sábado, 23 de agosto de 2008

A mi viejo


A veces sonaban los Beatles o Leonard Cohen, otras Dylan, y hasta había ocasiones en que mi padre ponía a Bob Marley en el tocadiscos y aquellas mañanas infinitas de domingo se colmaban de reggae. Entonces ese señor tan sobrio que se me antojaba enorme desde mis escasos dos palmos de estatura, se soltaba la melena cantando Could you be loved.
Yo atendía la escena sonriente, oculto detrás del sofá-siempre me gustó esconderme, de pequeño lo hacía como juego, 'el juego del camaleón' lo llamaba-y veía desde ahí a mi padre inmerso en un pentagrama, lleno de notas que él seguía, con más o menos rigor, con su batuta imaginaria dibujando sus tonos en el aire.
Sonreía. Y aquello que veía me daba tranquilidad, ligereza, sosiego, aunque con cinco años no supiese explicar el significado de la palabra sosiego o tantas otras que desconocía y sin embargo, sentía como mías. Sentir. Como si aquella escena que se dibujaba ante mí, decía, fuese el culmen de todo. Como si toda la vida pudiera contenerse en una canción. Sin derramar una sóla desgracia.
El tiempo pasó, mi padre y yo nos distanciamos, y hasta llegué a odiar a los Beatles y a Dylan y Cohen, era su música. Yo tenía la mía.
A veces entraba en mi cuarto y se arrancaba a cantar la letra de alguna canción que estuviese sonando en ese momento: "Aprendimos a quererte desde la histórica altura...". Y me hablaba por ejemplo, de Carlos Puebla, su intérprete originario, pero a mí ese señor me la pelaba. A mí me gustaba la de Boikot, la mía. De modo que lo echaba del cuarto, y tras el portazo, musitaba algo así como karca, con "K", sí.
Así fueron sucediéndose los años, muchos tal vez, y la distancia entre nosotros se hizo mayor, como una mancha de aceite que se extiende sin remedio, él con sus canciones, y yo con las mías. Porque detrás, había no sólo un gusto musical, sino también una forma de vida, de estar en el mundo. De revindicarnos, en definitiva. Cada uno en su trinchera. Aunque no estuviésemos en guerra.
Hace poco, me tomé un whisky con él. Bueno, más bien yo, él un vaso de agua. Hablamos largo y tendido. Sobre la familia, el trabajo, la política...Sentí aquella sensación de sosiego de antaño. Como si la vida pudiera contenerse en un vaso de jb con hielo. Sin derramar una sola gota. Reímos, y cuando ya me iba me lanzó la siguiente frase que creo que resume este post (y parte de la vida) a la perfección : "A ver cuando me devuelves mis discos de Cohen y Dylan".

Fotograma de la película El chico, de Charles Chaplin.

Vaya este pequeño homenaje a mi viejo:


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