domingo, 29 de agosto de 2010

Cítame, zopenca

No tengo Facebook ni Tuenti ni ganas. Pero mis amigos, sí. Y los amigos de mis amigos. Y los colegas de estos últimos. Así, claro, te enteras de todo aunque no quieras. Internet es un pañuelo y más en este tipo de redes sociales donde uno estornuda y el resto se constipa. Tal es el grado de cercanía; incluso entre dos desconocidos. Y es que resulta que una persona, usuaria de facebook, como digo, y agregada de un amigo, ha copiado en su perfil un post mío, este en concreto, y, sin hacer ningún tipo de referencia a mi persona, le ha cambiado la fecha por aquello de guardar las apariencias y que ¿parezca suyo?

La zopenca en cuestión responde al nombre de "XXXXXXXXXX", ojo, no lo digo yo, lo dice su perfil, y da la casualidad que es conocida mía. Aunque no había vuelto a tener noticias suyas hasta ahora. Me la ha recordado un amigo, el mismo de los impresos y las redes de contacto, que ha sido quien me ha avisado del homenaje velado. Antes de nada, eso sí, ha intentado mediar con la susodicha. Me conoce y sabe que estas cosas me cabrean; de modo que le ha sugerido a la señorita, es un decir, XXXXXXXX, que fuese tan amable de adjuntar la autoría al final del texto. Que es triste pedir pero más triste es robar. Además, se da la circunstancia de que ella es estudiante de periodismo y sabe, por tanto, que al elaborar cualquier tipo de información, hay que citar la fuente salvo casos concretos y puntuales. Se aprende en primero de recorto y coloreo. Y más aún, la tontadelpijo tiene un blog, muy ismaeliano todo, y más de una vez y más de dos se me ha quejado la desdichada por que algún indeseable se había hecho eco de un post suyo, sin especificar la procedencia.

Son cosas que joden. Ya no por la humillación de que otro/a se limpie los genitales con tu nombre y apellidos. Espero que al menos mi erre, al contacto con tu clítoris, te haya provocado un buen orgasmo literario y literal. Lo que fastidia realmente, digo, es el desprecio de esa persona por el trabajo en si de creación. Los que escriben, componen, pintan, los que crean, en fin, saben que no es fácil trazar algo medianamente aceptable. Decente. Se necesitan muchas cosas, entre ellas inspiración. Lo hablaba ayer con perro. Y esta no siempre se baja las bragas por ti. Todo lo contrario.

Y puede que no sea Bukowski, caray, pero les aseguro que he sudado cada post y sangrado cada renglón publicación tras publicación. Y no me sale de las yemas que venga nadie a llevarse mi trabajo en un copia y pega, sin que le sangre la nariz siquiera. Sin que le escueza la conciencia. O el bolsillo.

Como pueden imaginarse, la muchacha no le contestó a mi amigo. Así que me tomo yo la licencia: entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera, ¿no? De colega a colega. De plumilla a plumilla, por favor, corrige la cosa. Cítame, que tengo copyright. Y, según parece, más ética profesional que tú.




Actualizo: el tema está resuelto. X ha borrado el post de su perfil y me ha pedido, además, disculpas. Por lo que ruego que nadie siga con el asunto. Por mi parte, he omitido su nombre y apellidos por que así me lo ha requerido ella. Gracias a todos por la ayuda y a ti, en concreto, desearte que las circunstancias mejoren. De corazón.


miércoles, 25 de agosto de 2010

De impresiones


Según estudios, se necesitan apenas siete segundos para formarse una idea de alguien. Una idea imprecisa, abstracta, prejuiciosa, acaso. Pero una idea al fin y al cabo, que permanece, incluso, aún después de confirmarse o corregirse esta. Llámenlo intuición, si quieren. O en un lenguaje más cercano: ese no sé qué que qué sé yo, al que aludía Quevedo, creo, y que hace que de primeras una persona te atraiga o, por el contrario, te repela. Piensen, por ejemplo, en la primera vez que conocieron a mengano o fulana y lo que pensaron de él o ella: es más tonto que pichote, me la comería sin dejar las raspas. Etcétera. Y, ahora, díganme si estaban o no en lo cierto.

Así, hay un dicho que asegura que no hay una segunda ocasión para causar una (buena) primera impresión. Y es verdad. Los empleados de recursos humanos, hijos de la gran putísima, suelen tirar de ojo clínico en la mayoría de los casos para estimar o desestimar a un posible -y sufrido-candidato. A mí, sin ir más lejos, me rechazan en el 98% de las entrevistas. ¿Por qué? Ni puta idea. Pero es un hecho: soy más de segundas opiniones.

Aunque, por otro lado, me la pela sobremanera lo que de mí puedan opinar, pensar y/o suponer un atajo de aspirantes a Carmen Lomana. Porque, en el fondo, es lo que son. O lo que desean ser.

¿Y todo esto a cuento de qué? Pues viene a que me quería poner romántico-ya ven- y decirte que cuando te vi por primera vez, me sobraron seis de esos siete segundos.

Al instante supe que quería pasar el resto del tiempo contigo.




Imagen de http://empleo-espana.universiablogs.net

sábado, 21 de agosto de 2010

Una historia de celos


- ¿Por qué cuando te llamo nunca me coges el teléfono?
- Sí que te lo cojo.
- No, no me lo coges.
- ¿Qué pasa, que has hecho un análisis estadístico de las veces que te respondo?
- Sabes de lo que estoy hablando, no te hagas el tonto.
- Según una encuesta del CIS, en seis de cada diez ocasiones descuelgo el teléfono.
- Y de cada cinco, sólo una me lo coges.
- Acojonante lo tuyo.
- No te hagas el gracioso. Estás follándote a otra, ¿es éso, no?
- Sí, a Beyoncé que está de gira por España y se hospeda en mi casa.
- ¡Por qué no me coges el teléfono cuando te llamo! ¡Odio que me engañen!
- Está bien. Vamos a resolver esta escenita de celos de forma salómica, ni para ti ni para mí: toma, aquí tienes mi móvil. Mira las llamadas, los mensajes, la agenda, los politonos, lo que te apetezca.
- No voy a verte el móvil...
- Sí, no te prives. Si además lo estás deseando. Lo dejo aquí, encima de la mesa. Todo tuyo.
- Cariño, yo...
- Que lo mires, te digo. Cotilléame a fondo. Pero, ah, antes de nada una cosa, amor mío: más te vale encontrar algo que me incrimine, algún detalle, por absurdo que sea o parezca, que puedas usar contra mí en un hipotético juicio por infidelidad manifiesta; porque de lo contrario, es decir, si me miras el móvil y encima no encuentras nada que me culpabilice, seré yo quien te incrimine a ti por invasión a mi intimidad, con el agravante de falta de confianza. Así que, adelante. Entra en mi vida por la puerta de atrás.



Imagen de http://www.ua.es

miércoles, 18 de agosto de 2010

Mi amigo Pepe


Hace cinco años que no veo a mi amigo Pepe. El tiempo que llevo sin ir a Galicia, mi tierra. Él es de allá; yo, mitad y mitad. Muchas cosas han cambiado desde entonces: he dejado de fumar, de drogarme, me he cortado las greñas, he perdido treinta kilos, me he independizado, he ¿encontrado? mi rumbo...Él, mientras, se ha casado y ha tenido un hijo. Lo sé porque la última vez que nos vimos me lo contó. Estábamos compartiendo un porro y me lo confesó como quien confiesa una enfermedad terminal, irrevocable: "Me caso, mi novia está embarazada", me dijo Pepe solemne. Cosas de pueblo, ya saben. Entonces el futuro se antojaba incierto. Sentados sobre la arena, observábamos el horizonte y no le veíamos continuidad a la vida. Por aquella época, él había vuelto con el amor de su vida tras una larga, larguísima, reconciliación; y visto lo visto la había cogido con ganas. Yo, por mi parte, estaba enganchado a una hija de perra-lo he contado, lo han leído-que me había dejado preñado de desdichas. Pero tonto de mí no quise abortar. Y tiempo después nació mi dolor, siendo yo ya padre soltero.

"¿Y no te da vértigo ser padre? Mucho, ¿y a ti estar sin ella? Muchísimo".

Estábamos acojonados, cada cual con lo suyo. Además, ambos sabíamos que aquél verano sería el último en el que compartiríamos confidencias y costo. Estas cosas se intuyen. Se huelen. Apenas unos meses más tarde yo empezaría a trabajar y comenzarían para mí una larga saga de veranos a la sombra de todo. Todavía sigo inmerso en ello. Y él, a su vez, seguiría en la obra, de peón de albañil, aunque ahora, tras plegar a eso de las diez de la noche, se iría directo a casa a cambiar pañales y no al bar como acostumbraba.

Aquello noche, Pepe me confesó, también, que planeaba largarse. Huir fue la palabra que escogió él de toda la larga lista de sinónimos de no dar la cara, de ser un cobarde. De ser un mierdas, hablando claro. Si te vas eres un puto mierdas, le espeté indignado. Como tú, me contestó él, que no tienes huevos a plantarle cara a tu chica.

Comenzamos a pegarnos de puñetazos, drogados y revolcados por toda la arena. Y al terminar, exhaustos como estábamos y sangrando por todas partes, nos juramos odio eterno.

Desde entonces, como les cuento, no he sabido nada más de él de forma directa. Indirecta, sí: al final Pepe no huyó. Se quedó y fue padre. Aunque ahora no se habla con su mujer, y ve a su hijo de aquella manera. Está deprimido. Con psicofármacos. "Y gordo como una nutria", apostilla mi fuente.

Y yo aquí, joder, sin poder pegarle un abrazo.

martes, 10 de agosto de 2010

Porque tú te enamoras existe la prostitución


Tengo un amigo que está pasando por un bache sentimental. Resulta que está enamorado de una compañera de trabajo, pero ella, a su vez, no puede olvidar a su ex. La cosa parece que va para año y medio. Lo de mi amigo es más reciente: se enamoró de ella el mismo día que la vio, hace apenas dos meses. De modo que sufre a través de su dolor. Con ella. Pero sin ella.

La historia tal vez les suene. Puede que, incluso, hayan pasado por algo igual. Yo pasé. Y estoy en la obligación, por tanto, de ahuyentar a mi amigo; decirle: "Ella no va a olvidar a su ex porque tú estés delante".O, "por más que le demuestres, tiene que ser ella la que se de cuenta". Ese tipo de cosas que se dicen ejerciendo de perito en la materia; pedantería a partes iguales. Sin embargo, nadie es profeta en su tierra. Y lo amigos son amigos pero también personas libres, que tienen, cómo no, obligaciones y derechos. En concreto, la obligación de oírte pero el derecho, por otro lado, de no escucharte.

Él prefiere esperar paciente debajo del árbol a que caiga la manzana. En lugar de que el amor le golpee en la cabeza, de pronto y sin esperarlo. O mejor dicho a ella, que es la que tiene que caerse del guindo. Pero año y medio es mucho tiempo. "Lo mismo no le olvida nunca", le dije sin tacto alguno el otro día. Pero, aunque bruto, me baso en hechos: yo no olvidé a mi ex y aún estoy esperando que la vida me permita desenterrar mis recuerdos y darles cristiana sepultura. Cerrar la herida y olvidarme, quizás algún día, que no hace mucho me maté por la persona indebida.

En fin, que me pongo egocéntrico y no quiero. Volviendo a mi amigo. Está jodido, muy jodido. Así que le sugerí tras disculparme que, sin olvidarse del asunto, pensara también en otras cosas. Ampliara, en fin, horizontes; sin renegar, eso sí, a su patria: Cristina. Y como a él esto de salir a conocer nuevo mundo le da pereza, y siendo como es informático, le propuse que lo hiciera desde casa. Y se apuntara a algún portal de esos donde la gente te pregunta muy solícita si estudias o trabajas. Lo mismito que en los bares, sólo que sin tener que aguantar el aliento de sapo de tu príncipe encantado.

Dicho y hecho. Al día siguiente, mi amigo se dio de alta. Y al contármelo, pardiez, me arrepentí enórmemente de habérselo propuesto. La broma le ha salido por unos 90 euros, seis meses. 30 si pagas sólo uno. Pero no es el dinero lo que me escama -a fin de cuentas son 15 euros al mes-, sino el encuadre del asunto. Y es que en la red social de corazones rotos a la que se ha apuntado mi amigo-una de las más conocidas, por cierto-las mujeres no ponen un céntimo por darse a conocer y son los hombres, por su parte, los que han de echar el resto. De manera que la imagen que se proyecta es la de un putero en busca de cariño. Las matemáticas no engañan: en el lenguaje de la calle, 90 euros son dos horas de amor precocinado. Y en esta red, lo mismo.

Porque según el tipo o los tipos que redactaron los términos de uso de toda esta mierda, la mujer, dada su condición de hembra y según la larga, larguísima tradición corintellesca de la que forma parte, tiende a buscar el amor de manera lógica y necesaria, contrariamente al macho cabrío o cabrón, que se enamora por vicio y perversión.

Qué quieren qué les diga. Como dice aquél: o semos o no semos. O todos puteros, o todos a dos velas. Pero este putiferio, no me parece.





El sábado me llevo a mi amigo de marcha. Y si es preciso, invierto 90 euros en whisky y tequila. Al menos que se olvide por una noche.


¿Ustedes qué opinan?




Imagen de spanish-podcast.com

viernes, 6 de agosto de 2010

Café acompañado (y 2)



"¿Sabes ayer intenté suicidarme?". Amanda tiene 46 años y un hijo de 18 años, que "nunca para por casa". Está separada y se siente sola. Ahora mismo, dice, no le encuentra sentido a nada. Es lo que les contaba el otro día. Amanda es la camarera que todos los días, a media tarde, me conecta con el mundo on line. Ése en donde no hay muertes ni desgracias. Y donde uno, si quiere, puede incluso resucitar. Reiniciar sus ganas. O, llegado el caso, formatear su vida y volver a programarse.

El mundo of es ya otra cosa: "Entonces cogí un tarrina de valiums y me apreté un lingotazo", me explica Amanda desde la barra con la serenidad de quien lo ha intentado más veces y sabe de lo que habla. La primera vez, de hecho, fue a los 16 años. Entonces se cortó las venas: "Ya sabes el lema: muere joven y deja un cadáver bonito". En aquella ocasión, su madre se lo impidió. Después, con 26-mi edad-se arrojó desde el balcón, en un cuarto piso, pero "me caí dentro del cubo de la basura, un desastre". ¿Por qué te tiraste?, le pregunto. Amanda me mira y se ríe como si estuviera reconociendo una chiquillada o travesura de infancia: "Descubrí que mi novio me la estaba dando con otro". ¿Con otro? Sí, con otro, era marica. Pues vaya mierda de razón para matarse, con perdón. Bueno a cada cual le afectan las cosas de una determinada manera, me espeta ella solemne. Ya.

¿Y ayer qué pasó? Pues que volví a fallar. ¿Qué te lo impidió? Mi hijo.

martes, 3 de agosto de 2010

Café acompañado



"¿Lo de siempre?", me pregunta la camarera nada más llegar y sentarme a la mesa. Sí, café doble muy caliente y dos horas de wifi, por favor. No sé cómo no se te achicharra la lengua con este calor que hace, ¿no preferirías mejor un café con hielo?, me sugiere. No, me gusta el café muy cargado y muy caliente, además el café con hielo me da arcadas como la cerveza sin o los donut light. Eres un tío de extremos. O alguien que sabe lo que (no) quiere. La camarera lanza un suspiro descorazonador: "Ojalá supiera yo lo que (no) quiero, ¿sabes? A mí me es igual tomar café solo o con leche, no le encuentro diferencia alguna". Pues la hay. Lo sé, pero digo que en mi caso me es indiferente tanto lo uno como lo otro, he llegado a un punto de mi vida en que todo me da igual: blanco o negro, carne o pescado, poleo o café. No sé, es como si todos mis días fueran el mismo repetido. ¿Cómo en la peli del día de la marmota? No sé qué peli es ésa, pero si te refieres a que me paso el día en la cama estás muy equivocado: yo no duermo más de tres horas diarias. En fin, voy a por tus cosas.


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Estoy sin Internet en casa pero voy a seguir yendo a esta cafetería aunque recobre mi línea. Su café es horrible y la wifi, lamentable. Pero el trato, la comunicación, fluye sin obstáculos. Y es que las nuevas tecnologías lejos de acercarnos, nos están distanciando cada vez más. Yo aquí y ustedes allá. En lugar de estar mesa con mesa, codo con codo. Así, claro, se pierde todo: olor, vista, cómo no, pero, sobre todo, tacto.

El tacto es importante. Tocarse. Acariciarse. Intuirse.

Saberse.

En fin, que me gusta que el camarero o camarera sepa lo que quiero sin pedírselo. Y que me diga, además, cómo se siente sin yo haberle preguntado. A ese grado de proximidad me refiero. El mismo que hace que un café solo se torne acompañado. Porque al final todos necesitamos comunicarnos.

lunes, 2 de agosto de 2010

Un libro para el verano


"Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada como pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe tan ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados. El padre de Blas solía decirnos que la confianza en los otros era un rasgo del débil, pero claro, cualquier asomo de humanidad era para él poco menos que una mariconada. Coronel en la reserva de consentida inclinación nazi, no concedíamos demasiado valor a sus opiniones. En el fondo sonaba más sabio lo que tirado en una taberna nos gritó un día: “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los diverta su puta madre. La amistad siempre me ha parecido una cerilla que es mejor soplar antes de que te queme los dedos y, sin embargo, aquel verano no habría podido concebir los días sin Blas, sin Claudio, sin Raúl. Mis amigos".


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Si tienen tiempo háganse un favor y lean Cuatro amigos, de David Trueba. En realidad, les aconsejo que devoren toda su bibliografía, que se completa con las novelas Abierto toda la noche y Saber perder, su última creación. No tiene desperdicio, se lo aseguro. Tan convencido estoy de esto que les digo que si no les gusta me comprometo yo mismo a devolverles el dinero. Y soy más pobre que las ratas, con eso les digo todo.




Imagen de http://loslibrosde.blogspot.com