si quiera el parnaso del malditismo antes que vivir por vivir y ser un muerto en vida.

Vivir heridos antes que morir ilesos. 

Sólo así se explica y me explico lo que sucedió con ella; con esa zorra a la que quise tanto.

El mundo no ha cambiado en veintiún siglos. Antes la gente se suicidaba por amor y ahora hay relaciones que son un auténtico suicidio.

Esa fascinación por el dolor la entiendo y no la entiendo.  

En realidad, no es culpa del género humano. Dicen que los hombres y mujeres llevamos en guerra toda la vida pero más bien creo que se trata de una guerra de desgaste, de ver quién aguanta más y sobrevive al desastre-orgullo lo llaman-; y no quién acaba con el otro antes. 

Morir o matar, sí, pero con matices. Apúntate esa.

Es, por tanto, un problema de educación: "Los amores reñidos son los más queridos", me enseñaron a mí de niño. Y así me fue luego.

Le pagué el aborto, prosigo, y escuché, además, el relato de malos tratos que había sufrido durante y posterior a dejarlo con él. Quise matarlo.Y cuando digo matarlo es matarlo. Quise quitarle la vida a ese pedazo de hijo de la grandísima puta. A ese pedazo de mierda.  

No lo hice. Y, como Felipe González, no sé si hice lo correcto. Considero -y hablo hoy con las vísceras de aquello-, que el derecho a la vida, en algunos casos, no debiera ser obligado. Por ejemplo, cuando uno desea morir dignamente o con los hijos de perra que lapidan y dan latigazos a las mujeres por ponerse pantalones y ante los que, estimo, no cabe ningún titubeo. 

Un tiro en el estómago y que se desangre. 

Volviendo a. No le maté y a ella, por su parte, la perdoné sin mucho artificio. Hecho lo cual, volvió a engañarme y de nuevo la volví a aceptar en mi seno. Esa belleza que les digo. Les ahorro, no obstante, los detalles escabrosos, que los hubo. Vaya que sí. Pero hay cosas que ni ficcionándolas puedo ni sé contar. 

Sí que les relataré el final:

sucedió, después, que unos meses más tarde andábamos follando- y no haciendo el amor-, cuando me derramé de súbito sobre ella. Y con la última gota de semen, se escurrió también la última gota de amor puro y verdadero que le tenía. Ese tipo de amor que embaraza de penalti, saben, y que por lo general suele acabar en cesárea.

Le dije: "Mi amor por ti se ha quedado tan flácido como mi polla". Ella se río. Tal vez cruel. Sin embargo, esta vez era cierto. 

Y ahora, no sé si justo o no, es ella la que está flácida en una cama y yo erecto, aunque a diferencia de entonces ya no me derramo por ti.

Fin.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Asimétricos

Ella tiene vértigo. Lo escucho desde mi dársena. "Ese vértigo que aparece cuando subes hasta muy alto y miras al suelo". Capto frases sueltas. Oigo que añade: "Es lo mejor". Y el chico lo asume, qué otra cosa puede hacer. ¿Patalear? ¿Luchar? ¿Para qué? Cuando alguien decide qué es lo mejor para ti date por jodido. Perdiste el derecho a réplica, amigo. Hace tiempo, de hecho.

De todas maneras, él sabe que ya no es lo mismo. Lo sabe. E incluso lo entiende. Sólo que al rato se le olvida y se acuerda de que la quiere. Recuerda su forma de balancear las piernas en el sofá o que, entre otras cosas, es alérgica al cilantro. Y a él, claro, se le atraganta la vida. Cómo no. Esos detalles son los peores. Los que al final te matan: los nimios, que de nimios no tienen nada. No en vano, el amor es básicamente costumbrismo.Y el resto, expectativas.

M., por ejemplo, solía cantar mientras se depilaba las piernas. Yo la oía desde la cocina y todavía hoy hay veces que la escucho.

Es lo malo de aprenderse de memoria, me digo mientras les miro; ella a punto de subir al autobús. Es evidente que luego cuesta más trabajo desaprenderse. Desquitarse. El uno del otro. Porque siempre hay uno que se desquita y otro al que le quitan de en medio. Ninguna ruptura es simétrica. "Morir o matar", ya lo dijo el poeta.

"Sí, supongo que es lo mejor...para ti", zanja él. Y su respuesta me devuelve, por fin, el derecho a réplica.




Fotografía de Chema Madoz.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Banda sonora de un año

Se acaba el año. Pero descuiden que no entraré a valorarlo. Hay canciones que hablan por si solas:

"Creo recordar
que entonces dijiste:
 algo me aleja de ti". 


"Cause tonight is just like any other night
that's why you're on your own tonight
with your triumphs and your charms
while they're in each other's arms".

Marzo

"Hay cosas que tenemos
que aprender: yo a mentir
y tú a decirme la verdad".


"No entiendo
cómo eres capaz
de sentirte peligrosa
siendo tan vulgar".  

Mayo

"Te extraño
cuando llega la noche
pero te odio de día".

Junio

"Qué emocionante
es saber
que estaba
pensando en mí
al ocultar su desnudez".

Julio

"Si me olvidas
mañana
para mí
será normal".

Agosto

"Si mis flores
no te gustan,
tíralas; para eso
están".

Septiembre

"En ese
momento, él
soñaba que
abrazaba
otro cuerpo".

Octubre

"Vamos a hacer
lo que podamos
por cenar perdiz".

Noviembre

"Me gusta
desarmarme
arriba tuyo;
me gusta demasiado
ensuciarte".

Diciembre

"El mundo
ya no necesita
otra canción
de amor,
pero yo sí". 

domingo, 5 de diciembre de 2010

Sobre los controladores

Unas breves líneas.

Los controladores han sido víctimas de una jugarreta del Gobierno y han querido responder como el Gobierno: con otra canallada. La diferencia es que mientras unos tienen la Inteligencia, los medios necesarios para crear un gran relato-el relato de los malvados controladores aéreos trillonarios- y, sobre todo, a Rubalcaba; los otros, por su parte, deben contentarse únicamente con un portavoz guaperas aunque bien informado, eso sí, y otro chungo de miras.

Por eso han perdido el pulso. Porque el combate entre Goliat y David estaba amañado. En circunstancias normales y sin hondas de por medio, Goliat-el estado-habría doblegado perfectamente a David; obligándole, después, a fichar so pena de arresto militar.

Pero pena, lo que se dice pena, la justa. Quienes de verdad me conmueven son los viajeros, turistas y familiares separados, que han echado raíces en tierra. Una putada. Porque se me ocurren otros gremios igualmente explotados, humillados y defenestrados -como pueden ser los médicos o guardias civiles- que a diferencia de estos chulos, no se toman la justicia por su mano. Tampoco podrían: no tienen tanto peso, con el permiso de la Benemérita.

Y es que al final, lo que ha habido aquí es un abuso de fuerza por parte de los controladores. De tal manera que lo que era, en principio, una causa justa-los derechos laborales siempre lo son-se ha convertido tras el día de ayer en poco menos que una veleidad de un grupito de niños bien.

Los controladores han perdido la guerra política pero también la batalla informativa y estratégica. Han calculado mal y se han salido del marco. Y ahora su sitio en la fotografía es bien diferente.

sábado, 4 de diciembre de 2010

A corazón abierto


Les hablaba de Lapido. De José Ignacio Lapido. Y de cómo Miguel Ángel y yo nos sinceramos aquella extraña noche en que nos conocimos.

Les dije también que le había hablado de ella. De mi fracaso más sonoro. ¿Saben? Yo intenté quererla. Mucho, además. Y la quise. Vaya que sí. Ella era de ese tipo de personas que es imposible no quererlas. Amarlas. Imposible, se lo aseguro. Lo que pasa que aunque la quise, sí, no llegué a quererla como ella necesitaba que lo hicieran.

Todos necesitamos que nos quieran, partiendo de ahí. Llámenlo egoísmo o miedo a lavar las sábanas. Es igual. El caso es que después de masturbarse, uno necesita que lo abracen. Sin embargo, y aquí viene la letra pequeña, no todo el mundo late de la misma manera. A mí, por ejemplo, me bastaba entonces con que ella estuviera ahí. Mientras que ella, por su parte, lo que pedía a gritos -pero en silencio- era tenerme ahí, consigo.

Dos formas de amar completamente homónimas. Aunque sonábamos parecido, en la práctica significábamos cosas distintas. El uno para el otro. Y el otro para el uno. Una versión modesta y triste de los Mosqueteros. A pesar de que lo intentamos varias veces. A pesar de que yo la quería, como les digo. No obstante, el corazón es un músculo que no puede agrandarse. Ojalá. Pero uno late como late. Y bombea según va llegando la sangre.

Así, tras intentar, por último, querernos a corazón abierto, nuestro amor dejó de latir como se apaga, a veces, la vida.

Por causas naturales, habría dicho el parte médico.

Recuerdo aún hoy la forma en que rompimos. Fue en silencio, mientras sonaba esta canción de José Ignacio Lapido en un concierto de Quique González. En aquel momento, nos soltamos de la mano y asumimos, en fin, la evidencia. Algo nos alejaba y nos alejó siempre desde el principio: su sístole y mi diástole.

"¿Y por qué lo intentaste tantas veces si sabías que no latíais acompasados?", me preguntó Miguel Ángel aquella noche cuando ya amanecía. Porque no quería lavar las sábanas y que oliesen a detergente, no sé si me entiendes. "Las mías huelen a semen pero a mí me gusta así", zanjó él cambiando, también, de disco:

Alarma. Para ti,



"Es bueno para ti, es bueno para mí. Es malo para ti, es malo para mí".

Creo que el amor va por ahí.