viernes, 12 de septiembre de 2008

Atocha Renfe



"En las noches vacías en que regreso, solo y malherido todavía me arrepiento, de haberte arrojado tan lejos, de mi cuerpo".

Hará años desde que te encontré en aquél vagón de la línea uno de metro. De improviso, después de tanto. Tú agarrada a aquel bigardo, yo confundido entre la multitud de borrachos que volvíamos a casa con los ojos rojos.
Lo habíamos dejado muchos meses antes. Pero me arrepentí al día siguiente. Intenté llamarte, te llamé, colgué. Volví a intentarlo, descolgaste, dije hola y aquel portazo que di entonces en tu casa se repetió en mis tímpanos, lejano. Incluso te mandé una carta para explicarme, para explicarte. La única sincera que he escrito en mi vida. Pero nada.
Y entonces, decía, nos encontramos fortuitamente. La misma noche que volvía borracho de aquel garito heavy que había detrás de Kapital hace unos años (el Kaos para los entendidos), te vi aparecer de golpe en aquel sucio vagón de la línea uno, irrumpiendo en mi presente como un tsunami sobre una aldea de paja.
Te subiste en Atocha Renfe, agarrada a esa cabrón que me había robado el mes de julio. ¿Por qué no te llevaste diciembre?

Busqué la manera de no vernos, de no localizarnos. Paradojas de la vida, había soñado cientos de noches con volver a verte, pero ahora que te tenía delante, no quería que eso sucediese; me aterraba, digo, reconocernos. Que descubrieses mis cicatrices. Eso no.
No obstante, tú mirada cayó sobre la mía como un mazo dictando sentencia. Fue un golpe seco, directo, certero. Puto destino.
Tú te sonrojaste de inmediato y yo tragué saliva. Tanta que mi tráquea apenas daba a basto. Era el desamor que se agolpaba en mi garganta formando una bola seca, el que me impedía tragar al ritmo que imponían las circunstancias. Yo tenía 16 años, qué carajo sabía de la vida. Cómo iba a saber que mi mal era ese. Que el kid de todo estaba en un simple gargajo.
Qué coño sé de la vida ahora con 24.
No podía seguir ahí. Tenía que huir, salir del vagón, del metro. Escupir mi presente en la acera más cercana. Me abrí paso nadando. Tú estabas en la orilla, abrazada a aquel bigardo de dos metros. No me quedó más remedio que pediros paso. Él se apartó, y yo pasé por en medio. Tu olor me golpeó entonces las fosas nasales, hasta dolerme. Hasta hacerme sentir culpable. No obstante te miré, ya me daba igual una bala de más que de menos. Pero tu agachaste la cabeza y ni si quiera pude llevarme tu mirada a la tumba.
Salí.
Y nada más me arrojé fuera de la boca de metro de Pacífico, vomité. Un guardia intentó partirme la cara. Me defendí diciendo que todas las mujeres eran unas putas. Es la máxima que todos los machitos y gallitos con porra entienden y comparten. No pensaba aquello. Pero me ayudó a salir ileso. Bajó la mano y me dio la razón.
Muchos años más tarde, pero a tiempo, llegó a mis oídos esta canción de Ismael Serrano. Me removió entero, como un calambre en la espina dorsal. El mismo encuentro fortuito en un vagón de metro.
Él tuvo suerte, a pesar de todo. Lo suyo, sólo fue un espejismo.

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