domingo, 12 de abril de 2009

Núñez de Balboa-La Poveda


En Núñez de Balboa, suben un grupo de estudiantes de un país escandinavo, quizás suecos o daneses. Se echan sobre el suelo del vagón y se retratan riendo. Pienso en lo mucho que hace que no veo a mis amigos. En lo mucho que hace, que no nos juntamos todos, y reímos así. Me da pena cómo nos hemos ido distanciando, cada uno con su vida. Algunos, incluso, suman a la distancia psíquica, la física. Se han mudado de casa, o viven ya en otra ciudad o país distinto.

A mi lado, hay una pareja de ancianos. Él, sordomudo, atiende con celo las explicaciones de ella. Le lee los labios. Tendrán como mucho 70 años. Y, sin embargo, se comportan como si tuvieran 20. Hacen manitas-él le toca el culo sin ningún disimulo-, y se sonríen, enamorados. Al verles, me imagino a esa edad. Si llego, claro. ¿Tendré pareja, estaré solo, seré un ermitaño, o un tonto enamorado? Les envidio, a día de hoy se me antoja imposible estar tanto tiempo con alguien.

Un niño se desliza por el pasillo, y cae al suelo. Comienza a llorar. Me entristece tantísimo su llanto, ahí tirado a la vista de todos, hecho un guiñapo. Llora como lloran los niños: a lágrima viva, a voz en grito. No soporto ese tipo de llanto, se me clava en el alma como una astilla oxidada. Lo escucho y me da pavor la sola idea de que ese niño sea mío, de traer gente a este mundo. Lo paso tan mal cuando veo a mi gata sufrir, cómo para ver a un hijo.
Su padre le recoge y le besa protector. Hace tiempo que no hablo con mi viejo, tal vez debería llamarle. O dejar las cosas como están. No sé, la verdad, qué es mejor.

En Pavones, suben una madre y su hija, menor. No debe pasar de los 13 años. Durante todo el trayecto, no para de quejarse de sus kilos de más, de su pelo rizado -"Mamá cómprame una plancha, te lo pido"- y, en especial, de sus cejas. No le gustan, según ella, son demasiado gruesas. Su madre le resta importancia a su aspecto físico. "Aún te queda mucho por crecer, cambiarás seguramente, y serás una mujer preciosa". "Ahora eres sólo eres una niña", le consuela, "pero ya verás cómo todos los chicos se fijarán en ti cuando crezcas". Yo también, a esa edad, solía quejarme de mi aspecto físico.
Observo de reojo su reflejo en el cristal de la ventanilla, y vislumbro su futuro. Se enamorará con los años, y seguramente le romperán el corazón. Conocerá a alguien en su clase, en una discoteca, en la calle. Antonio, Carlos, José. Y este al cabo de seis meses le dirá "se acabó, ya no te quiero", o "me he enamorado de otra, lo siento". Y entonces, su madre no sabrá cómo consolarla. Se acordará de esta conversación, y se sentirá inútil, impotente.
Evito mirarla, para no sentirme culpable. Pero la culpa, no obstante, comienza a anudarse en mi estómago, hasta formar un bucle de remordimientos que me ahogan. Me acuerdo, in situ, de las pocas o muchas chicas, a las que yo rompí el corazón, y me siento de golpe el ser más miserable de la tierra. Ojalá me tragase este túnel, exclamo.

Se me empañan los ojos, quiero llorar. No sé qué me pasa. No sé por qué de repente me siento tan mal. Aprieto los párpados, e intento pensar en cosas agradables. Messi marcando un gol a Casillas, una tarta de chocolate, una cala desierta, Ibiza, Santiago de Compostela, una espalda femenina, un hoyuelo, un edredón, mi gata...
Al bajarme en Puerta de Arganda para coger el siguiente tren a la Poveda, un yonqui me rescata de mis pensamientos, y me pide un euro.

- Compi, te lo cambio por el billete que ibas a comprar, que ya lo he sacado. Mira si quieres puedes mirar la hora y comprobarlo.
- No hace falta, pero, ¿para qué quieres el euro?, ¿qué es jaco o perico?
- ...
- ¿Hachís?
- No, joer, es pa un bocadillo, coño.
- Prefiero que te fumes un chino, la verdad.
- Bueno vale, sí, cojones, es pa pillar, que me faltan 2 euros pal pico, ¿qué eres madero o qué?
- Si yo tuviera huevos, me drogaría-le digo dándole el euro.

No sé por qué he dicho eso.

Uso su billete para salir. Ya en la calle comienzo a llorar a lágrima viva. Me siento triste, muy triste, y, lo peor, es que no encuentro una razón para mi tristeza. No hay culpables, ni un cadáver flotando en el río, no hay testigos, no hay nada, que me sirva de sumario. No hay caso aparente, y sin embargo, me siento tan profundamente triste. Tan jodidamente triste.
Veo la carretera al fondo, los coches, y lloro. Siento, por momentos, tentaciones de volverme a mi casa, y seguir llorando en mi cuarto. A solas, rodeado de mi mierda.
Deambulo, hasta encontrar la casa donde se celebra la fiesta a la que voy. En el portal, me seco las lágrimas, me pego una sonrisa de velcro, y vuelvo a ser ¿yo mismo?

- ¡Hola, muchas gracias por venir!
- No hay de qué, mujer, qué menos, toma, feliz cumpleaños, te he comprado esto.
- Joder no tenías por qué, y menos tú, que estás sin un duro.
- Bueno, tampoco he tenido que donar un riñón.

Y le doy un libro. Ensayo sobre la ceguera, de Saramago. Mi favorito.





Fotografía sacada de http://media.photobucket.com

3 comentarios:

~itziar~ dijo...

Hola!
Por lo que veo, mejor dicho, por lo que he podido leer, no soy la única persona en madrid que cuando va en metro se pone a pensar la vida y los milagros del que está sentado a lado, o de aquel que está de pie... esa primera parte del post me ha encantado! jaja.

Por cierto, la del cumple tiene que estar dando brincos con tu regalo! xD

Anónimo dijo...

"... y mientras ella, al otro lado de la ciudad, sueña con ser una de esas cosas agradables en las que él piensa para abandonar ese sentimiento...".

Tristán dijo...

A veces no hay motivos para estar triste. De hecho, pregúntate si eres feliz, y dejarás de serlo.

Seguimos pendientes....