jueves, 26 de marzo de 2009

Gracias

Recuerdo que sonaba una canción de Laura Pausini en la radio. Entre tú y mil mares, para ser exactos. El coche se salió entonces de la carretera, y en apenas segundos, vi mi vida dando vueltas de campana por un descampado. Fueron siete en total, las conté una a una. Siete veces que el coche giró sobre si mismo. Siete movimientos de rotación consecutivos.
En ese instante deseé que aquel brusco vaivén se prolongara en el tiempo, y que el automóvil siguiera dando vueltas hasta el infinito. De lo contrario, pensaba, moriría. Mientras pudiese contar cada nuevo giro, seguiría consciente. Vivo. Por eso me acuerdo del número exacto de vueltas que di. 7, como las vidas de un gato.

Dentro, mi cuerpo se centrifugaba violentamente. Era un muñeco golpeándose contra todo.
Recuerdo también el ruido de la maleza aplastada por las embestidas de la carrocería. El crujir de las hierbas a su paso. Los parabrisas agitándose.
Me acuerdo que pensé muy nítido: "Voy a morir, y no puedo hacer nada para evitarlo". Fue lo primero que me vino a la cabeza. Suena absurdo, todos moriremos algún día sin poder remediarlo; aunque entonces, esa máxima cobró un sentido mundano, tangible. Terrorífico.
Pero no morí, y casi fue peor. El coche dejó de moverse, y yo caí temblando sobre el salpicadero, en un frenazo seco.
Después de eso, vinieron los gritos, el tacto áspero de los cristales rotos, la sangre cayendo a borbotones de mi cabeza. Y el miedo. Sobre todo, la profunda congoja.
Estaba encerrado dentro de un coche totalmente siniestrado, suspendido sobre dos de sus ruedas laterales. La única puerta que había quedado en pie, estaba atrancada, y yo no tenía fuerzas si quiera para forzarla, para luchar por mi vida. Me dolía todo, y sentía además, cómo me iba desangrando por fuera. Morirse de golpe aún tenía un pase, hacerlo lentamente se antojaba horroroso.
Notaba mi sangre espesa y caliente resbalar como en un manantial por mi cara, por mis manos, por todo mi ser, y pensaba en lo inevitable. No iba a salir vivo de ahí.

No obstante, sucedió algo: vi, asombrado, cómo mi compañero escapaba del amasijo de hierros por debajo del coche, sin ningún tipo de rasguño, desentendiéndose, por completo, de la situación, y me sentí profundamente indignado.
Lo veía afuera, dando patadas al aire, maldiciendo no sé qué, y no daba crédito: "Ayúdame a salir, joder, ayúdame", le gritaba yo desde dentro. Pero él seguía a lo suyo, de espaldas a todo.
Eso me llenó de rabia. Mucha rabia.
Conseguí abrir la puerta del copiloto de un puñetazo-que todavía hoy me duele- y saltar desde arriba. Entonces fui directo a por él. El energúmeno sollozaba porque su móvil de última generación y su cartera rebosante de billetes estaban dentro de la guantera, que había quedado, obviamente, inutilizable.
Quise pegarle, destrozarlo a golpes, lo juro. Decirle, cabrón, estoy sangrando como un cerdo y a ti sólo te preocupa tu puto teléfono. Deberías seguir ahí dentro, hijo de puta. Morirte tú, con tu móvil y tu dinero.

Pero en cambio le abracé aterrado y le pedí casi suplicando que me diera su camiseta para tapar la hemorragia. Me hice un nudo tipo, y apreté con todas las fuerzas que me quedaban.
Pese a todo, no logré que la sangre dejara de fluir, no había, de hecho, forma humana de cerrar aquella brecha. Aquello era una estampida de glóbulos rojos.
Empezaba a estar muy mareado.
La única opción que nos quedaba era pedir ayuda. Parar un coche y que llamaran a una ambulancia. Me encaminé como pude hacia la carretera y aguardé esperanzado.
Quince minutos después aún seguía esperando. Estábamos en un paraje perdido de la mano de dios, sin señalización alguna, y completamente a oscuras. Era verano. 17 de junio.
Antes de que nuestro coche empezara a dar vueltas, había mirado, instintivamente, la hora. 1.55 de la madrugada. Calculé el tiempo que podría haber pasado desde entonces. Quizás 15 ó 20 minutos. No tenía ni idea. Todo eran suposiciones.

Quise, por momentos, arrojar la toalla y evaporarme mirando las estrellas, cuando de pronto, oteé a lo lejos seis faros que venían hacia nosotros. 6 haces de luz. Tres coches, uno detrás de otro.
Me incorporé súbitamente y grité auxilio hasta quedarme afónico; también levanté los brazos y chillé, pero la vida pasó de largo.
En ese momento, viendo la situación, miré a mi compañero y le dije: "Me estoy mareando mucho, si caigo inconsciente, ten al menos la decencia de no dejarme tirado en este puto descampado". No supo qué contestar. Ni siquiera me mantuvo la mirada. Cobarde de mierda.
Pasaron algunos minutos más. Tiempo indeterminado. He de decir, que en ningún momento vi ninguna luz al final del túnel, ni se me agolpó toda mi vida en diapositivas. Pensé, eso sí, en las cosas que había hecho hasta entonces. Iba a cumplir 16 años, que es una edad ambigua. Resulta que eres demasiado mayor para ciertas cosas, pero, también, demasiado joven para otras. Es una putada de edad, la verdad. Yo no volvería a lo 16 por nada del mundo.
Pero entonces iba a cumplirlos, decía, y pensaba en las cosas que había hecho: me había enamorado, me habían roto el corazón, había roto yo también algún corazón que otro, me había emborrachado, había vomitado hasta la bilis, me había drogado, me habían expulsado del colegio, había vuelto, me había ido de casa, había llamado fascista a mi padre, había odiado, amado, había ido a cuatro conciertos, algún que otro bar y discoteca y a muchos más cumpleaños; había aprendido a nadar, a montar en bici, había escrito una novela corta, leído algunos libros interesantes, había...joder no había hecho nada. Me iba a morir sin haber hecho nada en la vida. Nada que fuera relevante, nada digno de ser mencionado en una (hipotética) biografía.
Me puse a llorar también a borbotones. De pena, de tristeza, de nostalgia, de enfado. Creo que nunca he llorado de forma tan hetereogénea, y a la vez, tan concreta.

Y sucedió, que la vida, me fió una segunda oportunidad. Vi de nuevo acercarse muy lento a otro coche, y volví a chillar: "¡Por favor, paren, hemos tenido un accidente, necesitamos ayuda!". Y el vehículo, esta vez sí, se detuvo. Eran una pareja joven, de unos treintaylargos. Se les había estropeado el aire acondicionado, y tenían las ventanillas bajadas. Por eso me oyeron.
Me dieron una manta y llamaron a una ambulancia.
Me salvaron la vida, vaya. Nunca supe sus nombres, tampoco sé cómo ponerme en contacto con ellos actualmente. Por eso quiero agradecérselo desde aquí. Aunque suene raro, y sea extravagente. Puede que algún día lean esto, y se pongan en contacto conmigo, o yo con ellos:

Gracias por darme aquella segunda oportunidad. Tampoco es que haya hecho muchas más cosas en la vida, pero sí que he adelantado trabajo.
Gracias, gracias, gracias. Infinitas e infinitas gracias.
De todo corazón.
Gracias.
Por todo, por parar,
por salvarme la vida,
gracias.

1 comentario:

Anónimo dijo...

desgarrador relato, amigo