miércoles, 3 de noviembre de 2010

La moral perjudica seriamente la salud

Cambiando de tema. Les propongo un juego. Verán. Imaginen, por un momento, que yo como periodista y en base a mis creencias les negaste a ustedes, lectores, cierta información contraria a mi ideología. Es decir que antepusiera mi visión de los hechos a la profesionalidad que se deriva del hecho mismo de trabajar en un medio de comunicación. Prorrogateándoles, de esta forma, los titulares. O peor aún: denegándoles el acceso a algunas noticias por la mera circunstancia de ir contra mis postulados más o menos acertados. Más o menos verídicos. ¿Se hacen a la idea? ¿Verdad que les tocaría los cojones?

Por escarbar en la herida: supongamos, por ejemplo, que un científico que lleva años investigando en la vacuna del sida, me cuenta, antes de morir, que ha encontrado el remedio para tan dramática enfermedad. Y no solamente eso sino que, además, me hace un croquis del asunto y me pide que por favor lo ponga en conocimiento de las autoridades sanitarias-las mismas que aparecen en las cajetillas de tabaco-y también de la ciudadanía. Ahora bien. Yo como ultraconservador que soy-sobre todo cuando tengo que madrugar-estimo que el Sida es un castigo de Dios para con los pecadores por ser unos pervertidos y unos sondomitas (sic). Y que, por lo tanto, ni vacuna del VIH ni Cristo que lo fundó. Por lo que decido callarme como un beato. O, por otra parte, acogerme a mi particular ética y no publicarlo o contarlo de aquella manera: "La vacuna del Sida, cada vez más cerca".

¿Qué les parece el jueguecito? ¿A que dan ganas de abofetearme? Pues esto, que a veces pasa en la prensa, sucede también en otros estamentos. Sólo que de forma más sangrante. Por seguir con el suponer mismo del sida: el otro día me ocurrió esto mismito que les cuento. ¿Se imaginan dónde? Han acertado. En una farmacia. Resulta que fui a comprar unas pastillas del Doctor Andreu y de paso una caja de preservativos. Y al preguntar si los tenían anatómicos, la empleada -una mujer de pelo cano- le hizo un gesto a su compañera de bata, esta mucho más joven,  que enseguida se colocó frente a la mampara de separación y me espetó muy seria: "Lo siento, pero por motivos éticos no vendemos esa clase de producto aquí", me dijo ella sin pestañear y del tirón.

¿Será una broma?, le contesté. Nada de eso, caballero, este establecimiento cumple con su trabajo y además con sus convicciones. Ya, contraataqué, pero usted trabaja en una farmacia; no en una iglesia. Y tiene, así, el deber ético de anteponer su profesionalidad a su moralidad, le dije también sin pestañear. Lo siento, pero le repito que no vendemos esa clase de producto. Se llaman condones y aparte de embarazos no deseados, evitan enfermedades de transmisión sexual; o es que acaso, ¿son partidarias de expandir el sida?, le pregunté curioso. Castidad, me sugirió la misma dependienta más joven y, paradójicamente, más carca. "Esa es la solución al VIH". Insisto, se ha equivocado de profesión: esto es una farmacia, no un monasterio. Y la gente folla, y a veces hasta se abraza después. Aunque mucho me temo que a usted ni lo uno ni lo otro.

Y con esas me fui a otra farmacia, más normal, donde compré no seis ni doce sino veinticuatro preservativos para celebrar, acaso, que esa misma noche iba a hacer el amor contigo.

No obstante, si les soy sincero, les diré, en confianza, que me quedé con ganas de eyacular sobre su establecimiento. A ver si me entienden. O a ver si yo la entiendo: la mujer no vende condones porque está en contra del sexo sin amor. Y del sexo, a secas. No digamos del aborto o la píldora. En este último caso, hasta estoy de acuerdo. Una cosa es poner facilidades en caso de accidente doméstico. Y otra muy distinta vender la píldora del día después en cajas de doce y a precios populares. Como en todo, ha de haber un control. O un Durex, si me permiten la preferencia. Y es que, hasta que ese supuesto y mencionado científico me cuente la fórmula de la cocacola, el único remedio eficaz para evitar este tipo de circunstancias seguirá siendo el preservativo.

La moral, en este caso, perjudica seriamente la salud.




Imagen de laveraddominicana.wordpress.com

15 comentarios:

Guti dijo...

Eso de la farmacia solía pasar en mi juventud, desconocía que en el año 2010 todavía pasaba. Se deduce de mis palabras que o yo ya no utilizo condones o que no voy a las farmacias a comprarlos... Una de las dos.
Lo de farmaceuticos/as objetores de conciencia moral ya no me lo trago, es franquismo puro y duro.

Wendolina. dijo...

Grande, Ro. La verdad es que me parece increíble que incluso en estos tiempos siga pasando eso. Pero en fin... ve a una droguería, cómprate un buen spray y ponles en la puerta: ME ENCANTA FOLLAR POR AMOR. Habráse visto insolencia.

Un beso.
Wendolina.

Shigella dijo...

Estoy contigo Wendolina. Viva el sexo con amor!! (y sin amor, qué coño) El sexo no debería ser un tabú. Deberíamos verlo algo tan natural como comer o dormir y transmitirle esta visión a las nuevas generaciones. Creo hacerlo de otra forma es total y absolutamente perjudicial para la salud física y mental. Yo he tenido que llegar a esta conclusión superando obstáculos. Espero ponérselo más fácil a mis hijos.

Anónimo dijo...

Mucha libertad sexual pero luego os quejáis de que os sentís unas guarras. Opino como la farmacéutica, castidad panda de golfas!

R. dijo...

Yo tampoco me lo trago, Guti. Además si no quieres vender métodos anticonceptivos hazte charcutero y vende longanizas. así, a pelo.

Un abrazo!

R. dijo...

Es increíble, sí, wendolina. Y dan ganas no solamente de eso, si no de denunciarlos ante la oficina del consumidor, el defensor del pene y la asociación para la defensa de los polvos bien echaos (adpbe). Por ese orden.

Un besote, guapa. ya lo dijo el poeta: a follar, a follar que el mundo se va a acabar. Que dios nos coja a cuatro patas.

R. dijo...

Como salgan a sus padres, no van a tener ninguna clase de problemas ni impedimentos. Con información, eso sí.

;)

un besote, doble pe

R. dijo...

La misma castidad que tuvo tu madre, anónimo. Lástima de gomita...

Shigella dijo...

La cuestión es querido anónimo: ¿Por qué nos sentimos unas guarras cuando simplemente dejamos fluir un instinto natural que tienen por igual hombres y mujeres? ¿Será acaso que la sociedad en la que vivimos (de la que tu participas muy activamente por lo que veo) está empeñada en condenarnos por tener las mismas necesidades sexuales que un hombre?
Has sido el mejor ejemplo que podía poner.
Desde pequeñas nos enseñan que está mal dejarse llevar por el instinto sexual (no así al hombre)pero no podemos evitarlo porque somos animales sexuales al fin y al cabo. Y así llegamos a un quiero ser libre pero no puedo evitar sentirme sucia porque lo llevo grabado a fuego en mi programación social.
Y claro, luego llega un gilipollas como tú (tenía que soltarlo) a reafirmar la teoría absurda de la mujer casta y pura.

Suerte con tu represión anónimo.

Princesa Ono dijo...

Estoy de acuerdo con Shige... Anónimo gilipollas. ¡Y que viva la libertad de expresión! Y ahora llámame guarra si tienes cojones.

Buena y cierta reflexión, R. Y me encanta que les hayas respondido así. Cuánto carca, retrógrado, reprimido e hipócrita, en el fondo, hay por el mundo. Pues ellos se lo pierden. Iremos a gastar nuestro dinero a otra farmacias. Y que se metan la castidad por dónde les quepa, que yo me la meteré por otro sitio. Perdona lo grosero de mi comentario pero es que me he indignado.

R. dijo...

Amén!

Mónica dijo...

No pensais que con tanto progreso, estamos yendo al retroceso?
Tanta máquina... dónde esté el hombre...

PINTXO dijo...

Muy bueno tio. Muy bueno.

R. dijo...

La problemática sociocultural del pueblo mapuche es algo que siempre me ha quitado el sueño, mónica.


Libertad creativa!

R. dijo...

Gracias, tío.

Un abrazo pintx!!!