lunes, 27 de julio de 2009

He matado al niño que yo fui

Hoy, al ir a la farmacia a buscar un medicamento para el constipado que tengo, un niño me ha parado en mitad de la calle, y me ha dicho:

- ¿Señor, me podría inflar el balón?

Cumplo 25 años en agosto. Estoy, por tanto, a años luz de ser un "Señor", es más, si miramos la estatura, creo que jamás podré llegar a serlo. Para ser un "Señor", con ese mayúscula y olor a vino, hace falta, mínimo, un metro setenta y cinco de altura. Y yo no llego al setenta. Una suerte de Hobbit, con el anillo único. Eterno, y enano.

Éso soy.

Pero el caso, es que el niño, en cuestión, me ha abordado en mitad de la calle, y me ha llamado "Señor", y yo en ese instante me he sentido el hombre más anciano de la tierra. Un viejo de libro Guinness. De 125 años, por lo menos. Y toda mi piel, de repente, ha comenzado a estirarse, formando sobre la acera un mancha de chapapote vital. Un riachuelo epidérmico lleno de meandros, que a punto ha estado de hacerme naufragar. Caer al fondo de mi mismo.

- Lo siento, pero no sé inflar balones-le contesto, y trato de seguir mi camino, pero el niño me agarra del brazo e insiste:
- Antes sabías inflar balones, ¿qué te ha pasado?

Y entonces, al escuchar éso, ya sí, me he hundido en mi propio fango. Engullido por los años. Devorado por una planta carnívora con los dientes de leche. Ñam, ñam. Sluuup.

El chaval debía tener entre seis y siete años. No más. El cabello a lo casco, muy lacio. Menudo y cabezón. Con la indumentaria del Deportivo de la Coruña puesta, y el 11, de Bebeto, a la espalda. Y en mitad de todo, ese balón redondo y descascarillado, que sujetaba como un trofeo de guerra. Bien pegado al sobaco. Blandiéndolo orgulloso, como si fuera la cabellera de algún enemigo que acabara de batir en duelo. El niño corta cabezas. Un mini Robespierre de metro treinta, y sonrisa fatal.

- ¿Cómo dices?-digo tratando de sacar los brazos del barro, para darme impulso.
- Que tú sabías inflar balones- me repite, y el jurado popular que me está juzgando falla a su favor.
- Yo nunca he inflado un sólo balón-le miento nuevamente-así que no sé de que me hablas.
- ¿Ah no? Y este, ¿quién me lo infló? - y de nuevo la planta carnívora que abre sus fauces y me da un mordisco, y yo menguo diez centímetros más, hasta estar casi a su misma altura. Vamos -abunda- inflámelo otra vez, que esta tarde tengo partido y quiero tirar a trallón.

Trallón. Cuánto hacía que no escuchaba esa palabra. Años.

- Pero...
- ¿Es que acaso quieres que me quede sin jugar? Con lo que te molestaba éso a ti.

Ñam, ñam. Sluuup.

Se han cambiado las tornas: ahora el niño es un gigante inalcanzable, y yo un liliputiense. De metro sesenta y ocho, a metro quince.

- No sé de dónde has sacado éso...- trato de escudarme. Erguirme frente a las circunstancias. Frente a ese Goliat en pantalones cortos que me mira altivo, y amenaza con borrarme del mapa.
- Claro, has crecido y te has olvidado del niño que fuiste. Has cambiado la plazuela donde jugabas al fútbol de pequeño, por la cola del paro; los flashes de cocacola por la cerveza; si hasta te has hecho del Barsa, tú que siempre fuiste del Dépor. Y ahora encima también te gustan las niñas. Bah, eres un fraude. Un Peter Pan de palo -me suelta él, y se queda tan ancho- pero, una cosa te voy a decir, viejales: aunque te hayas hecho mayor, no puedes renegar de tu infancia tan fácilmente. Lo que has vivido, siempre permanece. Está ahí, flotando alrededor tuyo como satélites, listos para interceptar cualquier señal que emitas, y reinterpretarla. Así que ya me estás inflando el balón, cabronazo, que sé que te has pasado media vida entre pelotas, me espeta.

Será hijoputa el niño, es hora de sacar mi espada mata gigantes, o mata niños gigantes, y zanjar esto de una vez.

- Te voy a enseñar a respetar a tus mayores, maldito niño insolente-le escupo a la cara, y acto seguido me llevo la mano al cinturón:¡desenfunda, mentecato!

Pero él ni se inmuta.

- Ya no sabes usar la espada, así que es mejor que vuelvas a guardarla, si no quieres que te de una dolorosa paliza. Soy más rápido que tú, más ágil, más alto, más...

Sin embargo, antes de que acabe la retahíla de adjetivos hacia su persona, me lanzo por sorpresa, y le asesto un duro corte en la boca del estómago. A lo samurai. Chof, directo al hígado.

- ¡Toma eso, chulito de mierda!

Y al arrancar la espada de su tripa, el niño cae al suelo, encogido, y chorreando sangre por la boca.

- Ahora, ya no hace falta que me infles el balón- exhala, y se muere entre mis brazos de adulto venido a menos.

.....

¡Dios mío, qué he hecho!

4 comentarios:

MiAu dijo...

Te has medicamentado demasiado?? jejejej ves alucinaciones y dancing babies como Ally McBeal¿¿

Yo me hice mayor el día que mi madre tiró mis barbiesl Y te voy a decir que tenía 16 años...jajaja

R. dijo...

Yo todavía conservo mis gijoes!

aunque el capitán cobra tiene medio cuerpo quemado...

una más... dijo...

No he podido evitar reirme a pesar de lo " tragico " de matar a tu yo infantil.. quizás tengo demasiada imaginación y eso me pierde..lo de la planta carnívora con dientes de leche no tiene precio.. no se por qué he empezado a leerte con esta entrada en vez de con la última o la anterior a ésta, al encontrarte por casualidad. Supongo que el título tiene mucho que ver, de todas formas ( ya acabo ) me ha gustado encontrarte, te leeré poco a poco, creo que puedo pasar buenos ratos aquí, así que si me lo permites, me acomodo al fondo a la derecha al lado del baño.. casi no notarás que estoy.. ( hoy por que tenía ganas de chácharar.. )
Saludos!!

R. dijo...

No pasa nada, cada uno/a interpreta los post como gusta.

Pues verás cuando se le caigan los dientes de leche a la planta carnívora, y le salgan los de verdad, los chungos...ahí ya pasó de batirme en duelo! jeje

Que coño al fondo, al lado del baño, tú vente para acá, que aquí hay sitio, camarero! póngale lo que pida aquí la señorita, que a esta invita la casa!

;)

un saludo, y encantado!

entra cuando quieras, y léeme cómo gustes, aquí a gusto del consumidor

un abrazo