martes, 30 de noviembre de 2010

Antes de morir de pena



Mi compadre Miguel Ángel canta como un coro de gatos crispados. Pero le pone tanta pasión al asunto que resulta una falta de respeto no aplaudirle cuando acaba. Lo malo es que suele hacerlo en plena calle, a las tantas de la madrugada. O en mitad de un bar, mientras el resto de la gente desayuna. No sabe estarse tranquilo. De hecho, son ya varios los jarros de agua helada que lleva a sus espaldas como varios son también los bares que le han vetado la entrada, y a mí con él. Por colaborador necesario, se entiende.

Así que la otra noche, tras vernos en la calle, helados y sin un duro, le propuse a Miguel Ángel un plan más tranquilo: vernos otro día. Pero él contraatacó con una oferta que no pude rechazar. Cerveza y vinilos. "Yo invito".

No pude resistirme. Al rato estaba en su piso -decorado con portadas de discos emblemáticos de los 80- con una lata de cerveza barata del Día y escuchando, efectivamente, un vinilo de los 091. Miguel Ángel, por su parte, trataba de hacerse un cóctel "casero" pero tan sólo tenía a mano un culo de vino, y medio brick de leche. De modo que agarró un puro roído que estaba en el suelo. Lo encendió. Y de esta guisa, nos fuimos sincerando.

En realidad, conozco a Miguel Ángel desde hace mucho. Es un viejo parroquiano de mi bar favorito. 44 años, algún que otro episodio amnésico y más flaco que Jim Morrison. Con su sempiterno sombrero y gabardina. Una suerte de espía beodo o de agente secreto venido a menos. Y siempre que nos vemos, el mismo saludo: choque de nudillos. Sin embargo, hasta esa noche nunca habíamos hablado, no sé si me explico. 

Entonces sonó Antes de morir de pena. Lapido en solitario. Y yo me acordé de ella, uno de mis fracasos más sonados; se lo dije mientra él observaba con meticulosidad su malgastado puro. "Tengo cáncer", me interrumpió de golpe Miguel Ángel.

Y se puso a cantar esta vez tan alto que me pareció una falta de respeto no acompañarle.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Algo falla

Me asombra la capacidad con que este país asume y acepta ciertas cosas. Los hay que incluso saben ya desde la cuna hacia dónde encaminarán sus pasos. Este par de niños que les presento hoy lo tienen desde luego muy claro. Iba yo gateando por la calle, pensando en cómo pagar esto y aquéllo, cuando de repente les he escuchado hablar delante de mí-ya les digo: ni ocho años tenían-y me he caído de culo: "Yo de mayor quiero ser político", le ha dicho el más gordito al otro, "y además del PP que viven mejor porque roban y no les dicen ná".

Toma referéndum. Y luego dirán del sexo sin amor, Belén Esteban o Cristiano Ronaldo. Cuentos chinos. Que se sepa: el modelo social más pernicioso para los infantes-quienes van a pagar las pensiones el día de mañana, o no-son los propios políticos corruptos. Los Camps, Costas, Roldanes y demás. Que untan o se dejan untar, y como bien subraya ese crío que llevaba untada, por cierto, la boca de nocilla, no les pasa nada. Y si les pasa es en una cárcel de mujeres-caso del ex director general de la Guardia Civil-, con todos los gastos pagados. Porque Santa Rita Rita Rita, lo que quito, tú no me lo quitas.

Da qué pensar. Que un niño sin vello en las axilas tenga ya esas incipientes ideas sobre la política actual es cuanto menos sintomático de que algo falla. Ya se sabe, los niños y los adultos bajo pentotal siempre dicen la verdad. Y no me refiero al hecho, sesgado a todas luces, de que todos los políticos del Partido Popular son un atajo de chorizos. Los habrá, no tengo el gusto, que sean, además, honorables ciudadanos. Lo que me llama la atención es otra cosa. Es ese, "yo de mayor quiero ser político (...) porque roban y no les pasa nada".

No es que yo me ponga moralista a estas alturas del blog; remito a otras entradas. Pero me alarma -y mucho, insisto-el mensaje de impunidad social que se traduce de ese comentario. Y más en boca de un niño, donde cualquier cosa que diga tiene siempre un plus de emotividad o escalofrío dependiendo de si este habla de sus sueños más particulares o si comenta que ha sido violado sin conocer, acaso, la palabra violación.

A eso me refiero. Al escalofriante hecho de saber que todo vale siempre y cuando no te cacen. Y no les hablo de robar, matizo. Sino de infancia. La misma bendita infancia que, en ocasiones, es arrebatada a golpes o lengüetazos. Y no pocas veces de manera impune. ¿Cuántos niños estarán siendo violados en este preciso momento? ¿Cuántos políticos estarán haciendo uso del dinero del contribuyente ahora mismo para pagarse unas copas, unas putas, un viaje?

A eso voy. A la aterradora impunidad. A la terrorífica visión de que el villano se vuelva por un momento héroe. Y siente un precedente. Reconocible, asumible y hasta admirable. Habitual, en suma. Y es que basta con que algo sea considerado normal para degradar el asunto y que el hecho mismo ni tan siquiera aparezca en el atestado moral y cívico. Los políticos roban, los curas se follan niños. ¿Y qué? Cuéntame algo que no sepa, parece decir el imaginario colectivo. Y ahí está el verdadero problema. Que los más pequeños se están criando en un contexto social donde todo vale y donde nadie se extraña de lo que ocurre. Hoy quieren ser políticos porque roban impunemente. ¿Y mañana?

Miedo me da saberlo.




Imagen de http://jnotario.blogspot.com

jueves, 11 de noviembre de 2010

Una mariconada de post




Yo solía coleccionar este tipo de estampas. Solía. Como también solía pensar que ciertos cariñitos-los cuelga tú primero y similares- eran-¿lo son?- una soberana mariconada. Me gustaba, digo, bañarme en pelotas pero con la ropa bien a la vista. Controlando, en fin, la situación: ya te llamo yo, si eso. Si eso. Y ahora, qué ironía, son las estampas quienes me coleccionan a mí. Y es que a tu lado se me abre el apetito: sólo pienso en cenar perdices. Juntos. O una simple lata de calamares; lo que haya. Y retenerte, aquí, conmigo. En Madrid. Aunque en esta ciudad sea imposible vivir. Aunque el secuestro esté tipificado como delito. Aunque presente y futuro se conjuguen en diferente persona. Es igual. Me la pela. Ahora mismo, con el colocón de azúcar que llevo encima, me es indiferente el mañana, el domicilio social o la ley penal. Me importa el ahora y me importas ahora. Y si tengo que aprenderme la discografía de Mecano, grupo, este, al que odio con todas mis fuerzas, pues voy y me la aprendo. Y con ella, los elepés de los hermanos Cano en solitario. Pese a que esto último también tenga delito. No obstante, así de claro lo tengo. Que te quiero, vaya.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Sobre la visita del Papa a España

Unas breves líneas.

No entro a valorar el gasto en seguridad-pagado por el pueblo, católico o no- del sumo pontífice; en este caso, su Santidad, Benedicto XVI, viene en calidad de jefe de estado; aunque no lo parezca. Aunque ustedes, como yo, tampoco se lo crean. Pero eso es lo que pone en su dni: jefe de estado del Vaticano. Ni más ni menos. Lo mismo que sucede cuando algún sanguinolento dictador africano visita nuestro honroso país para blanquear sus crímenes. En ambos casos, y similares, los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, benditos ellos, hacen su trabajo, que para eso se les paga.

No juzgo, pues, el origen del fulano o la idoneidad de su visita. Ya dije una vez, y me reafirmo, que cualquier hijo de la gran puta es susceptible de ser escuchado.

No me importa, entonces, el dinero (mal) gastado porque de ser así tendría que quejarme del despilfarro que genera no ya la visita de todos y cada uno de los líderes y jefes de estado que vienen a España alguna vez en su vida. O dos, si la visita se les hace corta. Sino del despropósito que supone, por otro lado, mantener a 350 caraduras, dietas aparte.

Es por ello que no me quejo de la dolorosa. Me quejo de otra cosa: de que ciertos soplapollas vengan a aquí a decirnos cómo tenemos que gobernar. Legislar. Y hasta tocarnos. Porque una cosa es que les paguemos amablemente las putas y los pacharanes; y otra muy distinta que nos soben el morro.

Volviendo al Papa. Antes siquiera de haber aterrizado, su Santidad ya estaba tocando los santísmos cojones. Dice Ratzinger que hay que reevangelizar España, que la cosa está muy malita. Y que le recuerda a la II República. Lo que no sé es la forma que propone el sumo pontífice de hacerlo: si a ostias o a tiros.

Y dirán ustedes: pobre Papa. También tiene derecho a opinar y a meterse en los asuntos ajenos. Que de evangelios sabe un rato. Perfecto. Pero sólo un detalle: antes de echar mierda sobre el resto, que se mire los bajos pues está calado. Y es que el Vaticano, del que el Papa es representante, no ha aprobado la carta de Derechos Humanos. Ésa en la que se basan todos los países democráticos. España, por ejemplo. Tan acofensional como es. Y que el estado eclesiástico no ha suscrito ni se espera que lo haga. Después, ya sí, que proponga lo que le salga del hábito.

Pero lo primero es lo primero.

Respetar la libertad de pensamiento, conciencia, religión, expresión y opinión.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Por la revolución que no fue

No se lo van a creer pero me he encontrado con El Mazas. ¿Qué quién es El Mazas? Yo se lo explico. Verán. Metro noventa de estatura, tres espaldas como la mía, y dos brazos de estibador portuario. Ante ustedes Marcos Antonio Sánchez, alias El Mazas, ex compañero de parranda y mi jefe durante algunos años. Un tipo tranquilo pese a su porte de luchador eslavo. El hígado más grande que conocieron los bajos de Argüelles. Todo un guaperas, el hijoputa. Y hoy, algo más gordo:

- ¡Coño, Mazas!
- ¡Ostias, Casteleiro! 

Le bastó un abrazo para tumbarme. Sigues en forma, cabrón. Bueno, ya menos. La vida de casado...¿Te casaste? ¡No jodas! Sí, macho. Y tengo un niño, bueno lo tiene mi mujer. Quiero decir que estoy separado. Curiosa la forma que tienes de contraer matrimonio, le dije yo en un vano intento de recuperar nuestra complicidad de antaño. Pero por su cara descompuesta supe de inmediato que ni puta gracia. Mazas se puso serio, casi triste, y tras tragar saliva, me confesó que su vida era una "puta mierda": "Estoy en paro, sin mujer, no veo a mi hijo. Vengo ahora de hablar con mi abogado. Pero ya sabes cómo son estas cosas". Sí, sé, le contesté sin tener ni puta idea del asunto. El caso, siguió, es que he vuelto a casa de mis padres. Llevo desde los 18 fuera, tú lo sabes; tengo 30. ¿Me dirás si es o no una puta mierda? En fin, tengo que dejarte, espero que tú todo bien. Sí, no puedo quejarme, salvo por el tema del curro pero es que escogí la profesión más precaria que existe. ¿Cuál? Periodismo. Anda coño, si tengo un colega periodista. Pues ya sabes, cuenta mi historia. 

Y aquí me tienen, contándola:

Mazas lo tenía todo. ¿Y qué era todo? Pues percha y pasta. El binomio perfecto con 16 años, 20 en su caso. Cuatro años de diferencia que se acortaron nada más conocernos. A Mazas me lo presentó el Orejas-huelga decir por qué le llamábamos así- en Malasaña, en uno de esos últimos botellones improvisados, o no, que se gestaban alrededor de la Plaza del Dos de Mayo, y que posteriormente, y tras la normativa antibotellón, pasarían a formar parte de la historia popular de este pueblo con denominación de villa, que una vez se levantó contra los franceses, y otras tantas contra la policía. Entonces era lo habitual. Ver cargas policiales y adolescentes retando a los antidisturbios, litrona en mano. Mazas siempre estaba metido en alguna. Y nosotros con él. Cómo no. Era nuestro líder nato. Nuestro jefe ideológico.Votado sin ni siquiera levantar la mano. Y es que todos sin discusión veíamos en él a nuestro Bakunin particular. Nuestro mesías. Posteriormente, Mazas se haría trotskista y nosotros le seguiríamos en su viraje ideológico, pese a no tener ni zorra idea de qué era ser un trotskista. A ese punto de fidelidad-y estupidez- llegábamos.

Y de esta guisa nos presentábamos, por ende, ante las tías. En comandita. Y ya fuera él más marxista que anarquista, la realidad es que con Mazas en nuestro programa político no había grupo de féminas que se nos resistiera, aunque después ninguno de nosotros, en especial el pobre Orejas, catáramos nada. Él se las guisaba y él mismo se las comía. No obstante, de lo se trataba, por aquella época, era de sentirse acompañado, respaldado. Y que el resto de machos cabríos nos mirasen envidiosos. Con eso nos consolábamos. Éramos gordos, feos y roqueros. Y no precisamente por este orden. Entenderán ustedes el efecto hipnótico que nos causaba el estar al lado de un tipo como El Mazas; alto, guapo, bien parecido.

Con todo, al final la cosa se quedó más bien en fuegos de artificio. Acaso lo que tarda una cerilla en apagarse, tras su brillo y explosión inicial. Sólo que en mi caso duró un poco más de la cuenta. Yo admiraba al Mazas, quería ser como él. Pero me ocurrió que con el tiempo terminé por desencantarme del trotskismo y también de él mismo. Sus historias ya no me impresionaban y sus formas me parecían más dictatoriales que otra cosa. Así, me fui del grupo como había entrado: casi sin darme cuenta.Un día me encontré al Orejas en un bar y me abroncó por ello. Me dijo que era un mierdas y que me había aburguesado. ¿Y me lo dices tú que has llegado en coche y en lugar de cerveza meada bebes jacks daniels? Agarró a su novia y se marchó. Y eso fue todo. Los vestigios de nuestra revolución.

Siempre me pregunté qué habría pasado de haber seguido con ellos, codo con codo. Puño con puño. Ahora lo sé.

Estaría divorciado y mi ex mujer no me dejaría ver a mi hijo.


Y es que al final todos los héroes caen en combate.Y mueren como tal.



A tu salud, compañero.




Imagen de http://www.taringa.net

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La moral perjudica seriamente la salud

Cambiando de tema. Les propongo un juego. Verán. Imaginen, por un momento, que yo como periodista y en base a mis creencias les negaste a ustedes, lectores, cierta información contraria a mi ideología. Es decir que antepusiera mi visión de los hechos a la profesionalidad que se deriva del hecho mismo de trabajar en un medio de comunicación. Prorrogateándoles, de esta forma, los titulares. O peor aún: denegándoles el acceso a algunas noticias por la mera circunstancia de ir contra mis postulados más o menos acertados. Más o menos verídicos. ¿Se hacen a la idea? ¿Verdad que les tocaría los cojones?

Por escarbar en la herida: supongamos, por ejemplo, que un científico que lleva años investigando en la vacuna del sida, me cuenta, antes de morir, que ha encontrado el remedio para tan dramática enfermedad. Y no solamente eso sino que, además, me hace un croquis del asunto y me pide que por favor lo ponga en conocimiento de las autoridades sanitarias-las mismas que aparecen en las cajetillas de tabaco-y también de la ciudadanía. Ahora bien. Yo como ultraconservador que soy-sobre todo cuando tengo que madrugar-estimo que el Sida es un castigo de Dios para con los pecadores por ser unos pervertidos y unos sondomitas (sic). Y que, por lo tanto, ni vacuna del VIH ni Cristo que lo fundó. Por lo que decido callarme como un beato. O, por otra parte, acogerme a mi particular ética y no publicarlo o contarlo de aquella manera: "La vacuna del Sida, cada vez más cerca".

¿Qué les parece el jueguecito? ¿A que dan ganas de abofetearme? Pues esto, que a veces pasa en la prensa, sucede también en otros estamentos. Sólo que de forma más sangrante. Por seguir con el suponer mismo del sida: el otro día me ocurrió esto mismito que les cuento. ¿Se imaginan dónde? Han acertado. En una farmacia. Resulta que fui a comprar unas pastillas del Doctor Andreu y de paso una caja de preservativos. Y al preguntar si los tenían anatómicos, la empleada -una mujer de pelo cano- le hizo un gesto a su compañera de bata, esta mucho más joven,  que enseguida se colocó frente a la mampara de separación y me espetó muy seria: "Lo siento, pero por motivos éticos no vendemos esa clase de producto aquí", me dijo ella sin pestañear y del tirón.

¿Será una broma?, le contesté. Nada de eso, caballero, este establecimiento cumple con su trabajo y además con sus convicciones. Ya, contraataqué, pero usted trabaja en una farmacia; no en una iglesia. Y tiene, así, el deber ético de anteponer su profesionalidad a su moralidad, le dije también sin pestañear. Lo siento, pero le repito que no vendemos esa clase de producto. Se llaman condones y aparte de embarazos no deseados, evitan enfermedades de transmisión sexual; o es que acaso, ¿son partidarias de expandir el sida?, le pregunté curioso. Castidad, me sugirió la misma dependienta más joven y, paradójicamente, más carca. "Esa es la solución al VIH". Insisto, se ha equivocado de profesión: esto es una farmacia, no un monasterio. Y la gente folla, y a veces hasta se abraza después. Aunque mucho me temo que a usted ni lo uno ni lo otro.

Y con esas me fui a otra farmacia, más normal, donde compré no seis ni doce sino veinticuatro preservativos para celebrar, acaso, que esa misma noche iba a hacer el amor contigo.

No obstante, si les soy sincero, les diré, en confianza, que me quedé con ganas de eyacular sobre su establecimiento. A ver si me entienden. O a ver si yo la entiendo: la mujer no vende condones porque está en contra del sexo sin amor. Y del sexo, a secas. No digamos del aborto o la píldora. En este último caso, hasta estoy de acuerdo. Una cosa es poner facilidades en caso de accidente doméstico. Y otra muy distinta vender la píldora del día después en cajas de doce y a precios populares. Como en todo, ha de haber un control. O un Durex, si me permiten la preferencia. Y es que, hasta que ese supuesto y mencionado científico me cuente la fórmula de la cocacola, el único remedio eficaz para evitar este tipo de circunstancias seguirá siendo el preservativo.

La moral, en este caso, perjudica seriamente la salud.




Imagen de laveraddominicana.wordpress.com