viernes, 8 de mayo de 2009

De cómo y por qué me hice ateo


Mis padres cometieron el fatal error de llevarme a un colegio, primero, de monjas, y, luego, de curas. Como diría aquél, gracias a Dios -a los profesores, y profesoras que tuve durante- soy ateo. Muy ateo.
Lo hicieron, o eso me dijeron ellos, por una cuestión logística. El colegio, en cuestión, estaba a unas calles de casa de mi abuela, que era la que me alimentaba, y cuidaba al mediodía. A esa hora, mis padres trabajaban.
De modo que, viendo el panorama y el plano de la zona, optaron por matricularme en un colegio de monjas, que era el que estaba más cerca de todos.


Aquél fue mi primer centro, y Sor María el primer eslabón de una larga cadena de personajes con capirotes y alzacuellos, más propios de una novela de terror, gótica, que de un claustro de profesores. De entonces, guardo muy pocos recuerdos, pero los suficientes para escribir este post. Y ajustar cuentas. Soy de la escuela de Sabina, lo mío es mancharme las manos de tinta, que es la sangre del alma. Qué quieren, para según qué cosas, soy un poco rencoroso.
Además de nervioso, y psicosomático. Es decir, ante cualquier hecho o circunstancia, mi estómago hace de fiscal, y mi mente ejerce de juez. Uno pide para mí la máxima condena-en forma de vómitos-y el otro determina si vomito ahora o más tarde. Esto, traído al ámbito de lo civil, quiere decir que, cuando me bloqueo o me angustio, mi estómago se convierte en un jodido parque de atracciones.

Tal es el caso, que ya desde pequeño vomitaba como un descosido cuando Sor María, esa hija de Satanás, me entregaba la ficha del día (también había por ahí una niña que me atemorizaba y ayudaba a desestabilizarme estomacalmente, pero eso ya lo conté) y veía que no sabía hacerla, o que no la entendía. Me ponía nervioso y componía sobre la mesa, sobre la propia ficha, un cuadro impresionista, lleno de trazos de colacao y galletas.

Sor María, entonces, me cogía del babi y me llevaba/arrastraba hacia un cuarto enorme y frío, lleno de lavadoras apiladas una encima de otra, y, con voz ronca, me decía: "Si vuelves a vomitar, va a venir un hombre en una furgoneta y te va a llevar con él, y NUNCA MÁS (lo decía así, en mayúsculas) volverás a ver a tus padres.
Aún distingo esa furgoneta en el imaginario de mi infancia. Es negra y se parece a la del Equipo A, sólo que sin la raya roja. Por otro lado, tiene cojones que lo primero que recuerde de mi vida, de mi niñez, sea precisamente eso: una amenaza de secuestro. Lo siento, pero eso sí que no se lo perdono.

Al día siguiente, claro está, se repetía la misma escena. Ya no por bloqueo, sino por miedo, pánico. Pensaba en aquél hombre, en aquella furgoneta negra, y vomitaba aterrado. Y de nuevo, el cuarto y aquellas lavadoras que se me antojaban enormes, como monstruos esperando abrir sus fauces para comerme.
Me acabé chivando a mis padres. No recuerdo bien su reacción, sólo que me cambiaron de colegio. Concretamente al de enfrente, que era de curas.
Ya digo, pura logística.

Ahí, entre crucifijos y retratos de la virgen, descubrí el cinismo, y la hipocresía. Cómo por un lado promulgaban la bondad, la tolerancia y el respeto, y por otro se pasaban por el forro, el ideario cristiano. Había cosas bochornosas: un curso estuvieron recaudando dinero para, presuntamente, construir una iglesia en tal país de África, y al septiembre siguiente te encontrabas con que también habían reformado medio colegio.

Hubo dos profesores que me marcaron en la misma línea que Sor María: el Hermano Marcos, y el Hermano Joaquín.

El primero se dedicaba a entrar en los baños, cuando los niños hacían sus necesidades. A mí, siempre me cogía de la oreja, y me lleva a rastras por el patio. Era su forma de castigarme por ¿jugar a la pelota, al escondite, correr? Aunque mejor eso, creo, a que te toquen la pilila mientras meas.
Toda las semanas tenía que pegarme la oreja con superglue. Hasta que un día, harto de sus maneras, le di una patada en los genitales o cojones, mientras me balanceaba en el aire, y equiparamos fuerzas.
A partir de ahí, pude jugar al fútbol libre de sus manazas.

El hermano Joaquín me dio matemáticas el último curso, antes de selectividad. En la primera evaluación, suspendí siete-entre ellas su asignatura-y él, muy valiente, le dijo a mi padre, que su hijo (un servidor) no valía para estudiar, que era un delincuente, y que por eso lo mejor era que me pusiera a "picar piedra" desde ya mismo. Mi padre, me defendió; yo le dije que no hacía falta, que aquel mamarracho no me conocía de nada, ni sabía nada de mí para juzgarme así. Y al hermano Joaquín, que era calvo como una bombilla, le debió sentar mal que le dijera mamarracho a la cara (me parece una palabra tan sonora, que me encanta: ma-ma-¡rra!-cho), porque durante todo el año no paró de sacarme a la pizarra a hacer derivadas e integrales, con el fin de humillarme. Bueno, a mí, y al resto de la clase. Aquello parecía los fusilamientos del dos de mayo o los juicios sumarísimos del franquismo. La gente blandía su ignorancia en señal de paz, de entrega, y él los fulminaba a insultos e improperios. Los había que acababan llorando a lágrima viva.

- ¿Tú qué quieres estudiar?- le preguntó una vez a María José.
- Psicología...
- Pues con mi nota no cuentes para la media, eres una inútil.

Bang, una al suelo. Siguiente.

Decidí poner remedio. Tenía dos opciones: tirarle por las escaleras, y que pareciese un accidente, o aprobar todo y demostrarle, a ese mamarracho, que yo valía tanto para poner palés, como para estudiar, o ser ministro/a de Cultura, que creo que no hay que saber mucho.
En septiembre saqué un siete en matemáticas, y luego en selectividad un 0,5. Pero aquello daba igual. En historia y lengua había obtenido un 8 y un 9, y en filosofía un 7. En suma, había aprobado.

Quise graparle las notas en la cara, pero el tipejo había desaparecido del colegio durante el verano. Nunca supe si lo expulsaron, si lo destinaron a otro centro, o si se marchó por su propio pie.
Tal vez, como Napoleón, tuvo que salir por patas.

El Hermano Marcos, por su parte, murió. Y a Sor María, me la acabé encontrando en la calle, al cabo de los años. Estaba mucho más hajada y vieja, pero conservaba aún ese antojo en la mejilla, que tanto miedo me daba de pequeño, y que me sirvió para reconocerla y encararla después de tanto tiempo...



Imagen sacada de http://lacomunidad.elpais.com

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Además de nervioso, y psicosomático. Es decir, ante cualquier hecho o circunstancia, mi estómago hace de fiscal, y mi mente ejerce de juez. Uno pide para mí la máxima condena-en forma de vómitos-y el otro determina si vomito ahora o más tarde. Esto, traído al ámbito de lo civil, quiere decir que, cuando me bloqueo o me angustio, mi estómago se convierte en un jodido parque de atracciones.



tremendo ese párrafo!

~itziar~ dijo...

Vamos, me has dejado muy claro que mi hermano (pobre de él, está en un colegio de monjas), sufre mucho... está mas tiempo en el despacho de la directora que en el aula! (si leyera este texto se sentiría totalmente identificado contigo.jaja)

Y si, las monjas son lo peor de este mundo...

Rodrigo Casteleiro dijo...

le acompaño en el sentimiento...


jeje


un abrazo

Anónimo dijo...

me pasa lo mismo con los vomitos.
Buen texto! =)

R. dijo...

está bien saber que uno no es el único que echa la compota cuando se pone nervioso.

un saludo anónimo!