viernes, 19 de junio de 2009

Pérdidas


Hay una constante en mi vida, doctor, que se repite desde que tengo uso de razón. Y es que siempre que me gusta alguien, al final, por esto o por aquello, le acabo perdiendo. Por no luchar, o por luchar demasiado. O me canso yo, o se cansa ella. No hay término medio. O me paso, o no llego.

El caso, es que, por unas cosas o por otras, siempre acabo perdiendo a la chica que me gusta, y estoy cansado. El otro día, por ejemplo, estaba con ella, la mujer de la que le hable el otro día, ¿se acuerda? Bien, pues resulta que tuvimos una discusión, hará como medio mes. No me pregunte sobre que discutimos, porque no me acuerdo, la verdad. Pero se que discutimos, y que mas tarde lo arreglamos, por aquello de no seguir discutiendo, vaya. Por que, aunque no recuerdo bien el motivo de la pelea, se que ninguno de los dos dimos nuestro brazo a torcer. Somos muy cabezotas. Y tanto ella como yo, queremos llevar siempre la razón. Así que lo dejamos en empate técnico.

El problema vino después. Desde ese día, vengo notando un distanciamiento entre nosotros, como si nos estuviéramos alejando sutilmente. De forma velada. Sin necesidad de estar pasando por una crisis ni nada por el estilo. No, es algo mas como de soslayo. Más cobarde. Son pequeños detalles los que me hacen pensar esto: hablamos menos, ya apenas nos preguntamos que tal ha ido el día; las rutinas que antes hacíamos juntos, como poner la mesa, recoger la casa, ver una película en el sofá, etc., han pasado a ser, de la noche a la mañana, hechos esporádicos, aislados.

Tenemos, además, horarios distintos. A ella, ahora, le han cambiado el turno, y yo sigo trabajando de noche. Ha sido pura casualidad, circunstancias laborales, meros ajustes de empresa; pero, todo eso, que demonios, ha servido, de forma indirecta, para ampliar, aun más, nuestra brecha afectiva. Es un grano sumado a toda una montaña de desencanto. Poca cosa, si se mira de forma aislada, sin embargo, un peligro si se observa en su conjunto. Estamos al borde de la ruptura, doctor. Una gota mas, y el vaso se habrá derramado.

Con la excusa del trabajo, ya le digo, apenas coincidimos en casa. Y los días, mientras, van pasando, y cada vez hay menos razones para sentarnos a hablar. Las cosas van perdiendo su encuadre, su interés. No vamos a ponernos a discutir ahora por algo que paso hace una semana.

Lo peor de todo, doctor, es que esta vez, no me importa perderla a ella, sino a mi. Me da miedo llegar a un punto en que todo me de igual. Estar solo o acompañado, tener trabajo o no. Respirar o morirme.

Ella tiene un amante, lo se, me consta. Pero no me molesta, al contrario, lo agradezco. Agradezco que alguien se la folle por mí, que la bese por mí, que la acaricie por mí. Que la cuide por mí. No podría soportar hacer todo eso, sin sentirlo. Ninguno de los dos se merece algo así. Por eso, cuando llega a casa, y huelo su colonia desde el salón, respiro tranquilo. Ha estado con el otro, con el único, me digo. Y mientras ella borra a escondidas los mensajes del móvil, yo trato de escribir algo coherente. Vivimos en polos opuestos, en las antípodas de lo que eramos.

- ¿Sigue escribiendo aquella novela que me contó?

- Si, sigo haciéndolo. Aunque a veces me quedo en blanco.







Imagen sacada de http://www.actualicese.com

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