lunes, 27 de diciembre de 2010

Dispuestos a encontrarnos


Hay dos tipos de mujeres: las que buscan que las salven y las que te salvan a ti. Porque amar no es más que pagar el rescate de alguien. Directa o indirectamente. ¿Quién paga a quién? Como en todo, depende. Aunque casi siempre quienes suelen pagar un alto precio por ser amadas o amarse son las mujeres. Los hombres, por su parte, suelen aflojar para que alguien-mujer o no- les afloje el cinturón. Pero ése es otro follar. Con excepciones, ya les digo. En lo sustancial, el mundo continúa plagado de espíritus libres que acaban casándose por lo civil o por lo criminal. Porque podrá no haber amor pero siempre habrá personas dispuestas a encontrarse. Facilitarse. Incluso sin estar secuestradas. 


Pocas veces la soledad te maniata y te mete en un maletero. Somos nosotros, por el contrario, quienes fingimos nuestra propia captura. Quienes llamamos a altas horas de la madrugada-esas llamadas que estallan como bombas de racimo- y pedimos que nos liberen. Yo lo he hecho. Usted lo ha hecho. ¿Quién no lo ha hecho?


Porque también hay dos tipos de hombres: los que necesitan ser rescatados y los que no saben que están secuestrados. 


Yo era de los segundos, ¿se dan cuenta?. Y hoy, precisamente, se cumplen tres meses desde que me liberaron. Como le dijo Marco Antonio a Cleopatra, "algunas mujeres son más grandes que otras". 

sábado, 25 de diciembre de 2010

La noche en que la luna salió tarde


Aquella noche la luna salió tarde. Aunque yo ni siquiera pude verla. Sentado a la barra de aquél bar apestoso-tu favorito-te esperé, acaso, media madrugada. No apareciste. Al cabo de tres horas, me llegó un sms que decía: "Al final no salgo, al final me quedo en casa". Para entonces estaba ya muy borracho. Cuatro copas de ausencia en vaso bajo y con mucho hielo y tres chupitos de orgullo. Lo suficiente como para amortiguar el golpe. Y erigirme excitado. Sin ti.

Fue así cómo me acerqué a ella y le pregunté si sabía a qué hora iba a salir la luna. Yo también soy fan de los 091, contestó. Y de inmediato se puso a hablarme de los 80. Almodovar. Kaka de Luxe. Parálisis Permanente. Valoré la situación: era fea. Nariz afilada. Cejas pobladas. Y un corte de pelo desigual que buscaba un estilo propio y le confería, no obstante, aspecto de retrasada. Y a pesar de todo eso, la encontraba ciertamente especial. Guapa a su manera. Muy menuda, pocas tetas. Me dio ternura. Quizás necesitaba que alguien la salvara de aquél bar apestoso; quizás lo necesitaba yo, que tampoco era, por otro lado, gran cosa. Ojeras. Barba rala. Diez quilos menos. La extraña pareja, dirían.

Pensé en follarla contra cualquier pared helada. Me excité. Se lo sugerí. "Me encantaría follarte esta noche", dijo mi borrachera. Y al oírme, sus enormes cejas se preguntaron lo mismo que yo: "¿Y por qué a mí y no a otra?". Es verdad. Por qué a ti. En realidad, pensándolo ahora, me hubiese dado igual ella que cualquier otra. Tenía su morbo, sí. Pero en aquél momento mi corazón aullaba en dirección contraria. A lo que me refiero es a que podría haberme estrellado perfectamente contra otra. Borracho y triste. Porque detrás de aquella erección se escondía un corazón flácido. Jodidamente flácido. Eso lo sé ahora. Pero entonces fue cuestión de suerte, de destino-de tino- que maniobrara ante ella y no ante ninguna otra.

"Estás aquí, a mi lado, a la hora justa, en el momento apropiado; a veces la vida se explica por este tipo de motivos". Bajamos al baño. Aunque yo lo estropeé antes si quiera de haber empezado a arrancarnos el pasado a tiras. Mientras se ponía un tiro, le confesé: "Te he mentido, en realidad no conozco a los 091; es lo primero que se me ha ocurrido". Fue ipso facto: se subió las bragas y sus caderas se borraron con ella. El váter tembló. También mi vida.

De inmediato supe lo que ocurría. Te tenía en mi estómago bailando, como antaño. Los dos juntos. Tus botas con mis zapatillas. Y de fondo esa canción que nunca supiste de quién era y que tanto te gustaba. Llévame a la pista, me decías. Y eras tú la que me arrancaba de la barra. Y de fondo esa canción. Y de fondo esa canción. Y de fondo...

Vomité de súbito. Y aún quise vomitarte más. Sacarte de mi memoria a bocajarro. Tropezón a tropezón, paso a paso. Hasta llegar a la bilis, al origen de todo. Y reducirte, ya sí, a un simple mal sabor de boca. A un mero recuerdo. Tirarte de la cadena. Perderte de vista. Éso era todo. Y por eso me apreté el estómago tan fuerte como pude. Como si la vida estuviera al final de mi esófago. Como si el mundo empezara al final de tus mentiras.

Sin embargo, justo cuando estaba a punto de ahogarme y, por ende, conseguirlo, ella entró de golpe. No sabía estar de otro modo: "Me es igual que no los conozcas; yo nací en el 83, no viví esa época".

Cuando salimos a la calle no vimos tampoco la luna. Se había hecho de día.




A M.J, por aguardar a que la luna volviera a salir.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Meg Ryan es un peligro público

Odio a Meg Ryan. No por quién es sino por lo que representa en sus películas: el amor que todo lo puede y que todo lo salva. El amor humillante y humillado. Y del que ella, además, hace acopio en su extensa filmografía. ¿El problema? Que la rubia, aunque inexplicable, tiene tirón. Así, son muchas-y muchos también, gais o no-los que se tragan la idea -tantas veces plasmada en sus cintas- de que el amor es dar sin esperar recibir nada a cambio. Es decir: poner el culo y morder la almohada.

Después, claro, vienen los desgarros. El príncipe azul destiñe y la princesa resulta que tiene bigote y croa. ¿Por qué? Por el alto nivel de expectativas volcadas, uno. Y dos: porque, quizás, el príncipe ya tenía ese color de antes y la princesa ya pinchaba en la primera cita. Pero uno o una prefirió no darse cuenta. Y pensar, cómo no, que el amor todo lo puede y todo lo afeita.

Mejor estar acompañado, por supuesto, que solo y a la buena de uno mismo. Ah, la soledad. Causa y razón de tantos suicidios sentimentales.

Preferible estar con alguien a quien no quieres y forzarse a verlo-y sufrirlo-con otros ojos, que estar a dos velas. Y consumirte en las llamas de los domingos; día, este, donde curiosamente suelen poner sus putas películas. Tienes un e-mail; City of angels; French Kiss...Y todas para elevar una queja al defensor del espectador.

Y es que esta hija de puta, bueno, el personaje que interpreta, prefiere ser apaleada y escupida antes que estar sola. Y aquí ya me pongo serio: el megryanismo debería estar penado por ley. ¿Por qué? Porque induce a pensar que uno necesita de otra persona-alma gemela en el idioma de Meg- para estar completo y sentirse realizado. ¿Se imaginan esta teoría en manos equivocadas? Bingo: "Sin mí no eres nadie". "Con quién vas a estar mejor que conmigo". Etecé. Etecé.

Lo malos tratos empiezan por ahí: por pensar que el amor todo lo puede y todo lo salva. Incluso tras una paliza. Ah, el amor. Causa y razón de tantas humillaciones y denuncias retiradas.

Qué quieren que les diga. A mí también me va sufrir: escucho a una amalgama de perdedores-Enrique Urquijo, Janis Joplin o Manolo Tena, entre otros-, que particularmente me tienen ganado. Asimismo, me gustan películas como Casablanca donde él, al final, acaba con el policía y no con la jamelga. Sin embargo, se trata, creo yo, de un caldo diferente. Sabes que el amor termina con el telón. Que no es eterno, vaya. Y que en primer lugar -y sobre todo- ha de ser recíproco. Mutuo. Y en ningún caso, dependiente. Al margen de que el ser humano es capaz de latir, pensar y follar por si y consigo mismo.

Así que no me cuentes historias, Meg Ryan, que a mí no me la das.



Imagen sacada de http://es.toonpool.com

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Lo contaré una vez sólo


Lo contaré una vez sólo.

Entonces no tuve derecho a réplica. Matizo: no es que no lo tuviera; renegué de él, que es lo peor, acaso, que puede hacerse. Perderse a uno mismo. O dejarse hacer, que es lo mismo pero dado la vuelta.

Ella me trataba como un perro y yo era, a su vez, su perro fiel. Esa sombra que se tumbaba a su lado en la alfombra, según Sabina, aunque sin más fin, eso sí, que el de ser pisoteado. A don Joaquín le debo, por cierto, la gesta de haberla mandado a paseo. "Búscate otro perro que te ladre, princesa", que "este pez ya no muere por tu boca".

Zorra. Puta. Ramera. 

En fin. 

Perdí el derecho a réplica, decía, el mismo día en que se acostó con su ex y yo le pagué el aborto. 

Sabina, como pueden imaginar, llegó más tarde. Antes, me hice devoto de la virgen de los dependientes emocionales; tan inocentes como culpables de su mísera situación. Y es que sin fieles, una Iglesia no se levanta. A los fieles hay que evangelizarlos primero y después, ya sí, sacarles los cuartos o tocarles el pito. Joderles, vaya. Pero lo primero es lo primero. Por eso, hoy en día, el credo del dolor-"sin ti no soy nada", ¿les suena?-está tan arraigado como el islam o el catolicismo. Así, las canciones que más calan en el inconsciente colectivo nos remiten a relaciones imposibles o autodestructivas, como ésa de Amaral que les mento. O las películas. El cine. Vean si no el último paradigma: Contracorriente, de temática gay, que nos presenta a Miguel, un pescador de Cabo Blanco, casado y a punto de tener un hijo, y que mantiene un romance secreto con Santiago, homosexual declarado. ¿Típico, no? Pues servidor se hartó de llorar, siendo como soy hetero perdido. ¿Y por qué? Porque creo en el dolor.

Ya lo dicen los ingleses: Spain is pain. Nos va sufrir, es cierto. Quizás porque encontramos en ello cierta belleza. La épica del perdedor, y todo eso. La misma y particular belleza que llevó a Verlaine a disparar a Rimbaud, harto de sus humillaciones amorosas; o a Larra a escribir en Madrid como lloraba; o la bella estampa, pienso ahora, que compuso Virginia Woof, con los bolsillos de su abrigo llenos, hundiéndose para siempre en la historia de la literatura; o el cañón reluciente de la escopeta de Hemingway a punto de ser tronado.

Esa belleza que, excepto los mediocres, todos, todos buscan.

Ese afán de trascendencia que casi siempre se paga con la vida. 

Nos complicamos la existencia porque deseamos trascender a nosotros mismos y transgredir lo que hemos sido. En ese sentido, preferimos, digo, alargar la agonía y rozar si quiera el parnaso del malditismo antes que vivir por vivir y ser un muerto en vida.

Vivir heridos antes que morir ilesos. 

Sólo así se explica y me explico lo que sucedió con ella; con esa zorra a la que quise tanto.

El mundo no ha cambiado en veintiún siglos. Antes la gente se suicidaba por amor y ahora hay relaciones que son un auténtico suicidio.

Esa fascinación por el dolor la entiendo y no la entiendo.  

En realidad, no es culpa del género humano. Dicen que los hombres y mujeres llevamos en guerra toda la vida pero más bien creo que se trata de una guerra de desgaste, de ver quién aguanta más y sobrevive al desastre-orgullo lo llaman-; y no quién acaba con el otro antes. 

Morir o matar, sí, pero con matices. Apúntate esa.

Es, por tanto, un problema de educación: "Los amores reñidos son los más queridos", me enseñaron a mí de niño. Y así me fue luego.

Le pagué el aborto, prosigo, y escuché, además, el relato de malos tratos que había sufrido durante y posterior a dejarlo con él. Quise matarlo.Y cuando digo matarlo es matarlo. Quise quitarle la vida a ese pedazo de hijo de la grandísima puta. A ese pedazo de mierda.  

No lo hice. Y, como Felipe González, no sé si hice lo correcto. Considero -y hablo hoy con las vísceras de aquello-, que el derecho a la vida, en algunos casos, no debiera ser obligado. Por ejemplo, cuando uno desea morir dignamente o con los hijos de perra que lapidan y dan latigazos a las mujeres por ponerse pantalones y ante los que, estimo, no cabe ningún titubeo. 

Un tiro en el estómago y que se desangre. 

Volviendo a. No le maté y a ella, por su parte, la perdoné sin mucho artificio. Hecho lo cual, volvió a engañarme y de nuevo la volví a aceptar en mi seno. Esa belleza que les digo. Les ahorro, no obstante, los detalles escabrosos, que los hubo. Vaya que sí. Pero hay cosas que ni ficcionándolas puedo ni sé contar. 

Sí que les relataré el final:

sucedió, después, que unos meses más tarde andábamos follando- y no haciendo el amor-, cuando me derramé de súbito sobre ella. Y con la última gota de semen, se escurrió también la última gota de amor puro y verdadero que le tenía. Ese tipo de amor que embaraza de penalti, saben, y que por lo general suele acabar en cesárea.

Le dije: "Mi amor por ti se ha quedado tan flácido como mi polla". Ella se río. Tal vez cruel. Sin embargo, esta vez era cierto. 

Y ahora, no sé si justo o no, es ella la que está flácida en una cama y yo erecto, aunque a diferencia de entonces ya no me derramo por ti.

Fin.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Asimétricos

Ella tiene vértigo. Lo escucho desde mi dársena. "Ese vértigo que aparece cuando subes hasta muy alto y miras al suelo". Capto frases sueltas. Oigo que añade: "Es lo mejor". Y el chico lo asume, qué otra cosa puede hacer. ¿Patalear? ¿Luchar? ¿Para qué? Cuando alguien decide qué es lo mejor para ti date por jodido. Perdiste el derecho a réplica, amigo. Hace tiempo, de hecho.

De todas maneras, él sabe que ya no es lo mismo. Lo sabe. E incluso lo entiende. Sólo que al rato se le olvida y se acuerda de que la quiere. Recuerda su forma de balancear las piernas en el sofá o que, entre otras cosas, es alérgica al cilantro. Y a él, claro, se le atraganta la vida. Cómo no. Esos detalles son los peores. Los que al final te matan: los nimios, que de nimios no tienen nada. No en vano, el amor es básicamente costumbrismo.Y el resto, expectativas.

M., por ejemplo, solía cantar mientras se depilaba las piernas. Yo la oía desde la cocina y todavía hoy hay veces que la escucho.

Es lo malo de aprenderse de memoria, me digo mientras les miro; ella a punto de subir al autobús. Es evidente que luego cuesta más trabajo desaprenderse. Desquitarse. El uno del otro. Porque siempre hay uno que se desquita y otro al que le quitan de en medio. Ninguna ruptura es simétrica. "Morir o matar", ya lo dijo el poeta.

"Sí, supongo que es lo mejor...para ti", zanja él. Y su respuesta me devuelve, por fin, el derecho a réplica.




Fotografía de Chema Madoz.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Banda sonora de un año

Se acaba el año. Pero descuiden que no entraré a valorarlo. Hay canciones que hablan por si solas:

"Creo recordar
que entonces dijiste:
 algo me aleja de ti". 


"Cause tonight is just like any other night
that's why you're on your own tonight
with your triumphs and your charms
while they're in each other's arms".

Marzo

"Hay cosas que tenemos
que aprender: yo a mentir
y tú a decirme la verdad".


"No entiendo
cómo eres capaz
de sentirte peligrosa
siendo tan vulgar".  

Mayo

"Te extraño
cuando llega la noche
pero te odio de día".

Junio

"Qué emocionante
es saber
que estaba
pensando en mí
al ocultar su desnudez".

Julio

"Si me olvidas
mañana
para mí
será normal".

Agosto

"Si mis flores
no te gustan,
tíralas; para eso
están".

Septiembre

"En ese
momento, él
soñaba que
abrazaba
otro cuerpo".

Octubre

"Vamos a hacer
lo que podamos
por cenar perdiz".

Noviembre

"Me gusta
desarmarme
arriba tuyo;
me gusta demasiado
ensuciarte".

Diciembre

"El mundo
ya no necesita
otra canción
de amor,
pero yo sí". 

domingo, 5 de diciembre de 2010

Sobre los controladores

Unas breves líneas.

Los controladores han sido víctimas de una jugarreta del Gobierno y han querido responder como el Gobierno: con otra canallada. La diferencia es que mientras unos tienen la Inteligencia, los medios necesarios para crear un gran relato-el relato de los malvados controladores aéreos trillonarios- y, sobre todo, a Rubalcaba; los otros, por su parte, deben contentarse únicamente con un portavoz guaperas aunque bien informado, eso sí, y otro chungo de miras.

Por eso han perdido el pulso. Porque el combate entre Goliat y David estaba amañado. En circunstancias normales y sin hondas de por medio, Goliat-el estado-habría doblegado perfectamente a David; obligándole, después, a fichar so pena de arresto militar.

Pero pena, lo que se dice pena, la justa. Quienes de verdad me conmueven son los viajeros, turistas y familiares separados, que han echado raíces en tierra. Una putada. Porque se me ocurren otros gremios igualmente explotados, humillados y defenestrados -como pueden ser los médicos o guardias civiles- que a diferencia de estos chulos, no se toman la justicia por su mano. Tampoco podrían: no tienen tanto peso, con el permiso de la Benemérita.

Y es que al final, lo que ha habido aquí es un abuso de fuerza por parte de los controladores. De tal manera que lo que era, en principio, una causa justa-los derechos laborales siempre lo son-se ha convertido tras el día de ayer en poco menos que una veleidad de un grupito de niños bien.

Los controladores han perdido la guerra política pero también la batalla informativa y estratégica. Han calculado mal y se han salido del marco. Y ahora su sitio en la fotografía es bien diferente.

sábado, 4 de diciembre de 2010

A corazón abierto


Les hablaba de Lapido. De José Ignacio Lapido. Y de cómo Miguel Ángel y yo nos sinceramos aquella extraña noche en que nos conocimos.

Les dije también que le había hablado de ella. De mi fracaso más sonoro. ¿Saben? Yo intenté quererla. Mucho, además. Y la quise. Vaya que sí. Ella era de ese tipo de personas que es imposible no quererlas. Amarlas. Imposible, se lo aseguro. Lo que pasa que aunque la quise, sí, no llegué a quererla como ella necesitaba que lo hicieran.

Todos necesitamos que nos quieran, partiendo de ahí. Llámenlo egoísmo o miedo a lavar las sábanas. Es igual. El caso es que después de masturbarse, uno necesita que lo abracen. Sin embargo, y aquí viene la letra pequeña, no todo el mundo late de la misma manera. A mí, por ejemplo, me bastaba entonces con que ella estuviera ahí. Mientras que ella, por su parte, lo que pedía a gritos -pero en silencio- era tenerme ahí, consigo.

Dos formas de amar completamente homónimas. Aunque sonábamos parecido, en la práctica significábamos cosas distintas. El uno para el otro. Y el otro para el uno. Una versión modesta y triste de los Mosqueteros. A pesar de que lo intentamos varias veces. A pesar de que yo la quería, como les digo. No obstante, el corazón es un músculo que no puede agrandarse. Ojalá. Pero uno late como late. Y bombea según va llegando la sangre.

Así, tras intentar, por último, querernos a corazón abierto, nuestro amor dejó de latir como se apaga, a veces, la vida.

Por causas naturales, habría dicho el parte médico.

Recuerdo aún hoy la forma en que rompimos. Fue en silencio, mientras sonaba esta canción de José Ignacio Lapido en un concierto de Quique González. En aquel momento, nos soltamos de la mano y asumimos, en fin, la evidencia. Algo nos alejaba y nos alejó siempre desde el principio: su sístole y mi diástole.

"¿Y por qué lo intentaste tantas veces si sabías que no latíais acompasados?", me preguntó Miguel Ángel aquella noche cuando ya amanecía. Porque no quería lavar las sábanas y que oliesen a detergente, no sé si me entiendes. "Las mías huelen a semen pero a mí me gusta así", zanjó él cambiando, también, de disco:

Alarma. Para ti,



"Es bueno para ti, es bueno para mí. Es malo para ti, es malo para mí".

Creo que el amor va por ahí.

martes, 30 de noviembre de 2010

Antes de morir de pena



Mi compadre Miguel Ángel canta como un coro de gatos crispados. Pero le pone tanta pasión al asunto que resulta una falta de respeto no aplaudirle cuando acaba. Lo malo es que suele hacerlo en plena calle, a las tantas de la madrugada. O en mitad de un bar, mientras el resto de la gente desayuna. No sabe estarse tranquilo. De hecho, son ya varios los jarros de agua helada que lleva a sus espaldas como varios son también los bares que le han vetado la entrada, y a mí con él. Por colaborador necesario, se entiende.

Así que la otra noche, tras vernos en la calle, helados y sin un duro, le propuse a Miguel Ángel un plan más tranquilo: vernos otro día. Pero él contraatacó con una oferta que no pude rechazar. Cerveza y vinilos. "Yo invito".

No pude resistirme. Al rato estaba en su piso -decorado con portadas de discos emblemáticos de los 80- con una lata de cerveza barata del Día y escuchando, efectivamente, un vinilo de los 091. Miguel Ángel, por su parte, trataba de hacerse un cóctel "casero" pero tan sólo tenía a mano un culo de vino, y medio brick de leche. De modo que agarró un puro roído que estaba en el suelo. Lo encendió. Y de esta guisa, nos fuimos sincerando.

En realidad, conozco a Miguel Ángel desde hace mucho. Es un viejo parroquiano de mi bar favorito. 44 años, algún que otro episodio amnésico y más flaco que Jim Morrison. Con su sempiterno sombrero y gabardina. Una suerte de espía beodo o de agente secreto venido a menos. Y siempre que nos vemos, el mismo saludo: choque de nudillos. Sin embargo, hasta esa noche nunca habíamos hablado, no sé si me explico. 

Entonces sonó Antes de morir de pena. Lapido en solitario. Y yo me acordé de ella, uno de mis fracasos más sonados; se lo dije mientra él observaba con meticulosidad su malgastado puro. "Tengo cáncer", me interrumpió de golpe Miguel Ángel.

Y se puso a cantar esta vez tan alto que me pareció una falta de respeto no acompañarle.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Algo falla

Me asombra la capacidad con que este país asume y acepta ciertas cosas. Los hay que incluso saben ya desde la cuna hacia dónde encaminarán sus pasos. Este par de niños que les presento hoy lo tienen desde luego muy claro. Iba yo gateando por la calle, pensando en cómo pagar esto y aquéllo, cuando de repente les he escuchado hablar delante de mí-ya les digo: ni ocho años tenían-y me he caído de culo: "Yo de mayor quiero ser político", le ha dicho el más gordito al otro, "y además del PP que viven mejor porque roban y no les dicen ná".

Toma referéndum. Y luego dirán del sexo sin amor, Belén Esteban o Cristiano Ronaldo. Cuentos chinos. Que se sepa: el modelo social más pernicioso para los infantes-quienes van a pagar las pensiones el día de mañana, o no-son los propios políticos corruptos. Los Camps, Costas, Roldanes y demás. Que untan o se dejan untar, y como bien subraya ese crío que llevaba untada, por cierto, la boca de nocilla, no les pasa nada. Y si les pasa es en una cárcel de mujeres-caso del ex director general de la Guardia Civil-, con todos los gastos pagados. Porque Santa Rita Rita Rita, lo que quito, tú no me lo quitas.

Da qué pensar. Que un niño sin vello en las axilas tenga ya esas incipientes ideas sobre la política actual es cuanto menos sintomático de que algo falla. Ya se sabe, los niños y los adultos bajo pentotal siempre dicen la verdad. Y no me refiero al hecho, sesgado a todas luces, de que todos los políticos del Partido Popular son un atajo de chorizos. Los habrá, no tengo el gusto, que sean, además, honorables ciudadanos. Lo que me llama la atención es otra cosa. Es ese, "yo de mayor quiero ser político (...) porque roban y no les pasa nada".

No es que yo me ponga moralista a estas alturas del blog; remito a otras entradas. Pero me alarma -y mucho, insisto-el mensaje de impunidad social que se traduce de ese comentario. Y más en boca de un niño, donde cualquier cosa que diga tiene siempre un plus de emotividad o escalofrío dependiendo de si este habla de sus sueños más particulares o si comenta que ha sido violado sin conocer, acaso, la palabra violación.

A eso me refiero. Al escalofriante hecho de saber que todo vale siempre y cuando no te cacen. Y no les hablo de robar, matizo. Sino de infancia. La misma bendita infancia que, en ocasiones, es arrebatada a golpes o lengüetazos. Y no pocas veces de manera impune. ¿Cuántos niños estarán siendo violados en este preciso momento? ¿Cuántos políticos estarán haciendo uso del dinero del contribuyente ahora mismo para pagarse unas copas, unas putas, un viaje?

A eso voy. A la aterradora impunidad. A la terrorífica visión de que el villano se vuelva por un momento héroe. Y siente un precedente. Reconocible, asumible y hasta admirable. Habitual, en suma. Y es que basta con que algo sea considerado normal para degradar el asunto y que el hecho mismo ni tan siquiera aparezca en el atestado moral y cívico. Los políticos roban, los curas se follan niños. ¿Y qué? Cuéntame algo que no sepa, parece decir el imaginario colectivo. Y ahí está el verdadero problema. Que los más pequeños se están criando en un contexto social donde todo vale y donde nadie se extraña de lo que ocurre. Hoy quieren ser políticos porque roban impunemente. ¿Y mañana?

Miedo me da saberlo.




Imagen de http://jnotario.blogspot.com

jueves, 11 de noviembre de 2010

Una mariconada de post




Yo solía coleccionar este tipo de estampas. Solía. Como también solía pensar que ciertos cariñitos-los cuelga tú primero y similares- eran-¿lo son?- una soberana mariconada. Me gustaba, digo, bañarme en pelotas pero con la ropa bien a la vista. Controlando, en fin, la situación: ya te llamo yo, si eso. Si eso. Y ahora, qué ironía, son las estampas quienes me coleccionan a mí. Y es que a tu lado se me abre el apetito: sólo pienso en cenar perdices. Juntos. O una simple lata de calamares; lo que haya. Y retenerte, aquí, conmigo. En Madrid. Aunque en esta ciudad sea imposible vivir. Aunque el secuestro esté tipificado como delito. Aunque presente y futuro se conjuguen en diferente persona. Es igual. Me la pela. Ahora mismo, con el colocón de azúcar que llevo encima, me es indiferente el mañana, el domicilio social o la ley penal. Me importa el ahora y me importas ahora. Y si tengo que aprenderme la discografía de Mecano, grupo, este, al que odio con todas mis fuerzas, pues voy y me la aprendo. Y con ella, los elepés de los hermanos Cano en solitario. Pese a que esto último también tenga delito. No obstante, así de claro lo tengo. Que te quiero, vaya.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Sobre la visita del Papa a España

Unas breves líneas.

No entro a valorar el gasto en seguridad-pagado por el pueblo, católico o no- del sumo pontífice; en este caso, su Santidad, Benedicto XVI, viene en calidad de jefe de estado; aunque no lo parezca. Aunque ustedes, como yo, tampoco se lo crean. Pero eso es lo que pone en su dni: jefe de estado del Vaticano. Ni más ni menos. Lo mismo que sucede cuando algún sanguinolento dictador africano visita nuestro honroso país para blanquear sus crímenes. En ambos casos, y similares, los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, benditos ellos, hacen su trabajo, que para eso se les paga.

No juzgo, pues, el origen del fulano o la idoneidad de su visita. Ya dije una vez, y me reafirmo, que cualquier hijo de la gran puta es susceptible de ser escuchado.

No me importa, entonces, el dinero (mal) gastado porque de ser así tendría que quejarme del despilfarro que genera no ya la visita de todos y cada uno de los líderes y jefes de estado que vienen a España alguna vez en su vida. O dos, si la visita se les hace corta. Sino del despropósito que supone, por otro lado, mantener a 350 caraduras, dietas aparte.

Es por ello que no me quejo de la dolorosa. Me quejo de otra cosa: de que ciertos soplapollas vengan a aquí a decirnos cómo tenemos que gobernar. Legislar. Y hasta tocarnos. Porque una cosa es que les paguemos amablemente las putas y los pacharanes; y otra muy distinta que nos soben el morro.

Volviendo al Papa. Antes siquiera de haber aterrizado, su Santidad ya estaba tocando los santísmos cojones. Dice Ratzinger que hay que reevangelizar España, que la cosa está muy malita. Y que le recuerda a la II República. Lo que no sé es la forma que propone el sumo pontífice de hacerlo: si a ostias o a tiros.

Y dirán ustedes: pobre Papa. También tiene derecho a opinar y a meterse en los asuntos ajenos. Que de evangelios sabe un rato. Perfecto. Pero sólo un detalle: antes de echar mierda sobre el resto, que se mire los bajos pues está calado. Y es que el Vaticano, del que el Papa es representante, no ha aprobado la carta de Derechos Humanos. Ésa en la que se basan todos los países democráticos. España, por ejemplo. Tan acofensional como es. Y que el estado eclesiástico no ha suscrito ni se espera que lo haga. Después, ya sí, que proponga lo que le salga del hábito.

Pero lo primero es lo primero.

Respetar la libertad de pensamiento, conciencia, religión, expresión y opinión.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Por la revolución que no fue

No se lo van a creer pero me he encontrado con El Mazas. ¿Qué quién es El Mazas? Yo se lo explico. Verán. Metro noventa de estatura, tres espaldas como la mía, y dos brazos de estibador portuario. Ante ustedes Marcos Antonio Sánchez, alias El Mazas, ex compañero de parranda y mi jefe durante algunos años. Un tipo tranquilo pese a su porte de luchador eslavo. El hígado más grande que conocieron los bajos de Argüelles. Todo un guaperas, el hijoputa. Y hoy, algo más gordo:

- ¡Coño, Mazas!
- ¡Ostias, Casteleiro! 

Le bastó un abrazo para tumbarme. Sigues en forma, cabrón. Bueno, ya menos. La vida de casado...¿Te casaste? ¡No jodas! Sí, macho. Y tengo un niño, bueno lo tiene mi mujer. Quiero decir que estoy separado. Curiosa la forma que tienes de contraer matrimonio, le dije yo en un vano intento de recuperar nuestra complicidad de antaño. Pero por su cara descompuesta supe de inmediato que ni puta gracia. Mazas se puso serio, casi triste, y tras tragar saliva, me confesó que su vida era una "puta mierda": "Estoy en paro, sin mujer, no veo a mi hijo. Vengo ahora de hablar con mi abogado. Pero ya sabes cómo son estas cosas". Sí, sé, le contesté sin tener ni puta idea del asunto. El caso, siguió, es que he vuelto a casa de mis padres. Llevo desde los 18 fuera, tú lo sabes; tengo 30. ¿Me dirás si es o no una puta mierda? En fin, tengo que dejarte, espero que tú todo bien. Sí, no puedo quejarme, salvo por el tema del curro pero es que escogí la profesión más precaria que existe. ¿Cuál? Periodismo. Anda coño, si tengo un colega periodista. Pues ya sabes, cuenta mi historia. 

Y aquí me tienen, contándola:

Mazas lo tenía todo. ¿Y qué era todo? Pues percha y pasta. El binomio perfecto con 16 años, 20 en su caso. Cuatro años de diferencia que se acortaron nada más conocernos. A Mazas me lo presentó el Orejas-huelga decir por qué le llamábamos así- en Malasaña, en uno de esos últimos botellones improvisados, o no, que se gestaban alrededor de la Plaza del Dos de Mayo, y que posteriormente, y tras la normativa antibotellón, pasarían a formar parte de la historia popular de este pueblo con denominación de villa, que una vez se levantó contra los franceses, y otras tantas contra la policía. Entonces era lo habitual. Ver cargas policiales y adolescentes retando a los antidisturbios, litrona en mano. Mazas siempre estaba metido en alguna. Y nosotros con él. Cómo no. Era nuestro líder nato. Nuestro jefe ideológico.Votado sin ni siquiera levantar la mano. Y es que todos sin discusión veíamos en él a nuestro Bakunin particular. Nuestro mesías. Posteriormente, Mazas se haría trotskista y nosotros le seguiríamos en su viraje ideológico, pese a no tener ni zorra idea de qué era ser un trotskista. A ese punto de fidelidad-y estupidez- llegábamos.

Y de esta guisa nos presentábamos, por ende, ante las tías. En comandita. Y ya fuera él más marxista que anarquista, la realidad es que con Mazas en nuestro programa político no había grupo de féminas que se nos resistiera, aunque después ninguno de nosotros, en especial el pobre Orejas, catáramos nada. Él se las guisaba y él mismo se las comía. No obstante, de lo se trataba, por aquella época, era de sentirse acompañado, respaldado. Y que el resto de machos cabríos nos mirasen envidiosos. Con eso nos consolábamos. Éramos gordos, feos y roqueros. Y no precisamente por este orden. Entenderán ustedes el efecto hipnótico que nos causaba el estar al lado de un tipo como El Mazas; alto, guapo, bien parecido.

Con todo, al final la cosa se quedó más bien en fuegos de artificio. Acaso lo que tarda una cerilla en apagarse, tras su brillo y explosión inicial. Sólo que en mi caso duró un poco más de la cuenta. Yo admiraba al Mazas, quería ser como él. Pero me ocurrió que con el tiempo terminé por desencantarme del trotskismo y también de él mismo. Sus historias ya no me impresionaban y sus formas me parecían más dictatoriales que otra cosa. Así, me fui del grupo como había entrado: casi sin darme cuenta.Un día me encontré al Orejas en un bar y me abroncó por ello. Me dijo que era un mierdas y que me había aburguesado. ¿Y me lo dices tú que has llegado en coche y en lugar de cerveza meada bebes jacks daniels? Agarró a su novia y se marchó. Y eso fue todo. Los vestigios de nuestra revolución.

Siempre me pregunté qué habría pasado de haber seguido con ellos, codo con codo. Puño con puño. Ahora lo sé.

Estaría divorciado y mi ex mujer no me dejaría ver a mi hijo.


Y es que al final todos los héroes caen en combate.Y mueren como tal.



A tu salud, compañero.




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miércoles, 3 de noviembre de 2010

La moral perjudica seriamente la salud

Cambiando de tema. Les propongo un juego. Verán. Imaginen, por un momento, que yo como periodista y en base a mis creencias les negaste a ustedes, lectores, cierta información contraria a mi ideología. Es decir que antepusiera mi visión de los hechos a la profesionalidad que se deriva del hecho mismo de trabajar en un medio de comunicación. Prorrogateándoles, de esta forma, los titulares. O peor aún: denegándoles el acceso a algunas noticias por la mera circunstancia de ir contra mis postulados más o menos acertados. Más o menos verídicos. ¿Se hacen a la idea? ¿Verdad que les tocaría los cojones?

Por escarbar en la herida: supongamos, por ejemplo, que un científico que lleva años investigando en la vacuna del sida, me cuenta, antes de morir, que ha encontrado el remedio para tan dramática enfermedad. Y no solamente eso sino que, además, me hace un croquis del asunto y me pide que por favor lo ponga en conocimiento de las autoridades sanitarias-las mismas que aparecen en las cajetillas de tabaco-y también de la ciudadanía. Ahora bien. Yo como ultraconservador que soy-sobre todo cuando tengo que madrugar-estimo que el Sida es un castigo de Dios para con los pecadores por ser unos pervertidos y unos sondomitas (sic). Y que, por lo tanto, ni vacuna del VIH ni Cristo que lo fundó. Por lo que decido callarme como un beato. O, por otra parte, acogerme a mi particular ética y no publicarlo o contarlo de aquella manera: "La vacuna del Sida, cada vez más cerca".

¿Qué les parece el jueguecito? ¿A que dan ganas de abofetearme? Pues esto, que a veces pasa en la prensa, sucede también en otros estamentos. Sólo que de forma más sangrante. Por seguir con el suponer mismo del sida: el otro día me ocurrió esto mismito que les cuento. ¿Se imaginan dónde? Han acertado. En una farmacia. Resulta que fui a comprar unas pastillas del Doctor Andreu y de paso una caja de preservativos. Y al preguntar si los tenían anatómicos, la empleada -una mujer de pelo cano- le hizo un gesto a su compañera de bata, esta mucho más joven,  que enseguida se colocó frente a la mampara de separación y me espetó muy seria: "Lo siento, pero por motivos éticos no vendemos esa clase de producto aquí", me dijo ella sin pestañear y del tirón.

¿Será una broma?, le contesté. Nada de eso, caballero, este establecimiento cumple con su trabajo y además con sus convicciones. Ya, contraataqué, pero usted trabaja en una farmacia; no en una iglesia. Y tiene, así, el deber ético de anteponer su profesionalidad a su moralidad, le dije también sin pestañear. Lo siento, pero le repito que no vendemos esa clase de producto. Se llaman condones y aparte de embarazos no deseados, evitan enfermedades de transmisión sexual; o es que acaso, ¿son partidarias de expandir el sida?, le pregunté curioso. Castidad, me sugirió la misma dependienta más joven y, paradójicamente, más carca. "Esa es la solución al VIH". Insisto, se ha equivocado de profesión: esto es una farmacia, no un monasterio. Y la gente folla, y a veces hasta se abraza después. Aunque mucho me temo que a usted ni lo uno ni lo otro.

Y con esas me fui a otra farmacia, más normal, donde compré no seis ni doce sino veinticuatro preservativos para celebrar, acaso, que esa misma noche iba a hacer el amor contigo.

No obstante, si les soy sincero, les diré, en confianza, que me quedé con ganas de eyacular sobre su establecimiento. A ver si me entienden. O a ver si yo la entiendo: la mujer no vende condones porque está en contra del sexo sin amor. Y del sexo, a secas. No digamos del aborto o la píldora. En este último caso, hasta estoy de acuerdo. Una cosa es poner facilidades en caso de accidente doméstico. Y otra muy distinta vender la píldora del día después en cajas de doce y a precios populares. Como en todo, ha de haber un control. O un Durex, si me permiten la preferencia. Y es que, hasta que ese supuesto y mencionado científico me cuente la fórmula de la cocacola, el único remedio eficaz para evitar este tipo de circunstancias seguirá siendo el preservativo.

La moral, en este caso, perjudica seriamente la salud.




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jueves, 21 de octubre de 2010

A franquear en destino

No puedo evitar sentirme como un polizón cada vez que te penetro y penetro en tu vida. Y viajo, así, por rugosos océanos de felicidad sin tener que mostrar mi pasaporte de tristezas en cada poro de tu cuerpo. No puedo evitarlo. Me siento prófugo de mi mismo. De un pasado que antaño me perseguía vestido de etiqueta para exigirme el pago adeudado de todas las noches que derroché buscándote en otros ojos. En otros lunares. En otras camas. Y hoy, acurrucado finalmente dentro tu ombligo, miro al futuro y está delante de mis ojos.

Y el único interés que se me exige son dos vidas a franquear en destino.



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martes, 19 de octubre de 2010

Amar sobre plano

Una vez conocí a un tipo que compró un piso sobre plano y jamás vio su vivienda construida. Al poco tiempo, la constructora encargada de tal menester quebró y lo único tridimensional que obtuvo el buen hombre -Manuel recuerdo que se llamaba- fueron un puñado de ladrillos que no llegaban a dos pisos y lo que se suponía iba a ser el tejado. Lo peor es que el fulano, cuarentón y divorciado, estaba alojado en casa de sus padres, justo enfrente de la explanada donde, creía, iba a edificarse su casa. Se imaginan el percal.

Pienso ahora en ello y no puedo evitar encontrar cierto símil con el amor . No en vano, enamorarse es verse también proyectado sobre el diseño de una realidad todavía por levantarse y, más aún, mantenerse. Es, en fin, invertir todos tus ahorros, los de una vida que se dice pronto, y especular con ellos. Quién sabe lo que sucederá.

No hay garantía de nada. Y a diferencia de la circunstancia que les cito, cuando Cupido se declara en bancarrota, nadie se hace cargo del asunto. Por no haber, no hay ni un mal perito que evalúe los daños ocasionados. Y mucho menos una compensación de índole sentimental. Como tampoco existe la posibilidad de recuperar o amortizar parte de la inversión desplegada.  Es lo que hay, amigo. Nada es para siempre. Se nos gastó el amor de tanto usarlo. Etcétera, etcétera.

Por eso estoy acojonado, así en confidencia. Y es que resulta que actualmente estoy en la misma situación que el pobre Manuel. Como él, yo también me he visto dentro de un plano: la escala de su cuerpo. La longitud justa de piel donde ha de erizarse mi futuro, se supone. Y al igual que Manuel, temo que la vida me paralice las obras -el corazón- y al asomarme a la memoria tan sólo encuentre un proyecto a medio construir. Acaso dos pisos de promesas mal fraguadas.

Veremos.



Imagen de http://www.joyasrurales.com/

jueves, 7 de octubre de 2010

Bastó mirarnos

La primera vez que hicimos el amor no nos quitamos ni siquiera la ropa. Bastó mirarnos para eyacular entonces lentas lágrimas y desgarrarnos.



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martes, 5 de octubre de 2010

Sofocado de frío

Quisiera no quererte tanto. O quererte gradualmente. Tener, acaso, un corazón regulable. Un termostato. Controlar, en fin, la situación. Pues sucede que a tu lado el corazón se me dispara como los termómetros en hora punta. Y a la vez se me hiela la sangre con tan sólo tocarte. Aunque es al marcharte cuando tiritan, de verdad, mis sábanas. Muertas de sed. Y yo me quedo así, abrazado a tu surco, como en un mal simulacro. Presa del cambio climático.



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Amo tanto la vida



De haber sido yo Rick Blaine no habría dejado que ese avión despegara sin nosotros dos dentro.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Ropa y miserias


Son días raros. Estos que suenan. Y no porque haya vuelto de Lanzarote con algún tipo de síndrome postvacacional o premenstrual. La isla, que me perdone Itziar, no es para tanto. O tal vez yo no supe descubrir sus encantos. Quien sabe. Digamos que fue un polvo rápido. De esos que se disfrutan y no se disfrutan. Aunque lo cierto es que tengo muchos de los síntomas del famoso-y dudoso- síndrome de marras: me encuentro desubicado y sin ganas de nada. En una ciudad hostil, que me recibe con granizo. Y ante la visión de un horizonte deshabitado. Un paisaje lunar, citando uno de los encantos que sí supe reconocerle a la isla de los volcanes, como se conoce popularmente a Lanzarote.

Miro a lo lejos y no vislumbro mi futuro. Y al mirar atrás sólo encuentro un pasado deshecho, recogido a la carrera. Muchas cosas se quedaron por el camino. Tú, sin ir más lejos.

Son días raros, repito. Y lo peor es que ahora tengo a una persona a mi cargo. Quiero decir que si mañana decido tirarme por la ventana no caeré solo. Tan leal como letal. Me agobia pensarlo. Soy así de hijo de puta. Pretendo cargar con mi vida yo solo. Y que nadie se moleste en recoger mis restos al esparcirme. No es su obligación. No debería serlo.

Pero el amor, al contrario que el sexo, no entiende de facturaciones. Follar es amar ligero de equipaje. Dejando en tierra ropa y miserias.

Querer a alguien es otra cosa. Es verse proyectado en otra persona y asumir-entender-que no estás solo. Que toda acción tiene su consecuencia. Y sobre todo, su reflejo.

Es verla llorar y saber que es por mi culpa.



Son días raros estos que suenan.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Playa, mojito y minigolf

Como saben, volar me aterra. Pero esta ciudad se ha puesto imposible y puede más el remedio que la enfermedad. Me marcho a Lanzarote. Ocho días. Playa, mojito y minigolf. Por ese orden.

Les echaré de menos. Hablamos a la vuelta. O durante. Me llevo la blackberry y la libreta. Por lo que pueda pasar. Por lo que pueda contarles, acaso, de relevante. Que con las musas uno nunca sabe. En Madrid desde luego que no están. No obstante, volverán las oscuras golondrinas. Perras.

En fin, muchas gracias por seguir ahí, a pesar de.

Nos leemos.

Un fuerte abrazo,

R.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Sobre gárgaras y negros


Tengo un amigo músico que trabaja de negro. Compone canciones para otros artistas. La lista es larga, se lo aseguro. No voy a citarlos a todos aquí-soy muy joven para que me pongan una querella- pero les aseguro que se echarían las manos a la cabeza si supieran la cantidad de cantantes de primera fila a los que les dan el trabajo hecho. No en vano, yo no sé si llamarles cantantes o simples voceros, que es lo que son. Vale, está el tema de saber cantar, de no desafinar; de la voz, propiamente dicha. Pero eso es como comerse una tostada sin nada encima. De nada sirve tener la base si esta no tiene sustancia. Lo que esta gente hace, pienso, son gárgaras. Lo mismito que yo cuando me levanto y me acuesto. Así que no me vengan con milongas: usted no es cantante, usted es gargarista. Enjuaguista, si lo prefiere. Pero ¿artista? Mis huevos toreros.

La situación, como pueden imaginarse, me escama. La redistribución de la riqueza es algo que me quita el sueño, amén de que cuando el río suena es que agua lleva. Es decir, que si tus canciones están en el mercado, será por algo. Entonces, ¿por qué coño la discográfica, sabiéndolo, no invierte en ti?, le pregunto indignado a mi amigo. La respuesta, obvia. Al parecer, prefieren ir sobre seguro y ahorrarse, de paso, una pasta en promoción.

Él acepta porque su hijo tiene que comer. Putas somos y en el camino nos encontraremos. Y mientras llega ese "contrato millonario", pues va tirando con esto.

¿No les recuerda a la película Una proposición indecente, del director Adrian Lyne? En el fondo es usurpar una vida que no te pertenece, aprovechándote de una apretura económica. Ser un hijo de puta, vaya. Por mucho Robert Redford que seas. Y es que es indecente, o a mí me lo parece, que un triunfito, mierda ya lo he dicho, se folle a tu mujer. Cante tus canciones. Y no solamente eso sino que, además, se crea el padre de la criatura -para más recochineo- cuando ni siquiera ha estado presente en el parto. Rosendo, por ejemplo, se encierra en un hotel con un paquete de folios y un diccionario. ¿Saben, acaso, estos gorgoristas lo que es sudar la gota gorda cuando las Musas se van?


Pasa también en literatura. Elena, de Proyecto de Escritora, ya trató el tema en este post, que recomiendo leer. Por lo visto, hay hasta empresas que se ofrecen para desempeñar tal labor y ahorrarle, así, el esfuerzo al autor. Con dos cojones. Y yo aquí rompiéndome los cuernos por acabar mi primera novela. Si es que

hoy en día quien no publica es tonto. O demasiado honrado. Gilipollas, en suma.

Les cuento esto para contextualizar mi cabreo, impotencia. E
stos días me he planteado cerrar el blog. El motivo se lo pueden imaginar: no estoy dispuesto a hacer de negro de nadie y mucho menos sin yo saberlo. Mi vida es mía; personal e intransferible. Y este blog, ficticiamente real, lleva mi adn impreso. Como dije, he sangrado y parido cada post sin epidural. Y no me sale de las yemas que venga nadie a llevárselo crudo por toda la tecla.

Al final, como saben, X acabó borrando mi post de su perfil. Tres mails y alguna denuncia después y porque la cacé, no nos engañemos. Que si no ahí seguiría. No obstante, ya no está o eso me ha dicho. A pesar de lo cual, sigo intranquilo. No por ella, sino por los que son parecidos. Como les digo, me planteé cerrar el grifo y que a este tipo de gente los inspire su puta madre. Sin embargo, cuando más convencido estaba de hacerlo, ya digo,

me amenazaron con partirme las piernas si dejaba el blog o cambiaba de fondo.

Y aquí me ven, posteando por encargo. Cuán negro de mi mismo.




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domingo, 29 de agosto de 2010

Cítame, zopenca

No tengo Facebook ni Tuenti ni ganas. Pero mis amigos, sí. Y los amigos de mis amigos. Y los colegas de estos últimos. Así, claro, te enteras de todo aunque no quieras. Internet es un pañuelo y más en este tipo de redes sociales donde uno estornuda y el resto se constipa. Tal es el grado de cercanía; incluso entre dos desconocidos. Y es que resulta que una persona, usuaria de facebook, como digo, y agregada de un amigo, ha copiado en su perfil un post mío, este en concreto, y, sin hacer ningún tipo de referencia a mi persona, le ha cambiado la fecha por aquello de guardar las apariencias y que ¿parezca suyo?

La zopenca en cuestión responde al nombre de "XXXXXXXXXX", ojo, no lo digo yo, lo dice su perfil, y da la casualidad que es conocida mía. Aunque no había vuelto a tener noticias suyas hasta ahora. Me la ha recordado un amigo, el mismo de los impresos y las redes de contacto, que ha sido quien me ha avisado del homenaje velado. Antes de nada, eso sí, ha intentado mediar con la susodicha. Me conoce y sabe que estas cosas me cabrean; de modo que le ha sugerido a la señorita, es un decir, XXXXXXXX, que fuese tan amable de adjuntar la autoría al final del texto. Que es triste pedir pero más triste es robar. Además, se da la circunstancia de que ella es estudiante de periodismo y sabe, por tanto, que al elaborar cualquier tipo de información, hay que citar la fuente salvo casos concretos y puntuales. Se aprende en primero de recorto y coloreo. Y más aún, la tontadelpijo tiene un blog, muy ismaeliano todo, y más de una vez y más de dos se me ha quejado la desdichada por que algún indeseable se había hecho eco de un post suyo, sin especificar la procedencia.

Son cosas que joden. Ya no por la humillación de que otro/a se limpie los genitales con tu nombre y apellidos. Espero que al menos mi erre, al contacto con tu clítoris, te haya provocado un buen orgasmo literario y literal. Lo que fastidia realmente, digo, es el desprecio de esa persona por el trabajo en si de creación. Los que escriben, componen, pintan, los que crean, en fin, saben que no es fácil trazar algo medianamente aceptable. Decente. Se necesitan muchas cosas, entre ellas inspiración. Lo hablaba ayer con perro. Y esta no siempre se baja las bragas por ti. Todo lo contrario.

Y puede que no sea Bukowski, caray, pero les aseguro que he sudado cada post y sangrado cada renglón publicación tras publicación. Y no me sale de las yemas que venga nadie a llevarse mi trabajo en un copia y pega, sin que le sangre la nariz siquiera. Sin que le escueza la conciencia. O el bolsillo.

Como pueden imaginarse, la muchacha no le contestó a mi amigo. Así que me tomo yo la licencia: entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera, ¿no? De colega a colega. De plumilla a plumilla, por favor, corrige la cosa. Cítame, que tengo copyright. Y, según parece, más ética profesional que tú.




Actualizo: el tema está resuelto. X ha borrado el post de su perfil y me ha pedido, además, disculpas. Por lo que ruego que nadie siga con el asunto. Por mi parte, he omitido su nombre y apellidos por que así me lo ha requerido ella. Gracias a todos por la ayuda y a ti, en concreto, desearte que las circunstancias mejoren. De corazón.


miércoles, 25 de agosto de 2010

De impresiones


Según estudios, se necesitan apenas siete segundos para formarse una idea de alguien. Una idea imprecisa, abstracta, prejuiciosa, acaso. Pero una idea al fin y al cabo, que permanece, incluso, aún después de confirmarse o corregirse esta. Llámenlo intuición, si quieren. O en un lenguaje más cercano: ese no sé qué que qué sé yo, al que aludía Quevedo, creo, y que hace que de primeras una persona te atraiga o, por el contrario, te repela. Piensen, por ejemplo, en la primera vez que conocieron a mengano o fulana y lo que pensaron de él o ella: es más tonto que pichote, me la comería sin dejar las raspas. Etcétera. Y, ahora, díganme si estaban o no en lo cierto.

Así, hay un dicho que asegura que no hay una segunda ocasión para causar una (buena) primera impresión. Y es verdad. Los empleados de recursos humanos, hijos de la gran putísima, suelen tirar de ojo clínico en la mayoría de los casos para estimar o desestimar a un posible -y sufrido-candidato. A mí, sin ir más lejos, me rechazan en el 98% de las entrevistas. ¿Por qué? Ni puta idea. Pero es un hecho: soy más de segundas opiniones.

Aunque, por otro lado, me la pela sobremanera lo que de mí puedan opinar, pensar y/o suponer un atajo de aspirantes a Carmen Lomana. Porque, en el fondo, es lo que son. O lo que desean ser.

¿Y todo esto a cuento de qué? Pues viene a que me quería poner romántico-ya ven- y decirte que cuando te vi por primera vez, me sobraron seis de esos siete segundos.

Al instante supe que quería pasar el resto del tiempo contigo.




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sábado, 21 de agosto de 2010

Una historia de celos


- ¿Por qué cuando te llamo nunca me coges el teléfono?
- Sí que te lo cojo.
- No, no me lo coges.
- ¿Qué pasa, que has hecho un análisis estadístico de las veces que te respondo?
- Sabes de lo que estoy hablando, no te hagas el tonto.
- Según una encuesta del CIS, en seis de cada diez ocasiones descuelgo el teléfono.
- Y de cada cinco, sólo una me lo coges.
- Acojonante lo tuyo.
- No te hagas el gracioso. Estás follándote a otra, ¿es éso, no?
- Sí, a Beyoncé que está de gira por España y se hospeda en mi casa.
- ¡Por qué no me coges el teléfono cuando te llamo! ¡Odio que me engañen!
- Está bien. Vamos a resolver esta escenita de celos de forma salómica, ni para ti ni para mí: toma, aquí tienes mi móvil. Mira las llamadas, los mensajes, la agenda, los politonos, lo que te apetezca.
- No voy a verte el móvil...
- Sí, no te prives. Si además lo estás deseando. Lo dejo aquí, encima de la mesa. Todo tuyo.
- Cariño, yo...
- Que lo mires, te digo. Cotilléame a fondo. Pero, ah, antes de nada una cosa, amor mío: más te vale encontrar algo que me incrimine, algún detalle, por absurdo que sea o parezca, que puedas usar contra mí en un hipotético juicio por infidelidad manifiesta; porque de lo contrario, es decir, si me miras el móvil y encima no encuentras nada que me culpabilice, seré yo quien te incrimine a ti por invasión a mi intimidad, con el agravante de falta de confianza. Así que, adelante. Entra en mi vida por la puerta de atrás.



Imagen de http://www.ua.es

miércoles, 18 de agosto de 2010

Mi amigo Pepe


Hace cinco años que no veo a mi amigo Pepe. El tiempo que llevo sin ir a Galicia, mi tierra. Él es de allá; yo, mitad y mitad. Muchas cosas han cambiado desde entonces: he dejado de fumar, de drogarme, me he cortado las greñas, he perdido treinta kilos, me he independizado, he ¿encontrado? mi rumbo...Él, mientras, se ha casado y ha tenido un hijo. Lo sé porque la última vez que nos vimos me lo contó. Estábamos compartiendo un porro y me lo confesó como quien confiesa una enfermedad terminal, irrevocable: "Me caso, mi novia está embarazada", me dijo Pepe solemne. Cosas de pueblo, ya saben. Entonces el futuro se antojaba incierto. Sentados sobre la arena, observábamos el horizonte y no le veíamos continuidad a la vida. Por aquella época, él había vuelto con el amor de su vida tras una larga, larguísima, reconciliación; y visto lo visto la había cogido con ganas. Yo, por mi parte, estaba enganchado a una hija de perra-lo he contado, lo han leído-que me había dejado preñado de desdichas. Pero tonto de mí no quise abortar. Y tiempo después nació mi dolor, siendo yo ya padre soltero.

"¿Y no te da vértigo ser padre? Mucho, ¿y a ti estar sin ella? Muchísimo".

Estábamos acojonados, cada cual con lo suyo. Además, ambos sabíamos que aquél verano sería el último en el que compartiríamos confidencias y costo. Estas cosas se intuyen. Se huelen. Apenas unos meses más tarde yo empezaría a trabajar y comenzarían para mí una larga saga de veranos a la sombra de todo. Todavía sigo inmerso en ello. Y él, a su vez, seguiría en la obra, de peón de albañil, aunque ahora, tras plegar a eso de las diez de la noche, se iría directo a casa a cambiar pañales y no al bar como acostumbraba.

Aquello noche, Pepe me confesó, también, que planeaba largarse. Huir fue la palabra que escogió él de toda la larga lista de sinónimos de no dar la cara, de ser un cobarde. De ser un mierdas, hablando claro. Si te vas eres un puto mierdas, le espeté indignado. Como tú, me contestó él, que no tienes huevos a plantarle cara a tu chica.

Comenzamos a pegarnos de puñetazos, drogados y revolcados por toda la arena. Y al terminar, exhaustos como estábamos y sangrando por todas partes, nos juramos odio eterno.

Desde entonces, como les cuento, no he sabido nada más de él de forma directa. Indirecta, sí: al final Pepe no huyó. Se quedó y fue padre. Aunque ahora no se habla con su mujer, y ve a su hijo de aquella manera. Está deprimido. Con psicofármacos. "Y gordo como una nutria", apostilla mi fuente.

Y yo aquí, joder, sin poder pegarle un abrazo.

martes, 10 de agosto de 2010

Porque tú te enamoras existe la prostitución


Tengo un amigo que está pasando por un bache sentimental. Resulta que está enamorado de una compañera de trabajo, pero ella, a su vez, no puede olvidar a su ex. La cosa parece que va para año y medio. Lo de mi amigo es más reciente: se enamoró de ella el mismo día que la vio, hace apenas dos meses. De modo que sufre a través de su dolor. Con ella. Pero sin ella.

La historia tal vez les suene. Puede que, incluso, hayan pasado por algo igual. Yo pasé. Y estoy en la obligación, por tanto, de ahuyentar a mi amigo; decirle: "Ella no va a olvidar a su ex porque tú estés delante".O, "por más que le demuestres, tiene que ser ella la que se de cuenta". Ese tipo de cosas que se dicen ejerciendo de perito en la materia; pedantería a partes iguales. Sin embargo, nadie es profeta en su tierra. Y lo amigos son amigos pero también personas libres, que tienen, cómo no, obligaciones y derechos. En concreto, la obligación de oírte pero el derecho, por otro lado, de no escucharte.

Él prefiere esperar paciente debajo del árbol a que caiga la manzana. En lugar de que el amor le golpee en la cabeza, de pronto y sin esperarlo. O mejor dicho a ella, que es la que tiene que caerse del guindo. Pero año y medio es mucho tiempo. "Lo mismo no le olvida nunca", le dije sin tacto alguno el otro día. Pero, aunque bruto, me baso en hechos: yo no olvidé a mi ex y aún estoy esperando que la vida me permita desenterrar mis recuerdos y darles cristiana sepultura. Cerrar la herida y olvidarme, quizás algún día, que no hace mucho me maté por la persona indebida.

En fin, que me pongo egocéntrico y no quiero. Volviendo a mi amigo. Está jodido, muy jodido. Así que le sugerí tras disculparme que, sin olvidarse del asunto, pensara también en otras cosas. Ampliara, en fin, horizontes; sin renegar, eso sí, a su patria: Cristina. Y como a él esto de salir a conocer nuevo mundo le da pereza, y siendo como es informático, le propuse que lo hiciera desde casa. Y se apuntara a algún portal de esos donde la gente te pregunta muy solícita si estudias o trabajas. Lo mismito que en los bares, sólo que sin tener que aguantar el aliento de sapo de tu príncipe encantado.

Dicho y hecho. Al día siguiente, mi amigo se dio de alta. Y al contármelo, pardiez, me arrepentí enórmemente de habérselo propuesto. La broma le ha salido por unos 90 euros, seis meses. 30 si pagas sólo uno. Pero no es el dinero lo que me escama -a fin de cuentas son 15 euros al mes-, sino el encuadre del asunto. Y es que en la red social de corazones rotos a la que se ha apuntado mi amigo-una de las más conocidas, por cierto-las mujeres no ponen un céntimo por darse a conocer y son los hombres, por su parte, los que han de echar el resto. De manera que la imagen que se proyecta es la de un putero en busca de cariño. Las matemáticas no engañan: en el lenguaje de la calle, 90 euros son dos horas de amor precocinado. Y en esta red, lo mismo.

Porque según el tipo o los tipos que redactaron los términos de uso de toda esta mierda, la mujer, dada su condición de hembra y según la larga, larguísima tradición corintellesca de la que forma parte, tiende a buscar el amor de manera lógica y necesaria, contrariamente al macho cabrío o cabrón, que se enamora por vicio y perversión.

Qué quieren qué les diga. Como dice aquél: o semos o no semos. O todos puteros, o todos a dos velas. Pero este putiferio, no me parece.





El sábado me llevo a mi amigo de marcha. Y si es preciso, invierto 90 euros en whisky y tequila. Al menos que se olvide por una noche.


¿Ustedes qué opinan?




Imagen de spanish-podcast.com

viernes, 6 de agosto de 2010

Café acompañado (y 2)



"¿Sabes ayer intenté suicidarme?". Amanda tiene 46 años y un hijo de 18 años, que "nunca para por casa". Está separada y se siente sola. Ahora mismo, dice, no le encuentra sentido a nada. Es lo que les contaba el otro día. Amanda es la camarera que todos los días, a media tarde, me conecta con el mundo on line. Ése en donde no hay muertes ni desgracias. Y donde uno, si quiere, puede incluso resucitar. Reiniciar sus ganas. O, llegado el caso, formatear su vida y volver a programarse.

El mundo of es ya otra cosa: "Entonces cogí un tarrina de valiums y me apreté un lingotazo", me explica Amanda desde la barra con la serenidad de quien lo ha intentado más veces y sabe de lo que habla. La primera vez, de hecho, fue a los 16 años. Entonces se cortó las venas: "Ya sabes el lema: muere joven y deja un cadáver bonito". En aquella ocasión, su madre se lo impidió. Después, con 26-mi edad-se arrojó desde el balcón, en un cuarto piso, pero "me caí dentro del cubo de la basura, un desastre". ¿Por qué te tiraste?, le pregunto. Amanda me mira y se ríe como si estuviera reconociendo una chiquillada o travesura de infancia: "Descubrí que mi novio me la estaba dando con otro". ¿Con otro? Sí, con otro, era marica. Pues vaya mierda de razón para matarse, con perdón. Bueno a cada cual le afectan las cosas de una determinada manera, me espeta ella solemne. Ya.

¿Y ayer qué pasó? Pues que volví a fallar. ¿Qué te lo impidió? Mi hijo.

martes, 3 de agosto de 2010

Café acompañado



"¿Lo de siempre?", me pregunta la camarera nada más llegar y sentarme a la mesa. Sí, café doble muy caliente y dos horas de wifi, por favor. No sé cómo no se te achicharra la lengua con este calor que hace, ¿no preferirías mejor un café con hielo?, me sugiere. No, me gusta el café muy cargado y muy caliente, además el café con hielo me da arcadas como la cerveza sin o los donut light. Eres un tío de extremos. O alguien que sabe lo que (no) quiere. La camarera lanza un suspiro descorazonador: "Ojalá supiera yo lo que (no) quiero, ¿sabes? A mí me es igual tomar café solo o con leche, no le encuentro diferencia alguna". Pues la hay. Lo sé, pero digo que en mi caso me es indiferente tanto lo uno como lo otro, he llegado a un punto de mi vida en que todo me da igual: blanco o negro, carne o pescado, poleo o café. No sé, es como si todos mis días fueran el mismo repetido. ¿Cómo en la peli del día de la marmota? No sé qué peli es ésa, pero si te refieres a que me paso el día en la cama estás muy equivocado: yo no duermo más de tres horas diarias. En fin, voy a por tus cosas.


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Estoy sin Internet en casa pero voy a seguir yendo a esta cafetería aunque recobre mi línea. Su café es horrible y la wifi, lamentable. Pero el trato, la comunicación, fluye sin obstáculos. Y es que las nuevas tecnologías lejos de acercarnos, nos están distanciando cada vez más. Yo aquí y ustedes allá. En lugar de estar mesa con mesa, codo con codo. Así, claro, se pierde todo: olor, vista, cómo no, pero, sobre todo, tacto.

El tacto es importante. Tocarse. Acariciarse. Intuirse.

Saberse.

En fin, que me gusta que el camarero o camarera sepa lo que quiero sin pedírselo. Y que me diga, además, cómo se siente sin yo haberle preguntado. A ese grado de proximidad me refiero. El mismo que hace que un café solo se torne acompañado. Porque al final todos necesitamos comunicarnos.

lunes, 2 de agosto de 2010

Un libro para el verano


"Siempre he sospechado que la amistad está sobrevalorada. Como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas. Los seres humanos elevamos ciertos tópicos a las alturas para esquivar la poca importancia de nuestras vidas. De ahí que la amistad aparezca representada como pactos de sangre, lealtades eternas e incluso mitificada como una variante del amor más profunda que el vulgar afecto de las parejas. No debe tan ser tan sólido el vínculo cuando la lista de amigos perdidos es siempre mayor que la de amigos conservados. El padre de Blas solía decirnos que la confianza en los otros era un rasgo del débil, pero claro, cualquier asomo de humanidad era para él poco menos que una mariconada. Coronel en la reserva de consentida inclinación nazi, no concedíamos demasiado valor a sus opiniones. En el fondo sonaba más sabio lo que tirado en una taberna nos gritó un día: “Yo a mis amigos no les cuento mis penas; que los diverta su puta madre. La amistad siempre me ha parecido una cerilla que es mejor soplar antes de que te queme los dedos y, sin embargo, aquel verano no habría podido concebir los días sin Blas, sin Claudio, sin Raúl. Mis amigos".


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Si tienen tiempo háganse un favor y lean Cuatro amigos, de David Trueba. En realidad, les aconsejo que devoren toda su bibliografía, que se completa con las novelas Abierto toda la noche y Saber perder, su última creación. No tiene desperdicio, se lo aseguro. Tan convencido estoy de esto que les digo que si no les gusta me comprometo yo mismo a devolverles el dinero. Y soy más pobre que las ratas, con eso les digo todo.




Imagen de http://loslibrosde.blogspot.com

miércoles, 28 de julio de 2010

Impreso vital


Mi amigo Antonio tiene la extraña costumbre de pedir siempre en todos los cajeros donde saca dinero un recibo impreso de sus movimientos. "Así gastan papel, que se jodan", apunta eufórico cada vez que salimos de marcha. Como si a un coloso como Caja Madrid-la segunda caja más importante de España, tras la Caixa-le supusiera algún problema que cuatro colgados o cuatrocientos, lo mismo da, gasten más papel del debido. No es un wáter, le digo. Pero él, cuán espartano, no afloja un ápice. Sabe que tiene perdida la lucha de antemano pero hay algo que jamás le podrán arrebatar: la dignidad. La dignidad de perecer con honra. Impreso en mano.

Son sus pequeñas victorias, como él las llama, dentro de esa gran derrota general que es la vida. Sinceramente, le admiro. Yo nunca pido recibo. Quizás para no tener constancia del poco dinero que me queda en la cuenta-yo soy al ahorro, lo que Bush a los derechos humanos-o porque, al contrario que mi buen amigo, hace tiempo que di la batalla por perdida. Y es que contra la vida-y los bancos-no se puede luchar. La realidad es que al final, hagas lo que hagas, siempre pagas comisión.




Imagen de http://www.amedias.org

miércoles, 21 de julio de 2010

Destruyendo que es gerundio

Hoy de camino al trabajo me he topado con un inmenso camión, aparcado a las puertas de una importante-inmensa también-auditoría. Aunque lo reseñable del asunto, en este caso, no es el tamaño, que poco importa -¿o, sí?-, sino la función que, según su lomo, era atribuíble al propio camión: "Destrucción confidencial de documentación", rezaba su propaganda. Esto, claro, me ha hecho pensar. Ya no es que una auditoría necesite destruir confidencialmente su documentación-todas las empresas, por añadidura, lo hacen o deberían hacerlo-sino que esta misma idea traída al terreno de las emociones sería, para muchos, la cura de san benito. Imagínense: "Destrucción confidencial de emociones". Enormes camiones, gigantescos camiones, dedicados por entero a llevarse los restos sentimentales de una relación (fra) acabada; destruyendo, así, cualquier posible lazo o vínculo, que pudiese incriminarle a uno/a ante la nostalgia, esa juez insobornable.

De esta forma, pienso, no habría problema en olvidarse del ex o la ex de turno. Tarea esta que a veces cuesta más de lo suyo. Pajas, aparte. Sin embargo, contratando a un equipo de operarios que, cada cierto tiempo, entrasen en tu corazón y barrieran uno a uno los cajones de la memoria nos quitaríamos, digo, de este tipo de pajas mentales. No quedaría, vaya, ningún cabo suelto o rescoldo incómodo. Ninguna huella. Ni, por supuesto, ninguna factura de teléfono más subida de tono.

Aunque, por otra parte, sin este tipo de antecedentes, volveríamos luego a fijarnos en el mismo tipo de persona y cometeríamos, válgame, los mismos errores. Así que, ¿para qué formatearnos?

Por mi parte, prefiero sufrir y sanar, que no sanar y sufrir.

Y ustedes, ¿contratarían este tipo de servicios?



Imagen de http://www.safetydoc.es

sábado, 17 de julio de 2010

"Vestida para mí"



Ayer le hablé de Bukowski a mi chica. No sabía quién era. Y eso me encanta. Que no compartamos gustos. Que no sepa, por añadidura, quién coño fue Baudelaire ni Rimbaud. O tampoco si Morrissey es un cantante o un modisto. Por mi parte, también me estoy poniendo al día, no crean. Con ella, estoy haciendo un curso acelerado de ropa y complementos femeninos; mi talón de aquiles. De hecho, poco a poco voy sabiendo qué demonios es un triquini-como un bikini pero en absurdo-, unos leggins o leotardos sin tobilleras, o, esto ya para nota: unos zapatos manolos, que, dicho sea de paso, tiene cojones el nombrecito.

La cosa parece que viene por su diseñador, Manolo Blahnik, pero aún así la etiqueta que le han puesto es cañí que te pasas. El toro de Osborne, a su lado, una pastelada. Aunque bien pensado yo también quiero que de mayor le pongan mi impronta a unos zapatos, más o menos cucos. Nada de cascárselo a un avión, como hizo Bisbal. No. Yo lo que quiero es que todas las mujeres del mundo se pongan unos rodrigos y anden suspirando por mí en todos los escaparates. Y una amiga le diga a su otra amiga, a la cual, por cierto, no soporta: me encantan tus rodrigos. Y ella le responda, todavía más cínica: ah, pues tengo también otro par en naranja fosforito, cuando quieras te los pruebas. ¿Sí? Pues ya me los dejarás, que me muero de ganas de sentir su tacto. El mío, se entiende.

Sí, eso quiero. A eso voy a encaminar mis esfuerzos. Pero hasta que me ponga al lío, aún me quedan muchas más cosas por saber del universo femenino; para mí un auténtico agujero negro. Es precisamente lo que más me pone del asunto, como les digo. Llámenme si quieren degenerado, pero que mi chica y yo seamos tan distintos, me pone berraco perdido. Porque yo vivía engañado, ¿saben? O harto, siendo precisos.

Harto de culturetas o pseudobohemias, con las que, sí, compartía gustos, la inmensa mayoría, pero con las que, paradójicamente, me aburría como una ostra. Y ellas me temo que también. Porque salvo el sexo, nada en intensidad es bueno. Al final ni yo les descubría nada, ni ellas me contaban a mí algo que no supiera ya de antemano. Siempre los mismo poetas, los mismos músicos, los mismos pintores. ¡Joder, vístete de hombre y azótame la retaguardia! Variemos un poco, demonios.

Y es que ese era mi engaño: creer a pies juntillas que había que tener si no los mismos gustos, parecidos, para que la convivencia fuera tolerable. Asumible.

Y nada más lejos.

Como en el sexo, se trata de variar. Ahora dominas tú, ahora yo. Ahora te ato yo, ahora me atas tú. Porque follar siempre en la misma postura cansa. Agota. Harta.

Y aunque no le vea sentido a ponerle "Manolo" a unos zapatos, me encanta, digo, que mi chica me hable de ellos -de los zapatos, no del grupo-, con la misma intensidad con que yo le recito versos de poetas malditos. O le cuento que desde que estamos juntos, la tierra ya no cae sobre mi cabeza.

jueves, 15 de julio de 2010

Hambrientos y saciados

La vida está llena de sinsentidos. El amor, sin ir más lejos. Quien lo busca, no lo encuentra. Y quien lo encuentra, se lo encuentra.

Como sucede con el hambre, medio mundo se muere de amor, mientras el otro hemisferio se infarta de este. Los hay que incluso se dejan trozos de felicidad en el plato, que la rutina tira luego a la basura. Los hay que aman, en fin, sin merecerlo. Y los hay que merecen ser amados y no tienen ni un mal beso que llevarse a la jodida boca. Cuántas noches no habré yo rebuscado en esos contenedores de materia orgánica que son los bares a ciertas horas, buscando, acaso, una vana ilusión con la que engañar al estómago.

Porque el hambre agudiza la soledad. Hambre de unos muslos cálidos. Y de un cálido despertar. Distinto hambre pero una misma necesidad.

Y ahora que por fin estoy saciado, miro a la gente y me siento, en cierta medida, culpable de mis kilos de más. Frente a mí hoy en el metro, un par de amigas famélicas. Y en el asiento de al lado, un joven también hambriento. Es una sensación extraña. Hace poco, ustedes lo han leído, mi vida era todo pellejo. Me alimentaba a base de raspas. Y hoy ceno a la carta. He pasado del Sur al Norte, en cuestión de semanas. Prosperar, lo llaman. Pero eso no me asienta el estómago. Por mucho derecho a, no puedo evitar pensar que soy un advenedizo. Acostumbrado a robar comida, hoy me la sirven en bandeja. ¿Y todo esto, por qué? ¿Qué he hecho yo para merecer estar arriba y no abajo? Y no me hablen de justicia poética, por favor. Ni de karma. O incluso de olfato. Eso de estar en el lugar preciso, en el momento adecuado. No. Nada de eso. Cuando pasó esto, yo no estaba en ningún sitio. Yo sólo abrí los ojos y el resto, como saben, es historia.

Como digo, no se me quita el complejo de culpa, además del miedo. Les juro que estoy aterrado. Les parecerá absurdo pero me asusta muchísimo ser feliz, que es, sin lugar a dudas, la peor de todas las congojas. Si no tienes nada, nada te pueden quitar. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo tengo algo que perder:


a ti.