martes, 17 de marzo de 2009

Grandes desastres amorosos (1)


La veía entrar todos los días en la cafetería. Por aquel entonces, yo estudiaba Derecho-carrera que posteriormente abandoné- y desayunaba siempre en el mismo sitio, antes de ir a clase.
Ella era pelirroja, como una puesta de sol, de unos veintilargos, y lucía un campo minado de pecas en la cara que me fascinaba.
Siempre soñé con contárselas. Desactivárselas una a una.

La adoraba. Era la pelirroja más pelirroja que había visto en mi vida. De esos pelirrojos, que cuando les da el sol parece que arden.
Y mi corazón era entonces un cóctel molotov con la mecha a punto. Un solo beso, y hubiéramos saltado los dos por los aires.

El caso es que, tras un mes entero observándola desde el final de la barra, sin atreverme a decirle nada, me conjuré ante el espejo y las Musas y le escribí este poema que, armado de valor, le di una mañana:

Lo confieso
soy adicto al café
pero más yonqui de ti
que otra cosa.

Todos los días
te veo entrar en la cafetería
con el peso de tus mañanas
a cuestas,
y tres pinceladas
de maquillaje
que dibujan tu retrato
frente al mundo
y disimulan tus ojeras
llenas de fracasos
en hora punta.

Siempre haces lo mismo:

te acercas a la barra
con andar perezoso
y pides un café con leche
y dos de azúcar.

Pero gracias a ti,
mi rutina se vuelve dulce
mientras te observo
al final del todo
acodado en mi sueño
y mi café solo
se torna acompañado.

Tú por tu parte,
remueves despreocupada tu café
con la mirada absorta
como si nada de lo que te rodease
fuera contigo
pero la vida a tu lado
por unos instantes
deja de ser una guerra preventiva
y a Madrid hasta le salen
hoyuelos en sus zanjas

y durante los cinco minutos
que te tomas para exiliarte
en tus pensamientos,
los coches dejan de traficar
con personas.

Y entonces, tras ese lapso,
vuelves la vista
hacia el periódico que traes
contigo,
y sin dejar de mirarlo
haces ese gesto
tan tuyo, tan mío
esa forma de agitar la cucharilla
dejando, complacida
que las gotas
resbalen en caída libre

y con ellas
el invierno.

Y acercas, luego, la taza
a tus labios
y mi vida entera, puedo jurarlo
se sumerge
en el fondo de ese vaso
girando inerte antes tus besos,
pasando inadvertida entre sorbos.

Después, tu caricia
roza el contorno del
inadvertido plato
que sujeta
tus prisas,
y mi tristeza
se diluye como un azucarillo
y aunque efímero
puedo sentir el tacto de tus yemas
pagando la cuenta
de mis heridas.

Sin más, dejas propina y te marchas
como habías venido
con el mismo caminar perezoso
como si arrastraras
el peso de varios
cuerpos o de varias
mentiras,

con tus tres pinceladas de maquillaje
y tus dos ojeras y ese
campo minado de pecas
que explotan supernovas
a tu paso.

Yo, al irte, como cada día
me acerco hasta tu poso
donde se dibuja tu huella
y ante la mirada atónita
del camarero
dibujo tu silueta
y te desnudo
sobre la barra
que cada mañana
nos visita.

Y en esas imagino
que nos perdemos
por cientos de cafeterías
y tú me hablas
de lo harta que estás de tu vida
y yo te ofrezco un plan de futuro
sin pensiones ni préstamos
ni hipotecas ni ojeras.

Pero el reloj se entromete
entre nosotros
cuando no mi vergüenza
y me cita en una aula magna.

Y más que un poeta, me siento
un abogado frustrado.

Injusta vida esta.


.......


Era guiri. No entendió una mierda.


Fotograma de la película ¿Quién engañó a Roger Rabbit?

5 comentarios:

eme dijo...

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA... GUIRI, ¡TOMA YA! JAJAJAJAJAJAJAJAJAJA.

Rodrigo Casteleiro dijo...

Así es. Imagínate mi cara cuando me dice: "Whatisdis".

En fin.

Anónimo dijo...

qué putada! jaja

sweet vampire dijo...

hola...

la vdd no se como llegue aqui solo podria decirte wow tu blog me ha encantado, he quedado prendada de ti,en fin me gustaria conocerte y charlar un rato

bye.

Shigella dijo...

Es una preciosidad