miércoles, 27 de agosto de 2008

Gatillazo


- Cariño, te juro que es la primera vez que me pasa. No sé qué me ha podido ocurrir.
Laura abrazó sus piernas contra ella hasta encogerse del todo, formando un pequeño bulto compacto y cerrado sobre la cama. Pedro, sudoroso, seguía dando vueltas a la habitación, nervioso, tratando sin éxito de justificarse:
- Quizás haya podido influir el estrés. Esta semana he trabajado muchísimo, se me han juntado un huevo de cosas y he salido más tarde que nunca del curro. Tú lo sabes bien, que siempre me esperas levantada y esta semana casi todos los días cuando llegaba, ya estabas dormida.
Aquello, más que una excusa, a Laura le pareció un reproche.
- ...
- Tiene que haber sido fruto del cansancio acumulado, no hay otra razón. Ya se sabe, uno no es el mismo, no rinde igual. No actúa igual.
- ...
Pedro se acercó hasta Laura y, con un gesto paternal, apoyó sus dos manos hinchadas en las rodillas de ella:
- Amor, tienes que creerme, siempre he estado a la altura de las circunstancias. Nunca me había pasado algo así. Joder, siempre me he comportado como un hombre. Soy un hombre.
Los ojos de Laura salieron de la penumbra que su cuerpo había creado y miraron con compasión a Pedro.
- Quizás, la culpa es mía. No he sabido darte tu margen o...
- Puede ser, sí.
La confesión de Laura, entre sollozos, bastó para rebajar el peso de culpa de Pedro. Se abrazaron fríamente y continuaron hablando sobre el tema durante algunos minutos más, ya tumbados los dos sobre la cama. Dos cigarros después, él decidió darse una ducha.
- Ahora vengo, voy a ducharme, espérame en la cama, gatita...- dijo rugiendo Pedro.

Fue en ese instante cuando Laura sintió asco de su marido. Se lo imaginaba rugiendo encima suyo, en el desayuno, en la comida, en la cena. No podía soportar la sola idea de tener que vivir con eso día tras día. De modo que tras asegurarse de que Pedro no regresaba a por algo que hubiese olvidado, se acercó extremadamente sigilosa al armario temiendo ser escuchada, a pesar de la distancia entre la habitación y el baño, y con un gesto familiar, como si ya hubiese planeado aquello mucho antes, abrió uno de los cajones y extrajo de él la pistola reglamentaria de su marido. El peso del arma le pareció una tonelada. Sus manos apenas pudieron sujetarla, temblorosas como estaban. Tuvo que sentarse un instante en el borde de la cama, temiendo desmayarse con la pistola encima. Laura suspiró, lloró, se enjuagó el llanto, resopló y miró con rabia la culata. Comprobó entonces con un saber inaudito que hubiera balas.

Era la primera vez (y última) que Laura usaba una pistola, pero parecía como si el arma hubiese convivido con ella toda la vida. En cierto modo, así era. Aunque jamás se había acercado hasta el cajón donde su marido la guardaba con un celo casi patológico. Le aterraba vérsela puesta en el cinturón como para si quiera sacarla y más incluso tocarla. Por eso tenía que acabar con esta situación cuanto antes.
Se dirigió despacio hasta el baño. El peso del arma tan sólo había menguado unos gramos desde entonces. Laura podía sentir cómo la pistola latía bajo su frágil muñeca de porcelana. Bombeando toda su fuerza desde el gatillo hasta sus arterias. Porque su corazón, muy a su pesar, estaba ahora situado ahí, en el cargador de la 9 milímetros que sostenía, y no en el pecho, de donde había sido arrancado ferozmente de un rugido.

Cruzó el largo pasillo que le separaba de Pedro y llegó hasta su objetivo. La puerta estaba entreabierta, Laura sólo tuvo que empujarla ligeramente con el cañón para cruzar el umbral de la enajenación y bautizarse como homicida. Ya no había vuelta atrás. Estaba dentro de si misma. De su rabia, de su ira. Nada más entrar, una ráfaga de humedad le golpeó el rostro, empañando sus ojos. Laura se recompuso y vio la sombra de su marido proyectada sobre la cortina de la ducha como un cuadro abstracto, lleno de pinceladas entrelazadas gota a gota sin aparente sentido. Lo miró desde la seguridad que le confería el saberse del otro lado y trató de hallar el significado de aquella pintura. De lo que estaba pasando, de su vida, de ella misma.

Entonces como si de un primer aviso se tratase, sus piernas flaquearon y ella cedió, intentando sin éxito agarrarse al toallero para no clavar sus rodillas en el frío suelo. El aire del baño adquirió en ese momento un olor distinto que Laura no tardó en identificar. Olía a champú de coco y pólvora. Una mezcla que le produjo arcadas y a la vez un regusto. Se incorporó como pudo, recogiendo la pistola del suelo. La figura paralizada de su marido apareció tras la cortina de humo que se había formado.

- Qué coño haces con mi pistola- dijo Pedro arrastrando cada sílaba como si estas tuvieran un peso que su lengua no pudiese soportar.
- Te acabas de cargar el cuadro. Has corrido toda la pintura, imbécil.
- Acabas de disparar el arma en el baño...-tartamudeó.
- Bueno, se me ha disparado sola, no tenía intención de usarla. No tan pronto.
Pedro la miró aterrado, la situación era clara, no hacía falta preguntas. Sabía lo que iba a suceder.
- Laura, deja el arma, vamos a hablar.
- Las palabras vuelan, los disparos permanecen- dijo ella señalando con la cabeza el agujero de bala que sobresalía del espejo. Curiosamente a la misma altura que el pecho de Pedro.
- ¡Te has vuelto loca!
- En tu puta vida me vas a volver a poner la mano encima, cabrón.

Tres disparos secos sonaron en la Plaza Mayor. Decenas de palomas salieron en estampida hacia el cielo. Los turistas que en ese momento comían en las terrazas, agarraron sus pertenencias asustados.
- ¡Joder has oído eso! ¡Parecían tres tiros!
- La gente está muy hasta los huevos. Al final nos acabaremos matando los unos a los otros.
- Coño, pero...para algo está la Justicia, digo yo.
- Esa tiene una orden de alejamiento, no se acerca a la gente ni queriendo.
Los dos yonquis se levantaron del suelo.
- Vamos a ver qué ha pasado. La gente está yendo hacia esa casa.
- Será un crimen pasional, han sonado tres disparos, nadie se ensaña así si no tiene algo personal.

Antes de entregarse en la comisaría, Laura escribió una nota que dejó en la mesilla de noche: "Por favor hagan algo, esto ya pasa de una sana guerra de sexos, nos están matando a nosotras y les estamos matando nosotras a ellos. Hagan cumplir las penas, gástense los impuestos en psicólogos, terapeutas, psiquiatras y no tanto en armamento. No les den tanta publicidad en los medios, eduquen a la gente desde pequeña. Enséñenles a los niños a querer en las escuelas, a amar sin ser dependientes, a valorarse como personas íntegras y completas que son desde que nacen. Destierren el mito de que somos la mitad que nos falta. Y más aún, acaben con los tópicos. Pídanles a los lingüistas que los borren del diccionario y el colectivo. Un hombre no es menos hombre por mostrar sus sentimientos ni una mujer necesita del cuidado de un hombre para subsistir, esos tiempos se acabaron ya. Multen a los artistas y televisiones que proyecten esa imagen, que vendan, aún en el siglo XXI, a través de sus canciones y series, ese rol de machos y sumisas que tanto daño nos está haciendo. Acaben con esta lacra señores gobernantes, señores jueces, hagan algo porque nos estamos matando entre todos".

Firmado:

Laura, asesina confesa del crimen de mi marido.


Foto sacada de serratebros.blogspot.com

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