domingo, 12 de julio de 2009

Me moriré a los 40 años


Tengo la absoluta certeza de que moriré joven: 40-41 años, no más. Es algo que intuyo desde hace tiempo. No es ánimo de protagonismo, qué va. Ya quisiera yo vivir hasta los 90, y escribir unas luengas memorias. Pero mucho me temo que no caerá esa breva. No es que tenga ninguna enfermedad terminal, al menos, no que yo sepa. Se trata más bien de un tipo de conciencia mortuaria, anterior a todo lo demás. Como aquel que sabe, de antemano, que será abogado, médico, futbolista o cantante. Yo, moriré entrada la cuarentena. Así que, cuando esté rondando los treinta y muchos, escribiré, como aquel, mi obituario. Y me aseguraré de que mi vida, lo que he sido hasta entonces, concuerde gramaticalmente.

Saber que voy a morir joven, me ayuda a planificar mi existencia, doctor. Es de agradecer que aunque no te digan cómo, sepas cuándo. El porqué del asunto es vox populi: hay mucha gente en el mundo, y todos no cabemos. Hay que dejar sitio a los que vienen. Si no esto es un sin dios. Imagine que nadie se muriese; menudo fiasco para las funerarias, las empresas de seguros, las residencias de ancianos o los hospitales. ¿Ha leído las intermitencias de la muerte? ¿No? Pues se lo recomiendo encarecidamente, doctor.

La gente muere de vieja, de pena, de hastío. De un infarto de miocardio, en un accidente de coche, resbalándose en la bañera. Son tantas las posibilidades que tenemos de espicharla. Dígame usted qué carajo determina el tipo de muerte que tendremos, que tendré yo cuando llegue, como digo, a los 40 tacos. Y no me salga con Dios. Eso es lo fácil doctor, delegar en otros. Que hay que morirse es algo obvio. Sin embargo, la manera tan aleatoria e indiscriminada que tenemos los humanos de morirnos, me cabrea, ¿sabe? Hace unas semanas, sin ir más lejos, se murió un niño electrocutado en una piscina. Tenía nueve años. Y anteayer, un mozo en los sanfermines. ¿Qué mierda de ajuste poblacional es este?

Uno puede esperar que alguien que corre delante de un toro sea corneado. Por múltiples factores, entre ellos, el hecho de estar jugándose la vida. Pero qué coño justifica que un niño de nueve años, ¡de nueve años!, se muera en una piscina. Y de esa forma tan macabra. ¿Ve lo que le digo? El cabrón que lleva a cabo el reparto de vidas no se toma en serio su trabajo. No piensa a quién está matando, sólo que tiene que liquidar a un cupo determinado de personas al día. Y con eso basta.

A mí no me preocupa morirme con 40 años, en el cenit de mi biografía. Me preocupa que a ese cabronazo se le traspapele mi vida y me de matarile antes de tiempo. Como a ese pobre niño.

Que uno no planifica su vida para que luego le digan que tiene que abandonarla con lo puesto.





Escena de la película Scoop, de Woody Allen.

2 comentarios:

MiAu dijo...

Yo no llegué ni a la mitad de Las intermitencias de la muerte, se me hacía demasiado pesado...

El reparto de las muertes es aleatorio, es como poner el reproductor y ver qué canción te sale..pues igual

http://www.youtube.com/watch?v=JC55_uUcWQM&feature=related

R. dijo...

A mí me encantó, pero yo con Saramago no soy objetivo.

Esa es la putada...

tú siempre con una canción a mano...

gracias mil!