viernes, 5 de noviembre de 2010

Por la revolución que no fue

No se lo van a creer pero me he encontrado con El Mazas. ¿Qué quién es El Mazas? Yo se lo explico. Verán. Metro noventa de estatura, tres espaldas como la mía, y dos brazos de estibador portuario. Ante ustedes Marcos Antonio Sánchez, alias El Mazas, ex compañero de parranda y mi jefe durante algunos años. Un tipo tranquilo pese a su porte de luchador eslavo. El hígado más grande que conocieron los bajos de Argüelles. Todo un guaperas, el hijoputa. Y hoy, algo más gordo:

- ¡Coño, Mazas!
- ¡Ostias, Casteleiro! 

Le bastó un abrazo para tumbarme. Sigues en forma, cabrón. Bueno, ya menos. La vida de casado...¿Te casaste? ¡No jodas! Sí, macho. Y tengo un niño, bueno lo tiene mi mujer. Quiero decir que estoy separado. Curiosa la forma que tienes de contraer matrimonio, le dije yo en un vano intento de recuperar nuestra complicidad de antaño. Pero por su cara descompuesta supe de inmediato que ni puta gracia. Mazas se puso serio, casi triste, y tras tragar saliva, me confesó que su vida era una "puta mierda": "Estoy en paro, sin mujer, no veo a mi hijo. Vengo ahora de hablar con mi abogado. Pero ya sabes cómo son estas cosas". Sí, sé, le contesté sin tener ni puta idea del asunto. El caso, siguió, es que he vuelto a casa de mis padres. Llevo desde los 18 fuera, tú lo sabes; tengo 30. ¿Me dirás si es o no una puta mierda? En fin, tengo que dejarte, espero que tú todo bien. Sí, no puedo quejarme, salvo por el tema del curro pero es que escogí la profesión más precaria que existe. ¿Cuál? Periodismo. Anda coño, si tengo un colega periodista. Pues ya sabes, cuenta mi historia. 

Y aquí me tienen, contándola:

Mazas lo tenía todo. ¿Y qué era todo? Pues percha y pasta. El binomio perfecto con 16 años, 20 en su caso. Cuatro años de diferencia que se acortaron nada más conocernos. A Mazas me lo presentó el Orejas-huelga decir por qué le llamábamos así- en Malasaña, en uno de esos últimos botellones improvisados, o no, que se gestaban alrededor de la Plaza del Dos de Mayo, y que posteriormente, y tras la normativa antibotellón, pasarían a formar parte de la historia popular de este pueblo con denominación de villa, que una vez se levantó contra los franceses, y otras tantas contra la policía. Entonces era lo habitual. Ver cargas policiales y adolescentes retando a los antidisturbios, litrona en mano. Mazas siempre estaba metido en alguna. Y nosotros con él. Cómo no. Era nuestro líder nato. Nuestro jefe ideológico.Votado sin ni siquiera levantar la mano. Y es que todos sin discusión veíamos en él a nuestro Bakunin particular. Nuestro mesías. Posteriormente, Mazas se haría trotskista y nosotros le seguiríamos en su viraje ideológico, pese a no tener ni zorra idea de qué era ser un trotskista. A ese punto de fidelidad-y estupidez- llegábamos.

Y de esta guisa nos presentábamos, por ende, ante las tías. En comandita. Y ya fuera él más marxista que anarquista, la realidad es que con Mazas en nuestro programa político no había grupo de féminas que se nos resistiera, aunque después ninguno de nosotros, en especial el pobre Orejas, catáramos nada. Él se las guisaba y él mismo se las comía. No obstante, de lo se trataba, por aquella época, era de sentirse acompañado, respaldado. Y que el resto de machos cabríos nos mirasen envidiosos. Con eso nos consolábamos. Éramos gordos, feos y roqueros. Y no precisamente por este orden. Entenderán ustedes el efecto hipnótico que nos causaba el estar al lado de un tipo como El Mazas; alto, guapo, bien parecido.

Con todo, al final la cosa se quedó más bien en fuegos de artificio. Acaso lo que tarda una cerilla en apagarse, tras su brillo y explosión inicial. Sólo que en mi caso duró un poco más de la cuenta. Yo admiraba al Mazas, quería ser como él. Pero me ocurrió que con el tiempo terminé por desencantarme del trotskismo y también de él mismo. Sus historias ya no me impresionaban y sus formas me parecían más dictatoriales que otra cosa. Así, me fui del grupo como había entrado: casi sin darme cuenta.Un día me encontré al Orejas en un bar y me abroncó por ello. Me dijo que era un mierdas y que me había aburguesado. ¿Y me lo dices tú que has llegado en coche y en lugar de cerveza meada bebes jacks daniels? Agarró a su novia y se marchó. Y eso fue todo. Los vestigios de nuestra revolución.

Siempre me pregunté qué habría pasado de haber seguido con ellos, codo con codo. Puño con puño. Ahora lo sé.

Estaría divorciado y mi ex mujer no me dejaría ver a mi hijo.


Y es que al final todos los héroes caen en combate.Y mueren como tal.



A tu salud, compañero.




Imagen de http://www.taringa.net

4 comentarios:

perroandaluz dijo...

Sublime el mazas. Y su historia.

R. dijo...

muchas gracias, perro.

un abrazo!

Princesa Ono dijo...

Este es mi R!! Gran historia. Y q bien contada.

R. dijo...

Muchas gracias, princesa!


besos, guapa!