miércoles, 29 de julio de 2009

El día que dejé de ser un niño

De pequeño, una de las cosas que me daba más vergüenza del mundo era que me viesen llorar. Ya ven: un niño llorando. Lo más normal. Pero en mi caso, dicho trance era una demostración de debilidad ante los demás, por lo general, otros niños, que también, como yo, se mordían el llanto hasta que le sangraba el labio inferior.

Mejor eso, que llorar delante de todos, pensaba. Mejor inflingirme a mi mismo dolor, que dejar que ellos sepan que me han hecho daño. Morir de pie, antes que vivir arrodillado.

Sin embargo el dolor, a veces, era tan fuerte, que ningún labio, por muy grueso que fuera, podía hacerse cargo. Contenerlo. Difuminarlo. Hablo de daño físico. Él único que conocía a mis diez años. Patadas y puñetazos. Puñetazos y patadas. Distribuidos aleatoriamente por todo el cuerpo humano. Dolor físico; impersonal y transferible.

El único dolor que, creía, había en el mundo. El de un balonazo en la entrepierna, una colleja en frío, un puño en la boca del estómago, etc. Daño físico, en fin.

Pero yo no lloraba ni aunque me cayesen relámpagos de bofetadas. Huracanes de patadas, tsunamis de personas encima. Aprendí, supongo, a crearme un escudo protector, que no era más que mi fuerza de voluntad, y mi labio magullado. No voy a llorar, no voy a llorar, no voy a...

Y un día, que volvía, precisamente, de hacer gala de mi estoicidad, mi madre me dijo que Roberto, mi abuelo importado, había muerto. Y yo me mordí el labio, en un acto reflejo, como si aquello fuera otro golpe físico más. Acaso un violento zarandeo. Un empujón contra la pared. Intentando amoldar mi escudo, mi carcasa, mi cáscara, a las palabras que acababa de escuchar: se, ha, muerto, hoy, por, la, tarde.

No lloré hasta que estuve en mi cama, a solas. Con el sabor a sangre en mi boca. Ese puto sabor asqueroso, que a veces paladeo en mi cabeza, y me da arcadas.

Lloré como nunca antes había llorado. Ni siquiera el día que me cruzaron la cara por primera vez había perdido tanto líquido. Y eso que caí al suelo dando una piruleta en el aire. Pero nada comparado con este otro tipo de daño. Mucho más punzante.

Había descubierto, de la noche a la mañana, el otro tipo de dolor que había en el mundo; ése que no te propina ningún matón en el patio. No. Hablo de un dolor distinto, de otra liga diferente, y otro deporte. El deporte de vivir. La otra cara de la moneda y de la mano con la que la vida te golpea, y te salta los dientes: el daño de dentro, el daño del alma, del corazón. El que te comprime las vísceras, que son algo así como la fosa común adonde van a parar todos los recuerdos que no son enterrados dignamente en el memoria.

Un dolor que impacta dentro de ti, y estalla hacia fuera. Crash, y tu armadura de caballero andante que se te hace trocitos. Desnudo ante las circunstancia. Con los testículos hechos canicas. ¿Ahora qué, eh, ahora qué?

Lloraba desde las vísceras hacia mi cama, digo. Y sólo recordar la esfinge de mi abuelo me producía un daño inmenso. Un dolor que me quemaba el esófago. Y además, sin cura. Mutable, y esquivo a cualquier vacuna.

Ése día perdí la niñez. El himen que mantenía mi ingenuidad virgen. Mi universo de canicas, cromos, y patadas en la entrepierna.
Me hice mayor de golpe. Y resulta que crecer era eso mismo: asumir que somos vulnerables. Yo, que no lloraba para parecer mayor, fuerte. Un hombre.

En eso me convertí ese día. En un hombre de diez años.



Qué asco de infancia.





Imagen sacada de http://sisifosehaceviejo.files.wordpress.com

2 comentarios:

una más... dijo...

Nunca puede ser un asco de infancia cuando tuviste el honor de ser niño..la frontera que marca el despertar hacia otro tipo de sentimientos, es otra cosa muy diferente..
Nunca puede ser un asco, cuando un abuelo, de sangre o no.. te sienta en sus rodillas..
Un abrazo R. y de nuevo te digo que es un placer haberte encontrado..
Hasta pronto. :)

R. dijo...

Bueno, asco cuando te das cuenta de que eres un niño para muchas cosas, pero no para otras. Asco es entender que la gente se muere, y que tu burbuja infantil no va a protegerte de ese dolor.

El placer es mío también

Un abrazo

sé bienvenida, una más