lunes, 23 de marzo de 2009

De pequeño soñaba con ser futbolista


De pequeño soñaba con ser futbolista. Creo, que como el 99% de los niños a esa edad. Pero el mío, como la rosa del principito, era un sueño único. Especial.
Como el protagonista del cuento de Saint-Exupéry, yo también regaba cada día aquella ilusión con celo y mimo: me vestía de corto, me subía los calcetines hasta las rodillas, me calzaba las botas, y bajaba a la plaza de mi casa a darle patadas al balón hasta que desfallecía.
Ya fuera verano o invierno, lloviese a mares o hiciera un viento más propio de Oz, que de Madrid. Daba igual. Jamás me perdía una tarde de fútbol, a menos que estuviera castigado, que no eran pocos los días.

Años más tarde comencé a fumar, y algo después a drogarme como un bendito. El fútbol en mi vida se redujo entonces a la mínima expresión. Ya sólo jugaba de vez en cuando, y no todo el encuentro. Era cómo ver a Maradona en un partido contra la droga. De risa.
Sin embargo, entre alucinación y alucinación, vislumbré otro sueño: ser estrella de rock Estaba colocado, sí. Pero no obstante, aquello no sonaba tan desafinado.
Otros grupos habían llegado a la gloria de la nada. ¿Por qué no nosotros?
Ocurrió lo que ya conté: aquel sueño también se diluyó en el tiempo, y me vi, ya digo, huérfano de ilusiones.

Los Primitivos, que así nos llamábamos, se deshicieron como una pastilla efervescente en un vaso de agua, miles de partículas espolvoreadas, arrancadas las unas de las otras. Cada cual siguió su camino.
De todo aquello me quedó un regusto en la memoria, y un puñado de letras de canciones, en donde estaba escrito, sin yo saberlo, mi destino más próximo. El siguiente trasbordo a mis sueños.
Quería ser poeta, como Bécquer, Lorca o Salinas.

Creía entonces, que había vivido lo suficiente para contarlo. Tenía 17-18 años y un currículum vitae lleno de aparentes desgracias y de amores imposibles. Me habían roto el corazón unas cuantas veces, y me había vengado otras tantas. Había tenido también un accidente de coche en el que salí vivo de puro milagro. Mis peleas con la vida eran constantes. ¿Por qué estoy vivo yo, maldita sea, y los demás no?
Todo aquello tenía un manto poético importante.
Escribí cerca de 500 poemas, a cada cual peor, que llevé a una editorial. Tras evaluarlos, me dieron un sí condicionado. Condicionado a que yo pagase medio kilo (¡500.000 pesetas de entonces!), por una tirada de 300 ejemplares. No tenía un duro, había dejado derecho y estaba sin trabajo. Me negué, llamé hija de puta a la tipa que,pensaba, me estaba estafando y me fui de ahí con mis poemas bajo el brazo.
Se los regalé a un amigo. Creo, de hecho, que aún los tiene.

A partir de ahí, continué escribiendo poesía, pero ya sin ningún tipo de pretensión artística. Ser poeta me había salido caro. Ahora sólo quería desahogame, eyacular mis miedos y querencias sobre el papel arrugado. Lo sé soy un caprichoso, no debí darme por vencido tan pronto, debí buscar otras editoriales, moverme más, llamar a más puertas...
Hay tantas cosas en mi vida que debí haber hecho y no hice...

Con estas acabé estudiando periodismo, y dejé por un rato la vida ociosa. Me centré un poco, y descubrí mi vocación tardía: ser corresponsal. Dar voz a gente que no tiene voz. Cambiar el mundo, en definitiva.
Quería mejorar su trazo. Escribir sobre las guerras olvidadas, sobre América Latina, África o Oriente Próximo.
De momento, es el sueño más largo que he tenido, quizás sea porque aún no he podido rozarlo si quiera con las yemas y paladearlo. Intentarlo y salir mal parado. Toda mi vida he tenido esa misma sensación, la del eterno perdedor, qué quieren que les diga.
Pero hasta que eso llegue, hasta que ese sueño se deshaga como todos los anteriores en un manojo de partículas, y vaya a parar al cajón del olvido, donde yacen mis botas de tacos, mis pentagramas o ese poemario sin nombre que escribí para ti sin conocerte de nada; hasta que eso pase, decía, me queda sueño para rato.

El otro día, sin ir más lejos, me preguntaron si yo creía en los sueños. Claro que sí, le dije, los sueños son necesarios. ¿Y tú con qué sueñas? Yo sueño con seguir soñando, con no quedarme nunca sin ilusiones, con tener siempre de sobra. Aunque sea ingenuo. ¿Y por qué, si los sueños sueños son? Porque los sueños como la sal, "no alimentan pero dan sabor a la vida". Son como la utopía de Eduardo Galeano: "Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar."


Para eso mismo sirve soñar, para caminar. Aunque a veces salgan ampollas.

1 comentario:

eme dijo...

(Al grito del 68:) "Olvida lo que has aprendido, empieza a soñar" ;)