jueves, 6 de mayo de 2010

Qué recuerdos


Creo que la memoria es necesaria. No para reabrir heridas, sino para cerrarlas. Sin memoria estaríamos abocados a morir desangrados. Carentes de cura. Recordar es vivir todavía. Uno muere cuando deja de acordarse de las cosas. Cuando la enfermedad tapia sus recuerdos. Y se ve incapaz de asomarse a su pasado. Esa es la peor de las desgracias. Vivir sin memoria. Sin esperanza. Porque evocar es también una forma de mantenerse en pie, cuando tu chica, por ejemplo, se va con otro. Y el corazón, muy suyo como es para estas cosas, te agarra del pecho y te pregunta si eres gilipollas.

¿Eres gilipollas, qué haces recordándola si ya no está contigo? Suelta que te explico. Las rupturas hay que valorarlas a largo plazo. Con memoria. Y no de cuerpo presente. En caliente.

Si quieren se lo ejemplifico con un caso práctico, al hilo del supuesto que les citaba en el párrafo anterior. Me ocurrió hace unos días, mientras volvía a casa. Paseaba tan tranquilo cuando de pronto y sin previo aviso me di de bruces-qué expresión tan gráfica-con mi ex y su, me supuse, novio, marido, amante bandido o follamigo con derecho a pernada. Al verles, me paré y les saludé, muy cortesmente. Por la cara de ella supe de inmediato que aquél no era un encuentro deseado. Al menos por su parte. Para mí, en cambio, no dejaba de ser algo casual. No buscado, pero no por ello molesto. De hecho, unos meses antes me había estado acordando de ciertas manías suyas al hacer la compra; como coger siempre alimentos pares. Algo que yo consideraba patológico. Háztelo mirar, solía decirle mientras la veía hacer y deshacer el carrito de la compra a fin de hallar la proporción áurea entre los tomates y las lechugas. La tenía, en fin, perfectamente integrada en mi memoria: junto a los álbumes de cromos y mis chapas. Es decir, en un lugar no preferente. Pero parte de mí, no obstante.

Ella, por su parte, me había tirado a la basura, al no darme ya uso. Y ahora mis restos orgánicos sobresalían a su paso:

- Hola, cómo estás, cuánto tiempo-dije sin ninguna pretensión.
- Ah, eh...
- I,O,U-y su chico se río. Me cae bien, pensé.
- Esto...¡¿qué haces aquí?!-contestó alarmada como si les acabara de pillar en mi cama, poniéndome los cuernos. Sólo le faltó añadir: ¿no salías hoy más tarde de trabajar?
- Vivo aquí, me mudé hace poco.
- Anda, qué casualidad.

Su novio volvió a reír. Tenía una boca enorme. Llena de dientes. Descubrí entonces el motivo de que ella me dejara por él: su maníbula era más grande que la mía. Viendo que no nos presentaba, hice yo los honores:

- Me llamo Rodrigo y hace unos años ocupé tu mismo puesto. No es un mal curro, le dije, aunque, eso sí, sin indemnización por despido. O a mí, al menos, no me indemnizaron.

Y ambos estallamos en risas. Como si fuéramos compadres de toda la vida. Algo que a mi ex le molestó especialmente. Se suponía que entre los dos debía haber una distancia viril y recelosa. A fin de cuentas, él me había levantado a la churri. Sin embargo, y en contra del imaginario masculino, seguimos con las bromas y ella nos miró, ya sí, con cara de querer rebañarnos el pescuezo ahí mismo. Qué hijos de puta, susurró.

- Bueno-tercié-he de irme. Ha sido un placer volver a verte, y respecto a ti, encantado. Cuídala. Cuidaros. Y que os cuiden mucho-me puse paternalista.

Al llegar a casa, algo más tarde, saqué del armario mis viejos cromos y mis chapas. Desparramando sobre la cama un cajón entero de mi memoria.

Qué recuerdos. Cuando Romario jugaba en el Barça.




Imagen de http://farm3.static.flickr.com

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No entiendo este post. Mezclas churras con merinas.

R. dijo...

A Romario con mi ex. te entiendo.